::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

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::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Fabii el Lun Nov 23, 2009 10:52 pm

Bueno chicas antes que nada, quiero decirles REGRESE despues de una ausencia larga bastante para ser sincera, he regresado, se que la ultima novela no pude terminarla, pero la etapa de inspiracion en ese momento estaba por demas ausente de mi cerebro y corazon; pero ahora he regresado con una novela que no he visto publicada, si la han publicado diganme y le paro, si no, espero en verdad que disfruten mucho esta historia en su adaptacion para Viccobebe. Y por ser el comienzo pondre 2x1...


Título original: The Notebook
Copyright © 1996 by Nicholas Sparks

Dedico esta adaptación, de una de las historias más conmovedoras que he leído, a todas aquellas que seguimos creyendo en la realización de un amor marcado por el destino, tal y como la historia original que estamos a punto de leer en su adaptación para Viccobebe. Por que No importa que pase, aun y con la distancia nos queda la esperanza que sigue latiendo como el primer día. Con cariño para ustedes las más fieles creyentes de este amor; disfrútenla Viccobebes.




Detrás de un gran amor... hay una gran historia.

De regreso de la guerra, con treinta y un años de edad, Victor vuelve a su hogar en Carolina del Norte, donde se dedica a restaurar el antiguo esplendor de su plantación. Poco a poco, las imágenes de la chica de quien se había enamorado catorce años atrás invaden su mente con una fuerza poderosa e intensa. Victor no sabe cómo hallarla, y tampoco puede olvidarse del verano maravilloso que viveron juntos hasta que, inesperadamente, Myriam reaparece.

P R O X I M A M E N T E

Milagros
capitulo I


Última edición por Fabii el Vie Jul 02, 2010 8:35 pm, editado 4 veces

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Capitulo I "Milagros"

Mensaje  Fabii el Lun Nov 23, 2009 11:00 pm

¿Quién soy? ¿Y cómo terminará esta historia?

Acaba de amanecer, y estoy sentado junto a una ventana empañada por el aliento de toda una vida. Esta mañana soy un auténtico espectáculo: dos camisas, unos pantalones de paño de abrigo, una bufanda enrollada dos veces alrededor del cuello y metida dentro de un suéter grueso que me tejió mi hija para mi cumplea¬ños, hace ya tres décadas.

El termostato de la calefac¬ción está al máximo y he puesto una pequeña estufa a mi espalda. Silba, ruge y escupe aire caliente como el dragón de un cuento, y sin embargo mi cuerpo tiembla con un frío que no desaparecerá nunca, un frío que ha tardado ochenta años en gestarse. Ochenta años, pien¬so a veces, y aunque llevo mi edad con resignación, no puedo creer que no haya conducido un coche desde los tiempos en que George Bush era presidente. Me pre¬gunto si a toda la gente de mi edad le pasará lo mismo.

¿Mi vida? No es fácil de describir. No ha sido la experiencia vertiginosa y espectacular que hubiera deseado, pero tampoco he vivido oculto bajo tierra, como las ardillas. Supongo que podría compararse con la Bolsa; relativamente estable, con más momentos bue¬nos que malos y una tendencia general al alza.

Un buen negocio, un negocio afortunado, y sé por experiencia que no hay mucha gente que pueda decir lo mismo. Pero no me interpreten mal. No soy especial; de eso estoy seguro. Soy un hombre corriente, con pensa¬mientos corrientes, que ha llevado una vida corriente. No me dedicarán ningún monumento y mi nombre pronto pasará al olvido, pero he amado a otra persona con toda el alma, y eso, para mí, es más que suficiente.

Para los románticos, esta será una historia de amor; para los escépticos, una tragedia. Para mí es una mezcla de ambas cosas, e independientemente de la impresión que les cause al final, nadie podrá negar que ha determi¬nado gran parte de mi vida y señalado mi camino. No tengo quejas de ese camino ni de los sitios adonde me ha llevado; puede que tenga quejas suficientes para llenar una carpa de circo en otros planos, pero el camino que he elegido ha sido el mejor y jamás lo cambiaría por otro.

Por desgracia, con el tiempo no resulta sencillo seguir el rumbo fijado. El camino es tan recto como siempre, pero ahora está salpicado de las rocas y piedrecillas acumuladas en el transcurso de una vida. Hasta hace tres años habría sido fácil sortearlas, pero hoy es imposible. La enfermedad se ha apoderado de mi cuerpo; ya no soy fuerte ni estoy sano, y paso el tiempo como un globo viejo: lánguido, flojo y cada vez más blando.

Toso y miro el reloj por el rabillo del ojo. Es hora de salir. Me levanto del sillón situado junto a la ventana y cruzo la habitación arrastrando los pies, deteniéndo¬me ante el escritorio para tomar el cuaderno que he leído centenares de veces. Ni siquiera lo miro. Me lo pongo debajo del brazo y sigo andando hacia el sitio adonde quiero ir.

Camino sobre las baldosas blancas salpicadas de gris. Como mi pelo y como el de la mayoría de los que viven aquí, aunque esta mañana soy el único en el vestíbulo. Están en sus habitaciones, con la sola compa¬ñía de la televisión, pero ellos, como yo, están acostum¬brados. Con el tiempo, uno se acostumbra a cualquier cosa.
Oigo un llanto ahogado a lo lejos y sé perfectamente de dónde procede. Las enfermeras me ven; nos sonreí¬mos y nos saludamos. Son amigas mías y charlamos a menudo, aunque estoy seguro de que especulan sobre mí y sobre las cosas que hago cada día. Oigo que murmuran a mi paso:
—Ahí va otra vez —dicen—. Ojalá hoy salga bien. Pero no me dicen nada en la cara. Estoy conven¬cido de que piensan que me molestaría hablar de ello a una hora tan temprana y, conociéndome, quizá tengan razón.
Un minuto después llego a la habitación. Como de costumbre, han dejado la puerta abierta. Hay otras dos enfermeras dentro y también me sonríen.
—Buenos días —saludan alegremente, y dedico un minuto a preguntarles por los niños, el colegio y las vacaciones que se aproximan.
Durante otro minuto hablamos del llanto. Al pare¬cer, no lo han notado. Ya no les afecta; y debo confesar que a mí me pasa otro tanto.

Me siento en el sillón, que ha adquirido la forma de mi cuerpo. Casi han terminado; ella está vestida, pero sigue llorando. Sé que callará en cuanto se vayan. El ajetreo de la mañana siempre la perturba y hoy no es una excepción. Finalmente, las enfermeras retiran el biombo y se marchan. Las dos me tocan y me sonríen al pasar por mi lado. Me pregunto qué significan esos gestos.
Un segundo después la miro, pero ella no me devuelve la mirada. Lo entiendo, porque no me reco¬noce.

Para ella soy un extraño. Me doy vuelta, inclino la cabeza y rezo en silencio, pidiendo la fuerza que sé que voy a necesitar. Siempre he sido un firme creyente en Dios y en el poder de la oración, aunque, para ser sincero, mi fe me ha llevado a plantearme una lista de interrogantes para los que exigiré respuestas después de la muerte.


Ya estoy preparado. Me pongo los anteojos y saco una lupa del bolsillo. La dejo un instante en la mesa mientras abro el cuaderno. Tengo que chuparme el dedo dos veces para abrir la gastada tapa. Pongo la lupa en posición.

Antes de empezar a leer, siempre hay un momento de vacilación en que me pregunto: ¿pasará hoy? No lo sé; nunca lo sé de antemano, y en el fondo me es igual. Es la esperanza lo que me impulsa a seguir; no hay garantías, como si se tratara de una apuesta. Pueden llamarme soñador, ingenuo, o cualquier cosa por el estilo, pero estoy convencido de que todo es posible.

Sé que las probabilidades y la ciencia están en mi contra. Pero también sé que la ciencia no es infalible; la experiencia me lo ha demostrado. Por eso creo que los milagros, por inexplicables o increíbles que parezcan, existen y pueden contradecir el orden natural de las cosas. De modo que una vez más, como todos los días, empiezo a leer el cuaderno en voz alta para que ella me oiga, con la esperanza de que el milagro que ha llegado a dominar mi vida vuelva a triunfar. Y quizá, sólo quizá, lo haga.

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Capitulo II "Fantasmas"

Mensaje  Fabii el Lun Nov 23, 2009 11:05 pm

Capitulo II
primera parte


A principios de octubre de 1946 Victor Garcia con¬templaba la puesta de sol desde el zaguán de su casa de estilo colonial. Le gustaba sentarse allí al atardecer, después de trabajar todo el día, y dejar vagar sus pensamientos. Era su forma de relajarse, una rutina que había aprendido de su padre.

Le gustaba sobre todo mirar los árboles y su reflejo en el río. Los árboles de Carolina del Norte son hermo¬sos en otoño; verdes, amarillos, rojos, naranjas y todas las tonalidades intermedias. Sus colores resplandecen a la luz del Sol. Por centésima vez, Victor Garcia se preguntó si los antiguos propietarios de la casa pasarían las tardes allí, pensando en las mismas cosas.

La casa, construida en 1772, era una de las más antiguas y grandes de New Bern. Originariamente, la vivienda principal de una plantación; Victor la había comprado poco después de la guerra, invirtiendo una pequeña fortuna y los últimos once meses en repararla. Unas semanas antes, un periodista del diario de Raleigh había escrito un artículo sobre ella, diciendo que era una de las mejores restauraciones que había visto. Y no se equivocaba respecto de la casa. El resto de la finca era otra historia, y allí pasaba Victor la mayor parte del día.

La casa se alzaba sobre un terreno de seis hectáreas, a orillas del río Brices, y Victor estaba reparando la valla de madera que rodeaba los otros tres lados de la finca, comprobando que no hubiera termitas o que la madera no estuviera podrida y reemplazando postes donde era necesario. Todavía quedaba mucho por hacer, sobre todo en el oeste, y poco antes, mientras guardaba las herramientas, Victor se había recordado que tendría que encargar más madera. Entró en la casa, bebió un vaso de té helado y se duchó. Siempre se duchaba al atardecer, cuando el agua lo libraba de la suciedad y también del cansancio.

Después se peinó el cabello hacia atrás, se puso unos vaqueros descoloridos y una camisa azul de mangas largas, se sirvió otro vaso de té y salió al porche donde estaba sentado ahora, donde se sentaba todos los días a la misma hora.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, luego hacia los lados, rotando los hombros. Se sentía bien, limpio y fresco. Estaba agotado, y sabía que al día siguiente le dolerían los músculos, pero se alegraba de haber hecho casi todo lo que se había propuesto.

Tomó la guitarra, recordando a su padre, y pensó en lo mucho que lo echaba de menos. Rasgueó una vez, ajustó la tensión de un par de cuerdas y volvió a rasguear. Sonaba bien, de modo que empezó a tocar una música suave, tranquila. Tarareó unos instantes, y comenzó a cantar mientras la noche se cerraba sobre él. Tocó y cantó hasta que el Sol desapareció y el cielo se tiñó de negro.
Poco después de las siete dejó la guitarra, se apoyó sobre el respaldo de la silla y comenzó a mecerse. Por pura costumbre, alzó la vista y miró a Orion, la Osa Mayor, Géminis y la Estrella Polar, que parpadeaban en el cielo otoñal.

Comenzó a hacer cuentas mentalmente, pero ense¬guida se detuvo. Sabía que había gastado casi todos sus ahorros en la casa y que pronto tendría que buscar un empleo, pero apartó ese pensamiento de su mente y decidió disfrutar de los meses que faltaban para termi¬nar la restauración sin preocuparse por eso. Las cosas saldrían bien; lo sabía, siempre era así. Además, pensar en el dinero lo aburría. Había aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, de las cosas que no pueden comprarse, y le costaba entender a la gente que veía la vida de otro modo. Otra cualidad que había heredado de su padre.

Clem, su perra de caza, se acercó, le olfateó la mano y se tendió a sus pies.
—Hola, chica, ¿cómo estás? —le preguntó dándole una palmada en la cabeza, y la perra gimió suavemente, mirándolo con sus ojos redondos y tiernos. Había perdido una pata en un accidente, pero todavía se movía bastante bien y le hacía compañía en las noches tranquilas como aquella.

Victor tenía treinta y un años, no demasiados, pero los suficientes para sentirse solo. No había salido con nadie desde su llegada allí, pues no había conocido a ninguna chica que lo atrajera en lo más mínimo. Algo se interponía entre él y las mujeres que se le acerca¬ban, algo que no estaba seguro de poder cambiar aunque quisiera. Y a veces, poco antes de dormirse, se preguntaba si estaría condenado a vivir solo hasta el final de sus días.

La tarde pasó, cálida, agradable. Atento al canto de los grillos y al rumor de las hojas, Victor pensó que los sonidos de la naturaleza eran más reales y despertaban más emociones que los de los coches o los aviones. La naturaleza da más de lo que quita, y sus sonidos evocan la esencia del ser humano. Durante la guerra, sobre todo después de un combate, había pensado muchas veces en aquellos sonidos simples. "Evitarán que te vuelvas loco", le había dicho su padre el día que embar¬có. "Es la música de Dios, y te devolverá a casa."

Terminó el té, entró en la casa, tomó un libro y encendió la luz del porche antes de volver a salir. Se sentó otra vez y miró el libro viejo, con la cubierta rota y las páginas manchadas de barro y agua. Era Hojas de hierba, de Walt Whitman, y se lo había llevado con él a la guerra. En una ocasión, incluso interceptó una bala.
Sacudió la cubierta para quitarle el polvo. Luego abrió el libro en una página al azar y leyó:
Esta es tu hora, oh alma, tu libre vuelo hacia lo
inefable,
Lejos de los libros, lejos del arte, abolido el día,
concluida la lección,
Emerges, silenciosa, contemplativa, a meditar
en los temas que más amas,
La noche, el sueño, la muerte y las estrellas
.

Sonrió para sí. Por alguna razón, Whitman siempre le recordaba New Bern, y se alegraba de haber regre¬sado. Aunque había estado fuera catorce años, New Bern seguía siendo su hogar, y allí conocía a mucha gente, a casi todos de sus épocas de adolescente. No era de extrañar. Como en tantos pueblos del sur, los habitantes de New Bern no cambiaban, simplemtente enve¬jecían.

En la actualidad, su mejor amigo era Gus, un negro de setenta años que vivía al final de la calle. Se habían conocido un par de semanas después que Victor comprara la casa, cuando Gus se presentó con una botella de licor casero y un estofado, y pasaron su primera tarde juntos emborrachándose e intercambiando anécdotas.

Ahora Gus lo visitaba un par de noches a la semana, casi siempre a eso de las ocho. Con cuatro hijos y doce nietos en casa, necesitaba escapar de vez en cuando, y Victor lo entendía. Gus solía llevar su armónica consi¬go, y después de charlar un rato, interpretaban algunas canciones juntos. A veces tocaban durante horas.

Había llegado a considerar a Gus como un miem¬bro de la familia. En realidad, tras la muerte de su padre, ocurrida un año antes, estaba solo en el mundo. Era hijo único; su madre había muerto de gripe cuando él tenía dos años, y él nunca se había casado, aunque en una ocasión quiso hacerlo.

Una vez había estado enamorado; de eso estaba seguro. Sólo una vez, una única vez, mucho tiempo atrás. Y aquella experiencia lo marcó para siempre. El amor perfecto deja huella, y el suyo había sido perfecto.

Las nubes de la costa comenzaron a desplazarse lentamente por el cielo del atardecer, tiñéndose de plata con el reflejo de la Luna. Mientras se cerraban sobre él, Victor echó la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre el respaldo de la mecedora. Sus piernas se movían mecá¬nicamente, manteniendo un ritmo constante, y como tantas otras veces, evocó un cálido atardecer como ése, catorce años antes.

Todo había empezado en 1932, poco después de su graduación, la primera noche del festival de Neuse River. El pueblo entero estaba en la calle, disfrutando de la barbacoa y los juegos de azar. Era una noche húmeda; por alguna razón, recordaba claramente ese detalle. Había llegado solo, y mientras se abría paso entre la multitud, buscando a algún conocido, vio a Fin y a Sarah, dos amigos de la infancia, charlando con una desconocida. Recordó que la chica le había parecido bonita, y que cuando finalmente se unió al grupo, lo había mirado con unos ojos brumosos que todavía lo obsesionaban.
—Hola —dijo simplemente y le tendió la mano—. Finley me ha hablado mucho de ti.
Un comienzo vulgar que sin duda habría olvidado si se hubiera tratado de cualquier otra persona. Pero cuando le estrechó la mano y vio esos impresionantes ojos color esmeralda, supo de inmediato que podría pasarse el resto de su vida buscando una mujer seme¬jante y no encontrarla nunca. Tan extraordinaria, tan perfecta le pareció mientras la brisa estival soplaba entre los árboles.
A partir de ese momento, fue como si lo arrastrara un viento huracanado. Fin dijo que ella pasaría el verano en New Bern con su familia porque su padre trabajaba para R.J. Reynolds, y aunque él se limitó a asentir con la cabeza, la mirada de la chica hizo que su silencio pareciera apropiado. Fin rió, porque intuía lo que estaba pasando, y Sarah sugirió que compraran unas gaseosas y se quedaran en el festival hasta que la gente se marchara y los puestos cerraran.
Se vieron al día siguiente, y al siguiente, y pronto se hicieron inseparables. Todas las mañanas, excepto los domingos, cuando él tenía que ir a la iglesia, Victor terminaba sus tareas lo antes posible, e iba directamente a Fort Totten Park, donde ella lo esperaba. Dado que la chica acababa de llegar y nunca había estado mucho tiempo en un pueblo pequeño, se pasaban el día hacien¬do cosas completamente nuevas para ella. Victor le enseñó a enganchar el cebo al anzuelo y a pescar percas en los bajíos, y la llevó a explorar las zonas más alejadas de Croatan Forest. Paseaban en canoa, contemplaban las tormentas eléctricas de verano, y muy pronto fue como si se conocieran de toda la vida.

Pero también Victor aprendió cosas nuevas. Duran¬te el baile del pueblo, en el granero del tabacal, ella le enseñó a bailar el vals y el charleston, y aunque al principio él se movía con torpeza, la paciencia de la joven finalmente dio frutos y bailaron juntos hasta la última pieza. Después Victor la acompañó a casa, y cuando se despidieron en el porche, la besó por primera vez, preguntándose por qué había esperado tanto. Poco después la trajo a esta casa, le enseñó las ruinas y le dijo que algún día la compraría y la repararía. Pasaron muchas horas juntos hablando de sus sueños —los de él, de conocer mundo; los de ella, de dedicarse al ar¬te—, y en una húmeda noche de agosto, los dos perdie¬ron la virginidad. Tres semanas después, cuando ella se marchó, se llevó consigo el resto del verano y una parte de él. A primera hora de una lluviosa mañana, Victor la miró partir con unos ojos que no habían dormido en toda la noche, y volvió a casa a hacer las maletas. Pasó la semana siguiente a solas en Harkers Island.

Victor se peinó con los dedos y miró el reloj. Las ocho y doce minutos. Se levantó, caminó hasta la parte delantera de la casa y miró a la carretera. No había señales de Gus, y supuso que no acudiría. Volvió al porche trasero y se sentó en la mecedora.

Recordó que había hablado de ella con Gus. Cuan¬do la mencionó por primera vez, Gus rió y sacudió la cabeza.
—Conque ese es el fantasma del que has estado huyendo —dijo—. Ya sabes, el fantasma, el recuerdo. Te he visto trabajar día y noche, esclavizarte sin conce¬derte un respiro. La gente se comporta así por tres razones: porque está loca, es idiota, o quiere olvidar. En tu caso, yo sabía que intentabas olvidar algo. Lo que no sabía era qué.

Pensó en las palabras de Gus. Tenía razón, desde luego. Para Victor, New Bern era un pueblo encantado. Encantado por el fantasma de su recuerdo. Cada vez que pasaba por Fort Totten Park, el lugar que habían recorrido tantas veces juntos, la veía allí. Sentada en un banco o de pie junto a las rejas de la entrada, siempre sonriendo, con el cabello rubio sobre los hombros y los ojos del color de las esmeraldas. Por las noches, cuando se sentaba a tocar la guitarra en el porche, la imaginaba a su lado, escuchando en silencio las canciones de la infancia.
La misma sensación lo invadía cada vez que iba al negocio de Gastón, o al Masonic Theatre, o simple¬mente cuando caminaba por el centro del pueblo. Dondequiera que mirara, veía su imagen o veía cosas que la devolvían a la vida.

Sabía que era extraño. Victor se había criado en New Bern. Había pasado sus primeros diecisiete años allí. Pero cuando pensaba en el pueblo, sólo parecía capaz de recordar el último verano, el verano que habían compartido. Los demás recuerdos eran sólo fragmentos, retazos inconexos de su infancia, y pocos, si algu¬no, evocaban sentimientos.
Una noche se lo contó a Gus, y su amigo no sólo lo había entendido, sino que fue el primero en explicarle el porqué. Sencillamente había dicho:
—Mi padre decía que el primer amor te cambia la vida para siempre, y por mucho que te empeñes, el sentimiento nunca muere del todo. La chica de la que hablas fue tu primer amor. Y hagas lo que hicieres, te acompañará siempre.
Victor sacudió la cabeza, y cuando la imagen de su antiguo amor empezó a desvanecerse, volvió a Whitman. Leyó durante una hora, alzando la vista de vez en cuando para mirar a los mapaches o a las zarigüeyas que correteaban a orillas del río. A las nue¬ve y media cerró el libro, subió al dormitorio y apuntó en su diario algunas observaciones personales y un recuento del trabajo hecho en la casa. Cuarenta minu¬tos después, dormía. Clem subió la escalera, olfateó el cuerpo dormido de Victor y dio unas cuantas vueltas alrededor antes de acurrucarse a los pies de la cama.

Esa misma noche, poco antes, y a ciento cincuenta kilómetros de distancia, ella se sentó sola, con una pier¬na cruzada debajo del muslo, en el columpio del por¬che de la casa de sus padres. El asiento estaba ligeramen¬te húmedo; acababa de caer un fuerte chaparrón de gotas punzantes, pero las nubes se alejaban y miró más allá de ellas, a las estrellas, preguntándose si su decisión sería acertada. Había dudado durante días —y seguía dudando esa noche—, pero sabía que si dejaba escapar esa oportunidad, jamás podría perdonárselo.
Lon ignoraba la auténtica razón del viaje previsto para el día siguiente. Hacía una semana, ella había insinuado que quería ir a echar un vistazo en algunos negocios de antigüedades cerca de la costa.
—Sólo estaré fuera un par de días —había di¬cho—. Necesito tomarme un descanso de los prepa¬rativos de la boda.
No le gustaba mentirle, pero sabía que no podía decirle la verdad. Su escapada no tenía nada que ver con él, y no hubiera sido justo pedirle que la entendiera.

El viaje desde Raleigh fue tranquilo, duró algo más de dos horas, y llegó poco antes de las once. Se inscribió en un pequeño hotel del centro, subió a su habitación y deshizo la valija. Colgó los vestidos en el armario y puso todo lo demás en los cajones. Almorzó rápida¬mente, pidió información a la camarera sobre los nego¬cios de antigüedades más cercanos y dedicó las horas siguientes a las compras. A las cuatro y media regresó a su habitación.
Se sentó en el borde de la cama y telefoneó a Lon. Él no tenía mucho tiempo para hablar, pues debía estar en los tribunales a las cuatro, pero antes de despedirse, ella le dio el número del hotel y prometió llamarlo al día siguiente. Perfecto, pensó mientras colgaba el auricu¬lar. Una conversación de rutina, nada fuera de lo corriente. Nada que despertara sospechas.

Lo conocía desde hacía cuatro años; se habían visto por primera vez en 1942, cuando el mundo estaba en guerra y los Estados Unidos llevaban un año en la contienda. Todos contribuían a su manera, y ella traba¬jaba como voluntaria en un hospital del centro. Allí la necesitaban y la apreciaban, pero las cosas resultaron más complicadas de lo que había esperado. Las prime¬ras cuadrillas de jóvenes soldados heridos volvían a casa, y ella pasaba los días con hombres destrozados y cuerpos mutilados. Cuando Lon, con su natural encan¬to, se presentó a sí mismo durante una fiesta de Navi¬dad, le pareció justo lo que necesitaba: alguien con fe en el futuro y un sentido del humor capaz de ahuyentar todos sus temores.
Era atractivo, inteligente y decidido, un próspero abogado ocho años mayor que ella, cuya pasión por el trabajo lo llevaba a ganar muchos juicios y a hacerse un nombre en la profesión. Ella comprendía su obsesión por el éxito, pues tanto su padre como la mayoría de los hombres de su círculo social la compartían. Lon tenía una educación idéntica, y en la sociedad clasista del sur, los apellidos y los logros eran la condición más impor¬tante para el matrimonio. En muchos casos, eran la única condición.

Aunque ella se rebelaba secretamente contra esa norma desde la infancia, y había salido con varios hombres que, en el mejor de los casos, podían ser calificados de advenedizos, se sentía atraída por el carácter afable de Lon y poco a poco había llegado a quererlo. A pesar de las muchas horas que dedicaba al trabajo, era bueno con ella. Era un caballero, maduro y responsable, y durante los momentos más difíciles de la guerra, cuando ella necesitaba a alguien que la abrazara, Lon nunca le falló. Con él se sentía segura y amada, y por eso había aceptado su proposición de matrimonio.

Esos recuerdos la hicieron sentir culpable por estar allí, y comprendió que debería hacer la valija y mar¬charse de inmediato, antes que cambiara de idea. Ya lo había hecho una vez, mucho tiempo antes, y estaba segura de que si volvía a marcharse, jamás se atrevería a regresar. Tomó el bolso, titubeó un momento, y se dirigió a la puerta. Pero la casualidad la había empujado allí, así que dejó el bolso, sabiendo que si renunciara a sus planes, siempre se preguntaría qué habría pasado si se hubiera quedado. Y esa incógnita no la dejaría vivir en paz.
Entró en el baño y abrió la canilla de la bañera. Después de comprobar la temperatura del agua, regre¬só a la habitación y fue hacia la cómoda, quitándose los aros de oro en el camino. Abrió el estuche del maqui¬llaje, sacó una afeitadora y una pastilla de jabón y se desnudó frente al espejo.

Una vez desnuda, contempló su imagen. Desde jovencita había oído decir que era preciosa. Su cuerpo era firme y proporcionado, con los pechos suavemente redondeados, el vientre plano, las piernas delgadas. Había heredado de su madre los pómulos prominen¬tes, la piel tersa y el cabello rubio, pero su mejor atri¬buto era sólo suyo. Como siempre decía Lon, tenía unos ojos como "las olas del mar".
Volvió al baño con la afeitadora y el jabón, cerró la canilla, dejó una toalla a mano, y se metió con cuidado en la bañera.

Se sumergió en el agua, disfrutando de su efecto relajante. El día había sido largo y tenía la espalda tensa, pero se alegraba de haber acabado tan pronto con las compras. Debía volver a Raleigh con algo tangible, y las compras efectuadas cumplirían ese cometido. Se dijo que debía informarse sobre otros negocios de la zona de Beaufort, pero de inmediato pensó que no sería necesario. Lon nunca dudaría de su palabra.

Tomó el jabón, se enjabonó y empezó a afeitarse las piernas. Mientras tanto, pensó en sus padres y en lo que dirían de su conducta. Sin duda la condenarían, en especial su madre. Ella jamás había aprobado lo ocurri¬do durante el verano pasado allí, y mucho menos aprobaría esa escapada, por más explicaciones que le diera.

Permaneció un rato más en la bañera, y finalmente salió y se secó. Abrió el armario, buscó un vestido y optó por uno amarillo largo, ligeramente escotado, acorde con la moda del sur. Se lo puso y dio un par de vueltas frente al espejo. La favorecía, le daba un aspecto muy femenino, pero a último momento cambió de idea y volvió a colgarlo en la percha.

Se decidió por un modelo menos elegante y provo¬cativo. El vestido, de color azul cielo, abotonado en la delantera y con puntillas, no era tan bonito como el primero, pero le confería un aire que le pareció más apropiado.
Apenas se maquilló; sólo un toque de sombra y rímel para destacar los ojos. Luego un poco de perfu¬me, no demasiado. Se puso un par de aros de argolla y se calzó las mismas sandalias sin tacón que llevaba antes. Se cepilló el cabello rubio, lo recogió y se miró al espejo. No, pensó, era demasiado; y volvió a soltárselo. Mejor así.

Cuando hubo terminado, retrocedió unos pasos y se examinó. Estaba bien, ni demasiado arreglada ni demasiado informal. No quería excederse. Al fin y al cabo, no sabía con qué se iba a encontrar. Había pasado mucho tiempo —quizá demasiado— y podían haber ocurrido muchas cosas, incluso algunas en las que prefería no pensar.

Bajó la vista, comprobó que le temblaban las manos y se rió de sí misma. Era curioso; nunca se ponía tan nerviosa. Al igual que Lon, siempre se mostraba como una persona segura, incluso de pequeña. Recordaba que ocasionalmente esa actitud le había causado pro¬blemas, sobre todo cuando salía con chicos, porque intimidaba a la mayoría de los jóvenes de su edad.
Tomó el bolso, las llaves del coche y finalmente la de la habitación. La giró en la mano un par de veces, pensando. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, no te rindas ahora. Se dirigió a la puerta, pero antes de llegar retrocedió y volvió a sentarse en la cama. Miró el reloj. Sabía que debía marcharse pronto —quería llegar antes que oscureciera—, pero necesitaba un poco más de tiempo.
—¡Maldita sea! —murmuró—, ¿qué hago aquí? No debería haber venido.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  myrithalis el Lun Nov 23, 2009 11:12 pm

Gracias una noveita mas que padre y se ve bien interesante Atte: Iliana

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  alma.fra el Lun Nov 23, 2009 11:50 pm

Woww, muchas gracias por la nueva novela, se lee muy padre.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Eva_vbb el Mar Nov 24, 2009 12:56 am

HOLA NIÑA QUE BUENO QUE VAS A POSTEAR ESTA NOVE...
ES UNA DE LAS PELIS... QUE MAS ME GUSTAN NO SE SI YA LA HAIGAN SUBIDO ANTES O NO PERO TU COMO QUIERA SUBELA QUE AMI ME FACINA LA IDEA

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  mats310863 el Mar Nov 24, 2009 9:04 am

INTERESANTE INICIO, Y SI ES LA PELÍCULA QUE ME IMAGINO, ES UNA HISTORIA MUY DULCE DE UN BELLO AMOR, SALUDOS

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  marimyri el Mar Nov 24, 2009 10:48 am

Ay esta pelicula es una de mis favoritas. Si la historia es la que creo esta hermosa porque demuestra realmente lo que es un hombre enamorado y demuestra lo que es el verdadero amor que a pesar de que la otra persona no este a tu lado siempre sera parte importante en tu vida.

marimyri
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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  fresita el Mar Nov 24, 2009 5:28 pm

SI LA VERDAD LA PELI ESTA MUY BUENA GRAX POR POSTEAR SALUDOS

fresita
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Fantasmas Capitulo I

Mensaje  Fabii el Jue Nov 26, 2009 3:43 pm

Fantasmas
sengunda parte


No hay ninguna razón. —Pero una vez que lo dijo, supo que no era así. Tenía sus motivos. Al menos encontraría la respuesta que buscaba.
Revolvió en el bolso hasta que encontró un recorte de diario doblado. Lo sacó despacio, casi con reveren¬cia, con cuidado de no rasgar el papel. Lo desplegó y lo miró fijamente unos instantes.
—Es por esto —dijo por fin—, esta es la razón.
Victor se levantó a las cinco y, fiel a su costumbre, dio un paseo en canoa por el río. Cuando volvió, se puso la ropa de trabajo, calentó unas galletas del día anterior, agregó un par de manzanas y acompañó el desayuno con dos tazas de café.
Trabajó otra vez en la valla, reparando la mayoría de las estacas que lo necesitaban. La temperatura —más de veintiséis grados— era insólita para la época, y a medio¬día estaba tan acalorado y cansado, que se alegró de poder tomarse un descanso.
Decidió comer a orillas del río porque los salmone¬tes estaban saltando. Le gustaba verlos saltar tres o cuatro veces y flotar en el aire antes de desaparecer en el agua salobre. Por alguna razón, siempre se alegraba de que el instinto de los peces hubiera permanecido inmutable durante miles, quizá cientos de miles, de años.
A veces se preguntaba si los instintos del ser huma¬no habían cambiado en ese tiempo, y siempre llegaba a la conclusión de que no. Por lo menos en los aspectos más básicos y primitivos. Le constaba que el hombre siempre había sido agresivo, ansioso por dominar, por controlar el mundo y todo lo que se encontraba en él. Las guerras en Europa y en Japón daban fe de ello.
Dio por concluida la jornada de trabajo poco des¬pués de las tres y caminó hasta un pequeño cobertizo situado cerca del desembarcadero. Entró, sacó la caña de pescar, un par de cebos y unos cuantos grillos vivos que siempre tenía a mano, luego salió al desembarcade¬ro, enganchó el cebo al anzuelo y lanzó el sedal.
Siempre que salía a pescar, acababa reflexionando sobre su vida, y esa vez no fue una excepción. Recordó que tras la muerte de su madre había vivido en una docena de casas diferentes. En ese entonces tartamu¬deaba ostensiblemente y los demás niños se burlaban de él. En consecuencia, comenzó a hablar cada vez menos hasta que, a la edad de cinco años, se negó rotundamente a hacerlo. Cuando empezó a ir a la escuela, los maestros lo tomaron por retrasado y reco¬mendaron a su padre que lo retirara de allí.
Sin embargo, su padre decidió tomar cartas en el asunto. Se ocupó de que siguiera yendo a clase, y todas las tardes, al terminar la jornada escolar, lo llevaba al aserradero para que lo ayudara a levantar y apilar la madera.
—Es bueno que pasemos tiempo juntos —decía mientras trabajaban codo con codo—, como hacíamos mi padre y yo.
Durante esas horas, su padre le hablaba de pájaros y animales, o le contaba leyendas típicas de Carolina del Norte. Unos meses después, Victor comenzó a hablar otra vez, aunque no muy bien, y su padre decidió enseñarle a leer con libros de poesía.
—Aprende a leer esto en voz alta y serás capaz de decir todo lo que se te ocurra.
Una vez más, su padre tenía razón, y al cabo de un año, Victor había dejado de tartamudear. Pero continuó yendo al aserradero todos los días, sencillamente porque su padre estaba allí, y por las noches leía la obra de Whitman y Tennyson en voz alta mientras su padre se hamacaba en la mecedora. Desde entonces, nunca dejaba de leer poesía.
Cuando fue algo mayor, pasaba la mayoría de los fines de semana y las vacaciones a solas. Exploró Croatan Forest en su primera canoa, remontando el río Brices, y treinta kilómetros más arriba, cuando le fue imposible seguir, recorrió andando los kilómetros que quedaban hasta la costa. Acampar y explorar se convirtieron en su pasión, y pasaba horas en el bosque, sentado a la sombra de un roble, silbando quedamente y tocando la guitarra para un público de castores, gansos y garzas salvajes. Los poetas sabían que la soledad en la naturaleza, lejos de la gente y los objetos creados por el hombre, era buena para el alma, y Victor siempre se había identificado con los poetas.
Aunque era de temperamento tranquilo, su larga experiencia cargando pesos en el aserradero le ayudó a destacarse en los deportes, y sus logros deportivos le dieron popularidad. Disfrutaba con los partidos de fútbol y las competiciones de atletismo, pero aunque la mayoría de sus compañeros de equipo pasaban juntos también el tiempo libre, Victor rara vez se reunía con ellos. Algunos de sus amigos lo consideraban arrogan¬te, pero la mayoría simplemente pensaba que era más maduro que sus contemporáneos. Tuvo algunos escar¬ceos amorosos en el instituto, pero ninguna chica dejó huellas en él. Salvo una. Y esa llegó después de la graduación.
Myriam. Su Myriam.
Recordó que después del festival había hablado de Myriam con Fin, y que su amigo se había reído de él. Luego le hizo dos predicciones: la primera, que se enamora¬rían; la segunda, que la relación no prosperaría.
Percibió un ligero tirón en el sedal y deseó que se tratara de un salmonete, pero el movimiento cesó, y tras enrollar el sedal y comprobar que el cebo seguía allí, volvió a lanzar...
Las dos predicciones de Fin resultaron acertadas. La mayoría de las veces, Myriam tenía que mentir a sus padres para verlo. No porque Victor no les cayera bien, sino porque procedía de otra clase social, era demasia¬do pobre, y no querían que su hija se tomara en serio a un chico como él.
—Me da igual lo que piensen mis padres, te quiero y siempre te querré —aseguraba Myriam—. Encontrare¬mos la forma de estar juntos.
Pero al final no pudieron. A principios de septiem¬bre, acabada la cosecha de tabaco, ella no tuvo más remedio que volver a Winston-Salem con su familia.
—Sólo ha terminado el verano, Myriam, nuestra rela¬ción no —había dicho Victor la mañana en que ella se marchó—. Nunca terminará.
Pero lo hizo. Por razones que Victor nunca com¬prendería, Myriam no respondió a ninguna de las cartas que le envió.
Poco después decidió marcharse de New Bern para quitársela de la cabeza, pero también porque corrían los tiempos de la Depresión, y resultaba casi imposible ganarse la vida allí. Primero fue a Norfolk y trabajó seis meses en un astillero, hasta que lo despidieron; luego se trasladó a Nueva Jersey, donde, según decían, la situa¬ción económica era mejor.
Finalmente comenzó a trabajar en una chatarrería, separando el metal del resto de los desperdicios. El propietario, un judío llamado Morris Goldman, estaba empeñado en reunir la mayor cantidad posible de metal, convencido de que la guerra en Europa era inminente y que los Estados Unidos se verían obliga¬dos a intervenir. A Victor, sin embargo, sus motivos lo tenían sin cuidado. Simplemente se alegraba de tener un empleo.
Su larga experiencia en el aserradero lo había prepa¬rado para esa clase de tareas, y trabajaba duro. No sólo porque así conseguía olvidar a Myriam durante el día, sino también porque estaba convencido de que era su deber. Su padre siempre le había dicho: "Entrega un día de trabajo por un día de paga. De lo contrario, estarás robando". Esa actitud complacía a su jefe.
—Lástima que no seas judío —decía Goldman—, en todo lo demás eres un muchacho excelente. —Era el mejor cumplido que podía hacer Goldman.
Seguía pensando en Myriam, sobre todo por las noches. Le escribía una vez al mes, pero nunca recibió respuesta. Por fin envió la última carta y se obligó a aceptar el hecho de que jamás compartirían nada más que aquel verano juntos.
No obstante, ella seguía presente. Tres años des¬pués de la última carta, viajó a Winston-Salem con la esperanza de encontrarla. Fue a su casa, descubrió que se había mudado, y después de consultar a los vecinos, telefoneó a JRJ. La empleada que atendió el teléfono era nueva y no reconoció el apellido, pero echó un vistazo a los ficheros de personal. Averiguó que el padre de Myriam había abandonado la empresa y que en su ficha no figuraba ninguna dirección. Aquella fue la primera y única vez que Victor la buscó.
Continuó trabajando para Goldman durante los ocho años siguientes. Al principio, era uno más de los doce empleados, pero con el tiempo la empresa prosperó y consiguió un ascenso. En 1940 dominaba el nego¬cio y estaba al mando de todas las operaciones, desde el control de las transacciones a la supervisión de un equipo de treinta personas. La chatarrería se había convertido en el mayor negocio de compra y venta de metales de la Costa Este.
En aquellos tiempos salió con varias mujeres. Tuvo una relación seria con una de ellas, una camarera del restaurante local de intensos ojos azules y sedoso cabello negro. Aunque el noviazgo duró dos años, nunca llegó a sentir por ella lo mismo que por Myriam.
Pero tampoco la olvidó. La chica era unos años mayor que él, y le había enseñado las maneras de complacer a una mujer, los sitios donde tocar y besar, los puntos donde demorarse, las palabras que debía susurrar. A veces se pasaban el día entero en la cama, abrazados, haciendo el amor de la forma más satisfac¬toria para ambos.
Ella sabía que no estarían juntos para siempre. Hacia el final de la relación, se lo había dicho:
—Ojalá pudiera darte lo que buscas, pero no sé qué es. Ocultas una parte de ti a todo el mundo, incluso a mí. Es como si no estuvieras conmigo. Tu mente está con otra. —Victor quiso negarlo, pero ella no le creyó—. Soy una mujer, sé mucho de estas cosas. A veces, cuando me miras, sé que ves a otra persona. Es como si esperaras que ella apareciera por arte de magia y te llevara lejos de todo esto...
Un mes después, la chica fue a verlo al trabajo y le dijo que había conocido a otro. Victor lo entendió. Se separaron como amigos, y al año siguiente ella le envió una postal diciéndole que se había casado. No volvió a saber de ella desde entonces.
Mientras estuvo en Nueva Jersey, visitaba a su padre una vez al año, para Navidad. Pescaban, charla¬ban y de vez en cuando hacían una escapada a la costa y acampaban en las Outer Banks, cerca de Ocracoke.
En diciembre de 1941, cuando tenía veintiséis años, estalló la guerra, tal como había predicho Goldman. Un mes después, Víctor entró en su despacho e informó a Goldman de sus intenciones de alistarse, y luego volvió a New Bern a despedirse de su padre. Cinco semanas más tarde estaba en el campo de entrenamiento de reclutas. Allí recibió una carta de Goldman dándole las gracias por su trabajo, y adjuntando un documento que le daba derecho a un pequeño porcentaje de la chatarrería en caso de que ésta se vendiera alguna vez.
"No podría haberlo conseguido sin ti", decía la carta. "A pesar de no ser judío, eres el mejor empleado que he tenido."
Pasó los tres años siguientes en el tercer regimiento de Patton, recorriendo los desiertos del norte de África y los bosques europeos con quince kilos a la espalda; su unidad de infantería siempre estaba cerca de la acción. Vio morir a sus amigos y asistió al entierro de varios de ellos a miles de kilómetros de la patria. En una ocasión, cuando estaba oculto en una trinchera en las cercanías del Rin, le pareció ver a Myriam velando por él.
Recordó el final de la guerra en Europa y, unos meses más tarde, en Japón. Poco antes de que lo licen¬ciaran, recibió una carta de un abogado de Nueva Jersey que representaba a Morris Goldman. Cuando se reunió con el abogado, descubrió que Goldman había muerto un año antes y que sus bienes habían sido liquidados. El negocio se había vendido, y Victor reci¬bió un cheque por casi setenta mil dólares. Inexplica¬blemente, el hecho no lo conmovió.
Una semana después regresó a New Bern y compró la casa. Recordaba que más tarde había llevado a su padre a verla contándole sus planes y señalando las reformas que se proponía hacer. Su padre estaba débil, tosía y respiraba agitadamente. Victor se inquietó, pero el anciano le aseguró que no debía preocuparse, que sólo tenía gripe.
Antes que transcurriera un mes, murió de neumo¬nía y fue enterrado junto a su esposa en el cementerio local. Victor le llevaba flores con regularidad y de vez en cuando le dejaba una nota. Todas las noches dedicaba un momento a recordarlo y luego rezaba una oración por el hombre que le había enseñado todo lo importan¬te de la vida.
Después de enrollar el sedal, guardó los aparejos de pesca y volvió a la casa. Su vecina, Martha Shaw, estaba allí para darle las gracias. Le llevaba unas galletas y tres hogazas de pan casero en reconocimiento por su ayuda. Su marido había muerto en la guerra, dejándola con tres hijos y una ruinosa casa donde criarlos. Se acercaba el invierno, y la semana anterior Victor había pasado varios días en casa de Martha, reparando el techo, cambiando los vidrios rotos de las ventanas, sellando los demás y arreglando la cocina de leña. Con suerte, sería suficiente para que salieran adelante.
Cuando Martha se marchó, Victor subió a su des¬vencijada camioneta Dodge y fue a ver a Gus. Siempre pasaba por allí cuando iba al negocio, porque la familia de Gus no tenía coche. Una de las hijas subió a la camioneta e hicieron compras en el almacén de comestibles Capers. Cuando llegó a casa, no guardó la compra de inmediato. Se duchó, tomó una cerveza y un libro y fue a sentarse en el porche.
Myriam aún no lo podía creer, aunque tenía la prueba en las manos.
La había encontrado en el diario tres domingos antes, en casa de sus padres. Había ido a la cocina a buscar una taza de café, y al regresar a la mesa, su padre le sonreía, enseñándole una pequeña fotografía.
—¿Te acuerdas de esto?
Le pasó el diario y, después de una primera mirada indiferente, algo en la fotografía captó su atención y la hizo fijarse mejor.
—No puede ser —murmuró. Su padre la miró con curiosidad, pero ella no le hizo caso. Se sentó y leyó el artículo en voz baja.
Recordaba vagamente que su madre se había senta¬do frente a ella, y que, cuando por fin dejó el diario, la miraba con la misma expresión de su padre unos minu¬tos antes.
—¿Te sientes bien? —preguntó su madre por enci¬ma de la taza de café—. Estás pálida.
No pudo responder de inmediato, y se percató de que le temblaban las manos. Entonces había empezado todo.
—Y aquí terminará, de una forma u otra —murmu¬ró otra vez. Volvió a doblar el recorte y lo puso en su sitio, recordando que aquel día se había llevado el diario de casa de sus padres para recortar el artículo. Había vuelto a leerlo por la noche, antes de acostarse, buscan¬do un sentido a la coincidencia, y también a la mañana siguiente, para convencerse de que no se trataba de un sueño. Ahora, después de tres semanas de largas cami¬natas a solas, después de tres semanas de confusión, ese artículo la había empujado allí.
Cuando la interrogaban, atribuía su extraña con¬ducta al estrés. Era la excusa perfecta; todo el mundo lo entendía, incluido Lon, que por eso no había puesto ninguna objeción cuando ella dijo que necesitaba mar¬charse un par de días. La organización de la boda era causa de estrés para todos los interesados. Habían invitado a quinientas personas, entre ellas al goberna¬dor, a un senador y al embajador del Perú. En su opinión, era demasiado, pero su compromiso acapara¬ba las páginas de sociedad de todas las publicaciones desde el día en que anunciaron la boda, seis meses antes. A veces tenía la tentación de huir con Lon y casarse en secreto, sin tanto alboroto. Pero sabía que él no lo aceptaría; como buen aspirante a político, le encantaba ser el centro de atención.
Respiró hondo y volvió a ponerse de pie.
—Ahora o nunca —murmuró, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. Se detuvo un instante antes de abrirla y bajar al vestíbulo. El gerente del hotel le sonrió al pasar, y sintió sus ojos clavados en su espalda mientras salía en dirección al coche. Se sentó al volante, se echó un último vistazo en el retrovisor, puso el coche en marcha y giró a la derecha por la calle principal.
No la sorprendió la claridad con que recordaba las calles del pueblo. Aunque hacía años que no iba por allí, era un sitio pequeño y resultaba fácil orientarse. Después de cruzar el río Trent por un anticuado puente levadizo, giró por un camino de grava e inició el último tramo del viaje.
El paisaje era hermoso, como siempre. A diferencia de la zona de Piedmont, donde se había criado, el terreno era llano, pero tenía el mismo suelo fértil, húmedo, ideal para el cultivo del algodón y el tabaco. Esos dos cultivos y la madera eran la principal fuente de riqueza de esa parte del Estado; y mientras se alejaba del pueblo, admiró la belleza que en un pasado lejano había atraído a esa región a los primeros colonos.
Para ella, nada había cambiado. La luz del sol se filtraba entre las ramas de los robles y los nogales de tres metros de altura, iluminando los colores del otoño. A su izquierda, un río del color del acero giraba hacia la carretera y luego hacia el lado contrario, antes de morir en otro río más caudaloso, a un kilómetro y medio de allí. El camino de grava también seguía un curso sinuo¬so entre fincas construidas antes de la guerra civil, y Myriam sabía que para algunos de los granjeros la vida no había cambiado desde la época de sus abuelos. La inmutabilidad del paisaje desató un torrente de recuer¬dos, y Myriam sintió un nudo en el estómago al reconocer, uno a uno, los lugares que creía olvidados.
El sol se alzaba a la izquierda, sobre las copas de los árboles, y al torcer por una curva pasó junto a una vieja iglesia, abandonada desde hacía años, pero todavía en pie. Aquel verano la había explorado en busca de vestigios de la Guerra Civil, y al pasar junto a ella, los recuerdos de aquel día se hicieron más vivos, como si sólo hubieran pasado veinticuatro horas.
Poco después avistó un majestuoso roble a orillas del río, y los recuerdos se intensificaron. Tenía el mis¬mo aspecto de entonces: las ramas bajas y gruesas se extendían horizontalmente, paralelas al suelo, envuel¬tas en un velo de musgo negro. Recordó un caluroso día de julio, cuando estaba sentada debajo de aquel árbol junto a alguien que la miraba con una pasión capaz de hacerle olvidar el resto del mundo. Entonces se había enamorado por primera vez.
Él tenía dos años más que ella, y mientras conducía por la carretera en una especie de viaje en el tiempo, su imagen se volvió nítida otra vez. Entonces había pensa¬do que aparentaba más años de los que tenía. Su aspecto era el de un hombre ligeramente curtido, como un campesino que vuelve a casa después de muchas horas en el campo. Tenía las manos encallecidas y los hom¬bros fornidos de los que trabajan duro para ganarse la vida, y finas arrugas incipientes comenzaban a dibujarse alrededor de aquellos ojos que parecían leer todos sus pensamientos.
Era alto, fuerte, atractivo a su manera, y tenía el cabello castaño claro, pero lo que mejor recordaba era su voz. Aquel día había leído para ella; mientras estaba tendida en la hierba a la sombra del árbol, le había leído con una voz suave y fluida, casi musical. Era una voz digna de un locutor de radio, y cuando leía, parecía quedar suspendida en el aire. Recordó que había cerra¬do los ojos, escuchando con atención, permitiendo que las palabras llegaran a su alma:
Me atrae, lisonjero, hacia la niebla, hacia el cre¬púsculo.
Me alejo como el viento, sacudo mis blancos rizos bajo el sol fugitivo...
Hojeaba libros viejos, con las puntas de las páginas gastadas y dobladas, libros que había leído centenares de veces. Después de leer un rato, hacía una pausa para charlar. Ella le confiaba sus deseos —sus esperanzas y aspiraciones para el futuro—, él escuchaba con aten¬ción y prometía hacer todo lo posible para que sus sueños se hicieran realidad. Lo decía de tal forma que era imposible ponerlo en duda, y ya entonces sospe¬chaba cuánto significaría aquel muchacho en su vida. Ocasionalmente, cuando ella lo interrogaba, él hablaba de sí mismo, o le explicaba por qué había elegido un poema en particular y qué pensamientos le inspiraba; otras veces se limitaba a mirarla con su habitual inten¬sidad.
Aquel día contemplaron la puesta de sol y cenaron bajo las estrellas. Se hacía tarde, y ella sabía que sus padres se pondrían furiosos si descubrían dónde había estado. Pero en aquel momento no le importaba. Sólo podía pensar en lo especial que había sido el día, en lo especial que era él. Unos minutos después, mientras la acompañaba a casa, el chico le dio la mano y su calidez la abrigó durante todo el camino.
Después de otra curva, finalmente vio la casa. Había cambiado radicalmente. Al aproximarse redujo la velo¬cidad y giró por el largo camino de tierra, flanqueado de árboles, que la conduciría a su norte, al faro que la había convocado desde Raleigh.
Condujo despacio, mirando la casa, y cuando lo vio en el porche, con la vista fija en el coche, respiró hondo. Llevaba ropas informales. Desde esa distancia, se lo veía exactamente igual que entonces. Por un instante, con la luz del Sol a su espalda, su silueta pareció desdibujarse y fundirse con el paisaje.
El coche continuó avanzando lentamente y por fin se detuvo debajo de un roble que arrojaba su sombra sobre la parte delantera de la casa. Giró la llave del coche sin quitarle los ojos de encima, y el motor paró con un chasquido entrecortado.
Él salió del porche y se aproximó a ella, andando con aire despreocupado, pero se detuvo en seco al verla bajar del coche. Durante un largo instante no hicieron más que mirarse el uno al otro sin moverse.
Myriam Montemayor, ventinueve años, prometida para casarse, una mujer de la alta sociedad en busca de respuestas, y Victor Garcia, treinta y un años, un soñador visitado por el fantasma que había llegado a dominar su vida.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  vicbrenda el Jue Nov 26, 2009 5:06 pm

WOW K PADRE K INSPIRACION JAJJA

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  myrithalis el Jue Nov 26, 2009 7:06 pm

Que padre que hermoso Cap. gracias Bye atte: Iliana

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  marimyri el Jue Nov 26, 2009 7:52 pm

Muchas gracias por el capitulo!!

ya se rencontraron

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  mats310863 el Vie Nov 27, 2009 8:50 am

QUE BONITO CAPÍTULO, MUY ROMANTICO, GRACIAS

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  alma.fra el Vie Nov 27, 2009 9:47 am

Ke bonito, muchas gracias por el capitulo.

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