El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

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El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Jue Feb 11, 2016 11:42 pm

Hola niñas, anduve un poquitin desaparecida, pero aquí andamos de nuevo.

Y con nueva Novela, espero les guste
 Wink  Very Happy





El Juego De La Pasión

JUEGOS DEL PLACER

Emma Hart

Ella está perdidamente enamorada de él. Él se resiste a enamorarse de ella. Una noche lo cambia todo para siempre. Víctor García nunca pretendió acercarse a Myriam Montemayor, ni siquiera aquella noche. Él se niega a reconocer que vive cautivo de su pasado, pero Myriam es capaz de romper cualquier muro que  él construya en cuanto se lo propone.

Myriam nunca tuvo la intención de traicionar a Braden con Víctor, pero cuando se da cuenta de que existe alguien que no es tan arrogante como Braden, no puede resistirse a los encantos de Víctor.

El pasado de Víctor es mucho más complejo de lo que Myriam podría imaginar, así que mientras él intenta alejarse, su amor por él se va haciendo cada día más fuerte. Y ahora, él tendrá que luchar contra todos esos sentimientos que había mantenido enterrados.

¿Qué esconde Víctor? ¿Contra qué o quién ha estado luchando durante tantos años?

Mantener una relación en secreto nunca había sido tan peligroso.


Última edición por monike el Vie Mayo 13, 2016 5:08 pm, editado 17 veces

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  myrithalis el Jue Feb 11, 2016 11:55 pm

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Novela nueva si que padre!!!!!!!!!!!!!!!!!
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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Eva Robles el Vie Feb 12, 2016 12:19 am

Que bien otra nueva novelita que bien muchas gracias

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Vie Feb 12, 2016 10:18 pm

CAPITULO 1

Myriam

—Eres consciente de que su madre le hará cien preguntas sobre ti, ¿verdad? —Estoy tumbada en el suelo y levanto la vista en dirección a Braden.
—No me digas —murmura—. Por eso le tienes que explicar lo que debe decir. Dejo de pasar las hojas de la revista.  
—Espera un momento.
—Myri .
—No.
Cierra la puerta del armario y se sienta conmigo en el suelo. Los mechones de su pelo rubio se descuelgan ante los ojos que posa sobre mí en actitud suplicante. Niego con la cabeza.
—Braden Carter, tú has decidido llevarte a Maddie a casa este fin de semana. Tendrás que enfrentarte a las consecuencias y sufrir las interminables preguntas de tu madre.
—Myriiii —suelta, alargando mi nombre como un niño malcriado pidiendo caramelos.
—Ocurrirá antes o después. —Me encojo de hombros y me siento sobre las pantorrillas—. Será mejor que te enfrentes a la situación cuanto antes. Además —sonrío—, estoy segura de que hará alguna pausa entre pregunta y pregunta para contarle anécdotas de tu infancia.
—Vaya mierda —gruñe Braden; luego suspira—. Por lo menos puedo consolarme  pensando que tú estuviste presente en la mayoría de mis estupideces. En realidad es muy probable que fueras la responsable de la mayor parte de ellas.
—¡Sí, hombre!
Braden me mira alzando las cejas. En realidad una vez salí corriendo con una escalera y lo dejé atrapado en la copa de un árbol. Teníamos esa escalera porque íbamos a ir a no se qué trabajo con nuestros padres. Braden se puso chulo y dijo que podría saltar desde lo alto del árbol. Y sí que pudo, pero se rompió el brazo. Al final no fuimos a ninguna parte.
—Está bien, es posible que yo provocara una tercera parte. Pero no lo tergiverses todo porque se lo aclararé cuando vuelvan.
—Claro. Lo que tú digas. —Se levanta y sonríe. Alguien llama a la puerta y se abre.
Víctor entra en la habitación sin camiseta y con unos vaqueros de cintura baja. Exhibe hasta el último centímetro de su cuerpo: desde la curva de su bíceps hasta la hendidura del músculo en V que resbala por debajo de sus pantalones. Yo lo recorro con los ojos y me fijo en su puntiagudo pelo húmedo y en la pequeña toalla que le cuelga de los hombros. Sus ojos grises interrumpen el profundo análisis que estoy haciendo de su cuerpo y sonríe cuando se da cuenta de que lo estoy mirando.
—Me estoy empezando a preguntar si alguna vez te veré en otro sitio que no sea la habitación de un tío —dice arrastrando las palabras.
—Solo lo dices porque no me has visto en la tuya —le contesto apoyándome en las manos—. Y supongo que eso es algo a lo que no estás acostumbrado.
Braden pone los ojos en blanco y niega con la cabeza frotándose la cara con la mano como si quisiera estar en cualquier otro lugar.
—No creo que encajes en mi habitación. —Víctor se apoya en el marco de la puerta—. No cumple los requisitos a los que está acostumbrada una princesita rica como tú.
—Tampoco estoy precisamente interesada en  encajar en el paisaje de tu habitación. —Incluso aunque sea la suya—. Y es posible que sea una princesita rica, pero no soy ninguna pija.
Víctor resopla.
—¿Me estás diciendo que si un tío con mala reputación, criado en un mal barrio, intentara seducirte no saldrías corriendo?
Me levanto y le miro a los ojos.
—Que una persona tenga mala reputación y haya tenido que vivir en un mal sitio no significa que sea mala gente, Víctor. El lugar donde crecemos no define la clase de personas que somos. No sé qué percepción tienes de mí ni lo estirada que crees que soy, pero mi educación no me define como persona. No soy tan superficial como te crees.
Ladea la cabeza un momento antes de esbozar una sonrisa de medio lado. Es una de sus sonrisas chulescas de listillo que me da a entender que acabo de caer en su trampa.
—Bueno, es muy fácil —dice sonriendo—. Muy sencillo. Eres una pequeña bomba de relojería, ¿verdad, Myriam?
—¿Has venido por algo en concreto? —interviene Braden antes de que pueda contestar.
—Sí, necesito ese libro de literatura inglesa. —Víctor mira a su alrededor.
—¿Cuál? Tengo más libros de literatura inglesa que clases.
—Y yo qué sé, tío. —Víctor se encoge de hombros—. El que utilizamos en la última clase.
Pongo los ojos en blanco y me apoyo en la cama de Braden.
—El de Shakespeare.
Los dos se me quedan mirando con cara de no entender nada. Sobre todo Braden. Víctor por lo menos parece que sabe quién es Shakespeare.
—Ya sabes a quién me refiero, Bray. Ese tío que vivió hace muchos años y que habla tan raro. –Le clavo los ojos a Braden y él esboza una enorme sonrisa.
—Ah, ese tío. Sí. Copié casi todo el trabajo de Myriam. —Braden se vuelve en dirección al escritorio y coge el libro. Luego se lo lanza a Víctor .
—Gracias, tío. —Víctor  me mira y me guiña el ojo y yo intento no volver a poner los ojos en blanco.
Ese chico es completamente irritante. Solo se mete conmigo porque sabe que me saca de mis casillas y está empezando a darse cuenta de que llamarme princesita rica es la forma más fácil de hacerme enfadar. Yo no tengo la culpa de haber nacido en una familia de clase media-alta. Braden tiene una familia igual y nadie le llama niño rico. Claro, ya lo entiendo. A él nadie le llama así porque el ochenta por ciento de los chicos que viven en esta casa proceden del mismo entorno. Alargo el brazo, cojo la revista del suelo y la enrollo. Luego la balanceo en dirección a Braden y la uso para darle un azote en la espalda.
—¡Ay! ¿Por qué has hecho eso? —Me mira frunciendo el ceño.
—Gracias por defenderme, capullo.
—Oye, le he hecho callar.
Le hago un gesto de burla.
—Solo lo has hecho porque te ha molestado que nos pusiera a mí y a su habitación en la misma frase.
—Por lo menos le he hecho callar. Ahora ya le puedes explicar a Maddie lo que le tiene que decir a mi madre.
Oh, ya lo creo que se lo diré. Suspiro mirando sus enormes y suplicantes ojos y me encojo de hombros.
—Está bien. Le diré lo que le tiene que decir.
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—Pues yo creo que tú estabas jugando tus cartas. —Lila se enrolla un mechón de pelo en el dedo.
Frunzo los labios por detrás del libro y la miro por encima de las páginas.
—No sé de qué me estás hablando.
—Mientes fatal, Myri. Sabes muy bien de qué te estoy hablando.
—Si lo supiera no te habría preguntado. –Alarga el brazo, tira del libro y ve mi sonrisa antes de que me dé tiempo a esconderla.
—¿¡Lo ves!? —exclama—. Claro que lo sabes.
—De acuerdo, está bien. ¿Y qué si jugaba mis cartas? Al final todo salió bien, ¿no?
—Pero por poco se va todo al garete. ¿Ya has olvidado que Maddie se fue a Brooklyn?
—No —le contesto despacio—. No lo he olvidado. Pero luego volvió y se dieron caña mutuamente.
Lila frunce los labios.
—¿Y nunca te preocupó lo que pudiera pasar?
Niego con la cabeza.
—La verdad es que no. Ya sé que suena fatal y que parece que no me importara, pero sabía que encontrarían el camino. No me digas que la creíste cuando nos dijo que no estaba enamorada de él.
—Bueno, no…
—Pues eso. Ella se coló tanto como él por ella, Lila.
—¿Y entonces por qué se marchó a Brooklyn? No lo entiendo. Todos sabíamos que estaban jugando a lo mismo.
—Tú no estabas delante cuando Braden lo descubrió. —Me muerdo el labio inferior. Fue terrible. Ninguna de nosotras imaginó, ni por un segundo, que se presentaría en el dormitorio de Maddie, y menos yo. Debo reconocer que ahí estuve un poco lenta, y a pesar de lo mucho que me esforcé por ocultarme no había forma de hacerlo discretamente—. Se puso como una fiera. Estaba muy enfadado. Yo estaba ahí sentada viendo cómo se le partía el corazón y me sentí fatal. La verdad es que vi cómo se les rompía el corazón a los dos. Braden se volvió loco cuando averiguó lo que ella había hecho, y después Maddie descubrió que él había hecho exactamente lo mismo. Ella estaba avergonzada y se enfadó con Braden por lo que había hecho. Pero lo peor de todo es que se le rompió el corazón y en ese momento ella dejó de creer que Braden se había enamorado de ella. Lo único que podía hacer era huir.
—Ah. ¿Te lo contó Maddie?
—No, pero no hay que ser cupido para darse cuenta.
—¿Y cómo lo averiguaste tú?
Encojo un hombro.
—Ventajas de que tu tía preferida se haya especializado en tres ramas distintas de psicología.
Se queda boquiabierta.
—¿Tres?
—Sí, ya lo sé. Mi familia está llena de empollones. Creo que yo soy la oveja negra por estar estudiando Literatura y tener esta obsesión por ser escritora.
—Por lo menos estás haciendo lo que te gusta. Y para que  lo sepas, estoy segura de que serías un gran cupido.—Se ríe.
—Gracias. —Le lanzo la almohada sonriendo—. Pero como ya he dicho, ahora todo va genial, ¿verdad?
—Tengo que admitir que jamás pensé que vería a Braden Carter llevándose a una chica a su casa. —Lila se lleva mi almohada al pecho.
—Ya somos dos. —Sonrío. En realidad nunca pensé que le vería tan enamorado. Braden y Maddie comparten la clase de amor mágico con el que sueñan todas las niñas, por lo menos yo sí. Me pasaba horas y horas soñando con ese chico que me llenaría el estómago de mariposas y me haría volar tan alto que jamás querría volver a bajar. El fuego de mis sueños se alimentaba de la biblioteca que mi madre tenía en el despacho. Soy incapaz de recordar las miles de veces que cogía libros a escondidas para leer sobre la clase de amor que mis amigas estaban experimentando en este momento.

///////////////////////
—¿Qué lees? —Mi abuela asomó la nariz por encima de mi hombro.
Me sobresalté y cerré el libro.
—Nada.
—¿Y entonces por qué lo lees?
—No lo sé.
Se inclinó sobre el respaldo del sofá y me quitó el libro de las manos. Abrió los ojos como platos cuando leyó el título.
—¿Huckleberry Finn? ¿Te estás escondiendo para leer esto?
—Hum, sí. —Tragué saliva.
Mi abuela abrió el libro. Dejó resbalar los ojos por la página y acto seguido lo cerró y le quitó la cubierta.
—Myriam Montemayor . Escurridiza ladronzuela. –Esbocé una cautelosa sonrisa.—¿Ya sabe tu madre que le has cogido su ejemplar de Orgullo y prejuicio cuando deberías estar leyendo Huckleberry Finn?
—No. ¡Por favor abuela no se lo digas! Tampoco es que Huckleberry Finn sea tan malo, pero no lo quiero leer. Prefiero leer sobre Lizzy y Darcy. –No me contestó. —Por favor, abuela.
—No diré nada, niña. Te diré confidencialmente que Huck Finn no es ni la mitad de excitante que el señor Darcy. Pero no le digas a tu madre que apruebo que le robes las novelas románticas.
—No se lo diré.
La abuela señaló el libro.
—¿Ya la ha besado?
Asentí con alegría.
—Es mi parte preferida.
—La mía también. —Me guiñó el ojo.
//////////////

Se abre la puerta de nuestra habitación y entran Maddie y su fogosa melena.
—Tienes que ponerme enferma o algo. O fingir que lo estoy. Ah, ¡ya sé! Píntame con pintura facial —balbucea cerrando de un portazo y apoyándose contra la puerta.
—¿Qué? ¿Pintura facial? —Frunzo el ceño.
—Sí. Soy alérgica. —Se señala la cara—. Siempre se me hincha la cara y me salen manchas y cosas de esas.
—Aparte de que no suelo tener pintura facial debajo de la cama… — comenta Lila—. ¿Por qué quieres ponerte enferma?
Maddie resbala por la puerta hasta sentarse en el suelo y se rodea las rodillas con los brazos.
—Es que yo nunca… Ya sabéis. Nunca he conocido a los padres de nadie.
—Ohhh —decimos Lila y yo al unísono.
—Sus padres no están nada mal. —La miro—. Te lo digo en serio. Son de las personas más simpáticas que he conocido.
—Es tu mejor amigo. Qué vas a decir tú —gruñe.
—Pues sí que es mi amigo, pero no lo digo por eso. De verdad, Mads. No tienes nada porqué preocuparte.
—¿Y qué pasa si me hacen cientos de preguntas?
—Su padre no hará nada de eso. Pero su madre, sí. Aunque no serán sobre ti, sino sobre él.
—¿Y qué le digo?
—Dile la verdad. —Sonrío—. ¡Ajá! Yo gano.
Maddie y Lila me miran a la vez alzando las cejas.
—Le he prometido a Braden que le diría a Maddie lo que le tenía que decir a su madre, y le estoy diciendo que le diga la verdad.
—Bien jugado —concede Lila.
—Supongo que no te habrá pedido que me convenzas para que mienta, ¿verdad? —Maddie se sienta y sonríe.
—Claro que no. Es lo que cree que voy a hacer. —Sonrío—. ¿Cuándo os marcháis?
—Después de la clase de lite. Es la última clase de la mañana, ¿verdad?
Asiento y Lila frunce el ceño.
—Pensaba qe se iban el sábado por la mañana. Me pareció oír que Braden no quería dejar que Myri pasara dos noches seguidas de fiesta en una casa llena de chicos salidos de la hermandad.
Dejo caer la cabeza hacia atrás.
—Por el amor de Dios —murmuro mirando al techo.
—Sí, esa era la idea inicial —explica Maddie—, pero le dije que su comportamiento era absurdo y que Myriam era perfectamente capaz de defenderse sola en  esa casa llena de animales.
Vuelvo a levantar la cabeza y le sonrío agradecida.
—¿Ves? —Miro a Lila—. Este es otro de los motivos por los que sabía que eran perfectos el uno para el otro. Ella le da caña y yo consigo librarme de vez en cuando de su adorable actitud protectora.
—Adorable actitud molesta —me corrige Maddie—. A mí me vuelve loca. No sé cómo lo aguantas.
—Ya estoy acostumbrada. Lo ha hecho toda la vida; ya no me molesta. Es algo así como el ruido de fondo. Además, ya le supliqué a su madre que le diera una hermanita cuando tenía trece años, pero se negó.
—¿Tan terrible era? —pregunta Lila riendo.
—¿De verdad queréis saberlo? —Las miro y ellas asienten—. Está bien. Teníamos seis años y era otoño. Habíamos pasado todo el fin de semana recogiendo castañas para llevarlas al colegio el lunes y yo había encontrado una perfecta. Braden siempre me ganaba en todo, pero aquella vez la victoria sería mía. Por aquel entonces había un niño que estaba colado por mí, Adam Land. Le desafíe a una pelea de castañas y gané, pero él odiaba perder contra una chica y me lanzó una a la cabeza. Braden saltó sobre él y le mordió.
—¡¿Le mordió?! —gritó Maddie, y Lila se rio.
Me tapo la boca con la mano y me rio en silencio asintiendo.
—Le mordió con tanta fuerza que le hizo sangre. Su madre se puso como loca cuando la llamó el director.
—Es genial. Ojalá mi hermano hubiera hecho lo mismo —dice Lila con aire reflexivo.
—Ahora estoy muy contenta de haberlo convencido para irnos mañana por muy preocupada que esté por conocer a sus padres. —Maddie intenta sofocar su risa.
—¿Significa eso que este fin de semana veré una Myriam distinta? — pregunta Lila con brillo en los ojos.
—Oye, que Braden no esté no significa que me vaya a llevar a la cama al primero que pase. —Bajo la mirada—. Aunque también puede que sí.
Además resulta que mantengo una perpetua relación de amor-odio con el chico que me quiero llevar a la cama. Esto viviendo la clase de amor que hay entre Elizabeth y el señor Darcy en Orgullo y prejuicio. Por suerte los demás solo se dan cuenta del odio.
Es mi secreto. Nadie sabe que cada vez que Víctor García  aparece en mi campo de visión en mi estómago entra en erupción un enjambre de locas y minúsculas mariposas. Y de momento no tengo ninguna intención de compartir ese secreto con nadie.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Bere el Sáb Feb 13, 2016 3:59 pm

Niña que padre que te animaste a poner novela esta muy buena siguele

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Lun Feb 15, 2016 11:59 pm


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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Mar Feb 16, 2016 8:58 pm

CAPITULO 2


VICTOR


Tiene los ojos azules lavados en la página, como de costumbre. No conozco a nadie que pase tanto tiempo con la nariz entre las páginas de un libro como Myriam. Vaya donde vaya siempre tiene uno: en el bolso, en el regazo o a su lado.
Nadie más se da cuenta. Y nadie más ha advertido que yo sí que me doy cuenta.
Frunce el ceño y se muerde el labio inferior mientras se aparta de la cara
algunos mechones de su larga melena rubia. Se recoge el pelo detrás de la cabeza, coge la goma que lleva alrededor de la muñeca y se hace una cola dejando al descubierto la elegante curva de su cuello y la piel de esa zona tan sensible. Hago girar el bolígrafo entre los dedos y pego los ojos al libro. Prohibida. Esa es la categoría a la que pertenece Myriam Montemyor. Desde la primera vez que la vi supe que jamás sería mía. Todo apunta a ese final: su firme resistencia, sus educados pero sarcásticos comentarios, una actitud general que grita «niña rica» a los cuatro vientos y esa clase que desprende, una clase que yo no tengo y que jamás conseguiré. Está acostumbrada a tratar a todo el mundo con respeto sin importar lo que piense de ellos. Estoy seguro de que si se encontrara con un asesino en serie podría hacer alguna observación positiva, aunque solo fuera una. Lo hace con todo el mundo. Trata a todo el mundo igual; y cada uno de sus comentarios sarcásticos y casi maliciosos va seguido de uno más suave. Cada ceño fruncido y cada mirada malintencionada precede a una sonrisa de disculpa, y todas las palmadas que reparte son en broma. Para ella todo el mundo es igual hasta que se demuestre lo contrario.
Excepto yo.
Yo soy la excepción a su regla. Y me encanta. Disfruto provocándola. No puedo evitar colarme bajo su piel y agitar sus cimientos. Es adictivo, enciende un fuego en mi interior que soy incapaz de sofocar una vez empezado. Ella salta con mucha facilidad y sus labios siempre tienen una respuesta a punto, a veces incluso antes de que termine de hablar.
Así me resulta más fácil mantenerme alejado de ella. De esta forma cada fin de semana puedo elegir una chica cualquiera y follármela sin que me importe un pimiento. Si Myriam demostrara tener algún interés por mí que fuera más allá de la típica batalla dialéctica, me lanzaría a por ella a la velocidad de la luz. La tendría en mi cama y tumbada debajo de mí más rápido que una bala.
—¿Qué te pasa? ¿Cansado de observar a tus fulanitas habituales?
Parpadeo. Me está mirando con sus enormes y brillantes ojos. Le sonrío.
—Eso depende de si te incluyes en esa afirmación o no.
—No es que tenga muy buena opinión de mí misma, Víctor, pero tampoco me tengo en tan baja estima.—Muerde el extremo del bolígrafo—. Lo último que quiero es convertirme en una de tus fulanitas. Ay.
—Es una lástima. —Me acerco unpoco a ella—. Creo que encajarías a la perfección.
—¿De verdad? —Esboza una sonrisa cargada de alsedad—. Porque yo me temo que no doy el tipo. Para empezar cuando termina la noche yo suelo llevar las bragas puestas.
—No me costaría mucho cambiar eso.
—La única forma de que eso ocurra es que me las quite yo misma.
Sonrío. Ya tiene ese rubor delator en las mejillas y sus ojos brillan un poco más que cuando está enfadada. La he visto mirarme así muchas veces.
—Como tú prefieras, nena.—Me reclino en la silla y apoyo un pie sobre la rodilla de la pierna opuesta—. No tengo nada en contra de un buen striptease. Myriam se pasa la lengua por los dientes y me mira fijamente.
—Pues ya puedes ir a mirarte en el espejo, porque yo no te lo voy a hacer.
No puedo evitar ni la sonrisa ni el desfile de imágenes que se proyectan en mi cabeza. Lleva los vaqueros lo bastante ajustados como para que no tenga que imaginarme la curva de su trasero, pero en mi mente la veo sin la protección de los pantalones y agachada para quitarse la ropa interior.
La sangre resbala por mi cuerpo y me cambio de postura. Lo último que necesito es tener una erección en plena clase de Literatura Inglesa.
—Eso también es una pena.—Coloco las manos sobre el regazo. Mi amiguito va por libre—. Tienes el culo perfecto para un striptease.
—Y tú también, pero no creo que tengas ninguna intención de plantarte delante de mi mesa y empieces a quitarte la ropa al ritmo de alguna canción cursi. —Parpadea una sola vez, aparta la mirada y vuelve a clavar los ojos en el libro—. Y es un alivio.
—Braden se marcha esta noche —le digo cambiando de tema por completo.
—Ya lo sé.
—¿Vas a venir?
Despega los ojos de la página y me mira.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque me estaba preguntando si podría conseguir ese striptease —le contesto con sarcasmo—. Joder, Myriam. Solo es una pregunta.
Ella ponelos ojos en blanco, gesto que estoy seguro que tiene reservado para cuando habla conmigo.
—¡De acuerdo! Sí que voy a venir. Vendré con Lila y Kay.
—Tus pequeñas secuaces. —Sonrío.
—Mira quién habla —murmura.
Ignoro su comentario.
—Entonces estarás en una fiesta sin Braden. ¿Cómo vas a sobrevivir?
—Que te den, Víctor.
—He dado en el clavo, ¿verdad?
Se gira sobre la silla y me clava los ojos. Diviso auténticas chispas en el mar azul de sus ojos y sé que esta vez la he cabreado de verdad. Me encanta que se enfade conmigo.
—Para decepción de todo el mundo, no soy ninguna muñeca de porcelana —espeta—. No necesito que Braden me coja de la mano en las fiestas. Soy perfectamente capaz de mantener a raya a ese montón de capullos salidos. No sé de dónde has sacado la idea que tienes de mí, pero me parece mentira lo equivocado que estás.
Cuando todo el mundo se levanta cierra el libro de golpe. Pasa de largo, junto a mí, y luego se detiene un momento para mirarme por encima del hombro. Separa los labios pero niega con la cabeza, se da media vuelta y se marcha sin decir nada.
Mientras la veo marchar pienso que me gustaría decirle que tengo muy buena opinión de ella. Pero no puedo decirle lo que pienso porque eso sería contraproducente en mi empeño de mantenerme alejado de la única chica que me gusta de verdad.

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La misma mierda una noche más.
La casa está llena de gente. Hay personas de Berkeley y otras que no. Estoy empezando a llegar a ese estado en el que ya ni lo sé. El único motivo por el que estoy en la casa de esta fraternidad es porque mi viejo quería que estuviera aquí. Ese hombre ha hecho mucho por mí. Lo menos que podía hacer era solicitar una plaza y entrar por él.
Las chicas pestañean, se atusan el pelo y recorren la multitud en busca de un chico que llevarse a casa. Los chicos hacen su papel y aguardan apoyados en la barra, la pared o el marco de la puerta bebiendo cerveza y eligiendo alguna chica para llevarla adónde ella quiera. Igual que yo.
Lo mismo de siempre. Las noches del viernes y el sábado equivalen a sexo sin sentido. Y teniendo eso en cuenta, el sexo sin sentido significa que gracias a eso no pienso en lo que de verdad significa algo para mí. Y es muy fácil.
Elegir una chica.
Invitarla a una copa.
Decirle que es guapa.
Llevarla al piso de arriba.
Follármela.
Conseguir que se marche por la mañana.
Y no soy el único que se rige por ese patrón. Braden solía hacer lo mismo, y la mitad de los chicos que viven en esta casa también. Las chicas saben muy bien en qué se meten cuando vienen aquí, por lo menos conmigo. Todas saben que solo las quiero para un par de horas. No quiero saber ni cómo se llaman. Me llevo el botellín de cerveza a los labios y observo a una chica morena que pasa por mi lado. Me mira y me sonríe. No es perfecta, pero serviría si no fuera tan consciente del par de ojos que me observan desde la otra punta.
Peleo contra el impulso de responder a esa mirada, pero pierdo la batalla. Mis ojos se olvidan de la chica y se posan sobre Myriam. Está sentada a la barra. Su postura parece suplicar que admire la forma en que ese vestido se ciñe a su cuerpo. Lo recorro con los ojos: me encanta advertir que tiene más curvas que la mayoría de las chicas que hay en la casa. No está muy delgada y, sin embargo, se nota que está muy segura de su cuerpo.
La seguridad resulta muy erótica en cualquier chica, pero Myriam es completamente sexual.
Esbozo una lenta sonrisa y alzo una ceja. Ella da unos golpecitos con el pie mientras me aguanta la mirada. Ninguno de los dos quiere apartar la vista; de repente algo cambia entre nosotros. Ella traga saliva y se pasa los dedos por el pelo dejando caer los párpados. El movimiento es tan superficial que solo me doy cuenta porque lo estaba esperando. Porque estoy esperando cualquier pequeño indicio que me diga que ese cambio es atracción. Y lo es. Myriam rodea la pajita de su vaso con los labios y me cuestiona con la mirada. Esto es diferente, no es nuestro habitual intercambio verbal en el que los dos intentamos cabrearnos mutuamente. No son los habituales comentarios sarcásticos.
Es algo nuevo.
Algo primitivo.
Algo peligroso.
Algo que podría destrozarme.
Se me borra la sonrisa y ella aparta la mirada. Hace girar los cubitos del fondo del vaso vacío y relaja un poco los hombros. Yo hago girar el botellín de cerveza entre los dedos.
Conozco los riesgos. Sé que si me acerco a ella el sexo de esta noche no será un intercambio sin sentido.
No será un polvo cualquiera que haya dejado de importarme por la mañana. Significaría ceder a la única debilidad que tengo.
Pero la verdad es que me muero de ganas.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Mar Feb 16, 2016 9:07 pm

CAPITULO 3


MYRIAM

Quiero ser la chica que vaya al piso de arriba con él en lugar de ser la que se queda aquí abajo viendo cómo lo hace.
Ese chico me vuelve loca en el peor de los sentidos. Cada comentario, cada sonrisa, cada vez que me mira alzando las cejas con chulería. Todo me afecta, en especial la evidencia de que no me conozca por mucho que él crea que sí. Está muy equivocado conmigo en todos los aspectos y me molesta mucho, y, sin embargo, si se acercara a mí y me invitara a subir a su habitación no creo que pudiera decirle que no. A ese sitio tan poco indicado para una princesita rica como yo. A ese sitio donde probablemente me sentiría como en casa. Pero no sé si bastaría con una sola noche. Cuando te gusta tanto alguien tienes que esforzarte en esconderlo, y una sola noche no bastaría para dar rienda suelta a toda esa contención. Si se acercara a mí ahora mismo y yo me dejara ir, no creo que pudiera volverme a contener nunca más. No creo que pudiera dejarlo en una sola noche de sexo fortuito. En realidad no sé si el sexo con él sería fortuito. Ya sé que una sola noche no hace daño, pero también sé que no me hará ningún bien.
«El sexo no tiene por qué ser amor, Myriam. Si quieres entregarte físicamente es cosa tuya, pero no te entregues también emocionalmente solo porque un chico tenga labia o sea guapo. El sexo de verdad viene con el paquete completo».
Y las palabras de mamá me recuerdan que ahora quiero el paquete completo.
—Me parece que nunca te he visto sola —la voz de Víctor se me acerca con suavidad y me eriza el vello de la nuca. Se sienta en el taburete libre que hay junto al mío.
—No es habitual. —Vuelvo la cabeza muy despacio para encontrarme con sus ojos grises por enésima vez ese día—. Podría decirte lo mismo.
—No es habitual —me parafrasea con media sonrisa en los labios.
—¿Y qué haces aquí conmigo en lugar de estar en alguna esquina oscura con tus compañías habituales?
—Ay, Myriam. ¿Es amargura lo que percibo en tu voz? —Me roza con la rodilla—. No me digas que estás celosa.
—Asqueada —murmuro apartando la mirada para que no descubra la mentira—. No lo confundas con amargura o celos.
—¿Sabes una cosa? —Se acerca a mí y su aliento mece mi pelo cuando me pega la boca a la oreja—. Creo que te estás engañando. Diez minutos, Myriam.
Se levanta y desaparece. Yo lo miro negando con la cabeza. Tengo que negar con la cabeza, necesito hacer algo para esconder la tentación que me recorre de pies a cabeza. Kyle me recoge el vaso y me sirve otra bebida sin decir una palabra.
—Esta noche estás muy callada.—Se apoya al otro lado de la barra.
—A veces pasa. —Sonrío.
—Te sientes rara sin Mads y Braden, ¿verdad?
Encojo un hombro.
—Supongo que un poco. Por lo menos ya se ha solucionado lo suyo. Ahora ya podemos seguir con nuestras vidas.
Kyle resopla.
—Ya lo creo. Braden arrastró al abismo a todos los tíos de esta casa cuando ella se marchó a Brooklyn. Era como vivir con una mujer con síndrome premenstrual. Y yo me fui de mi casa para escapar precisamente de eso. Mi hermana se convierte en un auténtico diablo.
—Deberías pasar un rato en compañía de tíos que no follan —le comento con sequedad ándole un sorbo a la bebida—. Son mucho peores que las chicas con síndrome premenstrual.
—No lo dudo. —Sonríe—. Pero aquí no hay ninguno.
—Supongo que tienes razón.
—Aunque tú tienes pinta de necesitar un buen polvo.
—Y yo que pensaba que eras un buen tío. Tenías que arruinar mi percepción diciendo eso, ¿no? —Suspiro con aire juguetón—. Sois todos iguales.
—Oye, solo era un comentario.—Se inclina hacia delante y sonríe—. Estoy seguro de que no andarás precisamente corta de proposiciones ahora que no está el cavernícola.
Me muerdo el interior de la mejilla para reprimir una sonrisa.
—Eso del cavernícola está calando, ¿verdad?
—No tienes ni idea.—A Kyle le brillan los ojos. ¿Por qué no puedo desear a Kyle? Es un chico majísimo y no está nada mal: ingobernable pelo moreno y ojos color avellana. Tiene un buen cuerpo. No marca mucho músculo, pero es evidente que están ahí. Sería una gran distracción si no estuviera ya tan entretenida con Víctor.
Me acabo la copa y deslizo el vaso por la barra.
—¿Me haces un favor? Dile a Lila que ya nos veremos mañana. Me vuelvo a la residencia.
—Claro. —Asiente y se da media vuelta. Echo un vistazo por la habitación y me escabullo. Es un riesgo. Un gran riesgo, pero no me importa.
Cuando se sentó a mi lado en el taburete las palabras de Víctor estaban llenas de promesas, y sus ojos rebosaban misterios que quiero descubrir entre sus sábanas.
La paranoia se apodera de mí mientras me abro paso por el salón y subo las escaleras. Me paso los dedos por el pelo fingiendo que solo voy al baño y cuando llego al rellano miro a mi alrededor. Mientras subo el último tramo de escaleras en dirección a su habitación cojo la tela del vestido y tiro hacia abajo.
Alguien me agarra del brazo y me empuja contra la pared. Su boca se posa sobre la mía y se traga mi grito, y sus rápidos movimientos evitan que le dé un rodillazo en las pelotas.
—No te estoy atacando —murmura Víctor a mi oído—.A menos que quieras que lo haga.
Abro los ojos y me encuentro con los suyos bajo la tenue luz del pasillo.
—Eres un cerdo, ¿lo sabías?
—Pero estás aquí.
—Eso parece.—Bajo la mirada. Me coge la cara, desliza los dedos por mi pelo y me obliga a levantar la cabeza. Vuelvo a sentir el contacto de sus labios. Sus besos son suaves e intensos a un mismo tiempo. Paseo las manos por su torso hasta llegar al cuello de su camiseta. Le cojo a cara y abro la boca para dejar paso a su exploradora lengua pegándome a él. Me acaricia la lengua con la suya y me muerde el labio inferior; luego lo recorre con la lengua. Me estremezco y deja de besarme para alargar el brazo y meter la llave en la cerradura de su puerta.
La abre, deja resbalar las manos por mi espalda y dejo que me meta en su habitación. Cierra la puerta y presiona mi cuerpo contra el suyo. Siento su aliento en los labios. Poso los ojos sobre su boca y los cierro cuando él agacha la cabeza para volver a besarme. Esta vez sus besos son más firmes, destilan más necesidad. Mis manos se cuelan por debajo de su camiseta y encuentran su piel caliente. Extiendo los dedos y mis pulgares rozan los sólidos músculos de su estómago. Víctor me suelta el tiempo justo para quitarse la camiseta.
Me muerdo el labio inferior y deslizo la mirada por su torso. Es perfecto. La tersa piel cubre sus músculos y las sombras que se abren paso entre ellos le dibujan un difuso grabado en el torso.
Doy un paso adelante para posar la boca sobre su pecho y él me sujeta la cabeza. Me besa el lóbulo, desliza los labios por mi cuello y mis temblorosas manos ascienden entre nuestros cuerpos.
¿Qué estoy haciendo?
—¿Myriam?
Abro la boca para hablar, pero no me salen las palabras. En lugar de hacerlo trago saliva y doy un paso atrás. Víctor me quita las manos de encima y las deja colgar a ambos lados de su cuerpo.
—Yo…—Vuelvo a tragar saliva intentando controlar el alocado zumbido que oigo en algún lugar remoto de mi cabeza—. Esto… Esto no puede pasar. ¿No puede pasar? ¿Qué estoy haciendo a hora?
—¿No puede pasar? —Víctor tiene aspecto de estar perdido, parece incapaz de comprender lo que estoy diciendo. La verdad es que he sido yo la que lo he seguido hasta aquí y ahora lo estoy rechazando. No lo entiendo ni yo misma.
—Sí. —Reculo en dirección a la puerta apartándome el pelo de la cara y me coloco bien el vestido—. Esto no puede pasar. Para nada.
Encuentro la manecilla de la puerta, la abro, me marcho y lo dejo allí viendo cómo me voy.


Nadie lo sabe.
Me lo recuerdo mientras observo el cuerpo dormido de Lila. Sigo esperando a que se despierte y me grite por haber sido tan estúpida. Pero no lo sabe nadie. Y, sin embargo, eso no consigue que deje de sentirme culpable.
Es el tópico más viejo del mundo. Tu cabeza contra tu corazón. Mi cabeza me está diciendo lo que ya sé, que soy una persona horrible. He traicionado a mi mejor amigo besándome con su mejor amigo cuando sé perfectamente que es lo último que le gustaría que hiciera. Pero mi corazón me dice otra cosa, algo que ya debería saber. Mi corazón me dice que no soy una persona horrible: por una vez he ido en busca de lo que quería sin pensar en las consecuencias.
Tampoco me convierte en una persona temeraria e insensible. Lo de insensible quizá sea un poco exagerado, pero lo de temeraria… Sí. Ha sido temerario y quizá un poco egoísta. Pero lo cierto es que nadie llega a nada en la vida sin molestar a algunas personas.
¿Fue un error lo que ocurrió ayer por la noche? Hice lo que siempre me había prometido que no haría, lo único que me había jurado no hacer. No te líes con el mejor amigo de tu mejor amigo, es muy sencillo. Algo tan sencillo que se convirtió en una misión imposible en cuanto vi los ojos grises de Víctor el primer día de universidad. Siempre supe que había algo entre nosotros, pero lo que no sabía era que llegaría a materializarse. Y aquí estamos. Después de todos mis esfuerzos y de lo mucho que he peleado por alejarme de él, he acabado enganchada a su sonrisa chulesca y su pose de mujeriego. Y no es algo que me guste precisamente: me encantaría prender fuego al pelo postizo, las uñas postizas y las pestañas postizas de todas las chicas que se acuestan con él. Eso es lo que son, y él lo sabe muy bien. Son falsas.
Por dios, Myriam, solo ha sido un beso. Un pequeño beso. No te ha pedido que te cases con él.
Pero Maddie dijo que Braden nunca se enamoraría y se equivocó. Al final se enamoró.
Y, sin embargo, Braden y Víctor son completamente diferentes. Braden nunca fue la clase de chico que va por ahí acostándose con todo lo que se mueve, solo lo hizo porque podía. Para entretenerse. Lo tengo tan claro como que Víctor disfruta picando de flor en flor y de las infinitas atenciones que despierta en las chicas.
¿Cómo puede ser que un solo beso haya conseguido que esté aquí analizando su comportamiento? ¡Un beso!
No tengo ninguna esperanza de que algún día pueda existir un «nosotros». Tengo deseos, pero esperanzas no. Puede que sea una romántica sin remedio que disfruta perdiéndose entre las páginas de novelas calientes y excitantes o entre las que rebosan dulces suspiros, pero no soy tan ingenua como para creerme que esas cosas ocurren continuamente en la vida real. Es posible que haya personas que encuentren esa clase de amor que deja de piedra a los hombres y lleva a las chicas al desmayo, pero no le pasa a todo el mundo.
El amor es muy caprichoso. Solo porque encuentres un chico que te complemente, apacigüe tus tormentas y alimente tus fuegos, no significa que siempre vaya a estar a tu lado. Quizá jamás llegues a conocerle. Y también puede que le conozcas y sencillamente no sea el momento adecuado para vosotros.
Tengo diecinueve años. Conozco el amor y la lujuria. Los sé distinguir muy bien y sé que por algún extraño motivo Víctor es esa persona que apacigua mis tormentas y alimenta mis fuegos. Pero también sé que este no es nuestro momento. Quizá no llegue jamás.
Aunque después de cómo me abrazó y me besó ayer por la noche, no estoy segura de que pueda seguir conformándome con eso.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Bere el Mar Feb 16, 2016 11:00 pm

Muchas gracias niña ya me estoy picando con esta historia sigele pronto besos

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Miér Feb 17, 2016 11:04 pm

Hola, aqui dejando un capitulo mas de esta romantica historia,
espero les este gustando. Hasta mañana  Very Happy



CAPITULO 4

VICTOR

Estoy jodido. Y todo es culpa mía.
Tenía que hacerlo, ¿no? Tenía que acercarme a ella y decirle lo que le dije. No esperaba que lo hiciera. Nunca pensé que subiría esas escaleras, pero lo hizo. Y lo noté, sabía que era un error y un acierto al mismo tiempo.
Myriam es muy peligrosa. Ella es la única chica de toda la universidad, qué digo, la única de todo el estado, capaz de destruir mi actitud pasota y ponerme de rodillas. Ella es la única chica que podría hacerme volver a sentir. Ella podría coger esta imagen que tanto me he esforzado en crear y hacerla estallar en mil pedazos.
Debería haberme alejado de ella, pero no lo hice. Y ahora ya conozco el dulce sabor de sus besos. Conozco la suavidad de sus labios. Y ya sé lo que siento cuando me agarra del pelo.
También sé lo que se siente al estar tan cerca y al mismo tiempo tan lejos, porque a ella no se le ocurrió otra cosa que parar y marcharse. Se fue y me dejó allí, duro como una piedra, mirándola como una oveja perdida. Vaya mierda.
Ya sé que solo fue un beso, pero ahora necesitaré un maldito milagro para mantener las distancias. Cojo el móvil de la mesita de noche y busco su nombre. Estoy bastante convencido de que la otra noche no iba de farol. Presiono el botón para enviar el mensaje recordando la conversación que tuvimos en Las Vegas y sonrío.
«Aprendiste algunos trucos de los hombrecitos en Las Vegas, ¿verdad?».
Ella responde. Estoy seguro de que ahora mismo tiene esa sonrisa en los labios que le ilumina toda la cara. Esa sonrisa con la que está tan guapa que deja a la altura del betún a cualquier otra chica del país.
«Eso tendrás que decírmelo tú, nena». Mi sonrisa se acentúa.


Ruedo por la cama hasta invadir el espacio vacío, el espacio vacío en el que ella estuvo ayer antes de marcharse mientras yo dormía. Mis ojos tropiezan con el calendario que tengo en la mesita de noche y lo tiro de la mesa para evitar mirar la fecha. Pero ya sé qué día es.
Siempre lo sé. Me resulta imposible ignorarlo, trepa por mi conciencia en silencio y luego me agita con fuerza. Esta siempre es la época más dura del año. Esta semana, la que cambió mi vida, la amo y la odio a un mismo tiempo. A mí me cambió a mejor, pero destruyo para siempre a mi viejo. La bendición de una persona es la maldición de otra. Me levanto de la cama, me visto y cojo las llaves del coche. Es más pronto que de costumbre y lo más probable es que el viejo me atice con el bastón por presentarme antes de comer, pero no tengo ganas de quedarme en mi habitación a regodearme en mi autocompasión.
Salgo por la puerta principal antes de que me entretenga nadie y me subo al coche para alejarme cuanto antes de la enorme casa de la fraternidad. A veces puede resultar asfixiante y es fácil quedarse enterrado bajo el peso de los propios sentimientos.
No está muy alejada de la casa del viejo. Yo no elegí ninguna universidad de San Francisco porque él insistió en que nos fuéramos de la ciudad. No quiso que nos marcháramos del estado, pero en San Francisco había demasiados recuerdos, demasiada mierda a la que no nos apetecía volver a enfrentarnos.
Aparco delante de su casa. El sol va ganando terreno por el jardín delantero y sé que eso significa que pasaré el día en el patio de atrás haciendo todas las cosas que él ya no puede hacer. El intenso olor de su puro me golpea en cuanto abro la puerta y arrugo la cara como todos los domingos.
No lo soporto, pero tiene esa costumbre. Y hay cierto consuelo en las costumbres.
—Me encantaría que dejaras de fumar esa basura, viejo.
El sonido de su grave y áspera risa resuena por la casa.
—Me lo dices cada semana, chico, y yo siempre te contesto lo mismo: me encantaría que dejaras de repetirme que deje de fumar esta basura.
Sonrío y entro en el salón dejando que la puerta se cierre a mi espalda. El anciano y arrugado hombre al que llamo viejo está sentado en su sillón preferido delante de la ventana. El sillón de flores está tan viejo y estropeado como él, pero estoy seguro de que queda mucha más vida en el viejo que en ese sillón andrajoso.
—Ya lo sé. Pero vale la pena intentarlo, ¿no? —Me encojo de hombros y me dejo caer en el sofá que tiene delante.
Sonríe al volverse para mirarme y los perfiles de sus ojos de color gris oscuro se arrugan un poco.
—Si tú lo dices, chico. ¿Por qué has venido a molestarme?
Miro por la ventana.
—No tengo nada mejor que hacer en domingo.
Se ríe.
—Supongo que ya hiciste lo que tenías que hacer ayer por la noche.
—Viejo, alguien de tu edad no debería hacer esa clase de comentarios.
—¿Por qué? ¿Porque estoy arrugado? Si me encuentras algo bonito a lo que pueda echar mano el viernes en el bingo, te dejaré a la altura del betún. ¡Ja!
Le da una última calada a su puro y lo apaga en el cenicero que tiene en la mesa que está junto a él.
—En esa frase hay demasiadas cosas que no encajan.—Niego con la cabeza.
—¿A quién has estado incordiando esta vez?
—¿Quién dice que he estado incordiando a alguien?
—¡Estás aquí a las diez y media de la mañana, chico! Hay algo que no cuadra. Los domingos nunca levantas tu triste culo de la cama antes de las doce.
—Yo no he incordiado a nadie. Además, sabía perfectamente que hoy querrías ver mi triste culo en tu patio trasero.
El viejo posa sobre mí sus intuitivos ojos grises. Hace tamborilear los dedos en el brazo del sillón, y cada golpe de los dedos contra la madera se clava en mi conciencia. Pasa un rato analizando mi cara hasta llegar a una conclusión. Yo trago saliva y niego con la cabeza.
—Ya sé lo que vas a decir y te equivocas —le digo con firmeza.
Empieza con delicadeza:
—Nunca hablas de ella.
—No quiero hablar de ella. No tengo nada que decir sobre ella.
—Pues yo creo que sí. Solo estás fingiendo.
Niego con la cabeza y aparto la mirada.
—Y yo creo que me estás tocando las narices, viejo. Ya lo entiendo, ¿de acuerdo? La echas de menos y quieres hablar de ella, pero yo no. Yo no tengo nada que ver con la mujer que tú conociste. Ella nunca, repito, nunca fue una madre para mí.
—No puedes vivir toda la vida anclado en el odio, chico.
—No es odio, viejo. Es lástima, pura y simplemente. Siento lástima por ella y por la vida que me hizo llevar hasta que murió y tú me acogiste.
—Después de todos estos años de escolarización y de todo lo que te he enseñado, ¿aún no has aprendido a perdonar y olvidar? —dice en voz baja y adopta un tono de voz que consigue que vuelva a mirarlo a los ojos.
—Perdonar y olvidar son dos cosas muy distintas, viejo. Uno puede perdonar o puede olvidar, pero difícilmente podrá hacer las dos cosas a la vez. No puedo olvidar mi infancia y no puedo borrar las heridas. No puedo cambiar las cosas que me ha enseñado ni eliminar esas imágenes y los recuerdos de mi cabeza. Y eso significa que jamás olvidaré, y como no puedo olvidar, no puedo perdonar. Es así de fácil.
Sus ojos grises se oscurecen un poco y se llenan de decepción y tristeza. Me asalta la habitual punzada de culpabilidad: me siento culpable por odiar a la persona que él ama tanto. Me siento culpable por sentir alivio por el mismo motivo por el que él siente desesperación.
—Viejo…
—No. —Vuelve a arrastrar los ojos hasta la ventana y los posa sobre el patio—. Eso ya lo entiendo. Pero me gustaría poder entenderte a ti, chico.
—No hay nada que entender —le contesto—. Solo he aprendido a vivir con ello, viejo. No puedo pasar toda la vida anclado en el pasado. Ni ahora ni nunca.
—Hay que arrancar algunas malas hierbas en aquella esquina, junto al huerto. Y cuando acabes, necesito que me hagas unos cuantos agujeros para plantar unos arbustos que me traerán esta semana.
Aprovecho el cambio de tema para escapar. Los dos estamos siempre huyendo de lo que realmente queremos decir. Lo que necesitamos decir.
—¿Arbustos?
—Son para tu abuela. Hortensias. Siempre le gustaron las hortensias — murmura para sí—. En señal de devoción y comprensión, algo que nos vendría bien a todos.
Asiento a pesar de saber que no me está mirando. Es su forma de recordarla. Me pregunto si se alegra de que la abuela no llegara a ver lo que le ocurrió a su única hija. Me pregunto si se alegra de que a pesar de todo lo que sufrió, jamás tuviera que ver cómo su niña se destrozaba la vida hasta morir.
Me pregunto qué pensaría de mí ahora, si me miraría y estaría contenta de que fuera su nieto o si le gustarían mis planes de futuro. Me pregunto qué diría de mi forma de vivir y actuar.
Cojo la toalla del cobertizo, me acuclillo junto al huerto y la verdad me explota en la cara. No creo que a la abuela le gustara mucho. Dios sabe que no hay mucho de lo que sentirse orgulloso.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Bere el Miér Feb 17, 2016 11:25 pm

Esta novela me encanta gracias niña

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Jue Feb 18, 2016 10:32 pm

Aqui tienen el 5to Capi, hasta luego  


CAPITULO 5


MYRIAM

Paseo los ojos por la clase y suspiro aliviada al darme cuenta de que he llegado antes que Victor y Braden. Me encantaría que hoy no tuviéramos ninguna clase juntos,pero las cosas no funcionan así. Esto es la vida real y, como dice mi abuela, a la vida real le encanta pisotearte cuando estás en el suelo.
Me siento y recuerdo a la persona con la que comparto pupitre. Mierda. Agacho la cabeza hasta apoyarla en la mesa.
—Mierda —murmuro.
La silla que hay a mi lado chirría.
—Nena, si estás intentando esconderte, lo estás haciendo fatal. Te estoy viendo.
Las palabras de Victor me rodean, me envuelven en una suave caricia y se me seca la boca.
—¿Por qué me iba a esconder? —Me pongo derecha decidida a no mirarle a los ojos.
Él encoge un hombro con despreocupación, coge el bolígrafo y lo hace girar entre los dedos. Dios, odio que haga eso. Puedo ver todos sus movimientos por el rabillo del ojo. Me está clavando los ojos en el lado izquierdo de mi cabeza suplicándome que me vuelva, suplicándome que lo mire.
—Porque me deseas tanto que no puedes ni mirarme —dice adoptando un tono dramático que derrocha arrogancia. Estiro la espalda.
—Está claro que alguien ha estado alimentando tu ego. Si no recuerdo mal fui yo la que se marchó, y no recuerdo haberte dicho que te deseaba.
Se inclina hacia delante. Su bíceps me roza el brazo y el calor de su piel se cuela por la manga de mi suéter.
—¿Ah, sí? —me pregunta con un tono de voz grave apenas perceptible. Lucho contra las ganas de bajar la mirada.
—Ya lo creo.
Entonces me desliza la yema del dedo por la parte posterior del brazo y las cosquillas me obligan a reprimir un escalofrío.
—Pues yo creo que te equivocas—susurra—.Es posible que fueras tú la que se marchó, Myriam Montemayor, pero también fuiste tú quien vino a buscarme.—Me mira los labios—.Y al final fue un buen paseo, ¿no crees?
Vuelvo la cabeza y mi cara queda a escasos centímetros de la suya. Tiene una pequeña sonrisa de listillo en los labios y me maldigo por haber elegido ese punto para posar los ojos. Los aparto de su boca y los arrastro por las marcadas facciones de su cara hasta que encuentro sus ojos color humo. Y entonces recuerdo por qué no quería mirarle. Sus ojos tienen el poder de embelesarme y atraparme, y eso es justo lo que hacen. El brillo plateado que rodea sus iris tira de mí y entabla una silenciosa batalla con mis ojos. Y me ocurre lo mismo de siempre. Cada vez que le miro soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea la caótica masa gris que tengo ante los ojos y entiendo por qué no encontré ningún motivo para no seguirle o para no besarle el sábado por la noche.
—¿Ya está otra vez haciendo el idiota?
Mis ojos pasan del gris al azul cuando la voz de Braden traspasa la niebla en la que me había atrapado Victor.
—Esa pregunta es absurda, Braden. Victor siempre está haciendo el idiota. Braden sonríe y golpea a Victor en el brazo.
—Aparta tus babosas zarpas de ella, tío. Ya te dije en Las Vegas que Myriam tiene mucha más clase que las que te acompañan habitualmente.
—Eso ya lo sé —contesta Victor mirándome a la cara. Yo aparto la vista tratando de no reírme de la pulla de Braden. Es posible que yo tenga más clase que sus amiguitas habituales del fin de semana, pero eso no significa que no sea una de ellas. Lo único que quiero es acercarme otra vez a él y suplicarle más.
—¿Café? —articula Maddie desde el otro lado de la clase. Asiento. Quiero saber cómo les ha ido el fin de semana. A veces la madre de Braden puede ser un poco excéntrica.
—Supongo que no sabe nada. —Victor me da un golpe en el pie. Me sobresalto y le miro mientras Braden se sienta con Maddie.
—Hummm, no. Aparte de que aún no lo había visto, tampoco es algo que pueda mencionar como quien no quiere la cosa en una conversación, ¿no
crees? Podría ser divertido.
—A mí no me lo parece. —Se frota los labios con el pulgar—. Además…
—Déjame adivinar —le digo—. ¿Tu cara es demasiado bonita para que la destroce el inevitable puñetazo que te caería?
Se queda callado un momento y sonríe.
—No iba a decir eso, pero me alegro de que lo pienses.
—¿Sabes, Victor? Brade no es el único que te puede romper esa cara bonita que tienes.
—Me encanta que las chicas se pongan peleonas.
—También te gusta olvidarlas después de un polvo rápido y sin compromiso, por no hablar de un simple beso contra la pared, así que tampoco importa, ¿verdad? —Alzo una ceja consciente de la punzada que encierran mis duras palabras.
Victor calla y yo aparto la mirada. Mis palabras me han afectado más de lo que pensaba. No importa cuántas veces me repita que me da igual, porque no es verdad. Me preocupa mucho más de lo que me gustaría. Y nadie quiere que la persona por la que se preocupa la abandone como una muñeca de trapo.
—Yo nunca he dicho que no seas más que un simple beso, Myri, y tampoco sería un polvo rápido y sin compromiso. No pongas palabras en mi boca — susurra mientras el profesor empieza con la lección. Entonces se inclina hacia adelante sin dejar de girar el bolígrafo entre los dedos—. Soy muchas cosas y no todas son buenas, pero no soy ningún mentiroso. Y estaría mintiendo si dijera que ese beso no fue nada.
Se me hace un nudo en la garganta, un nudo lleno de esperanza, deseo y realidad. Un nudo lleno de emociones que no tienen voz en esta conversación. Me trago las palabras que se habían reunido en mi garganta, palabras llenas de verdad que no tienen cabida en momentos de duda, y me trago la pregunta de la que no quiero escuchar la respuesta.
Lo único que quiero hacer ahora es ignorarle y concentrarme en la clase, pero es casi imposible. Puedo sentir cada uno de sus centímetros junto a mí, puedo ver cada movimiento de su cuerpo y puedo sentir su mirada.
Victor estira la pierna por debajo de la mesa y acerca su pie al mío. Yo meto los pies debajo de la silla y dejo caer la melena hacia un lado formando una cortina entre nosotros. Necesito bloquearlo de alguna forma; su presencia y la forma que tiene de hacerme sentir me afecta demasiado.
Noto una sacudida en el pelo y salgo de mi forzado estado de concentración; casi me da un tirón en el cuello de lo rápido que giro la cabeza.
—¿Qué? —siseo.
—¿Me estás evitando?
—Estoy sentada a tu lado. ¿Cómo narices te voy a evitar?
—¿Estarías sentada aquí si no tuvieras que estarlo?
—No. Pero me ocurre lo mismo cada vez que tengo que sentarme a tu lado, así que lo de hoy no es ninguna excepción.
Se reclina muy serio.
—Piensas que soy un gilipollas.
—¿Quieres un premio? Pensaba que era evidente.—La clase termina y meto todas mis cosas en el bolso. Me pongo de pie y me lo cuelgo del hombro, pero Victor me detiene agarrándome del brazo.
—Intenta recordar una cosa, Myriam —me susurra por detrás—. No olvides quién fue en busca de quién el sábado por la noche. Y estoy convencido de que volverías a hacerlo.
Mierda. Maldito listillo. Le miro mientras se marcha y me fastidia pensar que tiene razón. Puede que él pusiera las cartas sobre la mesa, pero fui yo quien recogió el mazo y barajó. Ese estúpido beso fue cosa mía y los dos lo sabemos.
Los dos sabemos que puedo fingir que le odio. Y también sabemos que eso es completamente falso.
—¿Nos vamos? —Maddie me abre la puerta y yo fulmino con la mirada la espalda de Victor.
—Mientras no nos encontremos con más capullos allí, nos podemos ir — murmuro.
—¿Qué te ha hecho? —me pregunta con una risita en la voz.
—Con ser él mismo le basta. —Me encojo de hombros—. Ya sabes, es su actitud habitual, se cree que es un regalo divino para las mujeres.
—Ya. ¿Ha estado en ese plan todo el fin de semana?
—No tengo ni idea. Apenas le he visto —miento, y me estremezco por dentro. Odio mentir y, sin embargo, aquí estoy.
—Probablemente haya sido lo mejor —reflexiona apartándose el pelo de la cara—. Braden casi se vuelve loco este fin de semana pensando que te había dejado aquí con, y cito textualmente, un amigo capaz de follarse cualquier cosa que respire.
Finjo una carcajada.
—Parece que Braden no tiene ninguna fe en mi capacidad para no mezclarme con un chico así. Y no es de extrañar.
Maddie se encoge de hombros.
—Ya sabes cómo es. Claro que este fin de semana su madre le ha dado un buen repaso por decir tantas palabrotas.
Me río a carcajadas y esta vez mi risa es sincera.
—Vaya, ¡me encantaría haberlo visto!
—Fue muy divertido.—Se ríe—. No dejaba de preguntarme si en la universidad también se comporta de esa forma.
—¿Y qué le dijiste? —Repaso el menú del Starbucks—. Un cortado con caramelo.
—Le dije que no, pero al mismo tiempo asentí discretamente con la cabeza. Maddie sonríe y pide lo de siempre.
—Qué fuerte, ya le conoces casi tan bien como yo.
—Creo que me arriesgaré a decir que te he superado.
—Es posible —murmuro cogiendo el café.
—Pero sinceramente, su madre le avergonzó tantas veces que pensaba que la iba a matar. —Se ríe y nos dejamos caer en los sillones—. Nunca había visto a ningún chico sonrojándose.
Sonrío mientras el olor a caramelo me asalta desde la taza.
—Braden se sonroja con facilidad. Aunque te parezca increíble te aseguro que si tocas la tecla adecuada, verás que se sonroja como Una niña que acaba de descubrir que ha llevado la falda metida en las bragas durante todo su primer día de instituto.
Maddie resopla.
—Ya me he dado cuenta. Es muy mono. Por cierto, Myri, ¿de verdad afeitó al gato?
Me atraganto con el café y asiento golpeándome el pecho.
—Yo quería un caniche, pero mis padres se negaron. Braden quiso darme el gusto  y afeitó al gato. No se parecía nada a un caniche y los dos acabamos castigados durante dos semanas.
—Me lo explicó su madre. También me contó que se pasaron la mitad del tiempo asomados a la ventana de la habitación gritándoles a los transeúntes con la esperanza de que ella y tu madre se enfadaran y les levantaran el castigo.
Se me acentúa la sonrisa al recordarlo. Nuestras casas están una frente a la otra y ambas están rodeadas de jardín. Los dos teníamos habitaciones con vistas a la calle y nos pasábamos el día asomados a la ventana hasta que pasaba alguien. Entonces nos poníamos a gritar que nos había encerrado una bruja malvada.
Ni que decir tiene que no me dejaron volver a leer la Bella durmiente ni Rapunzel durante mucho tiempo. En realidad mis padres me confiscaron los cuentos de hadas durante un mes. Eso no me gustó. Nada.
—¿Y por aquí ha pasado algo?
—Lo de siempre. Nada interesante. —Me remuevo en elasiento.
—En otras palabras: Kay tomó demasiados chupitos y acabó insultando a alguien, Lisa se escabulló con Ryan y Victor se llevó a alguna chica a su habitación y la echó dos horas después.
—Más o menos —le concedo sin corregirla sobre Victor. En realidad solo es una mentira a medias.
—Y tú, como siempre, pasarías la noche rechazando los intentos de ligue de muchos de los tíos buenos de la casa y acabaste volviendo a la residencia, ¿no es así? —Alza una ceja con escepticismo.
—Claro.
—¿Y no te aprovechaste de que Braden no estaba aquí vigilándote?
—No. —Más o menos.
—Vaya. —Ladea la cabeza y me sonríe—. Creo que necesitas un buen polvo.
—Vaya —repito su exclamación intentando no reírme de ella—. Me parece que pasas demasiado tiempo con Braden.
Abre la boca, espera y la vuelve a cerrar abriendo mucho los ojos.
—Oh, Dios mío. Tienes razón. ¡Me está convirtiendo en una hermana más!
—¿Te has unido a alguna hermandad femenina?
—No creo que tenga madera para una hermandad femenina. Además, lo más seguro es que la mitad de esas chicas se hayan acostado con mi novio y me odien por ser la única que ha conseguido echarle el lazo.
—Sí, eso sería incómodo.
—Mmmm.
—¿Y dónde está Braden? No es su estilo dejar que te alejes mucho de él —la provoco.
—Ja, ja. —Pone los ojos en blanco pero sonríe—. Ha ido a poner sus cosas en orden. En otras palabras, ha ido a interrogar a Victor para asegurarse de que no utilizó sus estrategias habituales para meterse en tus bragas. Vaya.
—¿Y cree que Victor se lo contaría si hubiera ocurrido? —Mis cejas quedan atrapadas entre un fruncido y una mueca de incredulidad.
—Eso parece —murmura—. Igual que tú me lo contarías a mí, ¿verdad?
—Eeeh, no. —Me río y oculto la incertidumbre que intenta colarse en mis palabras. Maldita sea.
—¿Me estás diciendo que existe la posibilidad de que se hayan acostado? —Los ojos verdes de Maddie brillan por encima de la taza.
—No.
—Vale. Es decir que es posible que sí porque tampoco me lo contarías de todos modos.—Maddie, deja de poner palabras en mi boca.—No salió bien, ¿verdad—Hace un puchero. ´
—No porque no pasó nada. —Doy una palmada sobre la mesa—. Nada. No pasó nada que deba saber nadie. Y como nadie tiene por qué saberlo no pasó nada.
Y esa lógica tiene más sentido en mi cabeza de lo que imaginé que tendría fuera de ella.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Bere el Jue Feb 18, 2016 11:26 pm

Hay niña me tienes bien picada con esta historia siguela pronto besos

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Eva Robles el Vie Feb 19, 2016 11:47 am

Muchas gracias por el capi esta muy buena esta historia

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Vie Feb 19, 2016 11:09 pm

Como es Viernes, les dejo doble Capitulo, disfrutenlos.

Tengan un Buen Fin de Semana


CAPITULO 6

VICTOR

Fulmino a Braden con la mirada.
—Por enésima vez, no me he acostado con Myriam este fin de semana.—Pero no ha sido porque no lo haya intentado.
Braden se cruza e brazos.
—Hoy en clase parecía más cabreada contigo que de costumbre. Encojo un hombro con indiferencia.
—Eso es porque probablemente el sábado por la noche la cabreé más de lo habitual.
Ryan sonríe.
—La verdad es que parecía querer arrancarte las pelotas después de lo que fuera que le dijeras en la barra.
—Sí, bueno, aunque lo hubiera hecho tampoco me habría costado mucho encontrar a otra que viniera a consolarme después.
—Joder, tío. —Braden niega con la cabeza y se sienta—. ¿Yo también era así de capullo antes de empezar a salir con Maddie?
Ryan tira el móvil hacia arriba y lo atrapa en el aire.
—Sí.
—La diferencia entre tú y yo —le digo— es que yo no tengo ningún problema en admitir que soy gilipollas. Tú creías que eras Dios o algo así.
—Eso es porque lo soy, aunque de puertas para adentro.—Sonríe; es un engreído—. Por lo menos no lo intentaste con Myriam.
—No sé por qué estás tan preocupado. Myriam es demasiado lista como para rendirse a este capullo. —Ryan me señala con el pulgar y yo le hago una peineta.
—Ya pueden hablar, pero aquí soy el único que sigue siendo libre.
Vuestras chicas los tienen bien pillados por las pelotas —les recuerdo.
—Pero pillados con un buen par de manos —se ríe Ryan.
—¿Qué pasa, que antes de Lila no te habías topado con ningún buen par de manos? —le espeto—. Supongo que soy un afortunado.
—Afortunado de tener la habilidad de meterte en la cama con quien tú quieras —prosigue Braden.
—Como si tú no tuvieras la misma habilidad. Debo de haberme imaginado a todas las chicas medio desnudas que salían de tu habitación al día siguiente. —Algún día acabarás como nosotros, Victor.
—Si algún día acabo tan encoñado como vosotros, por favor, dadme un buen puñetazo —resoplo—. Pero eso no va a ocurrir, creanme.
Estar encoñado significa tener sentimientos, y yo no tengo. No me permito tenerlos. Sentir significa recordar, y recordar es una mierda. Además, la única chica que podría conseguirlo es la única que tengo prohibida. Y eso es una suerte. Si no puedo tenerla no puedo sentir nada por ella, y si no puedo sentir nada no puedo hacerle daño. Porque le haría daño. Al final ocurriría. Al final, el muro volvería a levantarse, la distanciaría, y yo volvería a pensar en los únicos sentimientos que cuentan.
Los físicos. Los que acaban con un par de piernas alrededor de mi cintura. «Eres igual que ella. Solo servirás para eso».
—¿Tío? —Ryan da una palmada—. ¿Estás aquí?
—Sí. —Me deshago de mis pensamientos—. Pensaba que había visto algo.
—Dices que no encontrarás a nadie, pero lo harás —sigue diciendo Braden—. Créeme. Y será una chica con las pelotas lo bastante grandes como para ponerte en tu sitio.
—Si existe una chica capaz de domesticarme, estaré encantado de aceptar el desafío. —Me reclino en el sofá—. Me encantaría que alguien lo intentara. Hay que tener sentimientos para que te domestiquen, chicos, y yo no siento nada que no sea lujuria.
—Yo no sentía nada. Pero entonces tuve que seducir a Maddie. —Braden guarda silencio un momento y se pasa la mano por el pelo mirándome—. Algunas cosas son demasiado reales como para ignorarlas.
—¿Lo ves? Encoñado. —Resoplo—. ¿No tenéis nada mejor que hacer que sentaros aquí a decirme que necesito amor?
—Supongo que sí. —Ryan vuelve a sonreír—. Pero esto es mucho más divertido.
—¿Qué es divertido? —pregunta Lila entrando en la habitación mirando a Ryan.
—Molestar a Victor. —Alarga el brazo hacia ella, la coge de las manos y la sienta sobre su regazo. Ella gruñe.
—¿Y ya has pensado que un Victor cabreado suele significar sexo y que eso, a su vez, significa que debe haber alguna chica enfadada acosándonos?
—¿En serio? —Me pongo derecho—. ¿Las chicas hacen eso?
«Vaya. Ya sabía que era bueno, pero…».
Cuando Lila se vuelve hacia mí, su mirada es tan directa como su voz.
—Sí. Es como cuando piensan que como soy la novia de Ryan tengo una especie de pase VIP al interior de tu cabeza. Y gracias a Dios no lo tengo, pero ellas no lo entienden. Y todas quieren saber por qué no las llamas.
—Oye, yo nunca prometo que vaya a llamar. No lo digo y ellas no preguntan. ¡La mitad de ellas no dejan ni su número de teléfono!
Lila alza las cejas y los chicos se ríen.
—¡No lo dejan! —insisto—. No es culpa mía. ¿Cómo las voy a llamar si no me dejan el número?
—Puede que quieran que se lo pidas.
—Si se lo pido esperarán que las llame.
—¿Y el problema es…?
—Que no las pienso llamar. Cuando le pida el teléfono a alguien, tendrá un buen motivo para cabrearse si no llamo.
Ella suspira y deja caer la cabeza mirando a Ryan. Él reprime una sonrisa.
—¿No hay alguna forma de ponerle un cartel de advertencia?
—¿Y qué quieres que ponga, nena? —pregunta Ryan.
—Capullo adicto al sexo. No te va a llamar. No te molestes.
—¡Eso destrozaría mi reputación! —protesto.
Lila pone los ojos en blanco y se levanta del regazo de Ryan. Se marcha en dirección a la puerta y se detiene para mirarme por encima del hombro antes de salir.
—Tampoco se puede decir que tengas una gran reputación, Victor. Lo que tienes que hacer es pasar una noche con una buena chica. Nunca se sabe, igual te gusta. Quizá cambie tu absurda perspectiva de las cosas.
—La verdad es que en eso tiene razón —dice Braden encogiéndose de hombros.
—Pringados.
Me levanto y cruzo la puerta para subir las escaleras de dos en dos hasta mi habitación. No quiero seguir con esta conversación. Ya he estado a punto de pasar la noche con una buena chica. Y eso casi me ha destrozado, porque ahora ya no puedo imaginarme con otra que no sea con ella. No puedo dejar de pensar en lo que podría y tendría que haber pasado después de ese beso. Ahora cada vez que la miro la imagino tumbada en mi cama debajo de mí y abrazándome.
Los chicos solo ven el Victor que quiero que vean. Ellos no ven el desastre que escondo en mi interior, no ven el verdadero Victor. No tengo ninguna intención de compartirlo con nadie. Jamás.
«No vales nada».
Dejo que la puerta de mi habitación se cierre a mis espaldas ignorando ese eco que resuena en mi cabeza.
Ya sé que no valgo nada. No necesito que ningún fantasma del pasado venga a recordármelo.


Aguardaba temblando en un rincón; esperaba. La fina manta con la que me tapaba no bastaba para detener el frío que se colaba por la ventana abierta. Tenía seis años y era demasiado pequeño para alcanzar la ventana abierta. Ella dijo que volvería. Prometió que volvería, pero tardó demasiado y él salió a buscarla. Yo no sabía cómo se llamaba, pero me dijo que esa vez se las pagaría. Estaba muy enfadado.
Me froté la pierna. Esbocé una mueca e intenté no llorar de dolor. Siempre era culpa mía. Esa vez fue porque mamá tardó demasiado en volver y me puse a llorar. No sabía quién era ese tipo, pero no me gustaba. Me hizo más daño que el anterior. Tenía unos brazos más grandes con los que pegarme.
—¿Mamá? —susurré en el silencio de la oscuridad. Estaba asustado. Solo y asustado. ¿Dónde estaba mi mamá? ¿Por qué no estaba todavía en casa?
Me froté los ojos para no llorar. Quería que mamá llegara a casa antes que él. Si volvía antes que ella, seguro que me volvía a hacer daño.
—¿Mamá?

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Vie Feb 19, 2016 11:14 pm

CAPITULO 7


MYRIAM

—Menudo capullo —dice Kay mirando a Victor.
Está delante de una chica que se esfuerza por enseñarle bien las tetas. Él esboza una lenta sonrisa y apoya el brazo en el árbol que tiene al lado. Ella se enrosca un mechón de pelo en el dedo y esboza lo que debe considerar una sonrisa seductora mientras le mira a los ojos.
—Ya veo que se tomó muy en serio la conversación que tuvimos hace dos días —comenta Lila.
—¿Qué conversación? —pregunta Maddie.
—Le dije que tenía que buscarse una buena chica.
—Es evidente que no entendio lo mismo por «buena» —digo con más sequedad de la que pretendo—. Para Victor lo único que esa chica tiene de bueno es que en algún momento se dará la vuelta y se marchará.
Kay resopla.
—Me encanta cuando se ponen celosas.
Me vuelvo de golpe.
—¿Quién dice que estoy celosa?
—Estás tan verdosa que casi te has mimetizado con la hierba.
—Claro, es muy normal que me ponga celosa de las chicas que hablan con Victor.
Y, sin embargo, estoy celosa. Estoy enfadada. Estoy disgustada. Y estoy mucho más enfadada conmigo misma por sentirme así. Ya sabía que volvería a las andadas, pero verle tan cerca de otra chica cuando me estaba besando a mí hace solo unos días, me pone como una fiera.
Me mata verle con otra chica sabiendo que fue mío, aunque solo fuera por unos minutos. Es como si unas zarpas me abrieran el pecho y me arrancaran el corazón. Incluso aunque fuera yo quien se alejara de ese beso.
Porque eso es todo lo que fue. Un beso. ¿Cuándo me lo voy a meter en la cabezota?
Victor nos hace un gesto con la cabeza, sonríe y cruza el jardín. Se sienta en el suelo a mi lado y me mira.
—¿Qué? —Le miro a la cara.
—Nada.
—¿Qué le pasaba a Barbie? ¿Le tocaba recolocarse los implantes de silicona? —espeto alejándome de él. Aarg. Hola, Myriam la irracional. Sería mucho más sencillo si pudiera meter todos estos celos en una caja. Los encerraría junto al nudo que tengo en el estómago y mi corazón encogido. Sería un bonito paquete.
—No es mi tipo.
—¿La vas a llamar? —le pregunta Lila.
—Nosotras nos vamos. —Maddie coge a Kay del brazo y tira de ella. Victor resopla y me mira.
—No.
—¿Y ella cree que lo vas a hacer?
Se encoge de hombros.
—¿Cómo voy a saberlo?
Escondo mi bufido con la mano. Es un bufido medio de enfado medio de diversión.
—¿Qué? —me pregunta.
—Nada. —Niego con la cabeza—. Siempre estás con tías tontas, ¿sabes?
—¿Ah, sí? —Se vuelve hacia mí muy despacio desafiándome con sus ojos grises.
—Pues sí. —Deslizo una gruesa brizna de hierba entre los dedos mientras le miro—. Si fuera una de ellas me sorprendería que me llamaras, bueno, me sorprendería que te molestaras en mandarme un mensaje. Me refiero a que si alguna chica habla contigo después de que os hayáis acostado debe de significar algo, ¿no? Bueno, si hay alguna chica que consiga hablar contigo después de besarte debe de ser alguien muy especial.
—Eso depende de cuándo hable con ella —contesta con serenidad.
—¿La mañana siguiente? —Verbalizo el desafío de sus ojos y le reto yo también en silencio. «Me dijiste que significaba algo. Y una mierda».
—Si hablo con ella la mañana siguiente significaría que es más que un polvo o un simple beso. Significaría que ha significado algo. Que es alguien especial. «Y ahora me contesta utilizando mis propias palabras. Capullo».
Supongo que esta vez pierdo yo. El corazón me late con una fuerza dolorosa. Se retuerce y se comprime mientras le miro: nunca será mío. Los dos estamos expuestos para que lo vea todo el mundo, pero nunca lo sabrán. Lo nuestro es un secreto a voces, una absoluta contradicción en sí misma.
—Entonces es un alivio que ninguna chica haya tenido el privilegio de conseguir esa charla matutina, ¿verdad? —le reprocho con más tranquilidad esforzándome por eliminar la acritud de mi voz.
Sus ojos grises se posan sobre mis labios y la intensidad de su mirada me obliga a separarlos para respirar. Me pasa cada vez que me mira. Esos ojos grises siempre me vencen. Victor se frota la barbilla y me observa con atención.
—Exacto —me contesta con la misma tranquilidad con la que le he hablado yo.
Lila carraspea y yo dejo de mirar a Victor. Mi amiga nos mira alternativamente y cojo la correa del bolso.
—Me tengo que ir a clase. Nos vemos luego. —Me levanto y me marcho sin mirar atrás.
Lila es la versión adolescente de Sherlock Holmes. Si tiene la sospecha de que tramas algo, seguirá la pista hasta llegar al fondo de la cuestión. Si no vamos con cuidado, nos descubrirá en seguida.
Pero mientras camino de vuelta al campus, no puedo evitar pensar en lo que ha dicho Victor.
Ha dicho que significo algo. Un beso ha significado más que la interminable retahíla de polvos de una sola noche que ha encadenado estos últimos meses. ¿Cómo es posible? Bueno, tampoco es que importe. No puede ocurrir. Ese beso, ese beso que me nubló el pensamiento, hizo que me temblaran las rodillas y me aceleró el corazón no debería haber pasado, así que no puede ocurrir nada más.
¿Pero y si ese «algo más» significa sexo? Ya me alejé de eso una vez. No sé si fue una estupidez o lo más inteligente que he hecho en mi vida. Y, sin embargo… ¿y si los dos quisiéramos más? ¿Y si el sexo se convirtiera en algo más? Como por ejemplo en una relación. O en amor. ¿Qué pasaría entonces?
Pssss. ¿Amor y Victor en la misma frase? Si fuera verdad eso de que en el mundo hay demasiados libros, al final tendré que darle la razón a Lila cuando dice que leo en exceso. La gente no cambia sin más y tampoco sus acciones. No me creo ni por un segundo que Victor pueda dejar de ser un mujeriego para convertirse en un hombre de una sola mujer. Y esa convicción me ayuda a mantener a raya el deseo que siento por él. Pero si se diera la remota posibilidad de que algo cambiara —y estamos hablando de una probabilidad realmente incierta—, y él me deseara tanto como le deseo yo, me resultaría imposible encontrar nada con lo que defenderme.

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Maddie y Lisa entrelazan sus brazos con los míos y no me sorprende descubrir que me están llevando en dirección al Starbucks.
—¿Por qué tengo la sensación de que no me va a gustar la conversación? — gruño. Maddie se encoge de hombros.
—No tengo ni idea.
—Quizá sea porque, vaya, espera un momento, ¿puede que sea porque me habéis cogido y me lleváis directamente a la sala de confesiones del Starbucks? —pergunto mirando a Lila—. Y la sonrisa que Lila tiene en la cara significa que no trama nada bueno.
—Está bien —suspira Lila abriendo la puerta—. Id a sentaros. Yo traeré los cafés.
—Esto no pinta bien —murmuro para mí misma—. ¿Qué ha hecho? ¿Ha roto algo? Oh, no, no me digas que ha vuelto a borrar mi trabajo del portátil.
—Nada. —Maddie me acompaña hasta uno de los sillones y se sienta delante de mí—. Ella no ha hecho nada. Y ya sabes que aquello fue un accidente.
—Humm. Pues si no ha hecho nada estará a punto de hacerlo. Y si encima me va a invitar a café me parece que no me va a gustar mucho.
—Bueno, esta es una situación de extremos.—Se da unos golpecito en la barbilla—. O te encantará o lo odiarás, pero no creo que importe…
—Porque lo haré de todos modos —canturrea Lila dejando una bandeja delante de nosotras.
—No les voy a mentir, empiezo a estar un poco asustada.—Alterno la mirada entre ellas y paso de la imagen de Maddie mordiéndose el labio a los brillantes ojos de Lila.
—¡Díselo de una vez, Lila! —grita Maddie—. Desembucha antes de que coja ese café y te lo tire por encima.
Cojo la taza de café y la sostengo en dirección a Lila. Lo mejor es dejar las cosas claras.
—¡Está bien! El tema es que he estado pensando —empieza a decir.
—Cosa que nunca conlleva nada bueno —la interrumpo.
—Si tú lo dices… Me he dado cuenta de que eres la única que sigue soltera aparte de Kay, y jamás soñaría con hacerle algo así a ella.
—Vaya, ¿te has dado cuenta de que estoy soltera?
—Kay siempre está por ahí con algún, bueno, con alguien, yo estoy con Ryan, y Maddie con Braden, y tú te quedas sola.
—Oh, no.—Ya he entendido a dónde quiere ir a parar con todo esto.
—Así que estaba pensando que necesitas un chico.
—No.
—Así no estarás sola. Está claro que Victor queda descartado. Está claro.
—No.
—Y Braden te mataría si intentaras emparejarla con alguno de los chicos de la fraternidad —apunta Maddie.
—Pero los chicos de la fraternidad solo suponen una pequeña parte de la gran cantidad de tíos buenos que hay en el campus. Lo que quiero decir es…—Lila mira a su alrededor y se inclina hacia delante bajando la voz —. ¿Has visto a James Lloyd últimamente? ¡Joder! Está en mi clase de Matemáticas y está como un tren.
—Novio —le recuerda Maddie con una sonrisa—. Lo que queremos decirte, Myri, es que no queremos que te sientas excluida.
—¿Alguna vez me habéis oído decir que me siento excluida? —Las vuelvo a mirar a las dos.
—Pues no…
—Pero yo tengo la sensación de que lo estás —me presiona Lila—. Y no quiero que lo estés. Y te aseguro que en nombre de la amistad y la lealtad femenina te interesa mucho dejar que te empareje con un tío bueno.
—¿Me interesa a mí o a ti? —Alzo una ceja.
—A ti, claro.
—¿Y qué pasa si te digo que no?
—Pues que no importa.
Oh, no. Me incorporo y me agarro de los brazos del sofá mirándola fijamente. —Dime que no lo has hecho, Lila. No habrás sido capaz.
—Lo ha hecho. —Maddie asient con la cabeza. Lila sonríe.
—Mañana tienes una cita para ir a la fiesta de Mark.

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No se me ocurre alguien peor que Lila para buscarme pareja. Su gusto en cuanto a chicos es cuestionable. Muy cuestionable. Llevo aquí veinte minutos y ya me siento como Harriet, el personaje que Jane Austen escribió en su novela Emma. Y Dios sabe que la habilidad de Lila para hacer de celestina es igual que la de Emma. Las dos son terribles. La única ventaja que Lila tiene sobre Emma es Ryan, ella supo encontrar el amor de su vida muchísimo antes que Emma.
Y además yo sé que cualquier cita que me organice Lila está destinada a ser un desastre por culpa de la atracción que siento por Victor. Aunque no tengo forma de explicarlo sin meterme en un buen ío. No tengo forma de explicar que cualquier chico palidecerá en comparación con esa sonrisa de chulito rebosante de seguridad y ese exigente y necesitado beso. Ese maldito beso... Ya han pasado seis días y sigo aferrada al recuerdo de lo que podría haber pasado. Han pasado seis días y la convicción de que hice lo correcto está empezando a convertirse en arrepentimiento por no haber hecho lo incorrecto. Y saber que hice lo correcto me está retorciendo las tripas. ¿Pero para quién es lo correcto? ¿Para Braden? Que algo sea correcto para una persona no significa que tenga que serlo también para mí.
Correcto o no, el caso es que estoy atrapada en la cita que me ha organizado Lila. Estoy sentada a escasos metros de Victor fingiendo que tengo otros intereses aparte de esos ojos que tiene clavados en mí.
Golpeo el vaso contra la barra después de beberme el chupito. Dios, me he convertido en la clase de chica que bebe para tolerar una cita.
—Vaya —me dice el chico que tengo sentado delante—. Pareces un poco aburrida.
Me río un poco.
—No, lo siento. Es que he tenido un día duro, ¿sabes?
Asiente. Mierda. ¿Cómo se llama? Vaya, los estúpidos chicos de la fraternidad me están contagiando. Me echo la melena a un lado para apartarme el pelo de la cara y me inclino hacia él.
—¿Por qué no me hablas más de ti?
«Y me dices tu nombre, por favor».
—Pues estudio Biología…
Y desconecto. No es mi intención hacerlo, de verdad que no, pero para mí las ciencias son como chino mandarín. Son demasiado realistas. Lo mío es la ficción. A mí me van las escenas que te dejan desmayada, los conmovedores actos de amor que te paran el corazón y esos chicos increíbles que nos dan a las chicas como yo todas esas expectativas tan poco realistas. Disney, estoy hablando de ti. Me acerco el vaso y bebo de la pajita asintiendo y fingiendo interés en el señor Biología. Estoy fingiendo porque toda mi atención está clavada en la chica morena que está delante de Victor. La tiene cerca. Muy cerca.
Victor coge un botellín de cerveza y levanta la mirada. Y parece que pueda sentir que le estoy mirando, porque me clava los ojos. Están vacíos, yermos de emociones, casi muertos, y siento frío. Nada. Eso es lo que saco. Nada.
Sonrío, pero no lo hago con sinceridad. Solo siento un enfado irracional hirviendo en mi estómago y la frialdad de su mirada extendiéndose por mi cuerpo.
—Oye —me inclino hacia delante y poso una mano sobre el brazo del señor Biología—. Lo siento mucho, pero no me encuentro muy bien. Me voy a ir a la residencia.
—Oh. Claro. Puedo acompañarte.—Hace ademán de seguirme.
—¡No! —Inspiro hondo—. No, no pasa nada, gracias. Aún es pronto.
—Como quieras.
—Gracias. Ha sido una noche muy agradable. —Esbozo una débil sonrisa, me levanto y me doy media vuelta. ¿Agradable, Myriam? ¿Eso es todo? Dios. Dejo a un lado mi lastimosa falta de adjetivos convincentes y me concentro en salir de la casa de la fraternidad.
Él —Victor Garcia— me está absorbiendo. Se está apoderando de mí y agitándome como si fuera un Martini.
Abro la puerta principal y salgo al suave aire de California. Inspiro hondo y empiezo a caminar en dirección a la residencia con rapidez. Tengo que emular la medianoche de Cenicienta.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Bere el Lun Feb 22, 2016 11:56 pm

Muchaa gracias espero el suguiente

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Miér Feb 24, 2016 9:52 pm

Al fin tuve time para ponerles capitulos, disculpas por poner hasta hoy pero ya saben, el trabajo no perdona.
Pero bueno aqui tienen su 2x1. Disfrutenlos



CAPITULO 8





VICTOR



El tiempo pasa muy de prisa. Demasiado deprisa.
Desde que besé a Myriam me he ido encerrando lentamente en mí mismo. Cada día trae un nuevo ramillete de recuerdos y revela un nuevo montón de cicatrices. Cada día abre una nueva herida que sangra durante horas. Cada manojo de recuerdos desempolva un nuevo grupo de cortes en mi mente que jamás cicatrizarán. Y cada uno tiene su propia forma, su propio significado y su propio dolor.
Cada uno de ellos me recuerda por qué no puedo darle a Myriam lo que merece. Cada uno de ellos me recuerda los motivos por los que debí mantenerme alejado de ella desde el principio y las razones por las que debo hacerlo ahora. Herido. Destrozado. Desparejado. Esas son las tres primeras palabras que me vienen a la cabeza cada vez que tengo que describirme. Me salen automáticamente. Inútil. Sin valor. Nada. Esas son las tres siguientes. Las palabras que me repitieron tantas veces, tantas voces distintas, durante tanto tiempo. Son esa clase de palabras que se cuelan bajo la piel, anidan en tu interior y no se marchan jamás.
Una buena palabra se puede quedar durante cierto tiempo, pero la mala se queda para siempre.
Está demasiado cerca de las palabras que me destrozaron y me dieron la vida. Las palabras que me destruyeron y me salvaron. Ella ya no está. Me froto los ojos inclinándome hacia delante e inspiro hondo. Ya sé que es inevitable que piense en ella, ella es la mujer que debía protegerme a toda costa. Pero eso no significa que quiera hacerlo. Eso no significa que tenga ninguna intención de recordar a la mujer que tengo que llamar mamá.
Me levanto con rabia, cruzo la habitación y abro la puerta. Dejo que dé un golpe contra la pared y corro escaleras abajo donde la música suena en la habitación de un estudiante de segundo año, es la fiesta de cumpleaños de Mark. Entro en la cocina y cojo una cerveza de la nevera. La destapo, me llevo el cristal a los labios y dejo que el frío líquido resbale por mi garganta. Necesito olvidar. Y no me importa con quien, solo necesito olvidar toda esta mierda.
Sería mucho más fácil si Myriam Montemayor no me hubiera arruinado para las demás chicas. Resultaría mucho más sencillo si no estuviera comparando los labios de cada chica con los suaves y rosados labios de Myriam, o los ojos de las demás con el infinito azul que anida en los suyos.
Sí. Todo sería mucho más sencillo si el fin de semana pasado no hubiera existido nunca.
Tropiezo con la mirada de una chica que me observa desde el otro lado de la cocina. Sus ojos oscuros me repasan superficialmente y se coloca la melena sobre el hombro esbozando una sonrisa. Me apoyo al final de la barra y observo su esbelta figura. Ella se acerca a mí con seguridad y esboza una brillante sonrisa.
—¿Puedo hacer algo por ti? —Sonrío haciendo girar el botellín entre los dedos.
Se acerca un poco más y mis ojos se posan sobre sus pechos, que asoman por el escote de su camiseta dejando entrever el encaje negro de su sujetador.
—No estoy segura —dice con tono seductor—. Pero estoy bastante convencida de que yo sí que puedo hacer algo por ti.
Me desliza el dedo por el brazo y se acerca un poco más. Vaya, siempre me han gustado las chicas atrevidas, pero esta nunca ha oído hablar del espacio personal. Doy un pequeño paso atrás.
—¿Y cómo vas a hacerlo?
—¿Te gustaría saberlo? —Se pasa la lengua por el labio superior. Supongo que piensa que queda muy sexy, pero esta noche no funciona conmigo.
Entonces veo una cabeza rubia por encima de su hombro y miro en esa dirección. Myriam se toma un chupito, clava el vaso en la mesa y fulmina con la mirada a la chica que tengo delante. El chico que está con ella dice algo y la oigo reír con suavidad. Y ese sonido me saca de quicio. Se inclina hacia él poniéndose el pelo a un lado. Tiene las piernas cruzadas sobre el taburete y la ajustada falda negra que lleva trepa por la suave piel de sus muslos.
Los muslos que me muero por sentir alrededor de mi cuello y mi cintura.
Bebo un poco ignorando a la chica que tengo delante y veo cómo Myriam frunce los labios alrededor de la pajita. Esos labios que quiero sentir sobre los míos. Se pasa la mano por el pelo levantándose la melena y dejándola caer de forma desordenada.
Esa mano con la que quiero entrelazar los dedos mientras la sujeto debajo de mí para enredarle el pelo de un modo completamente diferente. Esto. Es. Una. Mierda. Me mira por encima del hombro con hielo en los ojos azules. Sonríe, pero no hay ninguna sinceridad en su sonrisa. Vuelve la cabeza y le dice algo al chico antes de desaparecer entre la gente.
Entonces centro la atención en la chica que está conmigo sin llegar a verla de verdad.
—Mira, nena, la verdad es que no eres mi tipo. Pero estoy seguro de que ese chico que hay al otro lado de la barra estará encantado de aceptar tu ayuda.—Hago un gesto con la cabeza en dirección al chico con el que estaba hablando Myriam y me marcho dejando a la chica un poco contrariada.
Salgo de la casa de la fraternidad. El aire de Berkeley se va enfriando a medida que nos acercamos al invierno. Cruzo la calle en dirección al campus y a la residencia de las chicas.Como comparte habitación con Lila sé cuál es su edificio y el número de su habitación, y también sé que estará ahí.No estoy pensando en lo que hago. No pienso en las personas a las que
podría herir, en lo que podría pasar después ni en cómo me voy a sentir. Lo único en lo que puedo pensar es en que Myriam me puede ayudar a olvidar.
Si no me puedo olvidar de ella, necesito olvidarme de mi pasado con ella esta noche. Mañana ya me enfrentaré a los efectos colaterales que puedan surgir. La sumaré a mi colección de malas decisiones.
Les guiño el ojo a las chicas que me dejan entrar en la residencia y subo las escaleras de dos en dos hasta llegar a su piso. Llamo dos veces a su puerta y me apoyo en el marco de la entrada.
—Aquí no hay nadie —grita. Llamo otra vez.—Abre la puta puerta, Myriam. Si no abres la tiraré abajo. Se escucha un clic y la puerta se entreabre. Myriam asoma la cara por la grieta.
—¿Qué narices estás haciendo aquí?
La empujo al interior de la habitación y cierro la puerta volviéndome para echar la llave. Su habitación está ordenada, es completamente diferente a la mía. Es muy propia de Myriam. Hay una pila de libros sobre el escritorio, de texto y de otras clases, y aunque está intentando esconderlos, desde donde estoy puedo ver los muñecos de peluche que tiene debajo de la cama. En un rincón y sobre el respaldo de una silla hay unas cuantas prendas de ropa y, a juzgar por la cama hecha que hay junto a ella, supongo que son de Lila.
—Hola, Victor. ¿Qué narices estás haciendo aquí? —me repite. La miro y me paso la mano por el pelo.
—¿Sinceramente? No tengo ni idea.
—¿Acaso esa chica no era tu tipo?¿Llevaba las tetas demasiado escondidas para tu gusto?—Myriam alza las cejas.
—Los celos no te sientan bien, Myri. —Me doy la vuelta hasta ponerme delante de ella y la obligo a pegar la espalda a la puerta.
Ella ladea la cabeza y cuando me mira con aire desafiante la camisa le resbala un poco por el hombro.
—No soy yo la que parecía querer arrancarle la cabeza a alguien en la fiesta.
Apoyo las manos sobre la puerta a ambos lados de su cabeza atrapándola en medio y acerco mi cara a la suya. Mis ojos rebuscan en el azul que tienen delante.
—Y yo no soy el que parecía querer arrancarle las extensiones a alguien —le digo en voz baja—. ¿Quién es aquí el que está celoso, Myriam?
—Tú —susurra—. Yo no tengo ningún motivo para ponerme celosa.
—Exacto. —Dejo caer una mano hasta su cintura y flexiono los dedos. Ella aprieta el puño y me mira fijamente—. No tienes motivo para ponerte celosa porque estoy aquí y no allí.
—¿Y se puede saber por qué estás aquí exactamente?
La miro sin apenas respirar o moverme y las palabras me queman la garganta: siento una necesidad feroz de decírselo.
—Porque te necesito. Necesito volver a sentirte. Ese mísero beso no fue suficiente. No se acercó ni de lejos a ser suficiente, Myriam. Jamás será suficiente, contigo no. No sé si habrá algo que llegue a ser suficiente.
Separa un poco los labios y su cuerpo se relaja un poco. Se le hincha el pecho al inspirar.
—Tú…—Traga saliva y me posa una mano en el pecho—. No deberías estar aquí.
—No debería pero estoy aquí.
—Esto está mal.
—Sí. —Agacho la cabeza hacia la suya—. Pero estoy aquí, Myriam. Piensa lo que quieras, pero no me voy a ir a ninguna parte hasta que pueda volver a besarte y dejarte sin sentido otra vez.
—No estoy ciega, Victor. Tienes mucho más que un beso en la cabeza.
—No lo niego.
Guarda silencio y cierra los ojos un momento.
—Tú… ¡Argh! —Abre los ojos—. Tienes que marcharte. No puedo…
—¿No puedes qué?
—No puedo quedarme aquí viendo cómo me miras y no hacer nada de lo que me vaya a arrepentir. Le cojo la cara y le acaricio la mejilla con el pulgar.
—Pero ya lo has hecho, ¿verdad?Te arrepientes de haberte marchado el fin de semana pasado. Lo sé. —No.
—Si no te arrepintieras ya hace un buen rato que me hubieras echado. Ni siquiera me habrías dejado entrar. —Le levanto la cabeza—. Sabes muy bien por qué he venido, lo sabías antes de abrir la puerta.
Me clava sus ojos azules y noto cómo me quiebro un poco más. No entiendo qué me está haciendo esta chica. Ese control que estoy dejando que ejerza sobre mi destrozada persona acaba de intensificarse un poco más.
—¿Porqué has venido? —pregunta.
—Ya lo sabes.
—Dímelo, Victor. Maldita sea. No juegues conmigo. No te quedes ahí utilizando tus trucos habituales con la esperanza de que me quite las bragas y me tire encima de ti. ¿Está claro?
—Está bien —murmuro. Agacho la cabeza y ahora estamos tan cerca que apenas cabe un susurro entre nosotros. Aún puedo verle los ojos, está furiosa—. Ya veo que no es lo bastante evidente. Estoy aquí porque quiero acabar lo que empezamos el fin de semana pasado. Quiero empotrarte contra esta pared, besarte hasta la extenuación y luego tumbarte en la cama y besar el resto de tu cuerpo. Y después, Myriam, me voy a enterrar tan profundamente en ti que olvidarás dónde acaba tu cuerpo y dónde empieza el mío.
Traga saliva y abre mucho los ojos. Saca la lengua y la desliza por entre sus labios haciendo que toda la sangre de mi cuerpo resbale hasta mi entrepierna. Me apoyo contra ella. —¿Está claro? Myriam me besa con ardor e intensidad. Me clava los dedos en los hombros y se pega a mí amoldándose a mi cuerpo. Yo la beso con más fuerza empujándola un poco más contra la pared y noto cómo mi erección golpea los vaqueros debido a la intensidad de la necesidad que siento por ella. Paseo la mano por su cuerpo como si estuviera hambriento, cosa que no puede ser más cierta. La toco, la estrecho, la acaricio con suavidad y con fuerza, la provoco y la estimulo. Deslizo la lengua en su boca profunda y desesperadamente, necesito y deseo degustar hasta el último centímetro de su boca. Su espalda golpea la puerta y ella gimotea.
Percibo la suavidad y la hinchazón de su labio inferior entre mis dientes al tirar suavemente de él y rujo jadeante al soltarlo. Ella abre los ojos y la pesadez de sus párpados alimenta el fuego que arde en ellos. Mi mirada no se mueve ni un ápice, lo contrario que mis manos. Deslizo los dedos por debajo de su camisa y los paseo temblorosos por encima de su preciosa piel peleando contra la necesidad de arrancarle la ropa. Su respiración es pesada; se le acelera; estamos tan cerca que casi puedo sentir su sabor.
—Myriam —susurro con el corazón acelerado. Sé que esto es un error. Sé que no puede salir nada bueno de esto. Hace tres días me estaba maldiciendo, me odiaba, y ahora mi cuerpo la tiene inmovilizada contra la puerta. Yo encarno todo lo que ella odia.
Pero en este momento me importa un pimiento. La necesito. La necesito tanto que estoy asustado.
Sus manos trepan por mis hombros, me las pone en la nuca y entierra los dedos en mi pelo.
—No —susurra sin aliento—. Esto está mal. Muy mal. Pero no puedo evitarlo. Esta vez no puedo parar.
Sus palabras me dejan sin respiración y la beso con aspereza. Su lengua se desliza por mis labios y se contonea ligeramente entre ellos. Yo también hago lo mismo y la acaricio mientras paseo mis manos por su espalda separándola un poco de la puerta. Ella me besa con exigencia, me pide y me exige lo que quiere a un mismo tiempo.
Y yo soy incapaz de negárselo.
Soy incapaz de negarle nada.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Myriam se levanta. Le tiembla todo el cuerpo. No quiero separarme de ella. Me sonríe, coge su ropa y desaparece en dirección al baño de la habitación.
Yo me incorporo un poco sosteniendo el peso de mi cuerpo sobre los codos y dejo caer la cabeza hacia atrás un segundo aceptando la realidad de la situación. Y la realidad es que estoy bien jodido, y no solo en sentido físico. Estoy jodido en todos los aspectos posibles.
Me levanto, me quito el preservativo y lo tiro a la basura. Me limpio con un pañuelo de papel y me visto. Cuando estoy a punto de ponerme la camiseta oigo cómo se abre la puerta y el susurro de la dulce voz de Myriam.
—Ahora tendremos que fingir, ¿no? —Me mira muy seria—. Tendremos que fingir que esto no ha ocurrido. Igual que la otra vez. Pero peor. —Clava los ojos en el suelo.
Me acabo de poner la camiseta mientras cruzo la habitación. Me detengo delante de ella e inspiro hondo.
—Sí. Esa es la idea general.
Myriam suspira y suelta el pomo de la puerta.
—Ya lo suponía.
—Pero eso no significa que tengamos que ignorarnos.—La cojo de la cintura antes de que se mueva y me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—No tengo ningunas ganas de que Braden me parta la cara, pero por alguna extraña razón la idea de irme de esta habitación sin saber si seguirás aquí me vuelve completamente loco —admito aguantándole la mirada—. No me pienso marchar sin que me prometas que seguirás estando aquí, Myriam.
—¿Para qué?¿Por sexo? Porque eso lo puedo conseguir en cualquier parte, Victor. No tienes ninguna exclusividad —espeta apartándome—. No pienso hacer eso.
La vuelvo a sujetar y la pego de nuevo a mí. Acerco la boca a su oreja y siento el ligero temblor de su cuerpo.
—Te he dicho que esta noche te necesitaba. Nunca he dicho que solo fuera sexo. Lo has dado por hecho, Myriam.
—Sí, pero tú ya eres un capullo, así que no creo que haya mucha diferencia. Aprieto los dientes. —Admítelo, nena, me necesitas tanto como yo a ti. Quizá yo te necesite más. Aún no lo he decidido, pero créeme, Myriam Montemayor, si tengo que salir de esta habitación sin que me prometas que eres mía, no dejaré de perseguirte. Te encontraré y luego te ataré desnuda a esa cama hasta que lo digas.
Myriam jadea y se estremece. Su cuerpo se relaja ligeramente contra el mío mientras me rodea la cintura con los brazos.
—Seguiré aquí —dice contra mi pecho—. No sé si había alguna probabilidad de que no fuera así. Le levanto la cabeza y la beso. Podría arrepentirme de esto. Sé que me arrepentiré. Porque ella me hace sentir. Ella hace que me vuelva a sentir humano, me hace sentir como una persona y no como un cascarón vacío sin alma. Ella me hace sentir real, incluso aunque solo sea durante el poco rato que estoy a su lado. Le muerdo el labio inferior.
—Bien —digo en su boca—. Porque me estaba planteando muy en serio lo de atarte a la cama. Sonríe.
—Quizá la próxima vez.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Miér Feb 24, 2016 9:58 pm

CAPITULO 9

MYRIAM

Mi cama huele a él. Me comporto como una auténtica adolescente y me acurruco bajo las sábanas en lugar de levantarme. Es un olor acre muy impropio de California, pero muy adecuado para él.
Ahora me siento un poco como Julieta, secretamente enamorada y aferrada con desesperación a ese sentimiento. Ya sé que probablemente sea mucho más lógico para una niña de trece años que para mí, pero es la verdad.
Me pasa por la cabeza la idea de contárselo a Braden. ¿Por qué no?Es lo más decente y lo más correcto. Debería decírselo y acabar. Con todo esto de una vez. Es probable que me ignore durante un par de días y sí, también es posible que le dé un buen puñetazo a Victor, pero será más fácil que fingir.
No, no lo sería. Decírselo sería admitir que los dos mentimos sobre el fin de semana pasado. Una mentira por omisión. Decírselo nos provocaría un dolor innecesario a todos. Destrozaría a Braden y nos destruiría a Victor y a mí antes siquiera de que empezara nuestra relación.
¿Pero tenemos una relación? No tengo ni idea. Tampoco tiene sentido que le diga nada a Braden hasta que no esté completamente segura, ¿no? Sería absurdo que le hiciera enfadar por algo que quizá ni siquiera exista. Sí. Eso me hace sentir mejor. Un poco. Las relaciones son una mierda. Son mucho más sencillas de entender cuando no son reales. Tienen mucho más sentido cuando estoy tumbada en la cama debajo de las sábanas armada con una linterna para leer otro capítulo.

                                                                             R
Cuando mamá abrió la puerta apagué la linterna y me tumbé.
—¿Qué?¿Jo ya se ha dado cuenta?
Inspiré hondo unas cuantas veces
—Myriam Montemayor, se te da fatal fingir que estás durmiendo, déjalo ya. — Encendió la luz y me senté.
—¿Por qué no lo entiende, mamá? —Levanté el libro.—Jo es muy masculina. Ella quiere ir a pelear con su padre, no le interesa nada sentarse toda emperifollada esperando a que aparezca el chico adecuado para casarse con él.
—¡Ya lo sé! —suspiré—. Laurie está enamoradísimo de ella y Jo no se da cuenta. Aunque tampoco es que ella fuera a buscarlo, se lo encontró por accidente.
Mamá se rio y en su rostro se dibujó una sonrisa. Me miró con ternura con sus ojos azules; comprendía muy bien mis frustraciones.
—Oh, Myri —me dijo con delicadeza—. Las mejores historias de amor son las que ocurren por accidente.
                                                                              *****

Sonrío al recordar e inspiro hondo para disfrutar del olor de Victor por última vez antes de levantarme de la cama. He tomado la decisión egoísta. Reprimo el sentimiento de culpa que trepa por mi garganta y me meto en la ducha. El agua caliente resbala por mi cuerpo y alivia la tirantez de mis hombros. Pero no se lleva la tensión. Sigue ahí. Porque esa tensión la llevo dentro, escondida en algún lugar donde el relajante masaje del agua no la puede alcanzar.
Salgo de la ducha y me visto deprisa recogiéndome el pelo con algunas horquillas. La residencia sigue en silencio y espero que la única persona despierta de toda la casa de la fraternidad sea Lila: esa chica pasa allí más tiempo que en nuestra habitación de la residencia.
Me ciño la chaqueta con fuerza mientras cruzo el campus principal en dirección a la casa. Cada vez hace más frío. Está claro que esto no tiene nada que ver con el sur de California. Cojo el pomo de la puerta y tiro de ella hacia fuera al mismo tiempo que alguien tira hacia dentro. Se me escapa un grito y doy un salto. Dos manos me agarran de los brazos, unas manos que conozco bien. Levanto la cabeza y me encuentro con sus ojos grises.
—Cuidado —murmura Victor con una sonrisa en los labios mientras me acaricia los brazos con los pulgares.
—¿Qué haces levantado? —le pregunto. Nunca le había visto levantado antes de las once; solo se levanta cuando tiene clase.
—Iba a correr un poco. Puedo correr, ¿no? —Alza una ceja sin dejar de sonreír y baja los brazos. Las palmas de sus manos me rozan los brazos al caer y sus dedos resbalan por mi piel. Se me pone la piel de gallina y se me entrecorta un poco la respiración. Las yemas de sus dedos rozan las mías antes de separarse del todo de mis manos.
—Pues claro —consigo contestarle, y decido hacerle la siguiente pregunta en voz baja—. ¿Hay alguien más levantado? —articulo. Él asiente—. Es que me sorprende que estés levantado tan pronto. ¿Normalmente no te estarías recuperando de lo que fuera que te llevaras a la habitación la noche pasada?
Victor esboza una mueca y yo me siento fatal por haberle dicho eso.
—Bueno, la noche de ayer fue distinta a las demás —dice con su voz de chulito. Su mirada es más dulce que el tono de su voz—. La verdad es que no creo que vaya a olvidarla con facilidad.
—Entonces te dejo con tus recuerdos. —Doy un paso a un lado luchando contra el impulso de lanzarme encima de él como hice la noche anterior. Victor se acerca a mí y me roza la oreja con los labios:
—Bien pensado.
Se marcha corriendo y yo le observo por encima del hombro. Tiene la camiseta pegada al cuerpo y sus fuertes piernas rebotan contra el suelo.
El chico corre: eso explica la deliciosa tableta de chocolate que tiene en el abdomen.
—Si hiciera esas cosas delante de Braden, lo mataría.
Me vuelvo sobresaltada y me encuentro con Maddie. Me mira apoyada en la barandilla con aire despreocupado.
—En realidad —prosigue—, me sorprende mucho que no hayas sido tú quien lo pusiera en su sitio.
—¿Qué sentido tiene? —Me encojo de hombros y entro en la casa—. Tampoco conseguiría ni rozar su desproporcionado ego.
—Eso nunca te ha detenido hasta ahora.
—Estoy aprendiendo a elegir mis batallas.
—¿Y poner en su sitio a un capullo egoísta y arrogante no es una buena batalla?
—No. Ya no. —Me siento en uno de los taburetes de la cocina y miro a mi alrededor—.Vaya. La de ayer debió de ser una buena fiesta.
—No te haces una ligera idea.—Maddie enciende la cafetera—. Déjame adivinar, ¿Braden fue la última batalla egoísta que libraste?
—No. Yo no participé en esa, me limité a pasártelo a ti.—Sonrío.
—¿Otra vez hablando de mí, chicas?—Nuestro tema de conversación hace acto de presencia en la cocina vistiendo solo un par de pantalones de chándal. Me lanza la camiseta cuando pasa por mi lado—.Pensaba que estarías haciendo algo productivo. ¿No es lo que soleis hacer?
—Oye. ¡Ponte esto! —Le vuelvo a lanzar la camiseta—.No quiero verte medio desnudo a estas horas de la mañana. En realidad no quiero verte medio desnudo a ninguna hora del día.
Braden sonríe y se pone la camiseta.
—Solo estás celosa porque no tienes un cuerpazo como el mío.—Abraza a Maddie y me saca la lengua. Le devuelvo el gesto.
—Yo no quiero tener un cuerpo como el tuyo. Estoy muy contenta siendo una chica, gracias. Te puedes guardar todos esos músculos. Y cuando digo guardar me refiero a debajo de la camiseta, Bray.
Maddie pone los ojos en blanco y se desprende de sus brazos.
—No sé cómo los aguanto. Diría que son como hermanos pero es que lo son. Se peleán igual.
—Eso es porque a pesar de la diferencia de ADN somos hermanos — protesta Braden.
—¡Y demos las gracias a Dios por la diferencia de ADN! —Acepto la taza de café que me ofrece Maddie.
—No podría estar más de acuerdo. Dios sabe qué habría sido de mí si hubiera acabado pareciéndome a ti en lo más mínimo.
Frunzo los labios.
—Cuidado, Carter. Conozco todos tus secretos sucios, ¿recuerdas?
—Y yo los tuyos. —Alza las cejas.
«No, no los conoces».
—Yo no tengo secretos sucios. Tú te aseguraste de ello.
—Ya lo creo que sí. Pero si crees que no sé lo que pasó con Sam Carlton el último año de instituto te equivocas.
Ladeo la cabeza.
—Eso explica lo del ojo morado.
—Exacto.
—¿Lo dices en serio?—Maddie mira a Braden—.¿Le pusiste el ojo morado porque Myriam se acostó con él?
—No. Le puse el ojo morado porque él se acostó con Myriam—explica Braden—.No es lo mismo.
Le doy un sorbo al café y Maddie lo mira parpadeando.
—Así que es cierto. Eres una reencarnación auténtica de la edad de piedra,¿verdad?¿Y qué hiciste? ¿Le atizaste con tu garrote? ¿O le rugiste desde el lomo de tu tigre dientes de sable?
Resoplo tapándome la boca para no mancharlo todo de café.
—Aquí solo hay un garrote con el que…
—Ah, ah.—Maddie levanta la mano—.No recurras a las metáforas sexuales conmigo, Braden Carter. Ahora entiendo por qué Myriam está tan tensa. ¡En su vida no hay ni rastro de sexo porque tú te dedicas a asustar a todo el mundo!
—¡Yo no estoy tensa!—grito. Y sí que hay sexo en mi vida. Hombre ya.
—¡Yo no los asusto!—replica Braden—. Solo les advierto que podrían acabar delante de mi puño si se les ocurre convencerla para que alivie sus picores —concluye murmurando dentro de la taza.
—¿Le has estado diciendo eso a todo el mundo desde que llegaste a la universidad? —Me levanto de un salto y me llevo la mano a la frente—. Cielo santo, ¡Bray!
—Solo es un aviso —murmura.
—¿Solo un aviso? —grita Maddie—.¡No me extraña que sea la única de las cuatro que no sale con nadie!
—¡Oye! Kay tampoco sale con nadie —señalo.
—Kay sale con el sexo.—Maddie se encoge de hombros—. Es lo mismo.
—Y no he vuelto a avisar a nadie desde… —Braden se queda callado.
—Desde que fuimos a casa de tus padres y les dijiste a todos los chicos de esta casa que si la tocaban te encargarías personalmente de castrarlos —interviene Maddie.
—Bueno, sí, desde entonces.—Baja la taza y se muerde la uña del dedo pulgar—. Pero lo que cuenta es la intención, ¿no?
Le miro con los ojos entornados y me vuelvo a sentar. No me puedo creer que haya hecho una cosa así. Ya sabía que era protector conmigo, pero ¡madre mía! Este nivel es completamente nuevo.
Esta conversación lo confirma: lo que ha pasado entre Victor y yo tiene que seguir siendo un secreto durante el mayor tiempo posible; por muy incierto que sea ese «nosotros». Puedo sentir la certidumbre de esa decisión solidificándose en mi cabeza y adquiriendo dureza hasta convertirs en una certeza.
—Supongo que eres consciente de que puedo cuidarme yo solita, ¿verdad? —le pregunto—.¿Ya te has dado cuenta de que no soy una niña de nueve años jugando en el parque?
—Ya lo sé —contesta adoptando un tono un poco más suave y volviéndose para mirarme—. Es que no quiero que nadie te haga daño, Myrii. Eres mi mejor amiga. Quiero que te enamores del tío perfecto.
—¿Y qué pasa si me tropiezo con algunas imperfecciones por el camino?
Encoge un hombro.
—Eso es lo que intento evitar. Ninguno de los chicos de esta casa es lo bastante bueno para ti.
—Tú siempre decías que no eras lo bastante bueno para mí —murmura Maddie.
—Y no lo era, cielo, y es muy probable que aún no lo sea. La diferencia está en que sabía que me estaba enamorando de ti poco a poco cada día que pasaba. Y no puedo garantizar que les ocurra lo mismo a los capullos que viven aquí. Quiero que Myriam encuentre a alguien que la quiera tanto como te quiero yo a ti. Bueno, lo que quiero es que encuentre a alguien que la quiera tanto como yo, y si eso significa que me tengo que pelear con los tíos que le vayan detrás hasta que aparezca el bueno, lo haré. Solo hay dos personas en este mundo a las que protegeré toda mi vida y son ustedes dos.
Sí. Odio que tenga que ser así y me está matando, pero Braden no puede saberlo.

—No, mamá, no voy atrasada.
—Es que da la sensación de que en esa universidad montáis muchas fiestas.
—Mamá… Mis notas van bien.
Mi madre suspira y la línea crepita.
—Te creo, Myriam. Es que no me gusta imaginar que mi niña pueda quedarse embarazada de algún adolescente salido.
—Ves demasiada televisión.
—Es que ponen a todas horas ese programa de adolescentes embarazadas. Y me preocupo.
Esbozo una sonrisa.
—No pienso quedarme embarazada, mamá.
—Por lo menos usas protección.
—No he dicho que esté teniendo relaciones con nadie.
—Tu padre se alegrará de oírlo —dice con una voz más animada—. Y hablando de tu padre, vamos a salir a cenar esta noche, así que tengo que colgar.
—De acuerdo. Pasenselo bien y dale un beso a papá de mi parte.
—Lo haré, Myri. Pórtate bien.
—Siempre lo hago —le contesto con sequedad—. Adiós, mamá.—Cuelgo y dejo el teléfono en la cam negando con la cabeza. La verdad es que en momentos como este recuerdo muy bien por qué decidí venir a Berkeley.
Está lo bastante cerca como para volver de visita, pero suficientemente lejos para tener libertad. Está lo bastante lejos como para dejar de ser la niñita perfecta que todo el mundo espera que sea. Y en eso ya fracasé siendo niña.
Me pongo una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos para tumbarme en la cama a hacer los deberes. Es posible que mi madre crea que aquí hay fiestas cada fin de semana y puede que tenga razón, pero eso no significa que yo vaya a todas las que se celebran. Solo a una por fin de semana.
Dejo escapar un largo suspiro y me preparo para empezar el trabajo de literatura sentada como un indio. Pero antes de empezar oigo un ruido en la ventana y frunzo el ceño. ¿Es mi ventana? Gateo por la cama, retiro la cortina y… Me encuentro con la cara de Victor. Sonríe.
—Pero qué… —Entorno la ventana—. ¿Qué…?
—¡Abre la ventana antes de que me caiga del árbol!—murmura sin dejar de sonreír. La abro del todo y me retiro. Echa una rápida ojeada a su alrededor antes de pasar la pierna por encima del alféizar de la ventana y meterse en mi habitación. Cae boca abajo en la cama y yo paso por encima de sus piernas para cerrar las cortinas.
—¿Me lo explicas? —digo cuando se levanta.
—¿Qué? —Se quita los zapatos y se sienta delante de mí. Miro la ventana, luego le miro a él y señalo ambas cosas confundida.
—¿De verdad acabas de trepar por un árbol para colarte por mi ventana?
—Sí.
—¿Por qué?
Victor apoya las manos a ambos lados de mi cabeza y se inclina hacia delante; la punta de su nariz casi roza la mía.
—Porque quería venir a verte.
Alzo una ceja sin moverme.
—Mmmm.
—Como todo este rollo es secreto he pensado que debía utilizar algunas tácticas ninja. Siempre quise ser una tortuga ninja,¿sabes?
Se inclina hacia delante para besarme y yo sonrío al sentir el contacto de sus labios.
—¿Cuál eras?
—¿Cuál era?
—¿Qué tortuga eras?¿No sabías que se te podía definir en función de la tortuga que eligieras?
Se reclina un poco con la cabeza ladeada.
—¿En serio?
Asiento.
—Ya lo creo. Si no eras la tortuga adecuada, no eras lo bastante guay. ¿Cuál eras tú?
Se le juntan un poco las cejas cuando frunce el ceño.
—Donatello.
—Entonces eras guay. —Le paso la mano por la mejilla y aliso su ceño fruncido con los dedos—.¿Por qué frunces el ceño?
—No recorda… Estaba pensando.
Niega un poco con la cabeza y me coge la mano que tengo sobre su cara para entrelazar los dedos con los míos. Se queda mirando nuestras manos entrelazadas un momento y las gira un poco. Tiene la palma áspera y su mano es mucho más grande que la mía, casi la abarca por completo.
Se hace el silencio entre nosotros un segundo y le miro a los ojos. Frunce otra vez el ceño y se le oscurece la mirada. Una parte de él parece vacía, está tan increíblemente perdida que ni siquiera está aquí, y me dan ganas de recomponerlo. Afloja la mano y me mira a los ojos.
—Perdona. Solo estaba… Pensaba en una cosa. No importa.
—¿Estás bien? —Me acerco un poco más a él y mi mano decide quedarse en su cuello. Victor asiente. —Estoy… bien.
Tiro de su cara muy despacio y le beso con suavidad. Su mano trepa por mi espalda, tira de mí y mi cuerpo se pega al suyo. Me echa hacia atrás, me estira en la cama muy despacio y se tumba encima de mí. Yo dejo resbalar el pie por su pierna mientras él cuela su lengua en mi boca y me besa de la misma forma que lo hizo la última noche. Profunda y desesperadamente. Y entonces deja de besarme, me apoya la frente en el hombro un momento y separa las manos de las mías. Luego se pone en pie y cruza la habitación sin decir una palabra.¿Qué?¿Qué ha pasado? Me siento y lo miro confundida mientras se presiona la frente con las manos e inspira hondo.
—¿Victor?
—No pienso hacerlo —murmura clavándose las manos en la frente—.No pienso hacerlo.
Me están pasando tantas cosas por la cabeza que no sé si podré explicarlas con palabras. Le estoy mirando. Le veo, a  él, a sus hombros encorvados y sus músculos agarrotados. Pero no tengo ni idea de lo que está diciendo.
—¿Hacer el qué?—le pregunto en voz baja.
—No te voy a utilizar. Así no. Así. No. Ya no.—Deja caer las manos y suelta una bocanada de aire entrecortada—.A ti  no.—Le tiemblan las manos y aprieta los puños como si quisiera ocultarme el temblor.
Me levanto y cruzo la habitación hasta detenerme detrás de él. Cojo uno de sus puños apretados con la mano, apoyo la mejilla sobre su hombro y le rodeo por delante con el otro brazo. Separo los dedos sobre su estómago y siento cómo se le hincha todo el cuerpo al inspirar hondo.
Victor deja caer la cabeza hacia atrás para posarla sobre mi hombro, entierra la cara en mi pelo y se estremece.
Nunca había visto esta faceta de él. Es verdad que tampoco le había visto colarse por una ventana, pero esto… Esto es muy extraño. Este parece un Victor que solo debería existir en un universo paralelo. Nunca imaginé que pudiera ser así.
Aunque tampoco sé lo que le pasa. Pensaba que era uno de esos tíos que siempre consiguen loque quieren. Pero ahora creo que me equivocaba. Ahora pienso, no, ahora sé que hay una parte de él que jamás ha compartido con nadie y que sigue enterrada en su interior. Y a juzgar por la tensión de su cuerpo, los latidos de su corazón y su errática respiración, es una faceta de sí mismo que no quiere enseñar.
Pero yo la quiero ver. Quiero conocer y recomponer esa parte de él, porque algo me dice que Victor está un poco herido.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Eva Robles el Jue Feb 25, 2016 1:31 pm

Gracias por los capítulos siguele por favor se lee muy interesante

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Lun Feb 29, 2016 11:14 pm

Feliz Lunes Para Todas...


CAPITULO 10

VICTOR

«No vales nada. Eres igual que la puta de tu madre». Su cuerpo contra el mío. Las manos entrelazadas. Piel contra piel. «¿Crees que alguien te querrá, mocoso? Nunca te querrá nadie». La suavidad de su mano en la mía. «No eres nada». El suave olor a vainilla que emana de su pelo. «Nadie te querrá». Myriam. «Eres igual que ella». No estoy allí. «Pequeña rata». Estoy aquí. Con Myriam. Myriam. La calidez de su cuerpo pegado a mi espalda me estabiliza y me ayuda a aferrarme al presente cuando lo único que quiere hacer mi mente es rendirse y volver. Rendirse y regresar a ese momento de mi vida que no quiero enseñarle a nadie. No quiero que Myriam lo vea.
Sé que me tengo que ir. Ahora. Tengo que abrir la ventana y bajar por ese maldito árbol. Pero lo que hago es darme la vuelta y abrazarla. Pongo mis manos abiertas sobre su espalda, entierro los dedos en su piel y ella me rodea la cintura con los brazos. Presiona la cara en mi cuello y me roza la clavícula con los labios con la ligereza de una pluma.La abrazo con más fuerza y vuelvo a enterrar la cara en su pelo; las puntas me hacen cosquillas en la nariz. Niego un poco con la cabeza abrazándola con fuerza.
El sexo. El sexo no hace daño, no puede lastimar a nadie. «Solo servirás para eso». Mi gran recurso y mi forma de seguir adelante. «Igual que ella». Gracias al sexo consigo controlar los demonios y evito que se aferren a los rincones de mi mente.
Este fin de semana hará trece años que murió mi madre y esos demonios son más fuertes que nunca. Los recuerdos de ese fin de semana inundan mi mente y no puedo hacer nada para evitarlo. Excepto abrazar a Myriam. No sé qué tiene esta chica, pero sé que la necesito. Y ahora sé que después de haberme pasado todos estos años tratando de olvidar, ella me hace recordar. Solo por eso debería apartarme de ella. Tendría que huir gritando.
Pero el dolor de los recuerdos no es nada comparado con la suavidad de las caricias con las que se lleva ese dolor.
Y por eso no pienso utilizarla, no de la forma a la que estoy tan acostumbrado.
Inspiro con fuerza y vuelvo la cara hacia la de Myriam rozando su mejilla con la nariz.
—¿Lila pasará la noche en la casa?
Ella asiente contra mí.
—Lo hace todos los fines de semana.
Me acaricia la espalda de forma tranquilizadora y desliza los dedos por debajo de mi camiseta; sus manos parecen auténtica seda sobre mi piel. Sus dedos me exploran con suavidad y tratan de relajar la tensión de mis músculos.
—Quiero quedarme —susurro—.Deja que me quede.
Myriam se retira y desliza la mano por mi cuerpo. Sus dedos trepan por mi estómago y mi pecho para posarse en mi cara.Abro los ojos para encontrarme con su mirada azul y la dulce seguridad que encuentro en ellos me absorbe.
—Claro —contesta en voz baja—. Lo que necesites.
Dejo escapar un suspiro tembloroso.
—Solo necesito estar contigo.
Myriam se pone de puntillas y me besa con suavidad.
—¿Va todo bien?
No puedo ignorar el recelo de su tono, tres sencillas palabras llenas de incertidumbre. La cojo de la cara con las manos y apoyo mi frente contra la suya.
—Todo bien.
Solo Myriam.
Volvemos a la cama y nos metemos bajo las sábanas.
Su cuerpo encaja con el mío a la perfección, mis brazos la rodean como si estuvieran hechos solo para eso, y mi corazón late a un ritmo que solo ella puede escuchar.
Mis mecanismos de defensa intentan hacerse con el control y me cuesta mucho no rendirme. Me muero por ver cómo se entrega a mí. Quiero ver cómo se arquea su cuerpo y sentir cómo se le tensan los músculos al dejarse ir. Quiero ver ese brillo en sus ojos, escuchar sus gritos, sentir sus uñas cruzando mi espalda.
Pero tengo que recordar que estoy con Myriam. Ella vale mucho más que las demás. Ella es algo que aún no merezco, algo que no puedo abandonar.
La estrecho contra mi cuerpo y entierro la cara en su pelo.Los suaves mechones de su melena me hacen cosquillas en la cara e inspiro hondo. Ella pone el brazo sobre mi estómago, entrelaza las piernas con las mías y echa la cabeza hacia atrás para besarme el cuello con dulzura.
En este momento es mía. Quizá no lo sea mañana o la semana que viene o el mes que viene, pero ahora mismo es solo mía.
Asi que me permito abrazarla preguntándome si algún día llegará a saber la paz que me da.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Myriam me lanza una mirada especulativa.
—Tengo una pregunta para ti.
—Tus preguntas nunca traen nada bueno.—Sonrío.
—¡No es para tanto!
—¿Ah, no?¿Te acuerdas de aquel día en clase de Literatura cuando prometiste que no ibas a preguntar nada importante y tuviste al profesor hablando durante media clase?
Ella encoge un hombro y sonríe un poco.
—Bueno, conseguí que nos impartiera una clase bastante más relajada de lo normal.
Me inclino hacia delante y acerco mi cara a la suya.
—Y después nos encargó una redacción.
—Pues sí.—Esboza una sonrisa monísima que le arruga la nariz—. En fin…
—Venga, dispara.
Espero que no me pregunte por…
—Ayer, cuando te pregunté qué tortuga eras —mierda—, me dio la sensación de que te fuiste a alguna parte. Fue como si no tuvieras ni idea de lo que te estaba diciendo.
Me reclino mientras me vienen a la cabeza palabras y excusas de todo tipo.
—A mí me escolarizaron en casa —digo con indecisión—. Por eso no sé mucho de esas cosas. Mi abuelo me lo enseñó todo.
—¿Tu abuelo?¿Y por qué no lo hizo tu madre?¿O tu padre?
De todos los días del calendario elige justo hoy para preguntármelo, justo el día que no puedo hablar del tema.
—No puedo...—Me levanto—.No puedo tener esta conversación hoy, Myri. Lo hablamos cuando quieras, pero hoy no.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
—El niño tiene que estar por aquí.
Me acurruqué en una esquina de mi habitación agarrando la manta con fuerza. Mamá aún no estaba en casa. Seguía esperándola; y ahora había una mujer en mi casa hablando de «el niño». ¿Habría venido a buscarme?
No. Yo no quería separarme de mamá. Siempre me decían que acabaría pasando, me lo repetían esos hombretones. Siempre me advertían que algún día me separarían de mamá.
Me tapé la cara con las manos para que no pudieran escucharme respirar y me metí debajo de la cama. Me acurruqué en el rincón más oscuro temblando y tratando de no llorar. No quiero separarme de mi mamá. No quiero que se me lleven. Se abrió la puerta de mi habitación y empecé a temblar con más fuerza. No. No quiero que me encuentren. Por favor. Se encendió la luz y pude escuchar sus pasos sobre el suelo de madera. Podía ver sus sombras al pasar.
—¿Has mirado debajo de la cama? —preguntó una mujer.
—No. Ahora miro.
Nononononono. No me encuentres. Por favor no me encuentres. Entonces apareció una cara amable que esbozó una suave y persuasiva sonrisa. La mujer me tendió la mano.
—Venga, cariño. Vámonos de aquí.
Yo negué con la cabeza y me encogí un poco más.
—Quiero ir con mi mamá —susurré.
—No sé dónde está, cariño, pero yo puedo ayudarte. Estás temblando, ¿tienes frío?
Asentí.
—Tengo una manta para ti. Y también tengo galletas, ¿te gustan las galletas?
—¿Galletas? —Fruncí el ceño.
—Sí. Están buenísimas, y además tienen trocitos de chocolate. ¿Te gustaría probar una?
Yo no sabía de qué me estaba hablando, pero tenía hambre. Me asomé un poco.
—¿Una galleta?
—Sí. Venga, sal de debajo de la cama, te haremos entrar en calor y te podrás comer una galleta.¿Te parece bien, Victor?
—¿Sabes mi nombre? —Me mordí el labio abriendo mucho los ojos y reculé un poco.
—Sí. He venido a ayudarte. Te prometo que no te haré daño. Podemos ser amigos, ¿vale, colega?—me preguntó con dulzura.
No era un hombre. No tenía mal aspecto. No tenía dibujos en la piel y no olía como esos tipos.
Me arrastré por el suelo y salí de debajo de la cama. Había otra mujer en la habitación y cuando se acercó a mí reculé de nuevo.
—No pasa nada, cariño. Te voy a dar una manta para que estés calentito.—Me sonrió con aire alentador y cogí la manta; no quería que me tocara.
La otra mujer se agachó y me miró a los ojos. Abracé mi conejito con fuerza.
—¿Qué m dices de esa galleta, la quieres?
Asentí y me subí a la cama. Se metió la mano en el bolso y sacó un paquete de color rojo brillante. Lo abrió y de su interior sacó un círculo marrón clarito con puntitos más oscuros. Lo cogí vacilante; aún le tenía miedo. No dejaba de mirar a aquellas dos mujeres; nunca nadie había sido tan bueno conmigo como ellas.
—Pruébala —me animó la primera mujer—.Dale un mordisco.
Me la acerqué a la boca y mordisqueé uno de los puntos oscuros. El sabor dulce explotó en mi boca y jadeé mordiendo la galleta. Mi estómago rugió cuando las migajas se repartieron por mi boca. Jamás había probado nada igual. Fue lo mejor que había comido nunca.
—Dios mío —jadeó la segunda mujer—.Los vecinos tenían razón. El sistema le ha fallado a este niño. Tiene seis años y jamás se ha comido una galleta.
La primera mujer me miró.
—¿Es la primera vez que comes una galleta, Victor?
—Sí —susurré—. Me gusta. Está buenísima.
—¿Quieres otra?
Asentí mirando fijamente la cara de la mujer que me salvó la infancia.

----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
—Hoy no —repito inspirando hondo mientras me desprendo de ese recuerdo. Han pasado trece años y el recuerdo más nítido que conservo es la primera galleta que me comí—. Tengo que ir a ver a mi
viejo.
Myriam me mira preocupada y con tristeza en los ojos. Me acerco a ella, la sujeto de la cara, apoyo la frente sobre la suya y suspiro.
—No tiene nada que ver contigo, Myri. Hay muchas cosas de mí que no sabes, hay mucho que no quiero que sepas. No son cosas bonitas, no es nada bueno, ¿entendido? Y hoy es un mal día para hablar del tema. Quizá nunca llegue el día adecuado. No lo sé.
—Pero quiero saberlo —susurra posándome las manos en los brazos.
—Yo no quiero que lo sepas. —La beso y me separo de ella rápidamente. Abro la ventana, me aseguro de que el camino está despejado y salto a la rama del árbol.
—Cuando estés preparado —susurra—, estaré aquí. Estaré esperando.
Miro por encima del hombro: Myriam observa cómo me marcho desde la ventana. Nuestras miradas se cruzan un segundo y salto del árbol decidido a ir a ver a mi viejo.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

—No te esperaba hoy.—La voz del viejo retumba por la casa.
—Es domingo —le contesto con despreocupación cruzando el comedor para sentarme en mi sitio de siempre justo delante de él.
—No es un domingo cualquiera.—Hace girar el puro encendido entre sus arrugados dedos mientras observa el humo que sale de él.
—Eso no significa que no vaya a venir a verte.—Observo las retorcidas formas del humo.
—Pensaba que no te gustaba este día.
—Y no me gusta. Pero siempre vendré a verte. Me necesitas.
—¿Crees que necesito mirarte a la cara y saber que tienes el mismo aspecto que ella? —Le da una calada al puro y el extremo se ilumina con un brillo naranja—. Ya lo sabes. Eres igual que ella.
—Yo…—Le miro a los ojos y veo el dolor que anida en ellos—. Ya lo sé.
—También eres muy listo. Igual que ella. Me di cuenta en cuanto empecé a enseñarte cosas. Cogías las matemáticas tan rápido como Einstein. Aunque ella era buena con los números de una forma muy distinta. Los números de la calle.
—Odio saber que te recuerdo a ella.
—¿Porqué?¿Porque no soportas los recuerdos? Tú y yo no tenemos los mismos recuerdos, chico. Si me dejaras que te explicara los míos verías una faceta de tu madre muy distinta de la que conoces. Te darías cuenta de que no era tan mala. Lo único que pasa es que se subió al tren equivocado y luego fue incapaz de bajarse.
—Y en eso precisamente convirtió nuestras vidas, en un maldito tren destrozado.
—Y hoy es el día de recordarlo, quieras o no.
—¿Acaso crees que no me acuerdo, viejo?¿Crees que los recuerdos del pasado no me persiguen cada día?¿Crees que no lo sé?Yo no quiero recordarlo. En absoluto. Pero me acuerdo.
—Recordar es bueno —Me presiona retorciendo el puro contra el cenicero—.Tienes que recordar de dónde vienes para darte cuenta de lo lejos que has llegado.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Vie Mar 04, 2016 4:33 pm

Que tengan un Buen Fin de Semana, Espero les guste el Capi.
Hasta el Lunes


CAPITULO 11

MYRIAM

—¡Venga! —me suplica Kay—.Es domingo. ¿Quién narices estudia en domingo?
—Yo —le digo—.Tengo que acabar esto para mañana; no me queda otra que hacerlo.
—¿No dijiste ayer que no salías porque tenías que hacer esto? —Alza una ceja.
—Sí.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Porque estuve ocupada con una especie de medio novio que tengo.
—Porque me fui pronto a dormir.
—Tú nunca te vas tan pronto a la cama.
—¡Pero bueno! ¿Esto qué es?¿El interrogatorio de Myriam? —Suelto el bolígrafo y la miro—.¿También quieres que te diga cuál es mi mayor zona erógena o qué? ¡Qué pesada, Kay!
Resopla.
—No te ofendas, pero no me interesas de esa forma, así que puedes ahorrarte lo de la zona erógena. ¿Pero por qué te fuiste a dormir tan pronto?
—Pues no lo sé, Kay. ¿Por qué se van a dormir las personas?¿Podría ser porque están cansadas?—suspiro.
—Madre mía, alguien está esperando la visita de la madre naturaleza.
—Me faltan dos semanas y media.
—Entonces debes de estar embarazada. Oh, espera…
—Kay, vete a la mierda.
—Ya me voy —murmura abriendo la puerta—.Intenta ponerte unas bragas que no te aprieten mucho, mi pequeño saquito de hormonas de la alegría.
Le lanzo el bolígrafo y le doy a la puerta cerrada. Me la quedo mirando un momento y niego con la cabeza. Estoy intentando escribir una redacción, e intentando es la palabra clave de la frase.
Lo intento pero no puedo porque no paro de pensar en Victor y en cómo se comportó ayer por la noche. Y también esta mañana.
El Victor que yo conozco y del que me enamoré es un chulito egoísta y obstinado. Es despreocupado, inconstante, y solo piensa en él. Pero ese no es el Victor que he visto esta mañana. Lo he visto en sus ojos, he visto una faceta suya mucho más profunda y oscura que me hace pensar que su actitud no es más que una pose. Una farsa que se ha inventado para engañar a todo el mundo.
Un juego que se lleva consigo mismo, una lucha constante por la posición ganadora.
Un juego que no está dispuesto a perder sean cuales sean las reglas.
Me levanto para coger el bolígrafo y vuelvo a la cama. Mientras lo hago girar entre mis dedos pienso que no tengo ni idea de por qué habrá dicho que me necesita ni tampoco entendí eso de que no quería utilizarme.
No sé por qué se comporta de esta forma. ¡Si hasta trepó por mi ventana! ¿Sería demasiado suponer que quizá yo pueda convertirlo en una persona mejor?
Cualquiera que sea su preocupación o el motivo que le oscurece los ojos de esa forma, quizá se estuviera refiriendo a que yo lo convierto en algo soportable. ¿Pero qué le preocupaba tanto hoy?
Ojalá me lo hubiera dicho. Ojalá supiera si está bien. Y ojalá tuviera el valor de coger el teléfono para averiguarlo.
Pero no lo tengo.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
—¿Entonces te despediste de Charlie el viernes por la noche, te fuiste pronto a la cama el sábado, echaste a Kay de la habitación ayer por la noche, y aún no has acabado la redacción? —Lisa alza las cejas.
—Exacto —le contesto suspirando—.Es un buen resumen.
Frunce el ceño mientras muerde un palo de regaliz.
—¿Y por qué?
—Pues porque no la he acabado. —Me encojo de hombros—. No hay ningún motivo. Supongo que este fin de semana no tenía ganas de hacer deberes de Literatura.
—¿Y de qué tenías ganas?
—Pues por lo visto solo tenía ganas de dormir.
—¿Y qué excusa tienes para explicar que dejaras plantada a tu cita?
—No es mi tipo.
—Es guapo, tiene un buen cuerpazo y su padre es bastante rico. ¿Cómo es posible que no sea tu tipo?
Nos levantamos del césped y nos dirigimos al edificio principal del campus. Lila tira el paquete de regalices vacío a la papelera antes de cruzar las puertas y se cuelga el bolso del hombro.
—Ya sabes que a mí no me importa nada de todo eso, Li. El dinero es dinero. Ayuda, pero también esta cargado de corrupción. Y la imagen es una mierda, el chico más guapo del campus podría ser el peor imbécil del mundo. Es que… Bueno, es igual.
—Déjame adivinar.¿No había chispa mágica ni pasión desatada como entre el señor Darcy y Elizabeth?
—Exacto —le concedo esbozando una sonrisa—.Ese chico palidece al compararlo con el maravilloso señor Darcy.
—Tú y tus libros.—Niega con la cabeza.
—Mis libros no tienen nada de malo. Ellos me dan lo que la vida real no puede ofrecerme.
—¿Como el chico perfecto?
—¡Exacto! Y no pienso dejar de leer hasta que encuentre a mi señor Darcy. Y está muy claro que Charlie estaba muy lejos de ser el señor Darcy.
—¿Sabes una cosa? Mientes fatal —dice de repente.
—Espera, ¿qué?¿Cómo puedes sacar esa conclusión si no estoy mintiendo?
—Y otra vez. —Lila se ríe—.No sé qué me estás ocultando, pero no me estás diciendo la verdad. Por lo menos sobre este fin de semana.—Se para un momento en la puerta de su clase, ladea la cabeza y me mira—.¿Hay algo que quieras contarme?
La miro y observo su sonrisa y sus ojos curiosos.
—No —respondo, y me pego los libros al pecho—. No tengo nada que contarte.
No esto mintiendo. Pero no tengo ningunas ganas de contarle lo que ha pasado.
—En ese caso supongo que tendré que averiguarlo yo sola. —Sonríe y entra en su clase.
Inspiro hondo. ¿Lo veis? Si Sherlock Holmes y Cupido pudieran procrear, el resultado sería Lila.
Un brazo se posa sobre mi hombro.
—Sonríe, Myri —canturrea Braden acompañándome hacia clase.
—¿Dónde está Maddie?
—Está en la cama. Se encuentra mal.
—Más le vale.—Le miro fijamente.
—Vaya, pareces mi madre.
—Eso es porque lo aprendí de ella.—Le esbozo una dulce sonrisa y me abro paso hacia la escalera deshaciéndome de su brazo.
—Pareces distinta.
¿Qué le pasa hoy a todo el mundo?
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿En qué sentido? —Lo miro como si estuviera loco y entro en clase.
—Pareces como distraída. Sí, distraída.—Braden se muerde la uña.
—Siempre he sido un poco dispersa, Bray, ya lo sabes. Quizá hoy lo esté un poco más que de costumbre.—Me encojo de hombros y me siento junto a Victor.
Braden se apoya en mi mesa.
—¿Por qué te sigues sentando con este capullo? —Braden me mira sin dejar de sonreír. Yo pongo los ojos en blanco.
—Porque prefiero sentarme al lado de este capullo que pasarme la hora escuchándote decir que estoy diferente. Ya he tenido bastante con Lila esta mañana.
—¿Diferente? —pregunta Victor—.¿Diferente en qué sentido? Vaya, Myriam, ¿por fin has conseguido echar un polvo? Chico listo.
—Hombre, Victor, veo que por fin has conseguido meterte la polla en los pantalones el tiempo suficiente para venir a clase.—Le esbozo una sonrisa exagerada para que Braden la vea bien.
—Bueno, ya sabes…—se reclina en el asiento y entrelaza los dedos por detrás de la cabeza—.A veces es complicado, pero he pensado que debería hacer acto de presencia. No me gustaría decepcionarte.
—Sí, te añoraría tanto como una piedra en el zapato. Un momento, eso no lo añoraría en absoluto. —¿Ustedes se escuchan? —Braden nos mira alternativamente.
—Tengo oídos, Braden —le contesto—.Oigo perfectamente, pero no sé a qué te refieres.
—Parecéis un matrimonio de viejos.
—He dicho que oigo perfectamente,
—Lo sé. He decidido ignorarte.
—Vaya, qué sorpresa.
—Pues ustedes dos parecen dos niños de parvulario —interviene Victor.
—Y ustedes dos parecen estar pidiendo a gritos que les den un rodillazo en las pelotas —digo a renglón seguido—. Este es el motivo por el que muchas veces me pregunto si Kay será la persona más inteligente que conozco. Los chicos son irritantes.
Braden resopla y se viene arriba.
—Pues claro que somos irritantes. Tenemos que serlo para soportar sus interminables quejas.
Cuando vuelve a su sitio arrugo una bola de papel y se la lanzo a la cabeza. Rebota en ella y él se agacha, la recoge y me la vuelve a lanzar. Yo la cojo y sonrío.
—Tiene razón en una cosa —murmura Victor.
Me vuelvo y le miro sorprendida.
—He dicho en serio lo del rodillazo en los testículos.
—Te pones guapísima cuando te enfadas.
Reprimo la carcajada que pelea por salir de mi pecho y la sonrisa que quiere asomar a mis labios.
—No estoy enfadada. Pero me puedo enfadar, y cuando lo haga me pondré tan espectacular que te caerás de culo.
Esboza una lenta sonrisa —esa sonrisa tan seductora que tiene—,y entorna un poco los párpados. Se me acelera un poco el corazón cuando me doy cuenta de que esa es la cara que pone en la cama. —¿Eso es una proposición? —dice en voz baja. Braden nos está clavando la mirada, puedo sentirlo. —Aunque lo fuera no sería una buena proposición porque no serías capaz de pagar el precio.
—Ponme a prueba —me desafía esbozando otra de sus sonrisas de chulito. Y entre tanto seguimos con nuestra farsa y compartimos nuestro secreto en silencio. Porque los dos estamos jugando muy en serio.
Jugamos para no perdernos el uno al otro. Para no desvelar el secreto que nos une. Para conservar esta mentira. La mentira que me va partiendo el corazón cada vez que jugamos a esto. Me echo la melena sobre el hombro, sonrío apoyándome la barbilla en la mano y cruzo las piernas.
—¿Y si el precio fuera tan alto que dejaran de interesarte las demás chicas y ya no pudieras pasarte el día entero sacándotela? —Se me hace un nudo en el estómago al escuchar mis propias palabras.
Se roza el labio inferior con los dientes y sus ojos grises se oscurecen un tono mientras me mira de arriba abajo. Cuando me mira como lo está haciendo en este momento, me siento desnuda. Es como si pudiera quitarme todas las capas de ropa que llevo con una sola mirada.
—No me parece un mal precio —murmura estirando los brazos y golpeando el borde de la mesa con los dedos—.De hecho —dice un poco más bajito cuando empieza la clase—. Creo que ya he pagado ese precio.
Casi me atraganto al inspirar hondo. Solo yo me puedo atragantar con el aire. Victor alza una ceja y yo hago lo único que puedo hacer. Me vuelvo abruptamente sobre el asiento y me concentro en la pizarra de enfrente. No es lo que quiero hacer, pero es un «y si». Y si. Y si.
No dejo de meterme en jueguecitos. Primero el de Maddie y Braden, y ahora el mío, aunque lo haya hecho voluntariamente. Los dos son juegos de amor, pero cada uno tiene sus propias reglas, unas normas muy frágiles. Ambos con la capacidad de ayudar o acabar con los jugadores. Y ambos con el mismo premio.
El único premio que conseguiremos mientras dure todo esto. Lo único que deseamos todos sin importar quién pueda salir malherido por el camino. Lo único que queremos sin importar el coste y lo único que jamás se podrá comprar ni con todo el oro del mundo.
El gran premio por el que todos jugamos.
El amor.

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
—Fui al supermercado y compré una manzana.
Esbozo una sonrisa ladeada y miro a Braden de reojo.
—¿Qué?
—Fui al supermercado y compré una manzana —repite sentándose delante de mí en un banco de la zona de picnic.
Ya conozco este juego. Cuando éramos niños solíamos entretenernos con esto a todas horas, normalmente cuando nos escondíamos de nuestros padres porque habíamos hecho alguna trastada. Para cuando acababa el juego, ya habían olvidado nuestras faltas porque estaban demasiado preocupados por nosotros. Éramos muy traviesos. Cierro el libro y me resigno, sé que no me dejará en paz hasta que juegue con él.
—Está bien. Fui al supermercado y compré una manzana y una cerveza.
Alza una ceja.
—Fui al supermercado y compré una manzana, una cerveza y un tanga con la entrepierna agujereada.
—¿Qué? —me tapo la cara con las manos y niego con la cabeza—. No me puedo creer que hayas dicho eso.
Supongo que el juego ha evolucionado un poco con el paso del tiempo.
—Ya conoces las reglas.—Me da una patada por debajo de la mesa.
—Está bien. Fui al supermercado y compré una manzana, una cerveza, un tanga con la entrepierna agujereada y un consolador.
Se queda en silencio y luego rompe a reír. Le sonrío apoyándome la cabeza en la mano.
—La verdad es que no me esperaba que dijeras eso —admite.
Me encojo de hombros.
—La cosa ha cambiado un poco desde los plátanos, las zanahorias y los donuts, ¿verdad?
—Solo un poco. —Se vuelve a reír—. Esta vez me voy a rendir. Me preocupa un poco pensar en la clase de cosas que se nos puedan ocurrir.
—A mí también, Carter.
—Y dime, Harper.—Se inclina hacia delante y me observa con atención—.¿Qué te cuentas? Esto debe de ser broma. Agradezco que se preocupe por mí, pero menudo rollo.
—Mi madre te ha pedido que me espíes, ¿verdad? —Vuelvo a levantar las cejas—.Cuando hablé con ella no dejaba de sacar el tema del embarazo.
—¿Perdona?
Si mi sonrisa no me hubiera delatado podría haberle tomado un poco el pelo.
—No estoy embarazada. Es ella la que está preocupada de que me quede en estado.
—No. Bueno sí. Me llamó. —Se frota la cara con la mano—. Pero ya le recordé que para quedarte embarazada tienes que mantener relaciones sexuales, así que estás a salvo de eso.
Este se está convirtiendo en el tema habitual de todas mis conversaciones.
—Pues muchas gracias —le respondo con sarcasmo—. ¿Y eso fue todo?
—No.¿Sabes? A veces me acuerdo de las cosas que hacíamos de niños y pienso que éramos demasiado traviesos.
—La verdad es que sí. Es un milagro que nuestros padres no nos mataran cuando cumplimos los diez años.
—Afeitar al gato, trepar por los árboles, tirar el pañal de tu primo por el lavabo…
—¡Eso fue cosa tuya! —Le golpeo el brazo—. Yo no tuve nada que ver con eso.
—¡Apestaba, Myri!
En eso tengo que darle la razón.¿Alguna vez habéis olido los restos del pañal de un niño de diez ç meses? No es agradable.
—Ahora que lo pienso, creo que mamá se enfadó más por la que liamos en el sofá que por el atasco que provocamos en el lavabo. —Le lanzo una mirada explícita.
—Bueno —murmura—, yo tenía ocho años.¿Cómo iba a saber que el niño se mearía por todas partes? Yo ya controlaba ese tema. Pensaba que siempre había podido, no sabía que no estaba al alcance de todo el mundo.
Lo peor de todo es que está diciendo la verdad. Él no sabía que si le quitaba el pañal mi primo se mearía por todas partes.
—Me sorprende que te dejara volver a casa.
—No fui yo quien se meó en el sofá.—Sonríe—.Tengo modales.
—Qué bien. En cuanto tenga la oportunidad se lo comunicaré a Maddie.
—Eres una listilla, Myri.
—Aprendí del mejor. —Le sonrío con dulzura mientras nos levantamos. Braden se ríe, me pasa el brazo por encima de los hombros y me abraza.
—Echo de menos la infancia. Todo era mucho más sencillo.
Yo también. El trabajo no existía, no teníamos que preocuparnos por el futuro ni por herir los sentimientos de nadie.
Y no había mentiras.

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  Bere el Dom Mar 06, 2016 1:34 am

Apenas me pude poner al corriente gracias por los capitulos siguele pronto

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  jai33sire el Lun Mar 07, 2016 8:53 am

Que bueno que están poniendo novelitas, y está esta muy buena, siguele por faaaaaa cheers cheers

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Re: El Juego De La Pasión Capitulos 21 y 22

Mensaje  monike el Miér Mar 09, 2016 3:01 pm

Disculpas por el Retraso, estoy complicada estas semanas pero, voy a tratar de poner capítulos cada semana.


CAPITULO 12

VICTOR

—Recuerda de dónde vienes para saber lo lejos que has llegado —murmuro para mis adentros apartando el artículo de psicología—.Eso está muy bien, viejo. Seguro que ayuda mucho cuando has llegado a alguna parte.
Me presiono los ojos con las palmas de las manos y me los froto con aspereza. Si escuchas algo las veces suficientes se queda grabado en tu cuerpo, te escalda la piel y se te tatúa en la mente. No importa el tiempo que haya pasado desde que te dijeron esas palabras. Lo que importa es que se dijeron.
Y después de trece años no tengo la sensación de haber llegado a ninguna parte. ¿Qué importancia tiene que ya no sea ese niño asustado que se escondía en un rincón? Ese niño sigue dentro de mí. Sigue teniendo miedo, todavía está temblando. Sigue herido, sigue roto y sigue vencido.
Solo porque aparente que no me importa no significa que sea cierto. No todo el mundo es como aparenta ser y yo soy una de esas personas. Ni siquiera sé quién soy porque paso demasiado tiempo luchando contra lo que no quiero ser. No tengo tiempo de ser la persona que quiero ser. No tengo tiempo de ser la persona que podría llegar a ser.
Paso de masiado tiempo luchando contra los recuerdos que tengo enterrados en lo más profundo de mi ser. Pero no siempre funciona, a veces trepan por mi cerebro antes de que pueda darme cuenta, me consumen y me vuelven a llevar al lugar que más odio del mundo. Siempre las mismas voces, esos susurros que quedan suspendidos en los confines de mi conciencia. A veces un susurro es peor que un grito.
Soy igual que ella. No valgo para nada. Soy despreciable.
Me separo del escritorio y la silla se queda encallada en la alfombra. Se inclina hacia atrás cuando me levanto. Me pongo las deportivas y cojo la cartera.
Tengo que demostrarles que se equivocan. Tengo que demostrarme a mí mismo que me equivoco.
Ignoro a todos los tíos que me encuentro mientras salgo de la casa. Si hablo con alguien, si me detengo, si lo pienso solo un segundo, volveré a mi habitación a ahogarme en la misma piscina de dudas de siempre.
El motor cobra vida y me alejo de la casa de la fraternidad. Hay un bar en las afueras de la ciudad, está apartado de las carreteras que conducen a la interestatal y es fácil deducir a simple vista que es un tugurio de esos donde nadie te pide el carné de identidad.
Es la clase de lugar en el que habría trabajado mi madre. La clase de sitio en el que la hubieran contratado. La clase de sitio donde encontraron su cadáver.
Sorteo el tráfico de la ciudad y voy adelantando los coches llenos de gente perfecta que vuelve con sus familias perfectas a sus casitas perfectas. «No vales nada». Pongo la radio y empiezan a sonar los primeros acordes del Headsatrong de Trapt, un tema que intensifica las emociones que me recorren el cuerpo. Una mezcla de rabia, decisión, frustración y un atisbo de impotencia.
Porque siguen controlando mi vida. No importa lo que haga ni donde vaya, los bastardos que gobernaron los primeros años de mi infancia siguen controlándome también ahora.
Tomo la salida a la carretera que me conducirá hasta el bar. La carretera está desierta, no hay coches, no hay nada hasta que el bar aparece ante mis ojos. El aparcamiento de la entrada está medio lleno de viejos coches oxidados que necesitan algo más que una buena capa de pintura. Aquí mi coche parece estar fuera de lugar. Yo parezco estar fuera de lugar. Yo estoy fuera de lugar. Mamá, no. A ella este lugar le habría parecido un paraíso. Aquí es donde podría haber organizado un encuentro con algún tío rico, la clase de tío que habría pagado generosamente para asegurarse la privacidad.
Me pongo una gorra y salgo del coche observando la fachada del bar. La señal luminosa está un poco rota y una de las luces parpadea agonizante contra el telón del cielo que empieza a oscurecerse. Se oye el zumbido de la música de los ochenta que suena dentro y los gritos desafinados de una mujer. Un cartel mal escrito anuncia que es noche de karaoke.
Abro la puerta y me asalta un olor a tabaco rancio y cerveza. Una mujer medio desnuda pasa por delante de mí levantando una bandeja por encima de la cabeza y serpentea por entre los clientes del bar. No hay mucha gente, pero todo el mundo está concentrado en la mujer de treinta y tantos que se esfuerza por cantar una canción en la esquina del bar.
Me pongo bien la gorra y pido una cerveza. Estaba en lo cierto. En este sitio nadie te pide el carné de identidad. Me ponen una cerveza delante y pago. La única persona que se molesta en mirarme es la camarera que limpia los vasos en el otro extremo de la barra.
Me mira de arriba abajo y se humedece los labios. La ropa que lleva apenas le cubre la piel y su cuerpo está completamente expuesto.
«Solo servirás para eso».
Su melena teñida de rubio le resbala por los hombros cuando se agacha a guardar los vasos y hasta el último cliente del bar se vuelve a mirarle el culo.
«Eres igual que ella».
Se incorpora y me dedica una sonrisa sugerente. No es mucho mayor que yo, quizá uno o dos años. Bebo un poco de cerveza mientras se contonea hacia mí.
—¿Qué hace un chico como tú en este bar? —Se inclina hacia delante y apoya los codos sobre la madera pegajosa de la barra. Sus pechos se estrechan y casi asoman del todo por encima de la camiseta.
«No eres nada, igual que ella. Solo vales para eso. No vales nada. Eres un inútil. Un montón de mierda. Solo eres el hijo de una puta y has nacido para ser lo mismo que ella».
No noto ninguna reacción en mi entrepierna. No siento ninguna atracción por la camarera que se exhibe ante mí. No siento ningún deseo, lo único que quiero es salir de allí.
—¿Sabes qué? —Arrastro el vaso en su dirección y me pongo en pie—. No tengo ni idea.
No espero su reacción. Me doy media vuelta y salgo del bar escasos minutos después de haber entrado. Ella es la única que se da cuenta de que me marcho. Soy invisible.
Mi coche me parece un refugio. Apoyo la cabeza en el volante y peleo contra las voces que no dejan de parlotear en mi cabeza.
—No es verdad —digo en voz baja—.No soy como ella.¡No soy como ella! Y no lo soy.
Si lo fuera estaría esperando a que esa chica acabara su turno para follármela. Eso es lo que habría hecho mi madre, solo que ella habría vendido su cuerpo a cambio de dinero o drogas. Ella no habría pensado en lo que hacía ni en cómo podían afectar sus acciones a cuantos la rodeaban. Pero yo estoy pensando. Y no pienso esperar a esa camarera. Me alejo de ese bar cutre lleno de maldad. Vuelvo con Myriam. Vuelvo a la bondad.
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Ver su cara, incluso aunque sea al otro lado de una sala llena de gente, me alegra el día. Ver como el chico que tiene al lado la hace reír oscurece mi día hasta convertirlo en una noche cerrada.
Me vuelve completamente loco. Debería ser yo quien estuviera con ella haciéndola reír y pasándole el brazo por los hombros. Y no ese maldito capullo.
Me apoyo contra la pared a esperar y observo como se acercan. Ella se quita su brazo de encima, se pone bien los libros y se los apoya en la cadera. La cadera que hay entre ellos. Se pone un mechón detrás de la oreja y puedo verle mejor la cara. Sus ojos azules tropiezan un segundo con los míos, pero la expresión de su cara no cambia; la mía tampoco. Cualquier mueca, un guiño, un ligero movimiento de nuestros cuerpos es todo cuanto hace falta para descubrirnos. Y los dos lo sabemos. Hay mucho en juego. Demasiado. Y me pregunto si vale la pena, si vale la pena mentir y esconderse. Y entonces la miro. Consigo mirarla a los ojos un segundo y ver una sonrisa fugaz, y entonces sé que es imposible que pueda dejar de jugar a esto.
Myriam baja la mirada cuando pasa por mi lado y yo me vuelvo para mirarle el culo. Sus vaqueros se ciñen a sus curvas a la perfección y recuerdo lo que sentí al agarrarlo mientras ella se movía contra mi cuerpo.
Cuanto más tiempo paso con ella o pensando en ella, más la necesito y mayor es la necesidad que tengo de la paz que me da. Mayor es la necesidad que me asalta de ese completo y absoluto silencio que me da cuando está entre mis brazos. Más intensa es la necesidad que siento de demostrar que no soy como mi madre, que soy mucho más que el hijo de una prostituta nacido para hacer exactamente lo mismo. Más fuerte es la necesidad que siento de demostrarme a mí mismo que soy mucho más que eso. Ya lo demostré la pasada noche.
No soy lo bastante bueno para Myriam. Eso ya lo sé. Nunca seré suficiente para ella y lo mejor que podría hacer esa chica es salir corriendo en la otra dirección. No sé si alguna vez seré capaz de dejar que llegue a mí de la forma que ella quiere. No sé si algún día conseguiré contárselo todo sobre mí y abrirle la puerta a mi pasado. No sé si el tembloroso niño que hay dentro de mí, atrapado en un mar de terribles recuerdos, conseguirá algún día liberarse de eso y me permitirá estar con ella por completo.
Pero lo que tengo claro es que no la utilizaré como he estado utilizando a tantas chicas durante tanto tiempo. Preferiría perderla que utilizarla para saciar mis necesidades egoístas.
Los pasillos ya están casi vacíos cuando el imbécil que iba con ella se mete en su clase y la deja sola. Me saco el teléfono móvil del bolsillo.
«¿Tienes clase?»
La observo mientras saca el suyo del bolso.
«No», me envía al momento apoyándose contra la pared. Me meto el teléfono en el bolsillo del pantalón y camino hacia ella.
—En el campo de fútbol —murmuro—. Dentro de cinco minutos. A pesar de las ganas que tengo, no puedo volverme para ver su reacción. Solo espero que lleve su precioso culito hasta allí. Abro las puertas dobles de la facultad y casi tropiezo con Ryan.
—Si que has tardado —murmura.
—No empieces —le advierto—. Nunca dije cuándo acabaría.
—¿Qué pasa? ¿No te has traído ninguna chica de clase para aliviarte?
—¿Por qué iba a hacerlo? Solo hago esas cosas los fines de semana. No eres el único que se preocupa por las notas.
—Ah, ¿pero es que apruebas alguna?
—Eres un capullo, Ryan.—Niego con la cabeza—. Y sí, para que te enteres, me gradué con un promedio de 3,8 en el instituto.
—¡Vaya! ¡Es más alto que el mío!—exclama—.¡Yo a duras penas llegué al 3,4 para poder entrar aquí! ¿Cómo lo hiciste?
—Es muy probable que mi abuelo sea mejor profesor que los pobres diablos que tuvieron que aguantarte a ti —le contesto—. Así es como lo hice.
—¿No fuiste a la escuela?
—Solo fui los dos últimos años. Todo me parecía muy fácil. Ya había aprendido la mayoría de las cosas que me enseñaron, así que me pasé los dos cursos follando y dejando a mis profesores con la boca abierta: sacaba puntuaciones casi perfectas en la mayoría de los exámenes.
—No lo sabía.—Abre la puerta y entramos en la casa.
—¿Por qué ibas a saberlo? Todos pensáis que pienso con la polla. Oye —me detengo y le acerco mi libro—. Coge esto.
—¿Pero qué…?
—Como he salido corriendo de clase para encontrarme contigo me he dejado una cosa. En seguida vuelvo. —Me doy media vuelta y salgo de la casa. Solo puedo pensar en llegar al campo de fútbol; si me hubiera quedado dos segundos más Ryan me hubiera atrapado allí dentro.
Cuando ya no se me ve desde la casa me pongo a correr y rodeo los edificios del campus en lugar de cruzarlos. Vaya rollo, ¿porqué el maldito campo de fútbol tiene que estar en la otra punta?
Veo varios chicos corriendo por el campo, pero no veo a Myriam por ninguna parte. Hasta que miro las gradas. Myriam está debajo y mira el campo por entre los asientos.
Sonrío y corro en silencio hasta ella. Cuando la alcanzo pongo mis manos a ambos lados de su cabeza. Le doy un beso en el cuello y ella se vuelve para mirarme.
—¿Sabes?—susurra—. Me siento como si volviera a estar en el instituto. —Se da media vuelta entre mis brazos y me mira.
—¿Con quién quedabas bajo las gradas cuando ibas al instituto? —Alzo las cejas.
—Con todos los chicos con los que salí. Y por lo visto tú no eres la excepción a esa norma. —¿Entonces estamos saliendo juntos? Desliza las manos por mi pecho y las entrelaza por detrás de mi cabeza acercándome la cara.
—A menos que seas adicto a colarte por las ventanas de muchas chicas, yo diría que sí.
Sonrío.
—No soy adicto.
Pero a ella sí. Soy adicto a Myriam Montemayor y no tengo ninguna intención de superar esa adicción. Aún tengo que decidir si es una buena adicción o es mala.
—¿Por qué estamos aquí? —pregunta y entonces guarda silencio y sonríe—. Ah, ya lo sé. Te ha dado un ataque cavernícola.
—De eso nada —le espeto acercándome para besarla—. Quería verte en un sitio donde no tuviéramos que estar todo el rato metiéndonos el uno con el otro. ¿Tienes algún problema?
—No.—Me devuelve el beso—. Pero admítelo, Victor. Has visto como Tom me rodeaba con el brazo y te has cabreado. Por eso me has enviado ese mensaje.
Tiene las cejas arqueadas por encima de los divertidos ojos azules, los labios medio fruncidos y media sonrisa en la boca. Me la quedo mirando un momento y me rindo.
—Un poco —lo admito—. Me ha sentado fatal ver que ese imbécil te ponía las manos encima.
Myriam levanta la mano y me acaricia la mejilla.
—Mucho —me corrige—. Tenías pinta de estar a punto de sacarme de allí de la oreja solo para alejarme de él. Odio decírtelo, pero vas a tener que acostumbrarte.
—Y una mierda —murmuro—.Si pasa muchas más veces me pondré delante de Braden y aceptaré las consecuencias encantado a cambio de poder estar contigo. No podré soportar pasar el día viendo eso.
—Tienes dos opciones. Puedes verme con ellos sabiendo que estoy contigo, o verme con ellos preguntándote con quién quiero estar.
Inspiro hondo y coloco mi frente sobre la suya.
—Está bien. Me aguantaré. Pero no me gusta, Myri.
—Ya lo sé. —Sonríe—.A mí tampoco me gusta mucho, pero si te hace sentir mejor, te diré que Tom es un gilipollas.
—Yo también —murmuro.
Myriam me acaricia el pelo y me sujeta con fuerza.
—Sí, pero tú eres especial.
—¿Ah, síii? —Agacho la cabeza y la beso con suavidad—. ¿Por qué?
—Porque eres mi gilipollas.
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—Me acabo de dar cuenta de que no sé qué estudias—me espeta Ryan cuando entro en la casa de la fraternidad.
Sonrío. Aún sigo emocionado por el encuentro con Myriam. Me siento.
—Psicología.
—¿Lo dices en serio? —Se incorpora. Entonces entra Braden comiéndose una manzana.
—¿Qué es lo que dice en serio?
—Este imbécil está estudiando Psicología,¿lo sabías? —Ryan me señala con el pulgar mirando a Braden.
—Eso no puede ser.—Braden me mira y yo sonrío—.¿De verdad?
—Estoy bastante seguro de que ese es el motivo por el que asisto a las clases necesarias para sacarme la carrera.
—Qué sorpresa.—Se apoya en el marco de la puerta—.¿Y por qué estudias eso?¿Para entender por qué necesitas tanto sexo?—Él y Ryan se ríen.
Para comprender por qué mi madre era de esa forma y evitar que otras personas elijan el mismo camino. Para poder evitar que otros niños tengan que pasar por lo que pasé yo.
—Yo ya sé por qué necesito tanto sexo, capullo—le contesto—. Lo hago para comprender por qué personas como yo se relacionan con retrasados como vosotros.
—Oh, eso es muy fácil —dice Ryan encogiéndose de hombros—.Porque hacemos que los listillos como tú quedéis bien.
—Gran verdad —concede Braden.
Ryan le mira.
—¿Sabes qué? Tampoco sé qué estudias tú.
Braden encoge un hombro con aire despreocupado mientras mastica.
—¿Sabes qué? —Sonríe—. Yo tampoco.
Me río al ver la sonrisa que tiene en la cara.
—Ryan, igual tienes razón en eso de que me hacéis quedar bien.
—Pues por si a alguno le importa yo estudio Ingeniería.
—Pues dicen que esa carrera es bastante dura, con tantas matemáticas y esas cosas —apunta Braden.
—Lo único que se me daba bien en el colegio eran las matemáticas. Las mates tienen sentido.
—Sí, bueno. —Braden se endereza y tira el corazón de la manzana al cubo de la basura—.Pues a mí la única operación matemática que me interesa es que yo más Maddie menos ropa es igual a un producto que ni siquiera el álgebra puede producir. Es una pena que no podamos estudiar sexo. Yo me graduaría con matrícula de honor.
Sonrío mientras se marcha con una sonrisa satisfecha en los labios y Ryan resopla.
—Esa es una bonita operación matemática. Estoy seguro de que la entienden todos los tíos de esta casa. —Sonríe.
Asiento pensando en Myriam.
Ya lo creo que la entiendo.

monike
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