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fuego y pasión

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Mensaje  Dianitha Miér Jun 02, 2010 10:12 am

graciias x el cap fuego y pasión - Página 4 146353 fuego y pasión - Página 4 146353 fuego y pasión - Página 4 146353 fuego y pasión - Página 4 146353 fuego y pasión - Página 4 146353
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Mensaje  aitanalorence Miér Jun 02, 2010 9:41 pm

—Algunos podrían decir que tú lo tratas con demasiada dureza. Él es viejo y no debería tener que pagar por pecados del pasado. Conmigo, simplemente, se siente cómodo.
—¡Claro! —Víctor sonrió—. ¡Eso es!
—¿A qué te refieres? No entiendo qué quieres decir.
—Tú prestas oídos a sus tonterías sobre los fantasmas de mis hermanos. Por eso te estima tanto.
—No, ésa no es la razón —dijo Myriam, sacudiendo la cabeza—. Al menos no es lo que yo pienso.
—¿Entonces, qué es lo que piensas?
—Que yo le agrado porque soy la única persona que le cree.
Víctor la miró fijamente, levantando las cejas. Entonces, se rió.
—Aaaah, bueno, dejar que él piense que tú le crees puede ser la razón —concedió, complacido de haber resuelto el enigma.
—No lo comprendes —dijo ella. La mirada en su rostro le produjo escalofríos a Víctor—. Yo no dejo que él piense que le creo, le creo de veras.
Víctor pestañeó.
—¿Tú crees que él ve los fantasmas de mis hermanos?
Myriam asintió—Sé que lo hace.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó, sintiendo una extraña opresión en el pecho.
—Porque yo también los he visto.

No era sólo su padre.
Su novia también había visto los fantasmas.Su padre estaba loco, ah y su Novia future esposa y madre de sus futuros hijos también!!!! Excelente.
Y sus palabras seguían carcomiendo a Víctor. Especialmente cuando llegaron a la capilla y camposanto de su familia y examinó todas las lápidas, suntuosamente talladas, las altas cruces celtas y otras señales de vidas desaparecidas hacía ya mucho tiempo. Cada antigua lápida cubierta de musgo guardaba historias y relatos de vidas pasadas.
Y algunas, como las rocas amontonadas que cubrían las tumbas de sus hermanos, estaban completamente libres de musgo.
Víctor contuvo la respiración, intimidado por el misterio del lugar. Tiró de las riendas de su caballo y bajó de un salto; luego fue a ayudar a su novia a desmontar.
Trató de encontrar fortaleza, luchando para apreciar la belleza y quietud de ese lugar sagrado, pero no le sirvió de nada. Decirle al sol que no saliera por las mañanas habría resultado más fácil.
—Podemos marcharnos ahora. —Una mano pequeña tocó su espalda, sobresaltándolo y haciéndole volver a la realidad—. Supongo que a tus hermanos les dará igual que dejes la visita para otro día —dijo ella, con la misma nota de compasión en su voz que tanto lo había conmovido antes en el salón de su padre—. La verdad sea dicha, estoy segura de que los complacería más que pasaras un tiempo conociendo mejor a tu padre. Él no es el ogro que, estoy segura, piensas que es. Él…
—Él debería haber reparado el puente —dijo Víctor—. Si no hubiese sido tan testarudo, a lo mejor mis hermanos…
—¿No crees que ya sufre bastante por ese descuido? —Myriam quitó la mano de su manto, mientras la cálida mirada de comprensión en sus ojos se hacía más fría—. ¿No podrías pensar mejor de él?
Víctor apretó los labios y se pasó una mano por la cabeza. Estaba intentando arreglar las cosas con su padre. O al menos, estaba intentando ayudarlo.
Pero en ese momento los nueve túmulos funerarias lo golpeaban como un puño en el estómago. Nueve puños que lo golpeaban con fuerza, dejándolo sin aliento y atravesándolo como lanzas de fuego. Sus entrañas se revolvían; habría podido jurar que hirvientes carbones al rojo vivo se consumían en su pecho.
Ahora sabía por qué había aplazado su visita a ese lugar.
El dolor era más fuerte de lo que esperaba. Mucho más fuerte. La lluvia fría y los vientos borrascosos llegaban desde el oeste, pero Víctor prestó poca atención a la agreste noche.
Aun así, la irrevocabilidad del aroma combinado de tierra húmeda, hojas enmohecidas y pena era como un puñal que se clavara en su pecho. Así como los ecos silenciosos de palabras que hubiera deseado decir y que ahora nunca tendría la oportunidad de pronunciar.
—Santo cielo —dejó escapar un suspiro, pero estaba más pendiente de las miradas compasivas de su novia que de lo que pudiera ser bueno para él—. Si al menos hubiese podido decirles lo mucho que los amaba…
—Ellos lo sabían. —Myriam se acercó un poco, intentando tocarlo de nuevo, esta vez alisando una arruga en su manto—. El aprecio que te tenían fue una de las razones por las cuales supe que no tenía que temer por nuestro compromiso. —Myriam levantó la cabeza y lo miró—. Tu padre te ama también. Lo esconde bien, pero te ama.
Víctor se encogió de hombros. Si estuviesen en algún otro lugar, a lo mejor habría gritado su incredulidad a los cuatro vientos. Tal vez hasta la hubiera interrogado, pues la posibilidad de que aquello fuera cierto lo llenaba de emoción.
Pero aquí, en la oscuridad azotada por el viento del camposanto, Víctor sólo podía ver las tumbas de sus hermanos. Las miraba fijamente, sintiendo el peso de su pena presionando sobre sus hombros.
Un dolor feroz y abrasador.
Seguro de que su alma se desgarraba, miró arriba, hacia los cielos, buscando respuestas, pero sólo encontró un reguero de frías y escarchadas estrellas y nubes a la deriva, rasgadas por el viento.
El cielo nocturno lo envolvió con todo el helado silencio de las colinas y los densos matorrales de argoma e hiniesta que cercaban el camposanto. La pavorosa hilera de bajas piedras apiladas que, como bien sabía Víctor, contenían los cuerpos de sus hermanos hasta que sus efigies y tumbas de granito estuviesen listas para ellos.
Sólo que él no podía sentirlos cerca.
No a sus nueve hermanos desbordantes de orgullo y de vitalidad, que debían haber salido a darle la bienvenida a casa con pasos decididos, con brillo en sus ojos y con los brazos abiertos.
Vigorosos, bulliciosos y animados como los recordaba.
Víctor no pudo ocultar un gesto de dolor, a pesar de que no quería que Myriam se compadeciera de él. Apretó los puños, una hirviente tensión en el pecho le cortaba la respiración. Podía pensar en sus hermanos tanto como deseara, escuchando sus voces y viendo sus sonrisas. Pero aun así, ya se habían marchado.
Ya se habían marchado… y a un lugar del que nunca podrían volver.
Nada más que el silencio opresor lo acogía, mientras se obligaba a sí mismo a acercarse a las tumbas. Era una calma negra y escalofriante, perforada sólo por el aullido del viento y el tamborileo de la lluvia sobre las oscuras y mojadas piedras.
Eso y, tal como lo pudo comprobar con una rápida ojeada a través del cementerio desierto, los gruesos racimos de serbal de bayas rojas que adornaban la estrecha puerta de la capilla.
Frunció el ceño.
Su novia le tomó del brazo, apretándoselo suavemente.
—Tu padre juzgó que era mejor así —le explicó, jugando de nuevo a la diminuta defensora de Alejandro Macpherson—. ¿Cuál puede ser el daño si tales guardianes lo tranquilizan?
Víctor contuvo el impulso de mirarla con disgusto. El daño estaba en permitir que su padre se hundiera cada vez más profundamente en sus delirios.
—Mi padre está a punto de perder la razón, es más, yo creo que ya no está en sus cabales —dijo finalmente—. Ése es el peligro.
La muchacha lo miró con disgusto.
—Te lo he dicho, yo también he visto a los fantasmas —le recordó—. Y no sólo yo, los ha visto más gente. El otro día- susurrando- uno de los escuderos de mi padre juró haber visto a Neill y a Kendrick en el bosque, cerca del pozo de la Santa.
Esta vez Víctor sí frunció el ceño profundamente.
Pero se mantuvo en silencio, decidido a no comentar siquiera semejantes tonterías. Neill y Kendrick, sus dos hermanos favoritos, estaban tan muertos como los otros. El escudero de Duncan Mor probablemente no había visto más que niebla matinal flotando cerca del pozo sagrado.
No los espectros de sus hermanos.
—Es verdad —insistió su novia, casi como si hubiese leído su mente—. Yo vi lo alterado que estaba el muchacho cuando entró.
Pero Víctor no la escuchaba. Estaba mirando más allá de Myriam, a la capilla, con un nudo en el estómago.
Alguien había extendido serbal alrededor de la espléndida columna de piedra tallada que guardaba la entrada al antiguo santuario, medio en ruinas, de su familia. Construida muchos siglos antes por un seguidor del errante santo de Skye , Maelrhuba , se decía que la pequeña capilla se alzaba en el lugar de un círculo de piedras aún más antiguo.
Las creencias del clan sostenían que el monolito que permanecía en pie, que los lugareños llamaban la piedra de Na Clachan Breugach, marcaba el lugar de sepultura del santo constructor de la capilla. Pero algunos ancianos de la zona insistían en que el majestuoso monolito era todo lo que había sobrevivido del círculo pagano original, y sostenían que los primeros cristianos habían destruido las piedras sagradas porque servían para predecir el futuro. Según la tradición, cualquiera que entrara en el santuario encantado en ciertas noches de luna sería bendecido con breves atisbos de eventos aún por acontecer.
Víctor no sabía cuál de las dos versiones creer. Y tampoco le importaba. En ese momento sólo podía pensar en sus hermanos, en la última vez que los viera. Audaces, temerarios y alegres, cada uno de ellos rebosante de vida y alegría.
—Por Dios —profirió de nuevo, parpadeando fuertemente.
El viento arreció en ese momento, salpicando su rostro con gotitas de agua helada, pero Víctor no hizo movimiento alguno para evitarlas. Simplemente dejó que encontrasen su rostro y rodaran por sus mejillas como las lágrimas que ya no era capaz de derramar.
Absorto, contemplaba la pequeña capilla y su blanquecino centinela, fijando su mirada en la guirnalda de serbal que se enrollaba alrededor de la venerable altura de la orgullosa piedra.
El viento golpeaba su manto y agitaba su cabello, pero él permanecía inmóvil al lado de los túmulos funerarios, con sus dedos arrastrando gotas de lluvia que, de repente, se sentían cálidas al contacto con su piel y saladas en sus labios.
Fuese sagrada o pagana, la reliquia, hermosamente tallada, no necesitaba de la protección del serbal.
El monolito tenía su propia magia.
Y nunca, eso lo sabía muy bien pues había crecido en esas tierras, ningún Macpherson se había atrevido a poner un dedo sobre tan sagrada reliquia del pasado más oscuro y remoto de su clan.
—¡Dios mío! —suspiró, con el corazón golpeando fuertemente contra sus costillas.
Lanzó otra mirada rápida al dintel engalanado con el serbal de la puerta de la capilla. Siguiendo las antiguas instrucciones de la vieja Devorguilla, su padre había mandado poner una brillante cinta roja alrededor de las ramas de las bayas.
Era posible que el interior de la iglesia estuviese adornado de la misma manera; toda la pequeña capilla desbordante de encantamientos y tonterías realizados con la única finalidad de ahuyentar las almas de sus hermanos.
Víctor apretó los dientes. Dio una patada a una rama que le golpeaba en las rodillas, espolvoreando gotas de lluvia. Luego, se agachó para tomar una pequeña roca, lanzándola hacia las aguas brillantes, a la luz de la luna de un manantial cercano.
Sólo la presencia de Myriam y sus malditas espuelas de caballero le impidieron lanzar una maldición que habría atravesado la helada noche.
Una maldición que hubiera hecho a sus hermanos rugir de la risa y golpearse unos a otros con los codos, mientras lo miraban arqueando las cejas, retándolo a hacerlo mejor.
Pero no podía.
No esta noche.
No parado en medio de la lluvia, con el corazón afligido y sabiendo que aún los habría de extrañar durante mucho tiempo, hasta el momento en que exhalara su último aliento y se reuniera con ellos.
Si tan caballeroso eres, demuéstrame que tienes, al menos, una pizca de mi encanto. Ayuda a tu dama a protegerse de la lluvia. Ahora, antes de que sea su último aliento lo que te preocupe.
¡Kendrick!
Víctor se sobresaltó, mirando a su alrededor.
Las palabras aún resonaban en la oscuridad. No habían venido de ningún lado, y al mismo tiempo de todos lados; sin embargo, retumbaban en sus oídos tan reales como si su hermano estuviese parado junto a él, brillando de fuerza y vitalidad, demasiado apuesto (exagerando un poco) y listo como siempre para alardear sobre lo fácil que le resultaba atraer la atención de las mujeres.
«Date prisa». La voz vino de nuevo, más urgente pero más leve. «¿Es que no ves cómo tiembla la pobre chica?».
Pero, para Víctor, era él quien estaba temblando.
Su novia de Fairmaiden embellecía la noche con su digna compostura, como siempre. Miraba fijamente la piedra sagrada, con los ojos tan abiertos que parecía que no sólo había oído a Kendrick, sino que también lo había visto.
Pero eso era algo que Víctor no pensaba preguntarle.
No obstante, Víctor la envolvió rápidamente con un brazo y la apretó fuertemente contra su pecho, echando su manto sobre ella para protegerla de las ráfagas de viento.
Pero mientras avanzaba hacia la capilla se sintió sacudido por un terrible escalofrío. Y justo cuando abrió de un empujón la estrecha puerta cubierta de serbal, le pareció ver algo que se deslizaba por los Serbales.
Algo levemente luminoso que se alejaba de los túmulos y que irradiaba una suave luz tornasolada.
Hasta que parpadeó. Nada más que viento vacío y figuras de niebla se deslizaban a través de la madera; el único brillo a la vista era, ahora, el resplandor de la luna que lo observaba a través de las nubes.
La extraña luz ya no estaba.
Por esa razón dejó abierta la puerta de la capilla, porque prefería tener una vista clara del camposanto y del bosque de abedules y robles que lo rodeaba. Víctor no temía a los espectros de sus hermanos. Incluso se habría alegrado de verlos, pero confiaba en su instinto, y algo le decía que era muy extraño lo que estaba pasando en ese lugar.
Con todo el respeto que su novia merecía, era sabido que el castillo de Fairmaiden atraía a hombres indeseables. Arruinados ladrones sin clan, expertos en ocultarse entre el brezo y los helechos. Bandoleros que se movían con seguridad a través de la oscura noche, portando antorchas y agitando cadenas, fuera cual fuese su nefasto propósito.
Una posibilidad que estaba a punto de comentar con la hija de Duncan Mor.
Su instinto nunca le fallaba. Escalofríos como los que aún bajaban serpenteando por su espina dorsal eran la única razón que lo había hecho alejarse de la matanza en Neville's Cross . Dudaba que hubiese alguna posibilidad de que una tormenta de flechas inglesas arremetiera contra la pequeña capilla y el camposanto de su familia, pero algo igualmente desagradable estaba al acecho en el bosque cercano.
Estaba seguro de ello.
Y fuera lo que fuese, no eran sus hermanos.
Ellos descansaban tranquilamente bajo sus montículos de piedra. La única señal de vida en la fría y húmeda capilla imbuida de incienso se movía inquieta entre sus brazos. Suave, cálida y demasiado tentadora para su actual estado de ánimo. Impaciente, al igual que él, pues había echado hacia atrás la capucha de su manto y lo había mirado en el momento en que él la conducía sobre el áspero suelo de losas de piedra.
—No necesitas mirar a tu alrededor con tanta precaución —dijo ella, viendo cómo Víctor revisaba con cuidado el interior de la capilla en penumbra—. Ellos no están aquí. Al menos, ahora no.
—¿Qué quieres decir con eso de que no están ahora? —Víctor arqueó las cejas.
—Eso: que no están ahora —Myriam negó con la cabeza.
Víctor se cruzó de brazos.
—Que no están ahora… —repitió, incómodo, consciente de las muchas efigies tendidas alrededor de sus antepasados muertos mucho tiempo atrás.
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Mensaje  aitanalorence Miér Jun 02, 2010 9:45 pm

cheers saluditos y gracias por escribir mensajitos y leer los capitulos!!!



Habían sido orgullosos caballeros Macpherson. Sus tumbas cubrían los muros de la capilla y se aglomeraban en las más profundas sombras. Pintura colorida relucía en sus armaduras y escudos, haciendo que sus cascos y espadas de piedra parecieran alarmantemente reales, y trayendo sus fríos y cincelados rasgos a la vida, de una manera tan intensa que lo agobiaba.
—Eso significa que alguna vez estuvieron aquí —terminó Víctor, esforzándose por ignorar las miradas fijas de los ojos de piedra de sus ancestros.
Esforzándose por ignorar, sobre todo, que en la capilla reposaba también su madre. Dormía profundamente, escondida detrás del elevado altar, fuera del alcance de sus antepasados con espadas y escudos. Su hermoso sepulcro de mármol había sido levantado deliberadamente fuera del alcance de la vista.
Como si ocultar su figura esculpida pudiese deshacer su razón de estar allí.
—Ellos han estado aquí, sí. —Las palabras de su novia reverberaron en la penumbra de la capilla, devolviendo los pensamientos de Víctor al presente. Myriam miró hacia abajo, sacudiendo una gota de agua de su capa—. Al menos, dos de ellos.
—¿Dos de ellos? —Víctor podía sentir cómo se calentaba su nuca—. ¿Cuáles?
—Neill y Kendrick.
Víctor echó los hombros hacia atrás, mirándola.
—Verás, doncella, ya que estoy bastante seguro de que mi padre preferiría revolcarse desnudo sobre una alfombra de ortigas picantes antes que poner un pie en esta capilla, no podría creer que él haya visto a alguno de mis hermanos en este lugar. Ni a Neill ni a Kend…
—Él no los vio aquí. Yo sí. —Myriam levantó la barbilla, desafiándolo con su mirada de ambar.
—¿Viste a Neill y a Kendrick?
Ella asintió.
—Aquí, y en otros lugares, como ya te he dicho. Pero fue fuera, en el camposanto, donde los vi por primera vez. Se lo dije a tu padre y él ordenó a tus primos que trajeran los amuletos de serbal.
—Entonces mis primos están tan tocados como mi padre.
Ella lo miró por un momento.
—Le son fieles. Y al igual que yo, sólo buscaban aligerar su carga.
Víctor abrió la boca, pero de ella no salió palabra alguna.
Recordarle a Myriam que había algunos que tenían buenas razones para dudar de que Alejandro Macpherson tuviera un solo hueso de afecto en su cuerpo le pareció algo demasiado descortés como para arriesgarse a hacerlo.
Pero sus sienes palpitaban frente a la idea de que sus salvajes y revoltosos primos descendieran a la capilla de su clan, con sus rechonchos brazos llenos de serbal y cinta roja: los amuletos encantados de su familia.
Pero no quería pensar en tales bufonadas, mucho menos en sus primos, en esos momentos.
No cuando acababa de enterarse de que era en este lugar donde Myriam había visto a sus hermanos.
Especialmente a Kendrick.
Kendrick. Tan sólo el nombre le revolvía las entrañas. Dio un vistazo a su alrededor y sus ojos se posaron sobre la pila de agua bendita empotrada en el muro de la capilla. Se estremeció, sacudido por un espasmo de terror, al ver que la patética capa de polvo de piedra que recubría la pila vacía, de repente, se esfumaba bajo un agua clara y centelleante.
Agua bendita que pululaba con una oscura masa indefinida de renacuajos, un montón gelatinoso que nadaba en la pila sagrada.
Una broma infantil que Kendrick alguna vez le había jugado a Morag… para gran entretenimiento de sus hermanos.
Y también de Víctor.
Pero ahora no se estaba divirtiendo. Estaba asustado; preocupado porque su cerebro se estuviese tornando tan blando como el de su padre.
Un pensamiento que instantáneamente hizo que todos los renacuajos se esfumaran. ¡Gloria a todos los santos!
—Kendrick y Neill —comenzó, estudiando el rostro de su novia—. Ellos… ¿dónde…? —Dejó que las palabras se perdieran, incapaz de articular aquello que se moría por preguntar.
Tan sólo pensar en que estuviesen muertos lo descomponía.
Hablar sobre sus fantasmas era algo que iba más allá de sus fuerzas. ¡Por todos los santos! Él no creía en… espectros.
Pero sí tenía algunas preguntas.
Comenzó a deambular de un lado a otro, frotándose la nuca al caminar.
—¿No tuviste miedo? ¿Cuándo los viste? —preguntó, mirándola furtivamente—. ¿No te daba miedo venir aquí esta noche?
—¿Miedo yo? ¿De tus hermanos? —Myriam sonrió antes de poderse controlar—. Ooooh, no, ellos no me asustan. Me siento bendecida por haberlos visto.
Tan pronto como terminó de pronunciar aquellas palabras, Víctor se detuvo al pie de una de las estrechas aberturas de las ventanas.
—Mi padre no se siente bendecido cuando los ve —dijo, mostrándose incrédulo. Estaba tan apuesto a la luz de la luna que Myriam se quedó sin aliento.
Su cabello resplandecía frente al frío muro, y las gotas de lluvia que habían quedado atrapadas en los lustrosos mechones brillaban como la plata y rutilaban como diamantes. Y su gran estatura hacía que la diminuta y abovedada capilla pareciera aún más pequeña. Parecía casi insignificante, con sus frías y húmedas piedras y sus sombras, mientras que él emitía una vitalidad palpitante y una abundante y fulgurante calidez.
Myriam comenzó a avanzar y, luego, se arrepintió; temía sonrojarse si se le acercaba demasiado.
Incluso, desde el lugar donde estaba parada, podía, inhalar su aroma, una embriagadora mezcla masculina de lino y cuero limpio. Tempestuosos vientos helados y la frescura de la lluvia.
Una mezcla embriagante que ella inhalaba con placer, especialmente al recordar los olores más desagradables que se arremolinaban alrededor de algunos de sus menos atractivos pretendientes en el pasado.
Temblando, se frotó los brazos. La verdad era que ella siempre había sabido que su esposo lo elegirían otros, pero nunca hubiera pensado que sería tan gallardo.
Ni tan valiente, admitió, recordando cómo la había protegido de las miradas curiosas en el salón de su padre, como se había inclinado, acercándosele y bajando la voz, murmurando palabras reconfortantes para tranquilizarla.
Tragó saliva; le daba miedo confiar en las emociones que surgían en su interior; la esperanza de que él pudiera ser la respuesta a sus sueños más ocultos, sus más profundas añoranzas.
La clase de cosas en que no debía estar pensando en ese momento. Un gesto de preocupación arrugó su frente.
Casi como si él estuviese a la espera de que alguno de sus antepasados tallados en piedra saltara a desafiarlo por haberse atrevido a entrometerse en su descanso eterno.
Entonces, su mirada se volvió hacia ella. Tenía los ojos entornados, como si estuviese evaluando algo.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila después de haber visto los fantasmas de mis hermanos, cuando mi padre, un hombre fuerte y duro, se acobarda en su cama con la mera mención de sus nombres?
Myriam lo miró desafiante.
—Tu padre tiene razones para temerlos. Tus hermanos están muy enfadados cuando se le aparecen a él.
—Eso me han dicho. —Se cruzó de brazos, sin dejar de mirarla—. Y aun así, ¿no estaban enojados contigo cuando tú los viste?
—Ellos no me visitaron —explicó Myriam—. Yo simplemente los vi por casualidad. Hay una diferencia.
Myriam se movió hacia uno de los sepulcros, siguiendo el filo esculpido de la espada en la efigie del caballero.
Deseaba hablar de sus sueños.
Sus esperanzas de un futuro armonioso, un futuro con lugar para una familia y para compartir respeto mutuo y, si eran bendecidos, amor, concebir hijos con amor...
Amor , fuego y pasión. Ésas eran las cosas que Myriam se moría por explorar con Víctor. Sin charlas sobre espectros y cosas que ninguno de los dos podía cambiar.
Pero Víctor daba vueltas alrededor de la capilla, otra vez, claramente inclinado a mantener una larga conversación.
—¿Mis hermanos no parecían de mal humor cuando tú los viste? —preguntó, pensando en la extraña observación de Myriam.
Ella suspiró.
—He visto a Neill y a Kendrick en dos ocasiones —admitió, cubriéndose mejor con la capa y apretándola contra su cuerpo—. Una vez cerca al Garbh Uisge, pero a una distancia tan grande que no podría decir si parecían atormentados o no. Y la otra vez aquí, en el camposanto. Y puedo asegurarte que no estaban enfadados.
Hizo una pausa para mirarlo.
—Si quieres saber la verdad, estaban bailando.
—¿Bailando? —Víctor se detuvo abruptamente—. ¿Estás diciendo que viste a Neill y a Kendrick bailando? ¿En el camposanto?
Ella asintió.
—Sí, en el camposanto. Con Hughie Mac.
Víctor clavó su mirada en ella con completo asombro.
—Pero Hughie no está muerto. No lo he visto aún, pero pregunté por él cuando llegué y Morag me dijo que está tan sano como las cuerdas de su violín.
Ella se encogió de hombros.
—Sólo puedo decirte lo que vi.
—¿Y qué fue exactamente lo que viste?
Myriam se dirigió a una de las ventanas y miró hacia la noche lluviosa.
—Ya te lo he dicho. Estaban de buen humor y bailaban. Y Hughie Mac estaba de pie a la luz de la luna, tocando su violín.
—Pero Hughie…
—Ooooh, él está bien —confirmó Myriam—. Fui a verlo al día siguiente. No dijo nada sobre tus hermanos, así que yo no le pregunté. Me bastaba con saber que se encontraba sano y salvo.
Víctor sacudió la cabeza.
—Debías de estar soñando despierta.
—Es posible —aceptó ella—. De todos modos, me alegra saber que tus hermanos estaban contentos. Se lo conté a tu padre y creo que lo tranquilizó bastante saber que los había visto de buen ánimo.
Víctor sólo respondió con un resbaladizo hmmmff y comenzó a alejarse de ella, con su atención puesta en uno de sus antepasados de piedra.
Un antepasado que parecía particularmente vivo, pues aun en la penumbra de la capilla la pintura vibrante que decoraba la efigie tallada en piedra lo hacía parecer elegantemente cubierto con los colores de su casa.
—Ay… ¡por dios! —Se detuvo ante el sepulcro. Los ojos le daban vueltas.
Su ancestro caballero llevaba puesto un manto con los colores de su familia.
A lo largo de sus días y en toda una vida de sufrir el clima de las Tierras Altas, nunca había visto un manto Macpherson tan supremamente empapado y chorreante como ése.
—¿Qué es esto?—Lo miró fríamente, pestañeando, pero no había lugar a dudas.
Era definitivamente un empapado manto Macpherson.
Y tras un examen más detallado se dio cuenta de que no estaba colocado artísticamente sobre la efigie, como él hubiera pensado. Había sido lanzado ahí sin ningún cuidado.
La mitad del manto colgaba a un lado del sepulcro y el otro lado estaba sumergido en un charco.
Un insulto a su apellido que ni siquiera sus salvajes y alborotadores primos se hubieran permitido.
Con la ira creciendo en su pecho, Víctor observó el charco de agua que se extendía desde la base del sepulcro. Apretó los puños, incapaz de adivinar quién haría una cosa así.
Siempre había sospechado que algunos de sus primos más patanes utilizaban el pequeño santuario alejado como lugar de citas con muchachas de faldas ligeras de la cocina, pero una cosa era quedar allí con chicas y otra muy distinta deshonrar los colores de su casa tirando el manto en un charco.
Él no conocía a nadie tan temerario; ninguno de sus primos se atrevería a tirar un manto mojado sobre la figura solemne de un antepasado en reposo.
Se aproximó y tocó la empapada tela con un dedo. Su suspicaz nariz de guerrero también notó que el manto no apestaba.
Lo que significaba que no hacía mucho tiempo que estaba allí, porque la fina llovizna que ahora golpeaba contra los muros de la capilla había comenzado después de que su novia y él entraran. La lluvia que había caído en el camposanto cuando estaban al lado de los túmulos funerarios no había sido más que un chubasco de las Tierras Altas.
Una lluvia que mojaba, sí, pero nunca lo suficiente como para que los voluminosos pliegues de un manto de grandes medidas absorbieran una cantidad tan grande de agua.
Un jadeo sobresaltado sonó a sus espaldas. Víctor se dio la vuelta para encontrar a Myriam corriendo hacia él, con la mirada clavada en la efigie cubierta con el manto húmedo y sus pies saltando ágilmente sobre el piso mojado.
—¡Querido! —gritó, con cara de consternación—. Qué es lo que…
—¡Con cuidado muchacha! Hay un charco —advirtió Víctor demasiado tarde.
—¡Eieeeeeh! —Su pie resbaló en las pulidas losas de piedra y Myriam salió volando, agitando violentamente los brazos, pero sólo un segundo, el tiempo que tardó Víctor en dar un salto y atraparla antes de que se pudiera caer.
Con el corazón palpitando, la apretó contra sí, meciéndola en sus brazos y sosteniendo su cabeza contra su hombro.
—¡Por todos los santos! —exclamó. No quería pensar en lo que podría haber ocurrido si Myriam hubiera llegado a caerse, si se hubiera golpeado con fuerza contra las duras y húmedas piedras. O peor aún, si se hubiera golpeado la cabeza con el borde de un sepulcro—. Nunca en tu vida vuelvas a correr sobre un suelo mojado —dijo, consciente de que la estaba apretando demasiado fuerte, pero incapaz de sostenerla con suavidad.
Myriam se retorció para poder mirarlo. El forcejeo acercaba peligrosamente su rostro al de él.
—Yo no sabía que las losas estaban mojadas —dijo Myriam con su suave aliento, cálido sobre el cuello de Víctor—. No podía ver el charco en la oscuridad.
Víctor frunció el entrecejo.
—Entonces, tampoco hagas eso —le advirtió, soltándola—. ¡Correr en la oscuridad!
myriam se sacudió las faldas.
—Quería ver qué era lo que te había afectado tanto.
«Eres tú lo que más me afecta, tus encantos y tu aroma», estuvo a punto de rugir Víctor. En cambio, se permitió otro hmmpf.
Luego la miró, asombrado de que ella no fuera consciente de lo peligrosamente cerca que él había estado de olvidar el suelo mojado e incluso a su antepasado cubierto con la empapada tela de cuadros.
Luego podría detenerse a considerar esos misterios. Por el momento, ella estaba demasiado atractiva y encantadora como para que él pudiese preocuparse por algún otro asunto.
Especialmente, considerando el hecho de que su falda se había levantado a una altura increíble, exponiendo completamente sus bien formadas piernas e, incluso, enseñando un atisbo de sus blancas y satinadas caderas.
Y que los santos lo perdonasen, pero durante un instante había logrado vislumbrar un rincón lo suficientemente íntimo de desnudez. Se le detuvo el corazón. Todo su cuerpo ardía de deseo.
—No podré llevarte a Fairmaiden esta noche —le dijo cuando recuperó la compostura para hablar—. El salón de Baldreagan estará casi vacío para cuando lleguemos, y me gustaría mucho sentarme contigo en un lugar tranquilo, tal vez junto a la chimenea.
Si el salón llegase a estar tan solitario como él esperaba.
Y, ante todo, si no estaba malinterpretando el significado del sonrojo que cubría las mejillas de Myriam. El asombro en su suave rostro, sus ojos abiertos de par en par y la manera en que se humedecía los labios una y otra vez.
Cuan dócil se había tornado en sus brazos. Toda suavidad y feminidad.
Como si estuviera lista para recibir un beso más, incluso algunas suaves caricias.
—Sussana y yo hemos pasado la noche en Baldreagan en más de una ocasión —dijo, observándolo—. En noches en que tu padre estaba inquieto y deseaba hablar.
Víctor tomó aire y lo dejó escapar lentamente.
—La pena de tu hermana me entristece mucho —dijo, levantando el manto mojado con su mano libre—. Tan pronto como las cosas se asienten un poco y Sussana esté de mejor humor, haré lo que pueda para encontrar un esposo para ella. Tal vez…
—Mi hermana amaba a Neill —lo interrumpió Myriam, dejando que la guiara lejos del sepulcro—. Está sufriendo mucho por él. No creo que quiera casarse con otro.
Además, nadie querría casarse con ella. El dolor la había cambiado y muchos pensaban que se había vuelto loca, pensó Myriam, aunque no se atrevió a expresarlo en voz alta.
Las palabras no pronunciadas pendían entre los dos, fuertes e inquietantes como si retumbaran en los muros de la capilla.
Con un gesto de preocupación, Víctor se aclaró su garganta. Tenía que haber una solución para el problema de Sussana.
—Aunque no desee otro esposo —comenzó, esperando encontrar aquella solución—, a lo mejor cede ante la idea de tener una familia. ¿Qué te parecería si la casáramos con algún viudo del clan? ¿Un viudo con hijos que necesiten una madre?
Para su alivio, Myriam sonrió.
—Pues sí, eso podría ser una solución —dijo, con los ojos centelleantes—. ¿Has pensado en alguien?
—Sí, en un primo mío —dijo Víctor, pensando en su primo Edwin.
Era un hombre bondadoso y sencillo, que había enviudado hacía poco tiempo quedando al cargo de cinco hijos mocosos y llorones. Pequeños demonios traviesos con edades comprendidas entre los ocho meses, aproximadamente, y los siete veranos, si la memoria de Víctor no fallaba.
Pero incluso el bueno de Edwin podría dudar ante la idea de tomar a Sussana Avelinne como esposa. Como alma supersticiosa, al viudo Edwin podría preocuparle que la dama estuviera perseguida por la mala suerte. Tan sólo ese temor haría que el más decidido pretendiente de las Tierras Altas se echara para atrás.
—No creo que debamos decirle nada a Sussana por el momento —dijo Myriam—. Aún no está preparada, sigue amando a tu hermano.
Aliviado, Víctor estuvo a punto de recostarse en el sepulcro más cercano.
La verdad era que la hermana de su novia planteaba un problema de difícil solución y él no podía imaginar qué hacer con ella; estaba resuelto a ayudarla, pero no se le ocurría cómo.
Así que hizo lo que le parecía natural, deslizó sus brazos alrededor de su dama, atrayéndola hacia él y besándola hasta que Myriam se derritió. Incluso en ese momento siguió besándola, absorbiendo su dulzura y deleitándose con la manera en que ella pasaba los dedos por su cabello, apretándolo contra su cuerpo como si también deseara ardientemente la intimidad y la cercanía.
Tal vez, incluso, necesitaba o esperaba su beso.
Fuera de la capilla el viento y la lluvia estaban amainando y la luna se dejaba ver por entre las nubes, con su luz plateada derramándose sobre el pequeño camposanto ton sus túmulos funerarios y su antigua piedra de los pictos . Y derramando su luz también sobre la joven pareja.
Un hombre y una mujer abrazados ante la puerta abierta de la capilla, besándose con pasión.
Con suficiente pasión como para enviar un escalofrío a través de las colinas acechantes.
Un escalofrío helado y mortal.
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Mensaje  nayelive Miér Jun 02, 2010 10:19 pm

study study study study buenisima la nove aitanita saludos y gracias por el capi
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Mensaje  myrithalis Jue Jun 03, 2010 1:10 am

Gracias por el Cap. Saludos Atte: Iliana
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Mensaje  alma.fra Jue Jun 03, 2010 1:23 am

Ke raro, kien sera el ke hace todo eso????? Gracias por el capitulo.
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Mensaje  mats310863 Jue Jun 03, 2010 10:48 am

¿CUAL SERÁ EL MISTERIO DE TODO ESTO?, GRACIAS

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Mensaje  Dianitha Jue Jun 03, 2010 10:54 am

graciias por los cap xfiitas no tardes con el siiguiiente What a Face What a Face What a Face What a Face
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Mensaje  aitanalorence Jue Jun 03, 2010 6:15 pm

En un mundo muy distante al pequeño cementerio del clan Macpherson, concretamente en los alrededores de la isla-castillo conocida como Eilean Creag, no muy lejos de la orilla del lago Duich, en Kintail, lady Linnet MacKenzie se encontraba sentada cerca del fuego de la chimenea de su salita. Fruncía el ceño por las desordenadas puntadas de su bordado.
Torpes y descuidadas puntadas.
Las peores puntadas que había hecho en mucho tiempo. Aunque con su trabajo de aguja había alegrado su hogar, sembrándolo de cojines, ropa de cama y alfombras, dentro de las orgullosas paredes de la fortaleza MacKenzie todos sabían que ella nunca había dominado el femenino arte de hacer pequeñas e imperceptibles puntadas.
Sus puntadas eran torcidas y enormes, fácilmente identificables a unos diez o más pasos de distancia.

Un defecto que su poderoso marido, MacKenzie, el Ciervo Negro de Kintail, aceptaba con notable tolerancia. Y no sólo eso: celebraba todos los esfuerzos de su esposa, por nefastos que fueran los resultados y no consentía que nadie pusiera en duda la habilidad de su señora en el arte del bordado.Pero esa tolerancia desaparecía cuando la pavorosa premonición la visitaba.
Linnet echó un vistazo a la hoguera y suspiró llevaban muchos años casados y eran muy felices, salvo por un detalle: su marido aún se sentía bastante incomodo cuando se trataba de su especial don. Su segunda vista.
Al ser la séptima hija de una séptima hija, la sagrada vista era algo con lo que había vivido desde su nacimiento Y aunque la mayoría de las veces era una bendición, en ocasiones se convertía en una maldición.
—Sí, una maldición —murmuró para sí. Estremeciéndose, dejó a un lado su costura y estiró y contrajo sus tiesos y cansados dedos. No solucJoanaba nada sentándose en su butaca al pie de chimenea, pinchando con su aguja el desventurado paño. Su don había desencadenado una pesadilla esta vez, y todas las distracciones que otrora le servían, ahora le fallaban.
No podía olvidar lo que había visto.
Ni ignorarlo.
Su premonición había desatado una cadena de sucesos que se desarrollaban sin control. Su marido iba a enfadarse mucho con ella cuando se enterara.
—Sí, se va a enfadar mucho —admitió Linnet hablándole a Mungo, un pequeño perro de manchas trancas y negras que se encontraba echado a sus pies y que pertenecía a su hijastro, Robbie, y a su esposa, Juliana.
Mordiéndose el labio, estiró su brazo y alborotó las colgantes orejas del perro, complaciéndolo aún más cuando el animal se dio la vuelta y se tumbó de espaldas para que le acariciara la panza.
Como Robbie había partido con MacKenzie hacia el recientemente restaurado castillo Cuidrach, de Kenneth, y Juliana viajaba por petición de Linnet, el pequeño Mungo estaba a su cargo.
Por la manera en que el perrillo trotaba tras ella, sin apartarse de su lado, Linnet pensó que él también poseía un ligero toque de su don. Creía que Mungo sabía el tamaño del problema al que muy pronto iba a tener que enfrentarse.
Segura de ello, Linnet se humedeció los labios y se incorporó, agradecida de poder estirar las piernas y pasearse por el salón. Esperaría a que MacKenzie regresara atravesando los puestos de guardia de las torres de Eilean Creag, como era su costumbre. Un hábito que dudaba que pudiera volver a practicar durante bastante tiempo.
No después de semejante susto.
Estremeciéndose de nuevo, se abrazó a sí misma, frotándose los brazos hasta que la piel de gallina desapareciera.
Sólo entonces echó un vistazo a las persianas de la ventana, cuidadosamente cerradas, deseando poder arriesgarse a abrirlas para recibir la ligera brisa del atardecer.
Pero no se atrevía.
Evitar la nefasta visión que había tenido la última vez que miró las calmadas y resplandecientes aguas del lago Duich era más importante que llenar sus pulmones con el fresco aire de la noche.
Aire que, Linnet sabía, iba a necesitar dentro de muy poco, tan pronto como la puerta se abriera de par en par y ella estuviera cara a cara con MacKenzie y viera cómo él mostraba su más pavorosa expresión.
Un desagradable momento que cada vez estaba más cerca, pues ya podía oír las voces cargadas de furia y el sonido de los pies apurados, subiendo cada escalón de la escalera de espiral.
Dos pares de pesados y masculinos pies.
Acompañados de dos idénticas miradas, pues Robbie estaría seguramente con MacKenzie y se encontraría igualmente disgustado.
Entonces, antes de que pudiera pasarse una mano para arreglarse el cabello o agitar sus faldas para desarrugarlas un poco, la puerta se abrió de un tremendo empellón y los dos hombres entraron a toda prisa en la habitación. El helado viento de la noche, proveniente de las pequeñas aberturas para flechas a lo largo de la escalera, entró también en una ráfaga y su veloz corriente ahogó el fuego de algunas velas e hizo que las llamas de la antorcha revolotearan salvajemente.
Pero no de manera tan salvaje como la mirada de su marido.
El hombre cruzó la habitación a grandes zancadas, su espada emitía un sonido metálico y el viento parecía moverlo. Sus ojos centelleaban.
—¡Por todos los santos, María y José! —rugió MacKenzie , mirándola fijamente—. Dime que no has enviado a mis hijas al norte. ¡Y sin mi consentimiento!
Con una apariencia igualmente amenazadora, cubierto de barro y con el cabello desordenado, Robbie negó con la cabeza, su expresión era más de incredulidad que de furia.
—Seguramente no entendimos bien… —Echó un vistazo a su padre—. Juliana nunca cabalgaría sin antes decírmelo. Si hubiera necesitado hacer un viaje, me habría esperado hasta que yo regresara del mío.
—Ella se fue porque yo se lo pedí. Ella… —Linnet fue interrumpida cuando Mungo se paseó frente a ella y se lanzó a las piernas de Robbie.
MacKenzie resopló—Por las heridas de Cristo, mujer, te amo hace mucho tiempo. —Entornó los párpados sin dejar de mirarla, atravesándola—. Pero esto va más allá de todas las cosas. No puedo decirte lo que pasaría si algo malo llegara a sucederle a alguna de mis niñas.
Linnet apretó las manos—Nuestras hijas son más que capaces de cuidarse solas —respondió, mirándolo fijamente a los ojos—. Están escoltadas por una escuadra de tus mejores hombres. Y Juliana… —dijo mirando ahora a Robbie— las acompaña con decoro.
—Eso no me dice hacia dónde se dirigen —reclamó MacKenzie, mirándola con la ira reflejada en sus ojos.
—Tú no ignoras que si corrieran algún tipo de peligro yo lo sabría.
—¡Ah! —dijo MacKenzie cruzándose de brazos—. De cualquier modo es una mala idea.
Linnet mantuvo su posición firme.
—Las envié lejos de aquí por una buena razón.
MacKenzie arqueó una ceja.
—¿Y será ésa la misma razón por la que colocaste una barricada ante la puerta y te encerraste aquí con todas las persianas bajadas? Tú, que adoras el aire fresco y siempre tienes las ventanas abiertas…
—Yo…
—¡Por todos los santos! —La voz de Robbie hizo eco en sus oídos; sonaba distante y vacía—. Padre, ¿no lo ves?
—¡Ha bajado las persianas para no ver el lago! Habrá tenido otra de sus premoniciones. La segunda visión…
Pero Linnet no escuchó más.Porque ya ni siquiera se encontraba en el salón, estaba de pie en el paseo del parapeto de las almenas de Eilean Creag, disfrutando del viento y de un esplendoroso atardecer de las Tierras Altas.
Un atardecer glorioso. En las calmadas aguas del lago Duich se reflejaban los escarpados acantilados, la larga línea de brezo y las colinas cubiertas de Serbals que se avistaban más allá de la costa.
De pronto, los páramos abiertos y las macizas montañas se estremecieron y se agitaron, acercándose lentamente hasta que la vastedad del lago Duich se convirtió en un traicionero desfiladero. Un profundo y oscuro cañón que acunaba un apurado e iracundo torrente de agua blanca, rocas y espuma.
Linnet soltó un gemido y estiró el brazo, buscando apoyo. Sus piernas amenazaban con doblarse, mientras se aferraba a la pared del parapeto y miraba fijamente la visión que se desarrollaba ante ella; las frecuentemente tranquilas aguas del resplandeciente lago habían desaparecido por completo.
Sólo veía el empinado barranco y la agitada y burbujeante agua. Sólo veía las mortíferas y apresuradas aguas y las negras y brillantes piedras desbordándose en todas las direcciones.
El hombre de las Tierras Altas se encontraba atrapado en el furioso caldero. Su cuerpo se estrellaba contra las rocas y salía disparado, arrastrado por la corriente, revolcándose y tambaleándose en la enloquecida riada. Su abundante cabello conformaba el único color obscuro en el blanco remolino, espumoso y asesino.
Entonces, la pálida imagen comenzó a hacerse borrosa hasta que se convirtió en nada más que un centro blanco, en el blanco de sus nudillos, apretando la fría piedra al interior de las almenas. El horror había pasado.
Linnet aspiró profundamente de manera entrecortada y parpadeó, esperando encontrarse apoyada sobre la pared de piedra. El helado viento de la noche atravesaba la muralla, envolviendo su tembloroso cuerpo y batiendo su cabellera. Pero se encontraba en el salón, las persianas de las ventanas aún estaban bajadas y el fuego crepitaba agradablemente en la chimenea como si nada hubiera pasado.
Tristemente, Linnet sabía que no era así. Y, por la forma en que la miraban, también parecían saberlo su esposo y su hijastro.
—¡Por Dios, Linnet! —maldijo MacKenzie, confirmando las sospechas de la mujer.Se arrodilló frente a ella, tomando sus manos firmemente; cualquier trazo de irritación había desaparecido de su hermoso rostro.
—¿Por qué no nos dijiste la razón por la cual te habías encerrado aquí arriba?
Echó un vistazo a Robbie, tomó la copa de cerveza que él le ofrecía y la acercó a los labios de Linnet.
—Bebe —apuró MacKenzie, su semblante se encontraba tan perturbado como el corazón de Linnet—. Entonces dinos, ¿qué tiene que ver esto con Arabella y Gelis?
—Y Juliana —añadió Robbie, imitando a su padre al arrodillarse en el suelo.
Linnet parpadeó de nuevo. Tener una premonición dos veces sólo confirmaba lo inevitable.
—Nuestras niñas y Juliana estarán bien —dijo cuando finalmente logró hablar—. Es el joven Víctor el que me preocupa. Él es la razón por la cual las envié a Baldreagan. Para…
—¿Baldreagan? —preguntó MacKenzie, boquiabierto—. Nosotros creíamos que las habías enviado a Strathnaver, a visitar al clan de Juliana; según nos han contado abajo, después de pasar unos días con la familia de Juliana irán a Assynth a pasar una temporada con Archibald Macnicol y sus hijos en Dunach.
—También dijeron que tenías la esperanza de que el padre de la esposa de Kenneth conociera a unos posibles maridos para Arabella y Gelis —agregó Robbie.
—Puede que dijera algo parecido —replicó Linnet, un poco de color retornaba a sus mejillas—. Archibald es un gran cacique del norte y sus hijos honran su nombre. —Linnet enderezó la espalda—. Las niñas están en edad de casarse —dijo; por el tono de su voz se veía que ya estaba totalmente recuperada—. Hay quienes dicen que ya han pasado la edad adecuada para el casamiento.
MacKenzie inhaló. Su mal humor regresó a él, se incorporó.
—¿Qué tienen que ver las tiernas edades de mis hijas con Víctor Macpherson? —la miró desde arriba, sus puños cerrados sobre el cinturón de su espada—. Tú sabes que renunció a seguir al servicio de Kenneth, si es que Kenneth tuvo sus servicios, para volver a su casa y desposarse.
Para su gran sorpresa, su esposa negó con la cabeza—Regresó a casa para morir —dijo ella con la voz entrecortada.
—¿Para morir? — MacKenzie podía sentir sus ojos abiertos de par en par.
Su esposa asintió.
—He visto su muerte —dijo Linnet, con tal seguridad que la nuca de MacKenzie hormigueaba—. Se va a ahogar en el Garbh Uisge, como sus hermanos. Por eso envié a las niñas, con la falsa excusa de comprar ganado para ti; en realidad las envié para que le adviertan a Víctor de que tenga cuidado.
—¿No me has dicho en repetidas ocasiones que no hay manera de cambiar el curso de las cosas que ves en tus premoniciones?
—Sí, así es como debe ser —admitió Linnet, abatida—. Les advertí a las niñas que no le contaran a Víctor nada de lo que ellas saben. Semejante revelación podría apresurar su fatídico final con mayor velocidad.
—Entonces, ¿para qué las has enviado?
—Porque son lo suficientemente sensibles como para saber en quién confiar dentro de Baldreagan —dijo ella, mirando a MacKenzie como si fuera un inocentón—. Ellas encontrarán la forma de protegerlo.
—Si todo lo que querías era advertirle, ¿por qué no le enviaste un mensaje a la vieja Devorgilla de Doon? Ella habría podido trabajar en algún tipo de conjuro o guiñarle a la luna y apresurar un mensaje a Baldreagan sin que mis hijas necesitaran hacer semejante viaje hasta Kintail.
Su esposa apretó sus labios con fuerza, claramente molesta.
—Devorgilla sabe, sin necesidad de mensajeros, cuándo es necesaria su ayuda —dijo finalmente—. Exactamente de la misma manera que yo sé lo que tengo que hacer cuando soy visitada por mi don.
—Si Devorgilla ha de ayudar a Víctor, lo hará —añadió ella, mirando hacia la comida sobre la mesa, pero dejándola intacta—. Por mi parte, ya he hecho todo lo que podía hacer.
—¿Y si ni tu ayuda ni la de Devorgilla fueran necesarias? —Robbie se le unió en la mesa, sirviéndose un enorme trozo de queso—. ¿Y si no viste a Víctor? ¿No podrías haber visto a uno de sus difuntos hermanos?
—¡Tienes razón! — MacKenzie echó una rápida mirada de admiración a su hijo—. Todos esos muchachos Macpherson se parecían mucho. —Se sirvió otra rebosante copa de cerveza y bebió con avidez—. Sí, eso fue lo que pasó —declaró MacKenzie, con una expresión desbordante de satisfacción.
—No. —Linnet levantó la mirada de la mesa; sentía cómo el calor se apoderaba de su rostro—. Definitivamente, se trataba de Víctor. No cabe la menor duda.
—¿Ni la más mínima duda? —dijeron MacKenzie y Robbie al unísono.
Ella negó con la cabeza—Ni la más mínima.
—¿Y cómo puedes estar tan segura?
—Víctor era un escudero aquí —le recordó Linnet, sin encontrar la fuerza suficiente para mirarlo a los ojos.
—Víctor, Lachlan y algunos otros buenos hombres también —replicó él en tono inquisitivo, mirándola fijamente—. No veo qué tiene eso que ver con el asunto que nos ocupa ahora.
Tenía todo que ver…, pero Linnet no sabía cómo decírselo.
—Los escuderos y los caballeros jóvenes toman sus baños en la cocina con frecuencia —soltó finalmente, con la esperanza de que ellos la entendieran.
Pero no fue así.
Su marido y su hijastro permanecían de pie, mirándola con ojos y bocas abiertas. Sin comprender ni una sola palabra de lo que ella había dicho.
Segura de que su ardiente rostro pronto brillaría más que el tronco que ardía en la chimenea, Linnet exhaló agitadamente y dijo lo único que podía decir:
—Víctor, lo he visto desnudo.
MacKenzie y Robbie intercambiaron miradas.Ninguno habló. Tras un largo rato de silencio, un tinte rosado empezó a inundar las mejillas de Robbie.
-Y así es como sé que se trataba de él. En el momento en que su cuerpo llegó a las profundidades de los pozos, al final de los rápidos, su túnica había sido rasgada y arrancada de su cuerpo y él estaba desnudo.
—¿Desnudo? —repitió MacKenzie, haciendo la situación aún más incómoda.
Linnet asintió de nuevo.
—Desnudo. Estoy completamente segura de que el cuerpo que yo vi en mi premonición era el de Víctor Macpherson. El joven Víctor del Serbal.-Con la imagen todavía marcada en su memoria, Linnet se dirigió a la ventana más cercana y abrió las persianas de un empujón para respirar el ligero y fortalecedor aire que necesitaba desesperadamente.
—Y —añadió, mirando fijamente las aguas del lago Duich, ennegrecidas por la noche— si no se puede hacer algo para prevenirlo, Víctor estará muy cerca de acompañar a sus hermanos en la muerte.
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Mensaje  aitanalorence Jue Jun 03, 2010 6:26 pm

La esperanza de Víctor de pasar una noche agradable cortejando a Myriam Avelinne ante el fuego de la chimenea se desvaneció en el instante en que cruzaron la muralla de Baldreagan y pudo ver el caos que allí reinaba.

El salón estaba atestado. La supuesta casa de luto parecía estar sitiada.
Y él y su prometida parecían haber llegado justo en la mitad del asalto.
¡Una invasión de los MacKenzie!

Víctor frunció el ceño, pero no había duda alguna. Había pasado la mitad de su vida en Eilean Creag, como escudero de los más formidables terratenientes del castillo, y reconocería a estos barbudos hombres de clan en cualquier lado, tal y como cualquier hombre de las Tierras Altas lo haría; por lo menos cualquiera forjado como guerrero. Los MacKenzie eran conocidos en el mundo entero por su valor y su destreza en el campo de batalla, y recibían respeto y admiración donde quiera que fueran. Generosos y abiertos con sus aliados, eran también sembradores de terror en los corazones de sus enemigos.

Y Víctor los conocía como amigos. Los mejores amigos.

—¡Por todos los santos! —dijo. La presencia de esos hombres lo transportaba ante otra y más imponente muralla.
Su corazón se detuvo un instante y un torrente de recuerdos se abatió sobre él. Buenos recuerdos.
Estos hombres no eran cualquier MacKenzie. Eran los hombres del Ciervo Negro, y de los mejores, si sus ojos no lo estaban engañando.

Víctor desmontó, sin dejar de mirar a su alrededor. Todo el patio, iluminado por la luz de la luna, estaba repleto de hombres y de nerviosos caballos y perros que ladraban.
Incluso vio a su propio perro, Valeroso. Siempre en medio de la algarabía. El patético modo en que el viejo perro arrastraba los pies y sus ojos lechosos no le habían impedido unirse al estruendo y la bulla.
Antes de que pudiera preguntarse por la razón de tan inesperada visita, sintió que lo tomaban del brazo. Myriam estaba frente a él mirándolo, sus ojos eran redondos y luminosos. Su cabello brillaba bajo la luz de la luna; estaba tan hermosa que a él casi se le olvida respirar. Y se había olvidado de ayudarla a desmontar.
En ese momento, uno de los muchachos del establo se aproximó corriendo para atender su corcel sin jinete.
Víctor se tragó una maldición.
—Mis disculpas —dijo, pasando una mano sobre su cabello—. Tendría que haberte ayudado a desmontar, pero me he quedado tan sorprendido al ver esto…
—No te preocupes, no es necesario que te disculpes. —Se acerco a él, un atractivo centelleo se reflejaba en sus ojos—. Como no me derretí en la lluvia cuando pasábamos por los montículos de piedras, tampoco me voy a quebrar si me bajo de un caballo sin ayuda.
Myriam se puso de puntillas y le dio un rápido beso en los labios.
Fue un rápido y suave beso, con la suficiente medida de lengua como para hacerle desear estar todavía en las protectoras sombras de la capilla y no en la atestada muralla.
Pero Myriam ya se estaba alejando.
—No me extraña que te hayas quedado tan sorprendido —dijo ella, echando un vistazo a su alrededor—. ¿Quién hubiera pensado que encontraríamos Baldreagan invadido por los MacKenzie?
Víctor la miró.
—¿Los conoces?
Myriam alisó su capa, sintiéndose repentinamente incómoda.
—Pues… —se detuvo, su mirada se desvió hacia la antesala del castillo con sus empinados peldaños de piedra que conducían al gran salón—. Verás, la verdad es que los hombres de Eilean Creag han visitado el castillo Fairmaiden una o dos veces —explicó ella finalmente—. Siempre venían por la misma razón… quejándose de que el precio que pedía tu padre por su ganado era demasiado alto y queriendo saber si mi padre les podría hacer una mejor oferta.
—¿Y lo hacía?
—Oh, sí. Siempre lo hacía. —Esperó a que dos hombres cargados con cajas pasaran junto a ellos. Luego continuó en voz baja—. Mi padre les decía que podían llevarse todo el ganado que quisieran a cambio de ninguna moneda.
—¿Por nada? —Víctor no lo podía creer.
—No exactamente por nada —dijo evitando contestar y esquivando su mirada—. Había una trampa. Podían llevarse todo el ganado si se llevaban a una de mis hermanas también.
Víctor casi se ahoga.

Lo único que le impidió reírse con fuerza de la terquedad de su suegro fue la repentina aparición de una criatura casi tan desventurada como las hermanas de su prometida.

—¡Víctor! ¡Nunca adivinarás quién está sentada en nuestro salón y por qué razón! —Edwin se acercó a ellos jadeando, su ancho y pecoso rostro estaba inundado de emoción—. Ay, no, nunca lo adivinarías —repitió, su enorme barba roja temblaba como la gelatina.
Víctor le guiñó un ojo a Myriam y devolvió la mirada a su primo.
—¿Podrían ser MacKenzie? —Víctor se aventuró a decir, simulando ignorancia.
—Ooooh… ¡Sí! ¡De eso no hay duda, pero qué MacKenzie! —Edwin se mecía para adelante y para atrás sobre sus talones—. Te vas a caer de espaldas cuando te enteres, te lo digo yo.
—Entonces, dímelo de una vez. —Víctor se cruzó de brazos—. Dime quién es ese visitante que ha causado tanto revuelo.
—¡Todas las mujeres del Ciervo Negro! La esposa de su hijo Robbie, lady Juliana y… —los ojos de Edwin se encendieron— sus dos hijas.
Víctor no lo podía creer. No llegó a caerse de espaldas, como había vaticinado su primo, pero estuvo a punto.
—¿Arabella y Gelis están aquí? ¿Y lady Juliana?
Edwin asintió.
—¿Quién lo hubiera pensado? Deben de estar buscando marido. —Se inclinó y le habló a Víctor al oído—. Creo que han pensado en mí para una de ellas. Me han estado haciendo ojitos de luna llena.
—Eso podría ser así —afirmó Víctor, dándole una palmada a Edwin en el brazo, sabiendo que no podría permitirse destruir la esperanza de su torpe primo de conseguir una nueva esposa. Una madre para sus cinco hijos.

—Me voy a buscar el casco alado del abuelo de mi abuelo —le confesó a Víctor, hablándole de nuevo al oído—. Gelis, la fogosa muchacha, quedó impresionada cuando le conté que tenía un poco de sangre nórdica.
Víctor abrió la boca para decirle que no había ningún hombre de las Tierras Altas que no tuviera unas cuantas gotas de sangre vikinga en sus venas, pero Edwin ya se estaba alejando, abriéndose camino a través de la multitud, claramente decidido a recoger su oxidado tesoro. Una reliquia muy similar a todas las que se encontraban en cada esquina de Eilean Creag.
Víctor exhaló con fuerza y observó cómo su primo se alejaba.
En el momento en que Edwin desapareció entre la multitud, Víctor tomó a Myriam de la mano y la condujo junto a él hacia las escaleras del castillo. Algo extraño estaba pasando, y cuanto antes supiera lo que era, mucho mejor.
Lady Juliana podía estar escoltando a las hijas de Duncan MacKenzie a lo largo de las Tierras Altas, pero no lo hacía para encontrarles marido.
Especialmente, no en Baldreagan.
Víctor estaba tan seguro de ello como de que la luz se vería al día siguiente.
Estuvo doblemente seguro cuando, al acercarse a la cima de las escaleras de la antesala, una pequeña y desaliñada mujer se materializó de entre las sombras, bloqueándoles el camino.
—¡Alabados sean los santos! ¡Estáis aquí! —La mujer los abordó como un cuervo negro, sus ojos brillaban a la luz de la luna—. ¡El mundo entero se está derrumbando y me estoy quedando sin recursos para mantenerlo en pie!
—Ah, Morag. —Víctor sonrió con la sonrisa más encantadora que tenía—. Te he visto arreglar el salón para huéspedes mucho más ilustres que dos pequeñas muchachas y lady Juliana. —Víctor estiró una mano para desordenar sus rizos plateados—. No me digas…
—No son ellas las que me molestan. —Morag lo tomó del brazo y lo condujo a las sombras más profundas, bajo el arco de la puerta—. Es tu padre. Está en el salón en este momento, en la mesa alta, confraternizando con las muchachas MacKenzie.
—¡Qué bien! Por fin ha abandonado su habitación, ya era hora. —Myriam dio unos pasos hacia delante, la noticia la había alegrado—. Bendito sea —dijo, sonriéndole a la vieja mujer—. Estas son buenas noticias, ¿verdad Morag?
Myriam hizo una pausa y le echó un rápido vistazo a Víctor.
Estaba nervioso a su lado. Le gustara o no, Myriam estaba decidida a llenar el vacío que había entre él y su padre.
—La gente echaba de menos a tu padre —intentó explicar—. Nadie se sentía con la suficiente fuerza como para contar historias o disfrutar de la cerveza. Hasta los perros vagaban por ahí con las orejas caídas y los ojos tristes.
Víctor asintió, sorprendiendo con ello a Myriam.
—Sí, su presencia en el salón es una buena señal —aseguró Víctor.
Morag se mordió los labios.
—Te digo que sólo está en el salón porque juró que nunca volvería a poner los pies en otro sitio —dijo, haciendo un ademán de advertencia con el dedo índice—. Está fingiendo que se encuentra relajado. La verdad es que yo nunca lo había visto tan preocupado.
La sonrisa de Myriam se congeló en sus labios.
La expresión de Víctor se endureció.
Al notar aquello, Myriam se inclinó hacia Víctor.
—¿Ha recibido Alejandro otra visita? —preguntó, enredando sus dedos con los de Víctor y apretándolos—. ¿Ha vuelto a ver a Neill?
Morag asintió.
—Sí, por eso está tan alterado —confirmó, asintiendo con la cabeza mientras hablaba—. El pobre se asustó tanto que levantó una barricada frente a la puerta para bloquear la entrada de su cuarto. Lo encontramos acurrucado en su silla, diciendo incoherencias. —Morag miró alarmada, tras ella, por encima de su hombro—. Todavía estaría allí encerrado si no hubiera sido por los cuatro hombres del clan que tuvieron que abrir la puerta a golpes —dijo Morag, bajando la voz—. Y por la llegada de las muchachas MacKenzie en ese momento. Ellas son la razón por la cual bajó de su habitación.
Víctor levantó las cejas.
—Y ahora, ¿ha jurado quedarse ahí? ¿En el salón?
—Eso es lo que él dice.
Myriam frunció el ceño.
—No puede dormir en el salón —objetó, la imagen del viejo terrateniente pasando la noche arropado con su túnica en el crudo y frío salón la hacía estremecerse—. Ha envejecido mucho últimamente. Ya no es el mismo.
Víctor contuvo un resoplido.
Por lo que había visto, con excepción de su nuevo miedo a los espectros, Alejandro Macpherson era todavía el astuto e irascible hombre de siempre.
Pero su novia parecía haberlo acogido en su corazón, así que le regaló la mirada más tranquilizadora que pudo darle.
—No te preocupes. No permitiré que duerma en el salón. Dormirá arriba, como le corresponde.
—¡Bah! Eso está por verse —dudó Morag—. Ese viejo chivo es tan terco y obstinado como largo es el paso de las horas en un día. No, no creo que acceda a regresar a su habitación.
Víctor negó con la cabeza.
—La última vez que hablé con él me juró que nunca iba a abandonar su cama.
—Sí, se creía seguro escondido bajo las mantas —afirmó Morag, acercándose—. Pero eso fue antes de que el fantasma de Neill lo visitara desde la tumba, empapado y goteando.
El corazón de Víctor se detuvo.
Myriam tomó su brazo y lo apretó con fuerza.
—¿Qué estás diciendo? —Víctor miraba fijamente a la vieja mujer, los finos cabellos de su nuca se erizaron—. ¿Qué quieres decir con que Neill estaba mojado y goteando?

—Exactamente lo que he dicho. —Morag se irguió, empujando sus huesudos hombros hacia atrás—. Tu padre no regresará a su cama porque tiene miedo de ahogarse en ella. Si quisiéramos creer en sus alocados relatos, la última vez que Neill se apareció ante él, estaba completamente empapado y las mismas aguas del Garbh Uisge fluían a su alrededor.
—Eso no puede ser —protestó Víctor.

Morag se encogió de hombros.
—Que sea como tenga que ser, su cama y el suelo estaban empapados cuando lo encontramos.
—¿Tú lo viste? —preguntó Víctor, aunque ya sabía la respuesta.
Los helados escalofríos que atravesaban su espina dorsal eran una buena respuesta a su pregunta.

De hecho, ni siquiera oyó la respuesta de Morag. La sangre rugía con fuerza en sus oídos. Y en su mente sólo había una imagen.
La empapada túnica extendida sobre una tumba.
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Mensaje  nayelive Jue Jun 03, 2010 11:16 pm

gracias por el capi
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Mensaje  alma.fra Jue Jun 03, 2010 11:35 pm

Ojala ke no le pase nada a ViC. Gracias por el capitulo.
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Mensaje  Dianitha Vie Jun 04, 2010 10:30 am

graciias x los cap niiña solo espero que no le pose nada a viictor saludos a la bebiita What a Face What a Face What a Face What a Face
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Mensaje  aitanalorence Vie Jun 04, 2010 4:13 pm

saludos que tengan un buen fin de semana y disfruten muchisimo fuego y pasión - Página 4 196

Víctor se detuvo justo debajo de la puerta del salón y se encontró inmediatamente rodeado por algunos hombres del clan. Claramente de buen ánimo, empujaban, daban empellones y forcejeaban en los pasillos entre las mesas de caballete. Otros se mantenían apartados, deleitándose con el pasatiempo favorito de las Tierras Altas: contar historias.
Tanta conmoción resultaba tan agobiante que Víctor deslizó un brazo alrededor de su novia manteniéndola cerca.
Cada dichosa distracción le arrancaba el pensamiento del manto mojado y de una fastidiosa sospecha que no podía evitar albergar, tan perturbadora como un yugo de hierro alrededor del cuello.
Ya pensaría en todo aquello por la mañana.
Por el momento, fingiría una sonrisa y los mejores ánimos que pudiese invocar. Y por prudencia, se cuidaría la espalda y mantendría un ojo cauteloso en los rincones demasiado oscuros.
Víctor respiró profundamente y dejó escapar el aire con lentitud. También aseguró su brazo alrededor de Myriam.Aaah, sí, algo no andaba bien. Y hasta que lograra resolver el acertijo, su nueva dama no iba a irse de su lado.
—Vaya, veo que las habladurías decían la verdad —repicó una voz femenina justo a su izquierda—. ¡Tu novia es una hermosa doncella sithe!
Víctor se dio la vuelta para encontrarse con una muchachita de ojos verdes.
—¡Gelis! —saludó a la hija más joven de Duncan MacKenzie—. Por todos los santos, sí que has crecido.
La miró de arriba abajo, sorprendido de lo femenina que se había vuelto en pocos meses, desde que él había visitado Eilean Creag por última vez.
—Eres incorregible, tienes que aparecer justo el día en que pensaba portarme como un romántico caballero y pasar una tranquila velada junto al fuego a solas con mi dama.
—Ah, bien, entonces yo la llevaré junto a la chimenea —trinó, tomando la mano de Myriam para guiarla, adentrándose con ella cada vez más en el salón, por entre la estrepitosa y bulliciosa muchedumbre.
—Él viene detrás de nosotras, no temas. —Le guiñó un ojo a Myriam en un gesto de complicidad—. Ése necesita un empujón de vez en cuando —añadió, urgiendo a Myriam a que tomara asiento en la mesa alta—. Se preocupa demasiado por los buenos modales.
—¿Y tú no? —Myriam la miró, con la certeza de que nunca había visto criatura más alegre y asombrosa.
Gelis se rió y se dejó caer en el banco que estaba a su lado.
—¡No! —dijo, acomodándose—. Las preocupaciones son para los ancianos y… ¡para Víctor!
—¡Ja! y la luna se acaba de caer del cielo —agregó una bella mujer desde el otro lado de la mesa—. Mi hermana se preocupa todo el tiempo. Incluso, y eso es lo peor, por cosas que no le incumben.
Levantó su copa de vino y sonrió—Soy Arabella —dijo, tan serena y segura de sí misma como su hermana—. Y… —indicando a una mujer mayor, igualmente llamativa, más lejos en la misma mesa— ésa es lady Juliana, la esposa de nuestro hermano Robbie. Como yo, ella se encarga de evitar que la pequeña Gelis haga travesuras.
—¿Pequeña? —Gelis se inclinó hacia delante—. ¡No soy tan joven como para que ciertos ojos se contengan de mirar mis encantos!
Arabella puso su copa de vino sobre la mesa—Como puedes ver, es también extremadamente modesta.
Gelis se encogió ligeramente—Si no estuvieras tan envuelta en los pliegues de tu túnica, sospecho que también habría unos cuantos ojos masculinos mirando hacia ti —dijo sarcásticamente, tomando el extremo de su trenza y sacudiéndolo en la dirección de su hermana.
Arabella se sonrojó—No hemos venido aquí a lanzar miradas furtivas—le recordó a su hermana.
Algo en el tono de su voz alertó a Myriam.Pero el rostro de la joven no revelaba nada. Se sentó tan derecha como un tronco, la imagen misma de la dignidad, con la atención puesta exclusivamente en el trozo de pan en que estaba untando la miel especial de Morag.
La voz retumbante de Alejandro le hizo volver a la realidad. El hombre conversaba animadamente con lady Juliana y, para alivio de Myriam, parecía todo menos lánguido o asustado. De hecho, reconoció el destello que había en sus ojos. Era el mismo que algunas veces había visto en los ojos de su padre cuando hablaba de negocios.
Víctor saludó a lady Juliana con un movimiento de cabeza, luego se sirvió una generosa cantidad y bebió con avidez.Cuando acabó de beber, se pasó el dorso de la mano por la boca, sin dejar de mirar a su padre.
Luego miró a su novia. Estaba encantadora bajo el suave brillo del bien dispuesto fuego, y él no se podía permitir tan tentadora distracción, no con la imagen de ese tenebroso manto mojado fija en su mente.
Pero sí deseaba distraer a su padre. Sólo de esa manera podría sacarle algo más que incoherencias, balbuceos y resoplidos.
Así que tomó asiento, robando un poco de queso de una bandeja y tirándoselo a Valeroso. Luego se puso cómodo y se lanzó al ataque.
—Cualquiera que pueda darse el lujo de encender hogueras con troncos en cada chimenea puede también permitirse un poco de generosidad a la hora de vender ganado a un antiguo aliado.
Tal como esperaba, su padre apretó los labios y lo miró con gesto de disgusto.Y no dijo una sola palabra.
—Espero, también —continuó Víctor, pasando un dedo por el borde de su vaso de cerveza—, que haya ordenado encender un buen fuego en su recámara, pues hace mucho frío esta noche y no quisiera que se resfriara.
Alejandro se agarró del borde de la mesa y se inclinó hacia delante—Dado que no volveré a dormir en ese cuarto, no hay peligro de que me resfríe en ese lugar.
Haciendo un gesto para que Morag rellenara su vaso, se recostó en su silla, que se asemejaba a un trono, y le dedicó a Víctor una extraña sonrisa.
Una sonrisa arrogante. Desafiante.
—Es más —continuó, con su mirada autocomplaciente aún fija en Víctor—, acabo de decidir que voy a dormir en tu recámara. Tú puedes dormir en la mía.
Negándose a morder el anzuelo, Víctor ni siquiera parpadeó.
—Como desee. La verdad es que estoy aliviado, pues me han dicho que pensaba hacer su cama en el salón y eso es algo que yo nunca hubiera permitido. Demasiados hombres despliegan sus literas aquí y yo no aceptaría que su descanso fuese interrumpido.
No cuando alguno de esos hombres podía tener dos caras. Y un manto empapado.
Seguro de ello, Víctor se estiró a lo largo de la mesa y puso sus fuertes dedos sobre la envejecida mano de su padre.
—Dígame, padre —le dijo, hablando bajo—, cuando Neill lo visitó la última vez, ¿estaba envuelto en su mortaja funeraria o llevaba puesto su manto?
—¡Su manto, bufón! —profirió Alejandro, retirando la mano de un tirón—. Su empapado y goteante manto. —Se volvió y lanzó una furtiva mirada a Morag—. ¡Como todos en este salón saben!
—Entonces, le ofreceré uno nuevo y seco si se atreve a hacer una nueva visita —declaró Víctor, preparándose para el próximo estallido de su padre—. Y usted, padre, se alojará en mi recámara. Con dos guardias de confianza.
—¡Dos guardias de confianza! —lo imitó Alejandro, mirando a su alrededor—. No hay persona bajo los cielos que pueda detener una inundación una vez que las aguas han comenzado a desbordarse.
—Pero aguas tan traicioneras como las del Garbh Uisge pueden convertirse en inofensivas si uno las evita. —Lady Juliana tomó una bandeja de galletas rellenas de jalea
—Hay muchos que dormirían con mayor tranquilidad si usted prometiera evitar las bravas aguas del Garbh Uisge —dijo ella. La extraña expresión de su rostro le hizo pensar a Víctor que algo no andaba bien.
—Confíe en mí —dijo Víctor—. Yo no tengo ninguna intención de ir a ese lugar. Pero sí pienso examinar el puente —añadió, sintiendo todos los ojos de la mesa puestos sobre él—. El puente tendrá que ser reparado.
—Esa monstruosidad endemoniada no puede ser reparada —gruñó Alejandro, mordiendo una galleta—. ¡He enviado cada pequeño pedazo de él a las llamas del infierno donde pertenece!
—¿Las llamas del infierno? —Víctor intercambió miradas con Myriam, pero ella parecía estar igualmente perpleja.
—Aaah, sí. Directo a la casa del mismísimo Lucifer —dijo Alejandro, tomando una segunda galleta.
—Quiere decir que lo ha quemado —comentó Edwin burlonamente, abriéndose paso a través de la multitud—. Todo el puente. Hasta la última pieza.
Quemado. Hasta la última pieza.
Las palabras rondaban por la cabeza de Víctor, mientras una incómoda sospecha tomaba forma en su mente. Miró a su primo, a su padre y luego otra vez a su primo.
—¿No iréis a decirme que los leños que arden en la rejilla de cada chimenea son pedazos del puente?
Alejandro se tragó el aire y escupió algo ininteligible. Pero la molestia que centelleaba en sus ojos confirmó las sospechas de Víctor. Su avaro padre no había gastado un solo centavo en combustible para la gran cantidad de chimeneas de Baldreagan. El fulgurante brillo que Víctor había notado iluminando cada ventana de las torres provenía de las llamas del arma asesina de sus hermanos.
Y lo confirmaba el gesto de asentimiento de Edwin, sacudiendo la barba.
—¿Dónde crees que hemos estado estos últimos días? —Arrugó la frente e hizo un gesto con la cabeza, indicando a algunos otros parientes que se ocultaban entre las sombras.
«La muerte acecha en esas sombras». Víctor se volvió con rapidez, esperando encontrar a sus espaldas a la persona que había pronunciado esas palabras, pero no había nadie que se encontrara lo suficientemente cerca de él como para hablarle al oído. Por otra parte, ninguno de los presentes parecía haber escuchado nada.



Todo parecía estar bien.
Aun así, Víctor podía sentir que unos ojos malignos lo observaban.
—Fueron horas oscuras, allá abajo en el Garbh Uisge —estaba diciendo Edwin, y algunos parientes que lo escuchaban asentían en tembloroso reconocimiento—. Romper en pedazos lo que quedaba del puente y sacar el resto del agua. No quisiera tener que volver a hacer algo similar.
Víctor echó su cabeza hacia atrás y miró al techo ennegrecido por el humo. Dejó escapar un suspiro de frustración.
«No quisiera tener que volver a hacer algo similar», había dicho Edwin con cierto sarcasmo. Él hubiera preferido que, sencillamente, no se hubiera hecho nunca.
Deseando que hubiera sido así, echó los hombros hacia atrás y enderezó su columna luchando contra el frío que hormigueaba por todo su ser. Desde que descubrió el manto empapado, había deseado examinar el puente caído. Recorrer cada pulgada de madera astillada y destruida en busca de indicios de juego sucio.
Pero ahora lo mejor que podía hacer era barrer las cenizas del puente de las rejillas en las chimeneas de Baldreagan. Y asegurarse de que el bastardo desgraciado cuya mirada lo perforaba con tanta ira se mantuviera lejos de Myriam y de su padre.
Bien preparado para un choque de voluntades con aquel ser de la mirada, Víctor se acercó a la mesa y empujó la bandeja de galletas con jalea lejos del alcance de su padre.
—¿De quién fue la idea de quemar los restos del puente?
—De los espectros —le respondió Edwin, reclamando una silla al lado de Gelis—. Neill estaba furioso con tu padre por lo que pasó y le advirtió que no quería que quedase ningún recuerdo de la tragedia.
—La idea fue mía —insistió Alejandro, cerrando los puños sobre la mesa—. Mía y de Duncan Mor. Yo voy a financiar la construcción de un puente nuevo y él se está haciendo cargo de las efigies y los sepulcros de mis hijos.
Miró a Víctor—Es parte de nuestro acuerdo. Una manera de apaciguar a los espectros.
Víctor frunció el ceño y se mordió la lengua.
Edwin parecía dubitativo—Pero tú dijiste que ellos están enoj…
—¡Y lo están! —respondió Alejandro, con una mirada penetrante—. Aunque la razón por la cual no atormentaron también a Duncan Mor no la puedo comprender. Él tiene tanta culpa como yo por haber permitido que el puente se deteriorara hasta ese punto. ¡Dios sabe que ambos hacíamos uso de él!
—¿Y alguien examinó el puente antes de que fuera convertido en leña para la chimenea? —preguntó Víctor; su persistencia le consiguió otro de los oscuros gestos de disgusto de su padre. Como su padre no respondía, Víctor se puso en pie—. Acompañaré a lady Myriam a la vieja recámara de Kendrick —dijo, moviéndose para ayudarla a levantarse—. Está más cerca de la suya, padre, y como yo apreciaría una visita de Neill o de cualquiera que quisiera venir a buscarme, aceptaré de buen grado la oferta de que intercambiemos habitaciones.
Alejandro gruñó y tomó el vaso de cerveza—Te vas a arrepentir de andar bromeando sobre los fantasmas de tus hermanos —le advirtió a Víctor, bebiendo un trago—. Están aquí, y no creo que tus burlas les hagan ninguna gracia.
Víctor se encogió de hombros—Voy a visitar la zona del Garbh Uisge por donde cayeron mis hermanos… y como descubra un solo indicio de sabotaje… —Deslizó su mano alrededor de la cintura de Myriam y la acercó hacia él, sintiendo la necesidad de protegerla—. Esté o no esté ahí el puente, puede que aún haya algo que los espectros no quieran que veamos. De ser así, pienso descubrirlo.
Miró alrededor hacia sus parientes y amigos, asegurándose de que todos lo hubieran escuchado, esperando que también lo escuchara cualquier posible enemigo.
—Y cuando lo haga, no seré yo quien tendrá que arrepentirse —añadió, llevándose a Myriam con él, mientras avanzaba hacia la escalera de la torre.
Pero su salida fue interrumpida por un jadeo femenino, una ráfaga susurrante de faldas, mientras Gelis se puso de pie de un salto y se apresuró tras ellos—Oooh, no puedes acercarte a las cataratas —gritó, tomando a Víctor del brazo—. ¡Prométeme que no lo harás!
Víctor se dio la vuelta para mirarla. El miedo en los ojos de la chica y la palidez de su rostro lo hacían sentirse aún más decidido a ir. Especialmente por ser ella la hija de Linnet MacKenzie.
Víctor sabía que las advertencias que venían de esa dirección no debían ser ignoradas, pero también reconoció la necesidad de ser cauteloso. Así que le dio una palmadita en la espalda y fingió una sonrisa reconfortante—No te preocupes —mintió, diciendo una falsedad a una mujer desprevenida, tal vez por centésima vez tan sólo en los últimos días—. No me acercaré a las cataratas.
«Pero podría escarbar un poco por sus alrededores sin necesidad de acercarme a ellas».
Esto último, claro, se lo guardó.
—No me gustó la manera en que ella te miraba-Myriam le expresó su preocupación cuando llegaron al descansillo de la escalera.
—¿Gelis? —Víctor la miró estupefacto—. ¿La pequeña y atrevida Gel?
Myriam asintió. Pasó sus manos por su falda, molesta con la humedad. La verdad era que ella no había visto nada pequeño en la muchachita MacKenzie.
Pero eso no importaba. La chica le había gustado. Y Víctor, bobo como todos los hombres, había malinterpretado sus palabras por completo. Aun así, se arrepentía de haberlas pronunciado. Pero como el mal ya estaba hecho, no dijo nada, y permaneció en silencio mientras él la conducía por el corredor en penumbra hacia la habitación vacía que había pertenecido a su hermano Kendrick.
Se mordió el labio en el momento en que cruzaron el umbral, olvidando inmediatamente su propia agitación.
Lo cierto era que a ella le gustaba mucho Kendrick. Aunque, como sus hermanas y cualquier mujer con un poquito de sentido común sabía, no debía tomarlo muy en serio. Un reconocido mujeriego de ojos risueños, muy pagado de sí mismo y siempre divertido. En su opinión, era el más guapo de los hermanos Macpherson. De sonrisa rápida, escandalosamente presumido y con la habilidad de hacer creer a cualquier mujer a la que mirase que era la más bella del lugar.
Sintió ganas de llorar y tragó saliva.
Incluso su fantasma parecía vivo. Ella lo había visto y sabía que, hasta en la muerte, Kendrick seguía siendo el mismo. Desde luego, cuando lo vio no parecía que estuviera… muerto.
—Ven, Myriam. —Víctor la miró por encima de su hombro—. No necesitas preocuparte por Gelis. Ni por dormir en este cuarto. Kendrick no se encuentra aquí.
Pero Myriam no estaba tan segura de eso.Miró a su alrededor, pero no vio a nadie, sólo a su prometido cerrando la puerta.
Después de asegurar el pestillo, Víctor suspiró, un tanto molesto, pero no dijo nada. Luego se movió con eficiencia por la habitación, preparándolo todo, encendiendo velas y avivando el fuego de la chimenea.
No eran necesarios más preparativos. Había un brasero de carbón en un rincón, y los candelabros de pared también habían sido encendidos, pero Víctor continuaba rondando por la habitación, sin saber qué hacer, en busca de alguna ocupación. Encendió una vela, la única que estaba apagada.
—Para que veas mejor a los espectros.
Myriam no estaba muy segura de haberle oído pronunciar esas palabras.
Con el corazón palpitante, se dirigió a una de las ventanas e inhaló profundamente una bocanada de aire frío y húmedo. La noche olía a aromas de la noche, conocidos por todos los habitantes de las Tierras Altas, y no muy distintos a los que ella conocía de Fairmaiden

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Mensaje  Dianitha Vie Jun 04, 2010 4:34 pm

graciias x el cap niiña esto esta cada vez mas interesante saludos Like a Star @ heaven Like a Star @ heaven Like a Star @ heaven
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Mensaje  aitanalorence Vie Jun 04, 2010 4:39 pm

—Yo no dudo de lo que me has dicho. —Esperaba que Myriam le creyera—. Estoy seguro de que viste a Neill y a Kendrick en los túmulos, bailando con Hughie Mac. Y también abajo en el Garbh Uisge. Aun así…
—Yo los vi. Lo juro —insistió Myriam—. Y tenían que ser espectros porque se desvanecieron justo ante mis ojos… Y los estaba mirando de frente. —Myriam se le acercó y Víctor la abrazó con fuerza—. Al menos así fue como ocurrió en el camposanto. En las cataratas, en cierta forma sólo desaparecieron entre los árboles.
—Aaah, bien. —Víctor le acarició el cabello—. No son los espíritus de mis hermanos lo que me preocupa. Es el bastardo que se disfraza de fantasma el que me atormenta.
Myriam mostró dudas—¿Piensas que alguien se está haciendo pasar por un fantasma?
Víctor arqueó una ceja.
—¿Y tú de verdad piensas que puede ser de otra manera? ¿Después de lo que vimos en la capilla?
Para su consuelo, Myriam sacudió la cabeza.
—¿Qué es lo que piensas hacer?
Víctor sonrió.
—Lo que sé hacer mejor cuando la necesidad surge —dijo, echando su manto hacia atrás para revelar el mango dentado de su hacha de vikingo y la empuñadura envuelta en cuero de su espada—. Garantizar la seguridad de aquellos por quienes me preocupo.
—¿Y aquellos por quienes yo me preocupo? —respondió ella, tocando a Víctor en la mejilla—. Esos por quienes sé que tu padre se preocupa. Eres tú quien recibió la advertencia de lady Linnet.
Víctor la tomó de la mano, besando las yemas de sus dedos.
—Sí, tendré cuidado, no debes preocuparte. —Sonrió de nuevo, satisfecho con las precauciones que había dispuesto—. Ahora mismo, mientras tú y yo hablamos, Edwin y otro primo estarán tomando posición al lado de la puerta de esta habitación. Y… —guiñó el ojo— Edwin lleva un hacha vikinga aún más mortífera que la mía. Por si aún no lo has notado, está muy orgulloso de sus abuelos nórdicos. Y no acepta de buen agrado que nadie se atreva a mirar a una mujer con malas intenciones.
Myriam lo miró a través de sus pestañas; parecía más confundida que confortada.
—¿Has dispuesto dos guardias para mi protección? También dispusiste que dos guardias cuidaran a tu padre…
Víctor sonrió de nuevo.
—He ordenado a dos hombres de confianza que vigilen la puerta. Yo te protegeré a ti.
—¡Ooooh! —Los ojos de Myriam se posaron sobre la amplia cama cubierta de pieles—. ¿Así que vas a dormir aquí?
Víctor siguió su mirada y se puso tenso. No podía pasar la noche en el mismo cuarto que ella. Al menos todavía no. Se aclaró la garganta y anduvo unos pasos hasta situarse frente a la chimenea.
—Yo dormiré en la recámara de mi padre, tal como él deseaba —le dijo, echando a un lado un pesado tapiz que cubría una puerta de roble—. Este cuarto alguna vez fue de mi madre, ya ves. Por eso es tan acogedor. Y tú estarás segura aquí, lo prometo.
Myriam parpadeó, y quedó boquiabierta cuando él abrió la puerta para revelar una pequeña antesala. Y, claramente visible al otro lado de la pequeña habitación, una segunda puerta cerrada.
—Las habitaciones se encuentran conectadas —dijo Víctor, tomando una antorcha de la pared y agachando la cabeza para entrar al pequeño cuarto—. Dejaremos las puertas abiertas y las antorchas encendidas.
—¿Para asustar a los espectros?
Víctor arqueó una ceja, pero no dijo nada. Sabía lo suficiente sobre las mujeres para dejar que pensara lo que quisiese, si de esa manera se sentía más tranquila.
Era él quien necesitaba tranquilizarse.
Myriam lo siguió hacia la puerta abierta. Su cautivador aroma de violetas y la proximidad de su suave calor femenino hicieron que Víctor casi se arrepintiera de no quedarse en la misma habitación que ella.
Podría haberlo hecho. Aunque no se hubiera acostado, aunque hubiera pasado la noche en una silla frente al fuego. Los santos sabían que había dormido en lugares mucho más incómodos que el suelo cubierto de pieles de la habitación de su fallecido hermano

Rondando por el umbral de la antesala, Myriam lo observaba con grandes y brillantes ojos.
—¿Y sabrás si algo anda mal?
Víctor dio un brinco hacia ella como si le hubiese extendido los brazos, le tomó los dedos e hizo que los envolviera alrededor de los suyos. Se dijo que si Myriam supiera los impulsos que su mera presencia despertaban en él, no estaría tan tranquila. Era aún una doncella, y Víctor quería ser moderado y cortés.
—Myriam —dijo con voz grave—, yo sabré si el viento nocturno desvía una sola gota de lluvia hacia el antepecho de tu ventana.
Después de pronunciar estas palabras, prendió con la humeante antorcha los dos candelabros de pared de la antesala, satisfecho cuando estos se encendieron y el pequeño cuarto se llenó con la misma luz dorada de la habitación de Kendrick.
En unos instantes, el cuarto de su padre estaría también lleno de luz, pero no para asustar a los espectros, sino todo lo contrario, para recibir su visita.
Al menos la de aquel al que le gustaban los mantos mojados.
Y si el patán se dejaba ver, Víctor estaría preparado. Él, su hacha nórdica y su fiel espada. El fantasma podría escoger la muerte que más le complaciera.

Una semana después, Myriam se detuvo sobre el rellano, al pie de la que fuera antes la habitación de Víctor, sosteniendo entre sus manos una bien surtida bandeja con la cena. La bandeja con la cena de Alejandro, para él solo, que pasaba el tiempo tras la cerrada puerta de roble de la recámara.
Y a juzgar por el silencio de la habitación, Myriam sospechaba que estaba dormido.
Pero cuando se apoyó la bandeja en la cintura para abrir la puerta con su mano libre, lo encontró sentado en la cama, recostado contra las almohadas y registrando agitadamente un cofre asegurado con varillas de hierro.
Una abollada y algo oxidada caja fuerte, muy similar a la que su padre había enviado a Alejandro como dote de matrimonio pero que, ella sabía, contenía solamente piedras.
Y con toda certeza, había un reguero de piedras desparramadas a lo ancho del cobertor de la cama.
Piedras y algunos rollos de pergaminos que parecían muy antiguos.
Myriam respiró profundamente, dudando entre retirarse o permanecer allí.
—Señor —dijo finalmente—. Le he traído la…
—¡Por Dios! —Alejandro levantó la mirada, retorciéndose como si hubiese sido picado por algo.
Cerró de un golpe la tapa del cofre y se apresuró a tomar los pergaminos, arrugando uno en su mano, pero enviando otros dos volando hacia el suelo.
—Por todos los santos, muchacha —dijo enfurruñado—. No esperaba cenar esta noche. —Echó una ojeada al humeante plato de carne estofada y al pan recién horneado, pero su atención estaba evidentemente en otro lugar—. Morag dijo que tenía que ir a visitar a una pariente enferma, y, ejem, eeh, aaaah…, dijo que tenía asuntos que atender.
Myriam fingió una sonrisa.
—Debería haber sabido que yo le traería algo de comer —dijo ella, intentando no mirar a la endemoniada caja de su padre.
Sonrojándose avergonzada, se aproximó a la cama con la bandeja.
—Sé que son Morag y Víctor quienes normalmente le traen provisiones, pero pensé que no le importaría que yo los reemplazara en su ausencia —se disculpó, colocando la comida en la mesa al pie de la cama—. Puedo sentarme con usted mientras come…
Se detuvo, asaltada por un remolino de dudas.
El cofre de su padre estaba en el suelo, frente a la cama. El candado de hierro que lo cerraba permanecía intacto.
—Pensé que estaba revisando la caja fuerte de mi padre —dijo ella. Después de mirar el cofre más de cerca, se dio cuenta de que el que estaba sobre la cama parecía mucho más antiguo que el que contenía sus piedras de matrimonio.
Alejandro profirió una maldición y se puso de pie con esfuerzo.
—Esto no tiene nada que ver con Duncan Mor, y no se te ocurra decirle a nadie lo que has visto aquí —dijo, recogiendo con furia los pergaminos que se habían caído al suelo e intentando luego recolectar las piedras esparcidas sobre la cama.
Unas piedras encantadoras.
Y, reconoció ahora Myriam, cada una de ellas era hermosamente lisa y redondeada, con una serie de llamativos colores. Algunas verdes, algunas rojizas y unas pocas de color negro, jaspeadas con chispeantes vetas de cuarzo. La clase de piedras que ella y sus hermanas habían recogido cuando eran niñas, sobre los altos páramos. Pequeñas y hermosas piedras que habían sido tesoros. Y por la manera en que Alejandro se aferraba a las suyas, tenía la sospecha de que el hombre apreciaba estas piedras tanto como ellas lo habían hecho.
E igualmente los pergaminos de bordes raídos que había metido a la fuerza bajo una almohada.
—Ni una sola palabra —advirtió de nuevo, esta vez levantando lentamente la tapa del cofre, lo suficiente para poder dejar caer adentro las piedras—. No aceptaré que la vieja cabra de abajo se burle de mí, y el joven Víctor no tiene que saber…
—¿No tiene que saber qué? —Myriam se dirigió a la mesa y sirvió un poco de cerveza en un vaso—. No lo comprendo —agregó, alcanzándole la bebida.
—Nadie lo entendería. —Alejandro se sentó al borde de la cama y bebió un trago de cerveza—. No después de todos estos años.
—¿Todos estos años?
Alejandro suspiró incómodo.
Luego, apretó los labios y miró hacia un lado.
Myriam lo miró más de cerca, y pudo distinguir no sólo la disposición testaruda de su mentón, sino también el excesivo brillo de sus ojos.
También percibió un leve indicio de algo que no había notado hasta ese momento.
El penetrante olor del brezo.
Brezo viejo.
Confundida, olió de nuevo, con la certeza de que el distintivo olor provenía de la caja fuerte del viejo terrateniente.
Y entonces lo supo.
Entre el aroma y las piedras, cualquiera con tan sólo una pizca de sentimentalismo lo habría adivinado. Especialmente alguien del lugar, personas que conocieran el gusto de Alejandro por recorrer los altos páramos a pie.
Especialmente el páramo cubierto de brezo conocido en la región como el brezal de Joana.
El lugar que, se rumoreaba, habían utilizado Alejandro y su fallecida esposa Joana para sostener sus encuentros amorosos en los lejanos días de su juventud.
La mujer que había muerto dando a luz a Víctor.
Y a quien, como también sostenían las lenguas chismosas, Alejandro nunca fue capaz de olvidar.
—Ay, no. —A Myriam se le encogió el corazón. Tomó el vaso vacío de la mano de Alejandro y lo devolvió a la mesa—. No me diga que usted ha llenado ese cofre con…
—Con todo lo que tengo —espetó Alejandro. Sus ojos se humedecieron—. Mis recuerdos —añadió, estirándose para levantar la tapa del cofre—. Un puñado de brezo y una piedra por cada año que ella no ha estado conmigo. Los recojo cada año arriba en los páramos, en la víspera de su muerte.
—El cumpleaños de Víctor. —También a Myriam se le humedecieron los ojos cuando miró al interior del cofre y vio los montones de brezo seco y marchito y la colección de piedras de colores de Alejandro.
Tragó con fuerza para combatir las ganas de llorar y se sentó al lado de Alejandro. Lo abrazó con cariño.
—No fue culpa suya —dijo, esperando que no estuviese empeorando las cosas, pero sintiéndose obligada a decir algo—. Víctor se preocupa por usted. Sospecho que siempre lo ha hecho. Tal vez si usted…
—No soy una cáscara seca sin un corazón. —Alejandro se dio la vuelta y tomó uno de los pergaminos que había escondido debajo de la almohada. Se lo entregó a Myriam—. He estado pendiente del muchacho durante todos estos años.
Myriam desenrolló el pergamino y comenzó a leer. Firmado por un hombre al que ella conocía como uno de los aliados de Alejandro, el pergamino estaba fechado alrededor de hacía un año, y detallaba el valor de Víctor en la trágica derrota de los escoceses durante la batalla de Neville's Cross, cerca de la ciudad inglesa de Durham.
Miró a Alejandro, sin saber qué decir.
Él suspiró de nuevo y hundió una mano en su caja fuerte, buscando en las profundidades de los montones de brezo hasta que sacó otro puñado de doblados y amarillentos pergaminos.
—Hay más, como puedes ver. —Sus ojos ahora brillaban con algo de agresividad—. Muchos.
Myriam bajó el pergamino de Neville's Cross e inhaló profundamente.
Alejandro la miró, con la boca dispuesta en una rígida línea recta.
—Debe mostrarle los pergaminos a Víctor —dijo ella, decepcJoanada cuando la expresión del viejo terrateniente no se suavizó.
—El hecho de que existan debería ser suficiente —dijo él—. Y tú no vas a decir nada. Me lo vas a prometer.
Myriam lo hizo, aunque de mala gana.
—Como usted desee —aceptó, con el corazón dolorido por Víctor. Y por su padre.
Alejandro Macpherson se equivocaba. La mera existencia de esos pergaminos no era suficiente para aminorar la distancia que existía entre él y el único hijo vivo que le quedaba.
Pero era un comienzo.
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Mensaje  nayelive Vie Jun 04, 2010 4:50 pm

gracias por el capi aitanita que tengas un exelente fin de semana besos a la presiosura de bebita que tienes afro afro
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Mensaje  nayelive Vie Jun 04, 2010 4:58 pm

de nuevo jajaj no habia leido el otro capi jajaj saludos aitana gracias
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Mensaje  alma.fra Vie Jun 04, 2010 11:28 pm

Muchas gracias por los capitulos, kien sera el ke se disfraza de fantasma?????.
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Mensaje  myrithalis Sáb Jun 05, 2010 9:33 pm

Gracias por el Cap Aitana Saludos Atte: Iliana
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Mensaje  mats310863 Dom Jun 06, 2010 7:07 pm

¿QUE MISTERIO ENCIERRA ESTA HISTORIA?, SALUDOS

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Mensaje  aitanalorence Lun Jun 07, 2010 1:00 am

Una idea que no le hubiera agradado a la figura envuelta en una túnica que permanecía en el remolino de neblina en la parte alta del Garbh Uisge, mirando hacia abajo las violentas y rugientes cataratas.
Rápidos que curaban e impartían justicia. Ahora en calma, excepto por el ensordecedor ruido de las aguas. Caprichosos vientos que agitaban los abedules y manglares arracimados densamente en las empinadas ribetas.
Nada más se movía.
Las maldiciones y gritos que habían quebrado la paz del desfiladero en cierto día fatídico ya no se oían, y aquellos que habían merecido morir dormían rígidos y fríos en sus tumbas.
Todos excepto uno.
Y también él, pronto, dejaría de existir.
Y los estúpidos que se protegían tras los infernales muros de Baldreagan estaban demasiado ocupados escarbando en otros lugares para significar una amenaza considerable. Demasiado atareados cambiando de habitaciones y prendiendo candelabros, pensando que antorchas humeantes de pino y puertas cerradas les brindarían alguna protección.
La figura extendió la vista sobre el Garbh Uisge, admirando la penumbra y estirando sus ansiosos dedos. Lo cierto era que ni todo el brezo y la piedra de Escocia los podría ocultar si un espectro deseaba encontrarlos.
Aunque sospechaba que él sólo se mantenía alejado de aquel lugar porque su tonta novia lo seguía como un perro a cada paso. Su hada. La figura arrugó la frente y apretó los puños con ira.Claro, él era demasiado caballeroso y no quería arriesgarse a que la pequeña le siguiese los pasos y se resbalara en las serpenteantes pendientes para caer sin remedio en las heladas y agitadas aguas y terminar golpeándose su hermosa cabecita contra una de las muchas rocas que la estaban esperando.
Ciertamente, no los tontos que habían recogido los restos del puente y luego habían sido lo suficientemente estúpidos como para quemar la madera sin ver las marcas de las herramientas que se habían utilizado para hacer que el viejo puente comido por los gusanos y vencido por el tiempo se rompiera definitivamente.
La sonrisa se le había agriado hacía tan sólo una semana, cuando una jugada del azar le había permitido a la figura presenciar un acto de fervorosa pasión. Un beso tan descaradamente encendido que incluso el recuerdo mismo le dolía. Y en un lugar sagrado, ante la capilla de Maelrhuba y junto a la piedra sagrada.
Por lo tanto, decidió la figura mientras se movía furtivamente a través de los árboles, debían tomarse medidas para asegurar que tanta pasión no volviera a arder de nuevo. Así, la piedra se apaciguaría.
Y él podría vengar sus afrentas.
En ese momento, cerca de las turbias aguas del Garbh Uisge, Víctor seguía a Duncan Mor hacia su salón privado en el castillo Fairmaiden. Una vez más, le sorprendió la alegre calidez y la hermosura del pequeño cuarto. Y se preguntó si no habría juzgado mal a su anfitrión.
Tal vez ese hombre no mereciera sus sospechas. Al menos, su indignación parecía auténtica, y Víctor pensó que quizás no tuviera nada que ver con la conspiración que, estaba casi seguro, había conducido a la muerte de sus hermanos.
La forma de respirar de Duncan Mor y la manera en que había saltado de su silla cuando Víctor le anunció su razón para visitarlo eran pruebas suficientes de su sorpresa. Incluso ahora, su rostro de barba tupida estaba visiblemente pálido.
Claramente agitado, se pasó una mano por el cabello y se dirigió una de las ventanas cerradas, para volver de nuevo al centro del cuarto casi con la misma rapidez.
—Yo nunca formaría parte de tan horrible acto, aunque mi propia vida dependiera de ello —aseguró—. O las vidas de mis hermosas hijas.
—¿Pero usted entiende que yo tenía que venir a verlo?
—Ay, sí —reconoció Duncan Mor—. Sólo que no puedo imaginar quién sería capaz de llevar a cabo semejante monstruosidad.
Comenzó a deambular por la habitación, frotándose la nuca mientras daba vueltas por el salón.
—Admito que tu padre y yo hemos tenido nuestras diferencias, pero cualquier disputa que hayamos podido tener ha sido siempre una contienda amigable. Cualquiera de estas tierras te dirá lo mismo. No voy a negar que mantenemos los ojos atentos el uno en el otro… Pero ¿matar a sus hijos? —Se detuvo frente a la hoguera de la chimenea y sacudió la cabeza—. No, muchacho, yo no tuve nada que ver con eso.
Víctor frunció el ceño. Nunca había acusado a un hombre de un acto tan vil como ese. Pero sabía lo que había visto y oído.
Sus hermanos estaban tan muertos como era posible. Él no podía retroceder. Si no había sido capaz de salvarlos, al menos podría honrarlos ahora con su persistencia en la búsqueda de su asesino. Y quizá pudiera evitar más tragedias.
Alguien había aparecido en la recámara de su padre cubierto con un manto empapado. Y esa misma persona había lanzado luego el manto sobre la efigie de uno de sus antepasados.
Aunque algunas personas dignas de crédito, como Myriam, aseguraban que habían visto a los fantasmas de sus hermanos, Víctor estaba seguro de que el espectro que atormentaba a Alejandro era un hombre de carne y hueso.
Alguien capaz de sabotear un puente desgastado por los años.
Y, sospechaba, también culpable de echar espinas de pescado en una caldera de sopa destinada a ser consumida en la mesa alta de Baldreagan, un suceso del que se había enterado hacía poco, una tragedia que había sido evitada gracias al ojo vigilante del cocinero.
En ese momento, sin embargo, los ojos de Duncan Mor estaban puestos sobre él, a la espera. Así que Víctor echó los hombros hacia atrás y continuó.
—En verdad, señor, tampoco puedo imaginar quién podría haberlo hecho —dijo con sinceridad—. Yo… —Se detuvo cuando la puerta se abrió y entró Sussana con una gran garrafa de vino caliente con especias.
Víctor le hizo una señal con la cabeza, aceptando de buen grado el vaso que ella le ofrecía. También intentó no arrugar de nuevo el entrecejo, pero no le fue fácil, pues la presencia de Sussana lo hacía agudamente consciente de la pérdida de sus hermanos.
Su razón para visitar a Duncan Mor.
Tomó un sorbo de vino y se volvió hacia su anfitrión.
—Después de lo que le he dicho, quizás tenga una idea de quién puede ser el responsable.
—Pudiera ser —concedió Duncan Mor después de unos momentos de enfurruñamiento—. Pero… —Sacó de un tirón su daga y la lanzó a Víctor, con el mango hacia el muchacho—. Toma, atraviésame el corazón con mi propio puñal si crees que mis manos están manchadas con la sangre de tus hermanos.
Víctor tomó la daga y la guardó de nuevo con mucho cuidado en el grueso cinturón de cuero del viejo.
—Puedo ver que no tuvo usted nada que ver en ello —dijo con convicción.
Pero el asunto aún estaba sin resolver.
Dejó escapar una mirada incómoda a Sussana, pues le resultaba molesto acusar a su padre en su presencia, pero ella no parecía estar prestándoles atención.
Estaba ante la chimenea, avivando las llamas con un atizador de hierro. Víctor no podía evitar pensar en las hogueras de Baldreagan, y en cada una de sus chimeneas, en las que ardían pedazos del puente al rojo vivo.
La idea le trajo las nueve caras de sus hermanos a la mente: casi podía sentir sus miradas sobre él. Querían y merecían que sus muertes fuesen vengadas. Algo que nunca lograría si se dedicaba a ofender a aquellos que podrían darle respuestas.
Así que respiró profundamente y se acaró la garganta.
—Hábleme de sus hombres —comenzó, mirando de cerca a Duncan Mor—. ¿Es posible que haya alguno que guarde tal odio contra mi clan?
—no hay ni un solo asesino entre mis hombres —prosiguió, cruzando los brazos—. Ésa siempre ha sido una línea que me he negado a cruzar. Si supieras algo sobre los hombres que llaman a Fairmaiden su hogar, sabrías que nunca harían nada para dejar de ser bien recibidos en esta casa. —Fijó en Víctor una mirada penetrante—. Verás, yo les ofrezco la oportunidad de comenzar una nueva vida. Serían unos tontos si lo echaran todo por la borda.
Víctor devolvió la mirada.
—Me está ocultando algo —dijo, seguro de ello.
Duncan Mor dejó escapar un suspiro.
—Sí… Está bien: algunas personas de por aquí guardan resentimientos hacia tu padre.
—¿Quiénes? —Víctor dio un paso hacia el frente—. Si lo sabe, dígamelo.
—Ay, muchacho, lo haría si pudiera —respondió Duncan Mor—. Pero hacerlo implicaría nombrar a todos y cada uno de los terratenientes y jefes de clan que en algún momento han querido hacer negocios con tu padre.
Víctor lo miró a los ojos.
—Quiere decir que están contrariados por los precios que mi padre pone al ganado.
Duncan Mor asintió y sirvió vino para ambos.
—Los ardides de Alejandro para sacarles a sus compradores hasta el último centavo han hecho que no sea muy bien visto, la verdad —dijo, entregando a Víctor uno de los vasos de nuevo llenos—. Y cuando al fin consigue sus objetivos es mucho peor. Si hubieras visto cómo se pavonea ante sus víctimas después de haberles cobrado el doble de lo que es justo, lo entenderías.
—Créame, lo entiendo —le aseguró Víctor. Su padre era un fanfarrón. Y le encantaba pavonearse ante los demás.
—Me alegra que me entiendas —dijo Duncan Mor—. Aunque, para serte sincero, yo no puedo hacerme a la idea de que uno de esos ganaderos fuera capaz de llegar a tales extremos para desahogar su ira. El honor de las Tierras Altas prohíbe ciertos actos. No, no puedo creer que eso sea obra de un ganadero descontento. —Se detuvo para tomar un sorbo de vino y luego se limpió la boca con la manga—. No, muchacho, yo no creo que el asesino se encuentre entre los compradores de ganado.
—Yo tampoco lo creo. —Víctor tomó su vaso y fue a situarse al pie de la ventana.
Quitó los seguros a los cerrojos y abrió la ventana de par en par. El aire era muy frío y la oscuridad total pronto se llevaría la espectral penumbra, tan llena de sombras y húmedo, resonante viento.
Permaneció rígido, mirando hacia la gris cortina de niebla. Gruesas capas de ella se enroscaban por los muros exteriores de Fairmaiden y por los bosques circundantes. Bosques que colindaban con algunos de los más ricos terrenos de pastoreo de Kintail. El mayor trofeo de Fairmaiden, y un tesoro que Víctor difícilmente podía creer que pronto fuese a ser suyo.
Al menos una buena parte.
Estaba seguro de que su padre no hubiera dejado escapar un solo centímetro de esas dulces y ricas tierras de pastoreo, sin importar a cuántas hijas hubiese tenido que dotar.
Y ésa era otra pregunta que él tenía que hacer a Duncan Mor. De una vez por todas.
Le dio la espalda al apagado silencio más allá de la ventana.
—Encontraré al asesino de mis hermanos —dijo con la certeza de que así sería—. Ninguna oscuridad será lo suficientemente oscura para que el bastardo pueda ocultarse en ella por mucho tiempo. Pero hay una pregunta más que debo hacerle.
Duncan Mor se encogió de hombros.
—No tengo nada que esconder.
—Excepto las pesadas piedras que contenía el cofre de la dote que le entregó a mi padre.
Para sorpresa de Víctor, el viejo se rió.
—Una broma privada —dijo, no parecía desconcertado por el hecho de que Víctor lo supiera—. Llámalo el pago por todos los años que tu padre me ha exprimido hasta la médula cada vez que he sido lo suficientemente tonto como para comprarle uno o dos novillos. —Meneó un dedo de lado a lado ante Víctor—. Ésa debe ser la razón por la que ese canalla de ojos saltones no se ha quejado. Él sabe que está en deuda conmigo.
Víctor se cruzó de brazos.
—Lo que me gustaría saber es por qué creyeron necesario formalizar esa alianza… Primero Sussana para Neill, y ahora Myriam para mí.
Miró hacia la puerta cerrada, deseando que estuviese asegurada. O mejor aún, abierta de par en par para asegurarse de que oídos curiosos no estuviesen pegados contra la madera. Especialmente los de Sussana, pues no tenía ninguna intención de avivar el dolor de la doncella.
—Sí —prosiguió, volviendo a mirar a Duncan Mor—, no me explico por qué quiere usted forjar un vínculo entre nuestras casas. Me ha intrigado desde el momento en que recibí su carta en el castillo Cuidrach. Aunque estoy encantado de que Myriam sea mi prometida.
—¿Por qué no habría de desear la paz entre las dos casas? ¿Un vínculo duradero? —Duncan Mor parecía extrañado por la pregunta—. Tal vez estoy cansado de tantas disputas.
—Disputas amistosas —le recordó Víctor.
—Por supuesto.
—Usted tiene las mejores tierras de pastoreo —señaló Víctor—. Y ha comprado suficientes toros de Baldreagan a través de los años como para fortalecer la sangre de su propia manada.
—¿Me creerías si te dijera que es porque tu ganado está protegido por los amuletos de serbal de la vieja Devorguilla?
Víctor sacudió la cabeza.
—Ni por un solo instante.
Duncan Mor enroscó los dedos alrededor de su cinturón.
—Por todos los santos, muchacho, ¡espero que mi pequeña hija nunca te tenga de enemigo! —dijo, pero el tono de su voz era amistoso—. Si quieres saber la verdad, hay otra razón por la cual buscaba esta alianza. Pero no tiene nada que ver con tus hermanos. Eso lo juro.
—¿Cuál era esa razón?
Duncan Mor se rascó la barbilla, pensativo. Y no dijo nada.
Pero el leve sonrojo que cubría sus mejillas le indicó a Víctor que sí tenía algo que decir.
Víctor esperó.
—¿Y bien?
—Ay, simplemente esto. —Duncan Mor extendió el brazo para indicar el esplendor de su salón privado. Los hermosos tapices que colgaban de los muros y el costoso candelabro de pie con sus cirios de cera de abejas aromatizada. El suntuosamente tallado banco al pie de la puerta con su océano de tentadores cojines.
Incluso el jarrón de embriagador vino con especias del que habían estado bebiendo. Las bandejas generosamente surtidas de queso, confites y dulces golosinas que estaban puestas en una mesa cerca de la ventana. Duncan Mor disfrutaba de las comodidades, y Víctor no podía imaginarse qué tenía que ver el gusto de ese hombre por el lujo con hacer las paces con su rival, aunque las disputas entre ellos fueran amistosas.
A menos que…
Víctor arrugó la frente. La sospecha que estaba empezando a cristalizar en su mente era demasiado descabellada como para intentar ponerla en palabras.
—¡No puedo creer que se sienta amenazado por mi padre! —exclamó, a pesar de todo—. ¿No me diga que teme que él intente tomar Fairmaiden? ¿Quitarle sus riquezas a la fuerza?
—Tan cierto como que estoy aquí contigo; ésa es la razón por la que deseaba una alianza con el intratable demonio de tu padre —admitió Duncan Mor, su cara tornándose escarlata—. Aunque no era Alejandro quien me preocupaba. ¡Los santos saben que lleva años sin atacar un castillo!
Víctor frunció el entrecejo.
—Eso sigue sin explicar la alianza.
—¿No? —Duncan Mor se rió a carcajadas—. ¡Yo diría que lo hace bastante bien, si lo piensas un poco! Verás, soy un hombre que aprecia sus lujos. Tuve mi momento para hacer la guerra cuando era más joven, e incluso recorrí las tierras y las islas con el buen rey Robert Bruce en sus más difíciles años antes de que ganara la corona. —Comenzó a ir de un lado para el otro de nuevo—. Y he hecho también algunas cosas reprochables, como robar ganado y cosas por el estilo. ¿Por qué crees que abriría las puertas de mi casa a los hombres de Pabay y otras almas como ellos? Los hombres arruinados pueden encontrar morada aquí, calentarse al calor de mi hoguera y tomar mi cerveza. Pueden armar sus camas en mi salón.

Le lanzó a Víctor una mirada desafiante.
—Siempre y cuando hayan dejado atrás sus días de vagancia y bandolerismo. No quiero que haya ninguna razón para perder lo que tanto trabajo me ha costado ganar. Dormir en paz… —se detuvo para dar una palmada a uno de los cojines del banco— y mis comodidades.
—Con todo respeto —dijo Víctor—, dudo mucho que a mi padre le importe si Fairmaiden está atestado de lujo o si sus hombres duermen en el suelo.
«Dudo que le importe cómo y dónde duermo yo…». Pero esto último se lo guardó.
—Ya te lo he dicho… no es tu padre —dijo Duncan Mor, tomando una golosina—. Es su absurdo comercio y los enemigos que se ha ganado. Enemigos de alta posición, en algunos casos, y yo no me puedo permitir el lujo de tener a fisgones entrometidos como ésos husmeando por los alrededores.
Tomó un puñado de golosinas y se dejó caer en el banco. De repente parecía muy cansado.
—Ya ves, a pesar de que mis hombres han dejado hace mucho tiempo de sembrar el caos por el brezo, no hay uno solo de ellos que no tenga fama de truhán y malhechor, y hay muchos caballeros a los que les gustaría ganar honores a costa de combatir contra personas así. Si tu padre no tuviera tantos enemigos, nadie se preocuparía de nosotros, pero en estas circunstancias… si a algún caballero se le ocurre denunciar a tu padre ante la ley, se acabaría descubriendo lo de mis hombres. Ante todo, yo necesito discreción.
Víctor levantó las cejas.
—¿Así que por eso deseaba una alianza? ¿Para mantener alejada a la ley?
Duncan Mor asintió.
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Mensaje  aitanalorence Lun Jun 07, 2010 1:04 am

—¡No pienso aceptar que un terrateniente molesto envíe a un alguacil a pasar por mis tierras para llegar a las tuyas y que, por cosas del azar, descubra cuántos bandidos reformados cenan en mi mesa!
—Pero ¿cómo podría una alianza prevenir algo así?
—Porque —Duncan Mor se limpió la boca y se inclino hacia delante— tu hermano Neill tenía una cabeza mucho más cuerda sobre sus hombros y sabía cómo arreglar un trato justo. Yo esperaba que, después de su matrimonio, Neill pasara a ser en la práctica el señor de vuestras tierras. Tu hermano habría llevado sus asuntos muy bien y todos nos habríamos evitado disgustos.
—Ya veo —dijo Víctor, entendiendo por fin—. ¿Y cree que mi matrimonio con Myriam traerá los mismos beneficios?
—Esa es mi esperanza. —Duncan Mor se puso de pie.
—Entonces, haré todo lo que pueda para no decepcionarlo —dijo Víctor, sorprendido por sus propias palabras.
Nunca se hubiera imaginado que algún día le ofrecería una mano en son de paz al oso enfurecido que era su vecino. Y una mano pacífica, sincera.
En ese momento se abrió la puerta y Sussana entro a la habitación.
—Es casi de noche —dijo, mirando a los oscuros arcos de las ventanas—. La cena está servida en el salón, si queréis bajar, y… —miró a su padre, luego a Víctor y después nuevamente a su padre— necesito saber si debo preparar la habitación de huéspedes.
—Eres muy amable, pero debo volver a Baldreagan —le dijo Víctor, dirigiéndose a la puerta—. Se me ha hecho muy tarde. Aunque sí tomaré un poco de pan y cerveza antes de marcharme.
Poco después, cuando se levantó de la mesa de Duncan Mor tras una cena frugal, sus propias palabras seguían resonando en su cabeza, atormentándolo.
«Se me ha hecho muy tarde…».
Sí, la conversación con Duncan Mor había durado demasiado, y Víctor aún no tenía muy claro si había sido satisfactoria. Tendría que meditarlo bien; y lo haría en cuanto hubiera limpiado Baldreagan de falsos espectros y vengado la muerte de sus hermanos, cosa que pensaba hacer cuanto antes.


—¿Gunna del Glen?
—¿Quién es? —La mirada de Myriam revoloteaba entre las tres mujeres MacKenzie.
—No es nadie —dijo lady Arabella finalmente, levantando la mirada brevemente de su trabajo de costura, asegurándose de enviarle otra fulminante mirada a su hermana menor—. Gunna del Glen es una viuda, nada más. Habita cerca de una cañada junto al castillo Cuidrach, la propiedad de nuestro primo Kenneth, y es famosa por sus arenques dorados.
Gelis comenzó a dar puntadas a su costura con particular deleite—Arenques… ¡bah!… y sus habilidades en la cama.¡Nuestro propio padre admite que no hay ningún hombre en Kintail que no haya disfrutado de sus encantos! Tiene la cabeza cubierta de largo y sedoso cabello del color del hollín. Se dice que puede hacer cosas que hasta el más feroz hombre de las Tierras Altas se arrodille ante ella. Hay incluso quienes dicen que siempre recibe a los hombres completamente desnuda y que sería suficiente sólo oír el sonido de su voz para…
—Tú nunca la has visto —dijo Arabella en tono burlón—. Nuestra madre dice que tiene un corazón amable.
Gelis resopló—A nuestra madre le gusta todo el mundo.
—Callad de una vez —les dijo lady Juliana, en tono de advertencia—. Estoy segura de que a lady Myriam no le importan las andanzas de una mujer alegre.
Pero a Myriam sí le importaban.
Especialmente, después de que Gelis le revelara accidentalmente que Víctor había atendido a la llamada de la voluptuosa mujer.
—Espero que ahora entiendas por qué debemos partir mañana —dijo lady Juliana tras unos pocos momentos incómodos—. Ya hemos hecho lo que habíamos venido a hacer. Hemos advertido a Víctor del peligro que corre si le da por visitar el Garbh Uisge, y tú has prometido cuidarlo y encargarte de que sea extremadamente cuidadoso si algún día se aventura a pasar por ese lugar.
Myriam se mordió el labio. Estaba acostumbrada a la compañía de las mujeres, y desde que todas sus hermanas, salvo Sussana, se habían casado, echaba de menos la compañía femenina. Por eso quería que las mujeres MacKenzie se quedaran más tiempo en el castillo. Aunque les diera por hablar de una hermosísima mujer alegre que habitaba en alguna retirada cañada.
Echó un rápido vistazo a lo largo del salón hacia la mesa alta donde Alejandro estaba sentado comiendo de su plato. Él también lamentaría la partida de estas mujeres. Incluso ahora, que se encontraba ocupado comiendo pasteles de queso y pollo asado, a nadie se le escapaba la forma en que su mirada se desviaba frecuentemente, buscando a las jóvenes MacKenzie. Se notaba que le agradaba su placentera compañía.
Placer que significaba una muy merecida distracción.
Myriam se puso muy triste de repente.
—Os voy a echar mucho de menos —dijo, dirigiendo de nuevo su atención hacia las visitantes—. Todos lo harán. Os habéis quedado muy poco tiempo…
—Créeme —interrumpió lady Juliana, lanzando una elocuente mirada a Gelis—, es mejor que nos marchemos ahora y os dejemos a todos una buena impresión. Si nos quedamos más tiempo, acabaríais deseando que nos fuéramos. Un caldero hirviente puede ser enfriado, pero una vez que se ha derramado, el daño está hecho.
Se levantó y se sacudió las faldas.
—De hecho, deberíamos retirarnos ahora a recoger nuestras cosas. El camino hacia el norte es largo y difícil. Nos conviene acostarnos temprano para estar mañana fuertes y descansadas.
—Yo no estoy cansada todavía —objetó Gelis, sin hacer ningún ademán por abandonar su silla—. Todavía no le hemos hablado a Myriam de nuestra ceremonia en la piedra de matrimonio. Como la celebración de su boda está prevista para la primavera, y como Víctor fue escudero en Eilean Creag, tal vez le gustaría saber de qué se trata.
Como era de esperar, Myriam acogió la idea con entusiasmo y se inclinó hacia delante, sus ojos se encendieron.
—Tal vez hasta quiera casarse en Eilean Creag, en la piedra…
—Sólo los MacKenzie pueden casarse ante esa piedra —le recordó Arabella—. El que Víctor haya sido escudero no lo hace MacKenzie, aunque para nosotras sea como de la familia.
Myriam trató de mostrarse interesada en el tema, pero lo que realmente le interesaba era que le hablaran de esa mujer, Gunna del Glen. En concreto, quería saber exactamente cuántas veces la había visitado Víctor.
—¿Ceremonia de la piedra de matrimonio?—preguntó distraída.
Gelis asintió.
—Es una historia más romántica que cualquier balada francesa.
Pero Myriam apenas la escuchaba. Sus pensamientos aún estaban centrados en la conversación anterior sobre la mujer alegre de pelo oscuro como un cuervo, con su seductora voz.
—¿Una piedra misteriosa? —repitió Myriam, volviendo a sentarse en uno de los dos bancos idénticos que estaban dispuestos cerca de una ventana—. Pensé que era una piedra de matrimonio.
—Sí, lo es. A decir verdad, una piedra de juramentos como las muchas que hay regadas a lo largo de nuestras colinas y cañadas —reveló Hughie Mac, estirando su piernas hacia el calor de las brasas—. Es una losa de considerable tamaño y de un color azulado que está tallada con antiguas runas celtas. La piedra MacKenzie es más hermosa que la mayoría; está horadada en el centro.
—Justo. Y se utiliza en todos los banquetes de bodas de los MacKenzie —dijo Gelis entusiasmada, sentándose al lado de Myriam. —Flexionó las piernas y agarró una almohada, abrazándola muy cerca de su cuerpo—. Cuando la fiesta está en todo su apogeo, cuatro de nuestros más aguerridos soldados cargan la piedra y la pasean para que todos la admiren, mientras que nuestro senescal se aproxima a la mesa alta con el cáliz ceremonial lleno de vino condimentado para que marido y mujer lo beban juntos.
—¡La feliz pareja y ciertas muchachas jóvenes que se atreven a beber tan poderoso menjurje! —añadió Arabella, tomando asiento en un banco que quedaba justo frente a ellos.
Gelis torció los ojos.
—¡Nuestro padre me deja beber un poquito en mi propia copa…, como tú bien sabes!-Gelis le devolvió una sonrisa.—Yo no tengo la culpa de que él me quiera más a mí.
—Os quiere a las dos igual —intercedió Juliana, encogiéndose de hombros a manera de disculpa—. Son jóvenes… —dijo.
Hughie asintió. Él también parecía joven. Su pelo resplandecía bajo la luz de las antorchas, su desgastada cara se veía suave, casi hermosa, y sus torcidas piernas parecían de pronto fuertes y ágiles.
—Sí, son jóvenes —dijo, asintiendo con la cabeza—. Pero se les ha olvidado mencionar la parte más emocionante de la ceremonia.
Myriam lo miró.
—¿La parte misteriosa?
Hughie negó con la cabeza.
—El misterio radica en el origen de la piedra —dijo, dirigiéndose a los hombres del clan, que estaban acercándose para escuchar. Uno le alcanzó una copa de espumeante cerveza y él la tomó con gusto, empinándola para tomar un saludable sorbo.
—La parte más emocionante es la del beso —Gelis se echó hacia delante y aplastó a su hermana con un cojín de borlas—. ¿No es eso cierto?
Arabella se sonrojó—No es la mejor, sólo es la parte que a ti más te gusta.
Gelis le sacó la lengua—Es la mejor parte —dijo, alisando sus faldas—. Aunque haya que recitar antes esa absurda leyenda.
—¿Qué absurda leyenda? —preguntó Myriam.
—La historia de cómo nuestro clan terminó adueñándose de la piedra del matrimonio —le contestó Gelis—. Pero el beso es mejor. —Volvió su mirada a Hughie Mac, sonriendo—. ¿Te sabes la parte del beso?
—Naturalmente —dijo el anciano, alzando su violín—. Después de la solemne ceremonia de compartir la bebida y de recitar la leyenda, los guerreros cargan la piedra y dan tres vueltas alrededor de la mesa alta. Luego, se detienen justo detrás de la silla del señor y los recién casados unen sus manos a través del agujero que hay en el centro de la piedra. Juran honrar a los antiguos dioses y les piden su bendición. —Hizo una pausa para guiñarle un ojo a Gelis, tocando unas alegres notas, claramente dirigidas a ella—. Entonces, el novio toma a la novia en sus brazos y la pareja se besa…
—¡Después, son escoltados a los aposentos nupciales para ir a la cama! —exclamó Gelis, sus ojos encendidos, sus mejillas revelando sus hoyuelos—. Nuestra madre no nos permite participar en esa parte —admitió, sacudiendo sus faldas.
—¿Cuál es el misterio de la piedra? —preguntó Myriam
Echó un vistazo a Hughie, sin sorprenderse de que empezara a tocar una tonada un poco más triste, casi melancólica.

—¿Dijiste que radicaba en el origen de la piedra?
Hughie asintió.
—Nadie sabe la verdadera historia de la piedra ni del sitio del que vino. Hay una leyenda, claro.
Hizo una pausa y esperó a que el salón quedara en silencio.
—La piedra es magnífica. Sin embargo, su base está rajada y desigual, como si hubiera sido arrancada de su lugar original. Todo lo que se sabe es que fue arrastrada por la corriente y llegó a la orilla de la playa de Eilean Creag. Desde entonces ha bendecido todos los matrimonios de los MacKenzie. Se cree que el poder y los beneficios de los antiguos dioses están contenidos en la piedra.
—Venga, cuéntanos la historia —dijo uno de los guardias más jóvenes del clan MacKenzie, animando a Hughie para que hablase. Se abrió camino entre la multitud y se sentó a los pies del viejo. Pronto se le unieron algunos. La historia había despertado mucho interés.
Incluso Alejandro los miraba desde la mesa alta, aunque no hizo ningún ademán que indicara que pensaba unirse al grupo de atentos oyentes.
—Ah, bien… —Hughie echó un vistazo a lady Juliana y arqueó una ceja—. ¿Si no es demasiado tarde, señora?
Lady Juliana lo miró, a punto de protestar, pero sonrió y se encogió de hombros.
—Estas niñas no se dormirían ahora aunque las encadenara a sus camas —dijo. El tono afectuoso de su voz suavizaba la dureza de sus palabras.
Complacido, Hughie bajó su violín y flexionó los dedos, antes de tocar una suave y conmovedora melodía.
—La leyenda de la piedra de matrimonio de los MacKenzie se remonta a un tiempo muy lejano —comenzó, su voz se volvía más gruesa y profunda con cada palabra—. El tiempo en que Escocia era joven y los antiguos dioses todavía prevalecían.
El silencio en el salón se hizo absoluto, y todos escuchaban expectantes las palabras del anciano.
—Hay quienes aseguran que la piedra viene de la Tierra de las Sombras, del otro lado. De ser así, su verdadero origen nunca conocerá la luz —dijo, sus palabras eran dulces y fluían tan luminosamente como su música—. Otros dicen que Mananan, el antiguo dios celta del mar, envió la piedra como un premio al valor de los MacKenzie en la batalla. Sin embargo, la mayoría cree que la piedra tiene un pasado más trágico. Y ésa es la versión que se recita en los banquetes matrimoniales de los MacKenzie.
Hughie se inclinó y acarició a Valeroso cuando el viejo perro se acercó para echarse a sus pies. Esperó un momento antes de retomar su historia.
—Hace muchos, muchos años, en una edad donde el tiempo no se contaba, un orgulloso rey celta habitaba no muy lejos de donde Eilean Creag se encuentra hoy —dijo Hughie, su voz llenaba todos los rincones del salón—. Era un hombre poderoso y valiente, cuyos enemigos no se atrevían a retarlo. Incluso se dice que el mismísimo diablo lo evitaba, pues sabía que ni siquiera él podía derrotar a tan poderoso adversario.
Hizo una pausa, quizás con el propósito de que aumentara la expectación.
—El rey tenía cuatro hijas y ellas también lo admiraban profundamente. Algunos hasta dicen que le tenían miedo a su padre. Sólo su hija más joven se reía de su bravuconería, haciendo lo que le daba la gana. Estaba tan segura del amor que su padre sentía hacia ella que no veía razón para esconder su deseo de casarse con un joven que, sabía, su padre consideraba indigno. —Hughie le lanzó una mirada a Gelis—. Esta hija era su favorita. También era su desgracia. Tan grande era su amor por ella que, cuando se enteró de su traición, estuvo furioso durante siete días y sus noches. A pesar de que el enamorado de la muchacha era un joven espléndido y de buen corazón, su hermoso rostro y su fornido cuerpo nunca compensarían su carencia de riquezas; un vacío futuro era todo lo que tenía para ofrecerle a una esposa de tan noble cuna.
Myriam le regaló una rápida mirada al perrito y volvió a poner sus ojos sobre Hughie, lamentando haberse perdido algunas palabras de la historia.
—… El rey quedó devastado al ver cómo su hija había juzgado mal la buena acogida que él le había dado. La joven y su apuesto enamorado huyeron, escapando hacia la piedra matrimonial, seguros de que estarían a salvo en su refugio. Y así debía ser, pues la magia de la piedra era poderosa y verdadera. Cualquiera que entrara en el terreno sagrado que enmarcaba la piedra y uniera sus manos a través del hueco que la atravesaba, estaría bendecido, su unión estaría avalada por los antiguos dioses. —Hughie bajó el violín, su voz era música suficiente para terminar su historia—. Tristemente, el padre fue advertido y fue en su persecución, y los alcanzó justo en el momento en que los jóvenes amantes unían sus manos a través del hueco.
Una vez más, Hughie hizo una pausa en su narración, satisfecho por el profundo silencio que reinaba en el salón.
—La ira venció completamente al rey, quien se apresuró hacia ellos. Su inmensa furia le dio la fuerza para arrancar la piedra de su base y lanzarla al mar… junto con el amado de su hija. —Hughie se apoyó sobre su largo bastón color avellana para incorporarse—. El hecho dejó consternado al viejo rey, pues, a pesar de su rabia, nunca tuvo intención de matar al joven. Verdaderamente arrepentido, se dejó caer de rodillas, rogando por el perdón de su hija. Sin embargo, el dolor de la muchacha era demasiado profundo. Sin siquiera mirar a su padre, siguió a su amado hacia la muerte, dejándose caer calmadamente desde el borde del acantilado para reclamar en el inframundo el amor que le había sido negado en vida.
—Los antiguos dioses se pusieron tan furiosos por la indiferencia del rey ante el santuario de la piedra —terminó Gelis por él—, que se llevaron todo aquello que le era preciado, destruyendo tan minuciosamente su fortaleza que ni siquiera quedaron rocas como evidencia del sitio donde alguna vez gobernó.
—Pero no todo se había perdido —añadió Arabella—, pues muchos siglos después la piedra fue arrastrada por la corriente a nuestra pequeña isla, y desde entonces ha estado bajo nuestro cuidado. —Alzó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor—. Creemos que la magia de la piedra es aún más potente ahora y por eso la protegemos muy bien. La consideramos nuestra más preciada posesión. Cada pareja de MacKenzie recién casados se toma de las manos a través del orificio de la piedra y hacen el juramento ritual, complaciendo así a los antiguos dioses y garantizando con ello un vínculo que ningún mortal puede destruir. Los viejos dioses vigilan a la pareja y le conceden su eterno favor.
—Te dije que esta historia era muy romántica —dijo Gelis, sonriéndole a Myriam—. Es la verdadera historia de la piedra. Y así lo siento aquí —declaró, presionando una mano sobre su corazón—. En realidad existió un rey antiguo que lanzó nuestra piedra al mar, tras haber asesinado al verdadero amado de su hija y haber visto cómo ella saltaba hacia la muerte. Estoy segura de que aquello sucedió así.
—La piedra pudo ser arrastrada por el río hasta Eilean Creag desde cualquier parte —dijo Arabella—. Somos muy afortunados por tenerla, y eso es más que suficiente.
Repentinamente, se escuchó una oleada de estruendosos aplausos y gritos que pedían: «Hughie Mac, ¡otra historia!».
Pero Hughie simplemente sonrió y volvió a su butaca, completamente agotado.
—Otro día —prometió, recibiendo con gratitud un pastelillo de carne y un vaso de cerveza que le sirvió uno de los hombres de MacKenzie—. Una vez, hace muchos años, tuve la inmensa fortuna de asistir a una boda MacKenzie. Allí fue donde aprendí esta historia, y otras muchas que alguna vez os contaré.
—Hemos oído que aquí también hay una piedra de origen desconocido —observó Gelis, estirando su brazo para tocar la rodilla de Myriam—. Y que se encuentra en la capilla de los Macpherson.
Myriam se estremeció al pensar en el manto empapado, y al pensar cómo había visto los espectros de Neill y Kendrick bailando alrededor de la capilla, junto con Hughie Mac.
Él, sin embargo, se encontraba tranquilamente sentado en su butaca, cerca del brasero lleno de carbón, masticando su pastel de carne, sin decir una sola palabra.
No obstante, Myriam habría jurado que Hughie iba a decir algo importante. Vio cómo dudaba y luego su arrugado rostro adquirió una clara expresión de cautela, lo que indicó a la muchacha que el hombre había decidido mantenerse en silencio.
Myriam frunció el ceño y se tapó los hombros con su manto. De repente, empezó a sentirse muy fría. Fría como el hielo y con la certeza de que alguien o algo la estaba observando desde las sombras. Podía sentir cómo la mirada perforaba su cuerpo. Era una mirada enemiga, casi maligna.
—¿Existe tal piedra? —presionó Gelis, su ansiosa voz rompió el hechizo.
Myriam parpadeó, resistiéndose a su impulso de estremecerse.
—Debes de referirte al monolito Na Clachan Breugach —dijo finalmente, dirigiéndose a Gelis, mientras miraba a Hughie por debajo de sus pestañas.
Myriam estaba segura de que Hughie también había sentido la malicia de lo que, o de quien, la hubiera estado observando.
—¿La piedra Na Clachan Breugach? —Gelis volvió a tocar a Myriam para llamar su atención.
Myriam asintió.
—Se encuentra en el lugar en donde están las tumbas del clan. Aquella piedra cuida la entrada a la capilla de Maelrhuba.
—Está a unos pocos pasos de mi cabaña —dijo Hughie con fuerza, mirando a quienes escuchaban—. El cementerio es lugar muy viejo, con una capilla en ruinas.
Myriam lo miraba con atención, pero los ojos s de Hughie, de nuevo, titilaban. Continuó comiéndose su pastelillo con gusto, compartiendo algunos trozos del relleno de carne con Valeroso y los otros perros del castillo. Era evidente que quería ocultar a los presentes que se sentía incómodo al hablar del monolito y del pequeño cementerio con su triste fila de nueve tumbas, cruces celtas y niebla. Quizás se sintiera incómodo, pensó Myriam, pero no se sentía avergonzado, a juzgar por cómo la miraba. Su mirada era de todo menos de vergüenza, o tristeza.
Pero ella no tuvo tiempo de pensar en eso, pues lady Juliana estaba esperando al lado de la ventana y esta vez estaba decidida a sacar de allí a las chicas. Quería asegurarse de que las hermanas MacKenzie se fueran a dormir.
Se paró justo frente a Gelis.
—Eres muy lista —dijo, poniéndose en jarras, las manos en las caderas con una expresión de impaciencia en el rostro—. Tú sabes todo lo que hay que saber sobre la piedra Na Clachan Breugach de los Macpherson. Hablamos de ello la otra noche, cuando Morag te contó la historia de la piedra sagrada. ¿Recuerdas? Dijo que es la única que queda de un círculo sagrado de vaticinio de los pictos, conocido como las Piedras de la Sabiduría. También te contó que puede ser la Piedra Mentirosa, tal y como la apodaron los cristianos, tiempo después. —Juliana se cruzó de brazos—. No tienes ninguna necesidad de escuchar la historia otra vez. Lo que sí necesitas es subir las escaleras e irte a dormir.
Gelis frunció el ceño.
—Todavía es muy temprano y…
—Es tarde para ti —dijo Juliana, señalando con la cabeza hacia las cercanas escaleras de la torre—. Dales las buenas noches y sígueme.
Arabella se puso de pie y obedeció.
Gelis también se incorporó, pero no sin antes echar una mirada al cómodo banco con su laberinto de cojines bordados y al profundo arco de la ventana, enmarcado con la pálida luz de la luna y la lluvia.
—Myriam vio los fantasmas de dos de los hermanos de Víctor cerca de la piedra Na Clachan Breugach —dijo, recogiendo la tela que había bordado.
—Muchos hombres y mujeres de las Tierras Altas han visto un espectro o dos en su vida —le recordó Juliana, tomándola de los codos para alejarla de la ventana.
—Él los ha visto también —dijo Gelis, arrastrando los pies cuando pasó frente al banco de Hughie—. Eso fue lo que me dijo Myriam.
—Te dijo la verdad —admitió Hughie, apartando la mirada de su segundo pastel de carne—. Yo también he visto a los muchachos, una o dos veces. Lo suficiente como para saber que están bien y contentos, donde quiera que estén.
Myriam dudaba que Gelis lo hubiera escuchado, pues Juliana conducía a las niñas con un paso apurado hacia la base de las escaleras. Sin embargo, ella sí lo había escuchado, y tardó un largo rato en darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Valeroso se había ido, a pesar de que Hughie Mac todavía tenía una considerable cantidad de pastel de carne en la mano. Siempre listo para un mendrugo, Valeroso sólo habría podido dejar el lugar por una razón.
Víctor había regresado.
Myriam lo localizó al otro lado del salón. Se encontraba parado junto a la pared, cerca del sombrío arco de entrada. Se estaba lavando las manos, y Valeroso, cuyos sentidos estaban, aparentemente, más afinados que los de ella, se recostaba sobre las piernas de su amo mientras meneaba su peludo rabo.
Sintió un inmenso placer al verlo. Ni siquiera el evidente mal humor de Alejandro y su elocuente salida del salón apagaron su entusiasmo. Su corazón latía con fuerza y su único deseo era correr hacia él, abrazarlo y besarlo. Él la vio también y sonrió, levantando la mano para saludarla.
Myriam se dirigió hacia él, pero una vivida imagen se alzó frente a ella, bloqueando el camino.
Myriam parpadeó, pero la imagen no desapareció. En lugar de esfumarse, brilló con más fuerza. Era una alta y voluptuosa mujer con una brillante cabellera negra. Su embriagador perfume de almizcle flotaba a su alrededor como una oscura y sensual nube. Y, peor aún, estaba desnuda.
Mejor aún, se encontró a sí misma exactamente en el sitio donde añoraba estar: en los brazos de Víctor, que debía haber atravesado el salón al verla tambalearse y ahora la sujetaba amorosamente.
—Por todos los santos, mujer, pensé que te ibas a desmayar —dijo, apretando un poco más sus brazos alrededor de ella—. Te pusiste pálida y te tambaleaste. Te habrías golpeado contra el suelo si yo no hubiera corrido para impedirlo.

Myriam inhaló débilmente y echó su cabeza para atrás, lo suficiente como para poder mirarlo a los ojos

—Se te da muy bien tomarme entre tus brazos cuando estoy a punto de caerme…, como ya me has demostrado. En la capilla, por si no te acuerdas.
—No he olvidado nada —dijo Víctor, tomándole la mano y levantándola hacia sus labios para besarla—. Hay un asunto de suma importancia del que debo hablar contigo. Espero que confíes en mí.
Inmediatamente, la belleza de ojos seductores cruzó por la mente de Myriam de nuevo, pero ella se armó de valor ante la persistencia de la imagen de la mujer y logró dibujar en su rostro su más audaz sonrisa.
—Siempre confiaré en ti —dijo Myriam. Sus palabras provenían de algún sitio muy dentro de ella.
Myriam sólo tenía la esperanza de que él también confiara en ella. De que la escuchara cuando lo animara a tratar a su padre con mayor bondad.

Pero por el momento dejó que la tomara de la mano y la llevara junto a él a través del salón. Cruzaron la multitud y pasaron la mesa alta con la silla de terrateniente de Alejandro desocupada. myriam sabía que Víctor la estaba conduciendo a la alcoba de su hermano Kendrick.

Una vez allí, descubriría lo que Víctor quería contarle. Ella también quería contarle algunas cosas y plantearle algunas de sus preocupaciones. Determinada a hacerlo, enderezó la espalda y dejó que Víctor la guiara por las escaleras.

Debía echar mano de toda su astucia femenina, se dijo, porque estaba determinada a descubrir hasta qué punto había Víctor gozado de los favores de cierta mujer alegre de la cañada. Después de todo, conocer al enemigo era ganar media batalla.

Y Myriam buscaba la victoria.

El más completo y contundente triunfo posible.
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Mensaje  aitanalorence Lun Jun 07, 2010 1:12 am

Víctor se paró en mitad de la lujosa habitación de su hermano Kendrick y trató de no preocuparse por la penetrante mirada de Myriam, ni por sus palabras cuando se puso a hablar. En un momento dado se preguntó si sus oídos no le estarían jugado una mala pasada… A decir verdad, deseaba que así fuera. No tenía idea de qué haría si no fuera así.
Cruzó los brazos sobre su pecho y trató de fingir una mirada de varonil inocencia.
Había ciertas cosas que las mujeres no debían saber y, con suerte, al pretender ignorancia sobre el asunto, el problema desaparecería de alguna manera.
Pero la mirada en los ojos de su amada y la manera en que su espalda parecía enderezarse más con cada minuto que pasaba le indicaron que no podía ignorar el problema; debían hablar de ello.
Víctor suspiró.
Un sonoro suspiro acompañado de una expresión que le dijo a Myriam exactamente todo lo que quería saber. O, mejor dicho, lo que no quería saber.
La joven se cruzó de brazos, considerando sus opciones. Claramente, Víctor Macpherson conocía bastante bien a la alegre mujer de la cañada. Y, lo que estaba aún muchísimo más claro, no parecía tener muchas ganas de hablar sobre ella.
Desafortunadamente para él, Myriam sí, aunque en el fondo intuía que hubiera sido mejor no sacar a colación el asunto. Ciertamente, no esperaba que surgiera nada bueno de esa conversación; de hecho, meter la mano en un nido de avispas sería, tal vez, menos doloroso. Pero la imagen de la seductora belleza no la quería abandonar. Y si no ponía fin a sus dudas y a sus sospechas, esa mujer iba a acabar convirtiéndose en una obsesión.

Myriam se dirigió a una bien servida mesa, cerca de la chimenea, y se sirvió una jarra de cerveza

Para su mayor irritación, el molesto candelabro derramaba luz también sobre su corpiño. Un corpiño hermoso, de eso no cabía duda, hecho a mano con el más fino lino y decorado con una delicada banda bordada. Un patrón bordado y diseñado por su propia y diminuta mano, con el único propósito de alejar las miradas de la falta de un par de prominentes senos, cualidad que la mayoría de las mujeres de las Tierras Altas portaban con comprensible orgullo.
Myriam frunció el ceño y depositó la jarra de cerveza sobre la mesa, sin haberla probado. El espumoso líquido no le ayudaría a desarrollar un lascivo busto. Ni tampoco aliviaría su sufrimiento.
Tarde o temprano, Víctor tendría que contestar a sus preguntas sobre la mujer…, su amante, por lo que todo parecía indicar.
Resistiéndose al impulso de empezar a golpear el suelo suavemente con el pie, Myriam simplemente inmovilizó al hombre con una mirada. Como decía su padre, lo que le faltaba en tamaño físico le sobraba en paciencia y calma, y en su habilidad de persuadir sin palabras.
Pero Víctor seguía sin decir nada. En vez de hablarle de sus relaciones con la viuda, como ella le había pedido, continuaba en silencio. Su mandíbula quieta y su boca fuertemente cerrada. Lo que sí hizo fue pasarse una mano por el rostro y desear estar en cualquier otro lado menos en el sitio en el que se encontraba en ese preciso instante. Algún lugar donde el diablo no estuviera suelto y buscándolo.
Por todos los santos, incluso Valeroso lo miraba con ojos torvos y sin parpadear. Una mirada tan acusatoria como nunca había sentido antes. Y viniendo de un perro macho que jamás se negaba sus propios placeres, una ola de desaprobación se apoderó de él.
Todos los hombres visitaban a mujeres alegres de brazos deseosos y prestos, y él tenía una razón mayor que cualquier otro hombre para haberlo hecho. Ignorando esa razón, atravesó la habitación hacia donde Myriam estaba. Se encontraba de pie, cerca de la chimenea.
—¿Quién te ha hablado de ella? —preguntó, poniendo sus manos sobre los hombros de Myriam—. ¿Gelis?
—Entonces, ¿admites que existe una Gunna del Glen?
Víctor inhaló profundamente y levantó la mirada hacia el techo.
—Por supuesto, claro que existe una Gunna del Glen —dijo, soltando el aliento y mirando a Myriam de nuevo—. Verás, querida —comenzó a decir—, siempre ha habido tales mujeres y siempre las habrá. Mientras los hombres sigan necesitándolas… habrá mujeres semejantes a la hermosa viuda de Glenelg.
Se estremeció, dándose cuenta de su error tan pronto como las palabras abandonaron su lengua.
Su pequeña Myriam estaba celosa. Se alejó de él y se acercó a la ventana. Empujó suavemente las persianas y se asomó a la noche.
—Entonces, ¿es tan bella como aseguraba Gelis? —preguntó con la espalda aún más rígida que antes.
Víctor se tragó un insulto y respondió a su pregunta.
—La mayoría de las mujeres alegres son atractivas —dijo, impulsando su mano hacia ella, pero sin atreverse a tocarla—. Aunque, claro, las que son muy viejas ya no son tan sabrosas.
—¿Las que son muy viejas? —Myriam dio la vuelta—. ¿A cuántas de esas mujeres conoces tú?
—Sólo a una —dijo Víctor sinceramente—. Yo sólo he ido a ver a la viuda Glenelg. Es la única mujer alegre a las que he visitado.
Dos manchas de color aparecieron en las mejillas de su novia, quien bajó la mirada y comenzó a jugar con la tela de sus faldas.
No dijo nada.
No es que Myriam necesitara decir algo, pues olas de angustia la recorrían de pies a cabeza. Víctor sentía cada una de esas olas como una lanza en su cuerpo.
Quería calmarla y tranquilizarla, pero temía que si decía algo equivocado empeoraría las cosas y no se atrevía a hablar.

Myriam pasó una mano por la cabeza de Víctor, acariciándole el cabello. Víctor sintió una gran tentación de olvidar su caballerosidad y bajar al salón para darle una azotaina a la la joven MacKenzie. ¿Por qué tenía que haberle hablado a Myriam de la viuda? Esa mocosa no sabía lo que era la discreción.

Víctor tragó saliva, demasiado agobiado como para saber siquiera qué decir. Hasta le costaba trabajo respirar.
Duncan MacKenzie le había dicho una vez que enfrentarse a los celos de una mujer era más desalentador que cruzar espadas con el enemigo más varonil. Ahora, Víctor podía apreciar la sabiduría en las palabras del Ciervo Negro.
Sintiéndose completamente incómodo por la situación, se dedicó a contemplar la habitación con la esperanza de encontrar inspiración en alguna parte. Buscaba cualquier cosa que pudiera servir de pretexto para cambiar de tema.
Gracias al cielo, su mirada se detuvo sobre un pequeño orificio que había en el arco de la ventana. Un defecto en los acabados de mampostería, un lugar en donde un pedazo de piedra se había caído o había sido arrastrado por el clima o los años. Con un poco de suerte, ésa podía ser su salvación.
Con la esperanza de que así fuera, echó los hombros hacia atrás y se aclaró la garganta.
—¿No preferirías hablar de la piedra de matrimonio de los MacKenzie? —preguntó, dando un paso hacia Myriam—. La he visto muchas veces y podría contarte varias historias sobre la piedra y sobre las fiestas de celebración de ese buen clan.
Inmediatamente, Myriam alzó la cabeza para mirarlo, pero su expresión no se había suavizado, ni siquiera un poco.
—Llevabas un rato en el salón cuando te vi —dijo, enfadada—. Estoy seguro de que ya sabes que Hughie Mac nos relató con todo lujo de detalles la leyenda de la piedra de los MacKenzie.
Víctor frunció el entrecejo, debatiéndose entre la admiración que sentía por la perseverancia de Myriam y su deseo de estrangularla por ser tan difícil.
—Escuché cada palabra del relato de Hughie —admitió Víctor, sin sorprenderse por las cejas arqueadas de Myriam—. Me quedé en las sombras, tratando de no echar a perder ese momento tan especial; fue muy bonito… Luego, me reuní con algunos parientes para comer costillas asadas y pan de miel. Tú me viste justo cuando iba a lavarme las manos después de haber comido.
En el rostro de Myriam se dibujó un gesto que era, definitivamente, una mala señal.
—Como pasaste tantos años siendo escudero en Eilean Creag, debes de conocer bien sus tradiciones —dijo. Había algo en su tono que le anunciaba a Víctor que se avecinaban problemas—. Esta noche he oído suficientes historias sobre esa piedra como para mantenerme ocupada durante meses. —Miró hacia abajo y removió una mota invisible de su manga—. Es la mujer Glenelg la que me interesa —dijo, subiendo la mirada—. Tus relatos sobre ella, eso es lo que yo quiero oír.
Víctor exhaló y se frotó la nuca con una mano. Ahora sabía que el diablo debía de estar en algún lugar de esa habitación, demasiado cerca como para estar tranquilo.
Seguro de ello, consideró la idea de tomar a su novia entre sus brazos y besarla hasta que la abandonaran todos esos absurdos pensamientos que revoloteaban por su cabeza. Una idea que rápidamente desechó: en el estado tan agitado en el que se encontraba en ese momento, podría recompensar su intento de reconciliación con un beso.


Frunció el ceño, de nuevo. A decir verdad, Myriam estaba siendo poco razonable.
Después de todo, él no había hecho nada malo. Hasta donde sabía, todos los hombres le hacían una visita ocasional a una mujer alegre y, en algunos casos, a más de una.
Muchos terratenientes y guerreros de alta alcurnia que él conocía tenían una variada fila de concubinas. Algunos, incluso, favorecían más a los hijos que tenían con aquellas mozas que a los retoños que habían tenido con su esposa oficial.
Por supuesto, eso era algo que él jamás haría; no con una novia tan complaciente.
Por todos los santos, si estaba perdidamente enamorado de ella.
—No estás siendo justa —dijo, acercándose a ella de nuevo—. Seguramente sabes que los hombres tenemos ciertas necesidades. Urgencias que, a veces, nos llevan a visitar a mujeres como Gunna de Glen.
Su novia no pronunció palabra. En lugar de hablar, pasó frente a él y fue a pararse frente al fuego; miró hacia abajo para contemplar las llamas.
—Ya lo sé, no soy tonta. Sé que los hombres tenéis ciertas… necesidades… y sé lo que hacéis para apagar el fuego que a veces arden en vuestro interior —dijo sin mirarlo—. No soy una niña ignorante. —Se dio la vuelta, sus ojos lo miraban fijamente—. Pero soy muy ingenua… y te lo digo porque sé que eso es precisamente lo que estás pensando.
Víctor suspiró.

—Ay, dulzura, eso nunca se me ha pasado por la cabeza —dijo, ignorando todas las veces en que había pensado que ella era demasiado ingenua e inocente, aunque no por la razón que ella creía.

No. Lo que le preocupaba era que esa pureza se convirtiera en su estado permanente

—Verás —comenzó a explicar—, mi preocupación es…

—Tú dijiste que esa Gunna de Glen es la única mujer que has visitado —insistió Myriam. Su mirada volvió a la chimenea—. ¿Solamente te has acostado con ella? ¿No ha habido otras mujeres?

Víctor pasó una de sus manos por su cabello.

—Por supuesto que ha habido otras —admitió, sintiendo el ojo del diablo sobre él.

—¿Y quiénes fueron?
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Mensaje  alma.fra Lun Jun 07, 2010 2:03 am

Muchas gracias por el capitulo.
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