::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

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::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Fabii el Lun Nov 23, 2009 11:52 pm

Bueno chicas antes que nada, quiero decirles REGRESE despues de una ausencia larga bastante para ser sincera, he regresado, se que la ultima novela no pude terminarla, pero la etapa de inspiracion en ese momento estaba por demas ausente de mi cerebro y corazon; pero ahora he regresado con una novela que no he visto publicada, si la han publicado diganme y le paro, si no, espero en verdad que disfruten mucho esta historia en su adaptacion para Viccobebe. Y por ser el comienzo pondre 2x1...


Título original: The Notebook
Copyright © 1996 by Nicholas Sparks

Dedico esta adaptación, de una de las historias más conmovedoras que he leído, a todas aquellas que seguimos creyendo en la realización de un amor marcado por el destino, tal y como la historia original que estamos a punto de leer en su adaptación para Viccobebe. Por que No importa que pase, aun y con la distancia nos queda la esperanza que sigue latiendo como el primer día. Con cariño para ustedes las más fieles creyentes de este amor; disfrútenla Viccobebes.




Detrás de un gran amor... hay una gran historia.

De regreso de la guerra, con treinta y un años de edad, Victor vuelve a su hogar en Carolina del Norte, donde se dedica a restaurar el antiguo esplendor de su plantación. Poco a poco, las imágenes de la chica de quien se había enamorado catorce años atrás invaden su mente con una fuerza poderosa e intensa. Victor no sabe cómo hallarla, y tampoco puede olvidarse del verano maravilloso que viveron juntos hasta que, inesperadamente, Myriam reaparece.

P R O X I M A M E N T E

Milagros
capitulo I


Última edición por Fabii el Vie Jul 02, 2010 9:35 pm, editado 4 veces

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Capitulo I "Milagros"

Mensaje  Fabii el Mar Nov 24, 2009 12:00 am

¿Quién soy? ¿Y cómo terminará esta historia?

Acaba de amanecer, y estoy sentado junto a una ventana empañada por el aliento de toda una vida. Esta mañana soy un auténtico espectáculo: dos camisas, unos pantalones de paño de abrigo, una bufanda enrollada dos veces alrededor del cuello y metida dentro de un suéter grueso que me tejió mi hija para mi cumplea¬ños, hace ya tres décadas.

El termostato de la calefac¬ción está al máximo y he puesto una pequeña estufa a mi espalda. Silba, ruge y escupe aire caliente como el dragón de un cuento, y sin embargo mi cuerpo tiembla con un frío que no desaparecerá nunca, un frío que ha tardado ochenta años en gestarse. Ochenta años, pien¬so a veces, y aunque llevo mi edad con resignación, no puedo creer que no haya conducido un coche desde los tiempos en que George Bush era presidente. Me pre¬gunto si a toda la gente de mi edad le pasará lo mismo.

¿Mi vida? No es fácil de describir. No ha sido la experiencia vertiginosa y espectacular que hubiera deseado, pero tampoco he vivido oculto bajo tierra, como las ardillas. Supongo que podría compararse con la Bolsa; relativamente estable, con más momentos bue¬nos que malos y una tendencia general al alza.

Un buen negocio, un negocio afortunado, y sé por experiencia que no hay mucha gente que pueda decir lo mismo. Pero no me interpreten mal. No soy especial; de eso estoy seguro. Soy un hombre corriente, con pensa¬mientos corrientes, que ha llevado una vida corriente. No me dedicarán ningún monumento y mi nombre pronto pasará al olvido, pero he amado a otra persona con toda el alma, y eso, para mí, es más que suficiente.

Para los románticos, esta será una historia de amor; para los escépticos, una tragedia. Para mí es una mezcla de ambas cosas, e independientemente de la impresión que les cause al final, nadie podrá negar que ha determi¬nado gran parte de mi vida y señalado mi camino. No tengo quejas de ese camino ni de los sitios adonde me ha llevado; puede que tenga quejas suficientes para llenar una carpa de circo en otros planos, pero el camino que he elegido ha sido el mejor y jamás lo cambiaría por otro.

Por desgracia, con el tiempo no resulta sencillo seguir el rumbo fijado. El camino es tan recto como siempre, pero ahora está salpicado de las rocas y piedrecillas acumuladas en el transcurso de una vida. Hasta hace tres años habría sido fácil sortearlas, pero hoy es imposible. La enfermedad se ha apoderado de mi cuerpo; ya no soy fuerte ni estoy sano, y paso el tiempo como un globo viejo: lánguido, flojo y cada vez más blando.

Toso y miro el reloj por el rabillo del ojo. Es hora de salir. Me levanto del sillón situado junto a la ventana y cruzo la habitación arrastrando los pies, deteniéndo¬me ante el escritorio para tomar el cuaderno que he leído centenares de veces. Ni siquiera lo miro. Me lo pongo debajo del brazo y sigo andando hacia el sitio adonde quiero ir.

Camino sobre las baldosas blancas salpicadas de gris. Como mi pelo y como el de la mayoría de los que viven aquí, aunque esta mañana soy el único en el vestíbulo. Están en sus habitaciones, con la sola compa¬ñía de la televisión, pero ellos, como yo, están acostum¬brados. Con el tiempo, uno se acostumbra a cualquier cosa.
Oigo un llanto ahogado a lo lejos y sé perfectamente de dónde procede. Las enfermeras me ven; nos sonreí¬mos y nos saludamos. Son amigas mías y charlamos a menudo, aunque estoy seguro de que especulan sobre mí y sobre las cosas que hago cada día. Oigo que murmuran a mi paso:
—Ahí va otra vez —dicen—. Ojalá hoy salga bien. Pero no me dicen nada en la cara. Estoy conven¬cido de que piensan que me molestaría hablar de ello a una hora tan temprana y, conociéndome, quizá tengan razón.
Un minuto después llego a la habitación. Como de costumbre, han dejado la puerta abierta. Hay otras dos enfermeras dentro y también me sonríen.
—Buenos días —saludan alegremente, y dedico un minuto a preguntarles por los niños, el colegio y las vacaciones que se aproximan.
Durante otro minuto hablamos del llanto. Al pare¬cer, no lo han notado. Ya no les afecta; y debo confesar que a mí me pasa otro tanto.

Me siento en el sillón, que ha adquirido la forma de mi cuerpo. Casi han terminado; ella está vestida, pero sigue llorando. Sé que callará en cuanto se vayan. El ajetreo de la mañana siempre la perturba y hoy no es una excepción. Finalmente, las enfermeras retiran el biombo y se marchan. Las dos me tocan y me sonríen al pasar por mi lado. Me pregunto qué significan esos gestos.
Un segundo después la miro, pero ella no me devuelve la mirada. Lo entiendo, porque no me reco¬noce.

Para ella soy un extraño. Me doy vuelta, inclino la cabeza y rezo en silencio, pidiendo la fuerza que sé que voy a necesitar. Siempre he sido un firme creyente en Dios y en el poder de la oración, aunque, para ser sincero, mi fe me ha llevado a plantearme una lista de interrogantes para los que exigiré respuestas después de la muerte.


Ya estoy preparado. Me pongo los anteojos y saco una lupa del bolsillo. La dejo un instante en la mesa mientras abro el cuaderno. Tengo que chuparme el dedo dos veces para abrir la gastada tapa. Pongo la lupa en posición.

Antes de empezar a leer, siempre hay un momento de vacilación en que me pregunto: ¿pasará hoy? No lo sé; nunca lo sé de antemano, y en el fondo me es igual. Es la esperanza lo que me impulsa a seguir; no hay garantías, como si se tratara de una apuesta. Pueden llamarme soñador, ingenuo, o cualquier cosa por el estilo, pero estoy convencido de que todo es posible.

Sé que las probabilidades y la ciencia están en mi contra. Pero también sé que la ciencia no es infalible; la experiencia me lo ha demostrado. Por eso creo que los milagros, por inexplicables o increíbles que parezcan, existen y pueden contradecir el orden natural de las cosas. De modo que una vez más, como todos los días, empiezo a leer el cuaderno en voz alta para que ella me oiga, con la esperanza de que el milagro que ha llegado a dominar mi vida vuelva a triunfar. Y quizá, sólo quizá, lo haga.

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Capitulo II "Fantasmas"

Mensaje  Fabii el Mar Nov 24, 2009 12:05 am

Capitulo II
primera parte


A principios de octubre de 1946 Victor Garcia con¬templaba la puesta de sol desde el zaguán de su casa de estilo colonial. Le gustaba sentarse allí al atardecer, después de trabajar todo el día, y dejar vagar sus pensamientos. Era su forma de relajarse, una rutina que había aprendido de su padre.

Le gustaba sobre todo mirar los árboles y su reflejo en el río. Los árboles de Carolina del Norte son hermo¬sos en otoño; verdes, amarillos, rojos, naranjas y todas las tonalidades intermedias. Sus colores resplandecen a la luz del Sol. Por centésima vez, Victor Garcia se preguntó si los antiguos propietarios de la casa pasarían las tardes allí, pensando en las mismas cosas.

La casa, construida en 1772, era una de las más antiguas y grandes de New Bern. Originariamente, la vivienda principal de una plantación; Victor la había comprado poco después de la guerra, invirtiendo una pequeña fortuna y los últimos once meses en repararla. Unas semanas antes, un periodista del diario de Raleigh había escrito un artículo sobre ella, diciendo que era una de las mejores restauraciones que había visto. Y no se equivocaba respecto de la casa. El resto de la finca era otra historia, y allí pasaba Victor la mayor parte del día.

La casa se alzaba sobre un terreno de seis hectáreas, a orillas del río Brices, y Victor estaba reparando la valla de madera que rodeaba los otros tres lados de la finca, comprobando que no hubiera termitas o que la madera no estuviera podrida y reemplazando postes donde era necesario. Todavía quedaba mucho por hacer, sobre todo en el oeste, y poco antes, mientras guardaba las herramientas, Victor se había recordado que tendría que encargar más madera. Entró en la casa, bebió un vaso de té helado y se duchó. Siempre se duchaba al atardecer, cuando el agua lo libraba de la suciedad y también del cansancio.

Después se peinó el cabello hacia atrás, se puso unos vaqueros descoloridos y una camisa azul de mangas largas, se sirvió otro vaso de té y salió al porche donde estaba sentado ahora, donde se sentaba todos los días a la misma hora.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, luego hacia los lados, rotando los hombros. Se sentía bien, limpio y fresco. Estaba agotado, y sabía que al día siguiente le dolerían los músculos, pero se alegraba de haber hecho casi todo lo que se había propuesto.

Tomó la guitarra, recordando a su padre, y pensó en lo mucho que lo echaba de menos. Rasgueó una vez, ajustó la tensión de un par de cuerdas y volvió a rasguear. Sonaba bien, de modo que empezó a tocar una música suave, tranquila. Tarareó unos instantes, y comenzó a cantar mientras la noche se cerraba sobre él. Tocó y cantó hasta que el Sol desapareció y el cielo se tiñó de negro.
Poco después de las siete dejó la guitarra, se apoyó sobre el respaldo de la silla y comenzó a mecerse. Por pura costumbre, alzó la vista y miró a Orion, la Osa Mayor, Géminis y la Estrella Polar, que parpadeaban en el cielo otoñal.

Comenzó a hacer cuentas mentalmente, pero ense¬guida se detuvo. Sabía que había gastado casi todos sus ahorros en la casa y que pronto tendría que buscar un empleo, pero apartó ese pensamiento de su mente y decidió disfrutar de los meses que faltaban para termi¬nar la restauración sin preocuparse por eso. Las cosas saldrían bien; lo sabía, siempre era así. Además, pensar en el dinero lo aburría. Había aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, de las cosas que no pueden comprarse, y le costaba entender a la gente que veía la vida de otro modo. Otra cualidad que había heredado de su padre.

Clem, su perra de caza, se acercó, le olfateó la mano y se tendió a sus pies.
—Hola, chica, ¿cómo estás? —le preguntó dándole una palmada en la cabeza, y la perra gimió suavemente, mirándolo con sus ojos redondos y tiernos. Había perdido una pata en un accidente, pero todavía se movía bastante bien y le hacía compañía en las noches tranquilas como aquella.

Victor tenía treinta y un años, no demasiados, pero los suficientes para sentirse solo. No había salido con nadie desde su llegada allí, pues no había conocido a ninguna chica que lo atrajera en lo más mínimo. Algo se interponía entre él y las mujeres que se le acerca¬ban, algo que no estaba seguro de poder cambiar aunque quisiera. Y a veces, poco antes de dormirse, se preguntaba si estaría condenado a vivir solo hasta el final de sus días.

La tarde pasó, cálida, agradable. Atento al canto de los grillos y al rumor de las hojas, Victor pensó que los sonidos de la naturaleza eran más reales y despertaban más emociones que los de los coches o los aviones. La naturaleza da más de lo que quita, y sus sonidos evocan la esencia del ser humano. Durante la guerra, sobre todo después de un combate, había pensado muchas veces en aquellos sonidos simples. "Evitarán que te vuelvas loco", le había dicho su padre el día que embar¬có. "Es la música de Dios, y te devolverá a casa."

Terminó el té, entró en la casa, tomó un libro y encendió la luz del porche antes de volver a salir. Se sentó otra vez y miró el libro viejo, con la cubierta rota y las páginas manchadas de barro y agua. Era Hojas de hierba, de Walt Whitman, y se lo había llevado con él a la guerra. En una ocasión, incluso interceptó una bala.
Sacudió la cubierta para quitarle el polvo. Luego abrió el libro en una página al azar y leyó:
Esta es tu hora, oh alma, tu libre vuelo hacia lo
inefable,
Lejos de los libros, lejos del arte, abolido el día,
concluida la lección,
Emerges, silenciosa, contemplativa, a meditar
en los temas que más amas,
La noche, el sueño, la muerte y las estrellas
.

Sonrió para sí. Por alguna razón, Whitman siempre le recordaba New Bern, y se alegraba de haber regre¬sado. Aunque había estado fuera catorce años, New Bern seguía siendo su hogar, y allí conocía a mucha gente, a casi todos de sus épocas de adolescente. No era de extrañar. Como en tantos pueblos del sur, los habitantes de New Bern no cambiaban, simplemtente enve¬jecían.

En la actualidad, su mejor amigo era Gus, un negro de setenta años que vivía al final de la calle. Se habían conocido un par de semanas después que Victor comprara la casa, cuando Gus se presentó con una botella de licor casero y un estofado, y pasaron su primera tarde juntos emborrachándose e intercambiando anécdotas.

Ahora Gus lo visitaba un par de noches a la semana, casi siempre a eso de las ocho. Con cuatro hijos y doce nietos en casa, necesitaba escapar de vez en cuando, y Victor lo entendía. Gus solía llevar su armónica consi¬go, y después de charlar un rato, interpretaban algunas canciones juntos. A veces tocaban durante horas.

Había llegado a considerar a Gus como un miem¬bro de la familia. En realidad, tras la muerte de su padre, ocurrida un año antes, estaba solo en el mundo. Era hijo único; su madre había muerto de gripe cuando él tenía dos años, y él nunca se había casado, aunque en una ocasión quiso hacerlo.

Una vez había estado enamorado; de eso estaba seguro. Sólo una vez, una única vez, mucho tiempo atrás. Y aquella experiencia lo marcó para siempre. El amor perfecto deja huella, y el suyo había sido perfecto.

Las nubes de la costa comenzaron a desplazarse lentamente por el cielo del atardecer, tiñéndose de plata con el reflejo de la Luna. Mientras se cerraban sobre él, Victor echó la cabeza hacia atrás y la apoyó sobre el respaldo de la mecedora. Sus piernas se movían mecá¬nicamente, manteniendo un ritmo constante, y como tantas otras veces, evocó un cálido atardecer como ése, catorce años antes.

Todo había empezado en 1932, poco después de su graduación, la primera noche del festival de Neuse River. El pueblo entero estaba en la calle, disfrutando de la barbacoa y los juegos de azar. Era una noche húmeda; por alguna razón, recordaba claramente ese detalle. Había llegado solo, y mientras se abría paso entre la multitud, buscando a algún conocido, vio a Fin y a Sarah, dos amigos de la infancia, charlando con una desconocida. Recordó que la chica le había parecido bonita, y que cuando finalmente se unió al grupo, lo había mirado con unos ojos brumosos que todavía lo obsesionaban.
—Hola —dijo simplemente y le tendió la mano—. Finley me ha hablado mucho de ti.
Un comienzo vulgar que sin duda habría olvidado si se hubiera tratado de cualquier otra persona. Pero cuando le estrechó la mano y vio esos impresionantes ojos color esmeralda, supo de inmediato que podría pasarse el resto de su vida buscando una mujer seme¬jante y no encontrarla nunca. Tan extraordinaria, tan perfecta le pareció mientras la brisa estival soplaba entre los árboles.
A partir de ese momento, fue como si lo arrastrara un viento huracanado. Fin dijo que ella pasaría el verano en New Bern con su familia porque su padre trabajaba para R.J. Reynolds, y aunque él se limitó a asentir con la cabeza, la mirada de la chica hizo que su silencio pareciera apropiado. Fin rió, porque intuía lo que estaba pasando, y Sarah sugirió que compraran unas gaseosas y se quedaran en el festival hasta que la gente se marchara y los puestos cerraran.
Se vieron al día siguiente, y al siguiente, y pronto se hicieron inseparables. Todas las mañanas, excepto los domingos, cuando él tenía que ir a la iglesia, Victor terminaba sus tareas lo antes posible, e iba directamente a Fort Totten Park, donde ella lo esperaba. Dado que la chica acababa de llegar y nunca había estado mucho tiempo en un pueblo pequeño, se pasaban el día hacien¬do cosas completamente nuevas para ella. Victor le enseñó a enganchar el cebo al anzuelo y a pescar percas en los bajíos, y la llevó a explorar las zonas más alejadas de Croatan Forest. Paseaban en canoa, contemplaban las tormentas eléctricas de verano, y muy pronto fue como si se conocieran de toda la vida.

Pero también Victor aprendió cosas nuevas. Duran¬te el baile del pueblo, en el granero del tabacal, ella le enseñó a bailar el vals y el charleston, y aunque al principio él se movía con torpeza, la paciencia de la joven finalmente dio frutos y bailaron juntos hasta la última pieza. Después Victor la acompañó a casa, y cuando se despidieron en el porche, la besó por primera vez, preguntándose por qué había esperado tanto. Poco después la trajo a esta casa, le enseñó las ruinas y le dijo que algún día la compraría y la repararía. Pasaron muchas horas juntos hablando de sus sueños —los de él, de conocer mundo; los de ella, de dedicarse al ar¬te—, y en una húmeda noche de agosto, los dos perdie¬ron la virginidad. Tres semanas después, cuando ella se marchó, se llevó consigo el resto del verano y una parte de él. A primera hora de una lluviosa mañana, Victor la miró partir con unos ojos que no habían dormido en toda la noche, y volvió a casa a hacer las maletas. Pasó la semana siguiente a solas en Harkers Island.

Victor se peinó con los dedos y miró el reloj. Las ocho y doce minutos. Se levantó, caminó hasta la parte delantera de la casa y miró a la carretera. No había señales de Gus, y supuso que no acudiría. Volvió al porche trasero y se sentó en la mecedora.

Recordó que había hablado de ella con Gus. Cuan¬do la mencionó por primera vez, Gus rió y sacudió la cabeza.
—Conque ese es el fantasma del que has estado huyendo —dijo—. Ya sabes, el fantasma, el recuerdo. Te he visto trabajar día y noche, esclavizarte sin conce¬derte un respiro. La gente se comporta así por tres razones: porque está loca, es idiota, o quiere olvidar. En tu caso, yo sabía que intentabas olvidar algo. Lo que no sabía era qué.

Pensó en las palabras de Gus. Tenía razón, desde luego. Para Victor, New Bern era un pueblo encantado. Encantado por el fantasma de su recuerdo. Cada vez que pasaba por Fort Totten Park, el lugar que habían recorrido tantas veces juntos, la veía allí. Sentada en un banco o de pie junto a las rejas de la entrada, siempre sonriendo, con el cabello rubio sobre los hombros y los ojos del color de las esmeraldas. Por las noches, cuando se sentaba a tocar la guitarra en el porche, la imaginaba a su lado, escuchando en silencio las canciones de la infancia.
La misma sensación lo invadía cada vez que iba al negocio de Gastón, o al Masonic Theatre, o simple¬mente cuando caminaba por el centro del pueblo. Dondequiera que mirara, veía su imagen o veía cosas que la devolvían a la vida.

Sabía que era extraño. Victor se había criado en New Bern. Había pasado sus primeros diecisiete años allí. Pero cuando pensaba en el pueblo, sólo parecía capaz de recordar el último verano, el verano que habían compartido. Los demás recuerdos eran sólo fragmentos, retazos inconexos de su infancia, y pocos, si algu¬no, evocaban sentimientos.
Una noche se lo contó a Gus, y su amigo no sólo lo había entendido, sino que fue el primero en explicarle el porqué. Sencillamente había dicho:
—Mi padre decía que el primer amor te cambia la vida para siempre, y por mucho que te empeñes, el sentimiento nunca muere del todo. La chica de la que hablas fue tu primer amor. Y hagas lo que hicieres, te acompañará siempre.
Victor sacudió la cabeza, y cuando la imagen de su antiguo amor empezó a desvanecerse, volvió a Whitman. Leyó durante una hora, alzando la vista de vez en cuando para mirar a los mapaches o a las zarigüeyas que correteaban a orillas del río. A las nue¬ve y media cerró el libro, subió al dormitorio y apuntó en su diario algunas observaciones personales y un recuento del trabajo hecho en la casa. Cuarenta minu¬tos después, dormía. Clem subió la escalera, olfateó el cuerpo dormido de Victor y dio unas cuantas vueltas alrededor antes de acurrucarse a los pies de la cama.

Esa misma noche, poco antes, y a ciento cincuenta kilómetros de distancia, ella se sentó sola, con una pier¬na cruzada debajo del muslo, en el columpio del por¬che de la casa de sus padres. El asiento estaba ligeramen¬te húmedo; acababa de caer un fuerte chaparrón de gotas punzantes, pero las nubes se alejaban y miró más allá de ellas, a las estrellas, preguntándose si su decisión sería acertada. Había dudado durante días —y seguía dudando esa noche—, pero sabía que si dejaba escapar esa oportunidad, jamás podría perdonárselo.
Lon ignoraba la auténtica razón del viaje previsto para el día siguiente. Hacía una semana, ella había insinuado que quería ir a echar un vistazo en algunos negocios de antigüedades cerca de la costa.
—Sólo estaré fuera un par de días —había di¬cho—. Necesito tomarme un descanso de los prepa¬rativos de la boda.
No le gustaba mentirle, pero sabía que no podía decirle la verdad. Su escapada no tenía nada que ver con él, y no hubiera sido justo pedirle que la entendiera.

El viaje desde Raleigh fue tranquilo, duró algo más de dos horas, y llegó poco antes de las once. Se inscribió en un pequeño hotel del centro, subió a su habitación y deshizo la valija. Colgó los vestidos en el armario y puso todo lo demás en los cajones. Almorzó rápida¬mente, pidió información a la camarera sobre los nego¬cios de antigüedades más cercanos y dedicó las horas siguientes a las compras. A las cuatro y media regresó a su habitación.
Se sentó en el borde de la cama y telefoneó a Lon. Él no tenía mucho tiempo para hablar, pues debía estar en los tribunales a las cuatro, pero antes de despedirse, ella le dio el número del hotel y prometió llamarlo al día siguiente. Perfecto, pensó mientras colgaba el auricu¬lar. Una conversación de rutina, nada fuera de lo corriente. Nada que despertara sospechas.

Lo conocía desde hacía cuatro años; se habían visto por primera vez en 1942, cuando el mundo estaba en guerra y los Estados Unidos llevaban un año en la contienda. Todos contribuían a su manera, y ella traba¬jaba como voluntaria en un hospital del centro. Allí la necesitaban y la apreciaban, pero las cosas resultaron más complicadas de lo que había esperado. Las prime¬ras cuadrillas de jóvenes soldados heridos volvían a casa, y ella pasaba los días con hombres destrozados y cuerpos mutilados. Cuando Lon, con su natural encan¬to, se presentó a sí mismo durante una fiesta de Navi¬dad, le pareció justo lo que necesitaba: alguien con fe en el futuro y un sentido del humor capaz de ahuyentar todos sus temores.
Era atractivo, inteligente y decidido, un próspero abogado ocho años mayor que ella, cuya pasión por el trabajo lo llevaba a ganar muchos juicios y a hacerse un nombre en la profesión. Ella comprendía su obsesión por el éxito, pues tanto su padre como la mayoría de los hombres de su círculo social la compartían. Lon tenía una educación idéntica, y en la sociedad clasista del sur, los apellidos y los logros eran la condición más impor¬tante para el matrimonio. En muchos casos, eran la única condición.

Aunque ella se rebelaba secretamente contra esa norma desde la infancia, y había salido con varios hombres que, en el mejor de los casos, podían ser calificados de advenedizos, se sentía atraída por el carácter afable de Lon y poco a poco había llegado a quererlo. A pesar de las muchas horas que dedicaba al trabajo, era bueno con ella. Era un caballero, maduro y responsable, y durante los momentos más difíciles de la guerra, cuando ella necesitaba a alguien que la abrazara, Lon nunca le falló. Con él se sentía segura y amada, y por eso había aceptado su proposición de matrimonio.

Esos recuerdos la hicieron sentir culpable por estar allí, y comprendió que debería hacer la valija y mar¬charse de inmediato, antes que cambiara de idea. Ya lo había hecho una vez, mucho tiempo antes, y estaba segura de que si volvía a marcharse, jamás se atrevería a regresar. Tomó el bolso, titubeó un momento, y se dirigió a la puerta. Pero la casualidad la había empujado allí, así que dejó el bolso, sabiendo que si renunciara a sus planes, siempre se preguntaría qué habría pasado si se hubiera quedado. Y esa incógnita no la dejaría vivir en paz.
Entró en el baño y abrió la canilla de la bañera. Después de comprobar la temperatura del agua, regre¬só a la habitación y fue hacia la cómoda, quitándose los aros de oro en el camino. Abrió el estuche del maqui¬llaje, sacó una afeitadora y una pastilla de jabón y se desnudó frente al espejo.

Una vez desnuda, contempló su imagen. Desde jovencita había oído decir que era preciosa. Su cuerpo era firme y proporcionado, con los pechos suavemente redondeados, el vientre plano, las piernas delgadas. Había heredado de su madre los pómulos prominen¬tes, la piel tersa y el cabello rubio, pero su mejor atri¬buto era sólo suyo. Como siempre decía Lon, tenía unos ojos como "las olas del mar".
Volvió al baño con la afeitadora y el jabón, cerró la canilla, dejó una toalla a mano, y se metió con cuidado en la bañera.

Se sumergió en el agua, disfrutando de su efecto relajante. El día había sido largo y tenía la espalda tensa, pero se alegraba de haber acabado tan pronto con las compras. Debía volver a Raleigh con algo tangible, y las compras efectuadas cumplirían ese cometido. Se dijo que debía informarse sobre otros negocios de la zona de Beaufort, pero de inmediato pensó que no sería necesario. Lon nunca dudaría de su palabra.

Tomó el jabón, se enjabonó y empezó a afeitarse las piernas. Mientras tanto, pensó en sus padres y en lo que dirían de su conducta. Sin duda la condenarían, en especial su madre. Ella jamás había aprobado lo ocurri¬do durante el verano pasado allí, y mucho menos aprobaría esa escapada, por más explicaciones que le diera.

Permaneció un rato más en la bañera, y finalmente salió y se secó. Abrió el armario, buscó un vestido y optó por uno amarillo largo, ligeramente escotado, acorde con la moda del sur. Se lo puso y dio un par de vueltas frente al espejo. La favorecía, le daba un aspecto muy femenino, pero a último momento cambió de idea y volvió a colgarlo en la percha.

Se decidió por un modelo menos elegante y provo¬cativo. El vestido, de color azul cielo, abotonado en la delantera y con puntillas, no era tan bonito como el primero, pero le confería un aire que le pareció más apropiado.
Apenas se maquilló; sólo un toque de sombra y rímel para destacar los ojos. Luego un poco de perfu¬me, no demasiado. Se puso un par de aros de argolla y se calzó las mismas sandalias sin tacón que llevaba antes. Se cepilló el cabello rubio, lo recogió y se miró al espejo. No, pensó, era demasiado; y volvió a soltárselo. Mejor así.

Cuando hubo terminado, retrocedió unos pasos y se examinó. Estaba bien, ni demasiado arreglada ni demasiado informal. No quería excederse. Al fin y al cabo, no sabía con qué se iba a encontrar. Había pasado mucho tiempo —quizá demasiado— y podían haber ocurrido muchas cosas, incluso algunas en las que prefería no pensar.

Bajó la vista, comprobó que le temblaban las manos y se rió de sí misma. Era curioso; nunca se ponía tan nerviosa. Al igual que Lon, siempre se mostraba como una persona segura, incluso de pequeña. Recordaba que ocasionalmente esa actitud le había causado pro¬blemas, sobre todo cuando salía con chicos, porque intimidaba a la mayoría de los jóvenes de su edad.
Tomó el bolso, las llaves del coche y finalmente la de la habitación. La giró en la mano un par de veces, pensando. Si has sido capaz de llegar hasta aquí, no te rindas ahora. Se dirigió a la puerta, pero antes de llegar retrocedió y volvió a sentarse en la cama. Miró el reloj. Sabía que debía marcharse pronto —quería llegar antes que oscureciera—, pero necesitaba un poco más de tiempo.
—¡Maldita sea! —murmuró—, ¿qué hago aquí? No debería haber venido.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  myrithalis el Mar Nov 24, 2009 12:12 am

Gracias una noveita mas que padre y se ve bien interesante Atte: Iliana

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  alma.fra el Mar Nov 24, 2009 12:50 am

Woww, muchas gracias por la nueva novela, se lee muy padre.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Eva_vbb el Mar Nov 24, 2009 1:56 am

HOLA NIÑA QUE BUENO QUE VAS A POSTEAR ESTA NOVE...
ES UNA DE LAS PELIS... QUE MAS ME GUSTAN NO SE SI YA LA HAIGAN SUBIDO ANTES O NO PERO TU COMO QUIERA SUBELA QUE AMI ME FACINA LA IDEA

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  mats310863 el Mar Nov 24, 2009 10:04 am

INTERESANTE INICIO, Y SI ES LA PELÍCULA QUE ME IMAGINO, ES UNA HISTORIA MUY DULCE DE UN BELLO AMOR, SALUDOS

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  marimyri el Mar Nov 24, 2009 11:48 am

Ay esta pelicula es una de mis favoritas. Si la historia es la que creo esta hermosa porque demuestra realmente lo que es un hombre enamorado y demuestra lo que es el verdadero amor que a pesar de que la otra persona no este a tu lado siempre sera parte importante en tu vida.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  fresita el Mar Nov 24, 2009 6:28 pm

SI LA VERDAD LA PELI ESTA MUY BUENA GRAX POR POSTEAR SALUDOS

fresita
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Fantasmas Capitulo I

Mensaje  Fabii el Jue Nov 26, 2009 4:43 pm

Fantasmas
sengunda parte


No hay ninguna razón. —Pero una vez que lo dijo, supo que no era así. Tenía sus motivos. Al menos encontraría la respuesta que buscaba.
Revolvió en el bolso hasta que encontró un recorte de diario doblado. Lo sacó despacio, casi con reveren¬cia, con cuidado de no rasgar el papel. Lo desplegó y lo miró fijamente unos instantes.
—Es por esto —dijo por fin—, esta es la razón.
Victor se levantó a las cinco y, fiel a su costumbre, dio un paseo en canoa por el río. Cuando volvió, se puso la ropa de trabajo, calentó unas galletas del día anterior, agregó un par de manzanas y acompañó el desayuno con dos tazas de café.
Trabajó otra vez en la valla, reparando la mayoría de las estacas que lo necesitaban. La temperatura —más de veintiséis grados— era insólita para la época, y a medio¬día estaba tan acalorado y cansado, que se alegró de poder tomarse un descanso.
Decidió comer a orillas del río porque los salmone¬tes estaban saltando. Le gustaba verlos saltar tres o cuatro veces y flotar en el aire antes de desaparecer en el agua salobre. Por alguna razón, siempre se alegraba de que el instinto de los peces hubiera permanecido inmutable durante miles, quizá cientos de miles, de años.
A veces se preguntaba si los instintos del ser huma¬no habían cambiado en ese tiempo, y siempre llegaba a la conclusión de que no. Por lo menos en los aspectos más básicos y primitivos. Le constaba que el hombre siempre había sido agresivo, ansioso por dominar, por controlar el mundo y todo lo que se encontraba en él. Las guerras en Europa y en Japón daban fe de ello.
Dio por concluida la jornada de trabajo poco des¬pués de las tres y caminó hasta un pequeño cobertizo situado cerca del desembarcadero. Entró, sacó la caña de pescar, un par de cebos y unos cuantos grillos vivos que siempre tenía a mano, luego salió al desembarcade¬ro, enganchó el cebo al anzuelo y lanzó el sedal.
Siempre que salía a pescar, acababa reflexionando sobre su vida, y esa vez no fue una excepción. Recordó que tras la muerte de su madre había vivido en una docena de casas diferentes. En ese entonces tartamu¬deaba ostensiblemente y los demás niños se burlaban de él. En consecuencia, comenzó a hablar cada vez menos hasta que, a la edad de cinco años, se negó rotundamente a hacerlo. Cuando empezó a ir a la escuela, los maestros lo tomaron por retrasado y reco¬mendaron a su padre que lo retirara de allí.
Sin embargo, su padre decidió tomar cartas en el asunto. Se ocupó de que siguiera yendo a clase, y todas las tardes, al terminar la jornada escolar, lo llevaba al aserradero para que lo ayudara a levantar y apilar la madera.
—Es bueno que pasemos tiempo juntos —decía mientras trabajaban codo con codo—, como hacíamos mi padre y yo.
Durante esas horas, su padre le hablaba de pájaros y animales, o le contaba leyendas típicas de Carolina del Norte. Unos meses después, Victor comenzó a hablar otra vez, aunque no muy bien, y su padre decidió enseñarle a leer con libros de poesía.
—Aprende a leer esto en voz alta y serás capaz de decir todo lo que se te ocurra.
Una vez más, su padre tenía razón, y al cabo de un año, Victor había dejado de tartamudear. Pero continuó yendo al aserradero todos los días, sencillamente porque su padre estaba allí, y por las noches leía la obra de Whitman y Tennyson en voz alta mientras su padre se hamacaba en la mecedora. Desde entonces, nunca dejaba de leer poesía.
Cuando fue algo mayor, pasaba la mayoría de los fines de semana y las vacaciones a solas. Exploró Croatan Forest en su primera canoa, remontando el río Brices, y treinta kilómetros más arriba, cuando le fue imposible seguir, recorrió andando los kilómetros que quedaban hasta la costa. Acampar y explorar se convirtieron en su pasión, y pasaba horas en el bosque, sentado a la sombra de un roble, silbando quedamente y tocando la guitarra para un público de castores, gansos y garzas salvajes. Los poetas sabían que la soledad en la naturaleza, lejos de la gente y los objetos creados por el hombre, era buena para el alma, y Victor siempre se había identificado con los poetas.
Aunque era de temperamento tranquilo, su larga experiencia cargando pesos en el aserradero le ayudó a destacarse en los deportes, y sus logros deportivos le dieron popularidad. Disfrutaba con los partidos de fútbol y las competiciones de atletismo, pero aunque la mayoría de sus compañeros de equipo pasaban juntos también el tiempo libre, Victor rara vez se reunía con ellos. Algunos de sus amigos lo consideraban arrogan¬te, pero la mayoría simplemente pensaba que era más maduro que sus contemporáneos. Tuvo algunos escar¬ceos amorosos en el instituto, pero ninguna chica dejó huellas en él. Salvo una. Y esa llegó después de la graduación.
Myriam. Su Myriam.
Recordó que después del festival había hablado de Myriam con Fin, y que su amigo se había reído de él. Luego le hizo dos predicciones: la primera, que se enamora¬rían; la segunda, que la relación no prosperaría.
Percibió un ligero tirón en el sedal y deseó que se tratara de un salmonete, pero el movimiento cesó, y tras enrollar el sedal y comprobar que el cebo seguía allí, volvió a lanzar...
Las dos predicciones de Fin resultaron acertadas. La mayoría de las veces, Myriam tenía que mentir a sus padres para verlo. No porque Victor no les cayera bien, sino porque procedía de otra clase social, era demasia¬do pobre, y no querían que su hija se tomara en serio a un chico como él.
—Me da igual lo que piensen mis padres, te quiero y siempre te querré —aseguraba Myriam—. Encontrare¬mos la forma de estar juntos.
Pero al final no pudieron. A principios de septiem¬bre, acabada la cosecha de tabaco, ella no tuvo más remedio que volver a Winston-Salem con su familia.
—Sólo ha terminado el verano, Myriam, nuestra rela¬ción no —había dicho Victor la mañana en que ella se marchó—. Nunca terminará.
Pero lo hizo. Por razones que Victor nunca com¬prendería, Myriam no respondió a ninguna de las cartas que le envió.
Poco después decidió marcharse de New Bern para quitársela de la cabeza, pero también porque corrían los tiempos de la Depresión, y resultaba casi imposible ganarse la vida allí. Primero fue a Norfolk y trabajó seis meses en un astillero, hasta que lo despidieron; luego se trasladó a Nueva Jersey, donde, según decían, la situa¬ción económica era mejor.
Finalmente comenzó a trabajar en una chatarrería, separando el metal del resto de los desperdicios. El propietario, un judío llamado Morris Goldman, estaba empeñado en reunir la mayor cantidad posible de metal, convencido de que la guerra en Europa era inminente y que los Estados Unidos se verían obliga¬dos a intervenir. A Victor, sin embargo, sus motivos lo tenían sin cuidado. Simplemente se alegraba de tener un empleo.
Su larga experiencia en el aserradero lo había prepa¬rado para esa clase de tareas, y trabajaba duro. No sólo porque así conseguía olvidar a Myriam durante el día, sino también porque estaba convencido de que era su deber. Su padre siempre le había dicho: "Entrega un día de trabajo por un día de paga. De lo contrario, estarás robando". Esa actitud complacía a su jefe.
—Lástima que no seas judío —decía Goldman—, en todo lo demás eres un muchacho excelente. —Era el mejor cumplido que podía hacer Goldman.
Seguía pensando en Myriam, sobre todo por las noches. Le escribía una vez al mes, pero nunca recibió respuesta. Por fin envió la última carta y se obligó a aceptar el hecho de que jamás compartirían nada más que aquel verano juntos.
No obstante, ella seguía presente. Tres años des¬pués de la última carta, viajó a Winston-Salem con la esperanza de encontrarla. Fue a su casa, descubrió que se había mudado, y después de consultar a los vecinos, telefoneó a JRJ. La empleada que atendió el teléfono era nueva y no reconoció el apellido, pero echó un vistazo a los ficheros de personal. Averiguó que el padre de Myriam había abandonado la empresa y que en su ficha no figuraba ninguna dirección. Aquella fue la primera y única vez que Victor la buscó.
Continuó trabajando para Goldman durante los ocho años siguientes. Al principio, era uno más de los doce empleados, pero con el tiempo la empresa prosperó y consiguió un ascenso. En 1940 dominaba el nego¬cio y estaba al mando de todas las operaciones, desde el control de las transacciones a la supervisión de un equipo de treinta personas. La chatarrería se había convertido en el mayor negocio de compra y venta de metales de la Costa Este.
En aquellos tiempos salió con varias mujeres. Tuvo una relación seria con una de ellas, una camarera del restaurante local de intensos ojos azules y sedoso cabello negro. Aunque el noviazgo duró dos años, nunca llegó a sentir por ella lo mismo que por Myriam.
Pero tampoco la olvidó. La chica era unos años mayor que él, y le había enseñado las maneras de complacer a una mujer, los sitios donde tocar y besar, los puntos donde demorarse, las palabras que debía susurrar. A veces se pasaban el día entero en la cama, abrazados, haciendo el amor de la forma más satisfac¬toria para ambos.
Ella sabía que no estarían juntos para siempre. Hacia el final de la relación, se lo había dicho:
—Ojalá pudiera darte lo que buscas, pero no sé qué es. Ocultas una parte de ti a todo el mundo, incluso a mí. Es como si no estuvieras conmigo. Tu mente está con otra. —Victor quiso negarlo, pero ella no le creyó—. Soy una mujer, sé mucho de estas cosas. A veces, cuando me miras, sé que ves a otra persona. Es como si esperaras que ella apareciera por arte de magia y te llevara lejos de todo esto...
Un mes después, la chica fue a verlo al trabajo y le dijo que había conocido a otro. Victor lo entendió. Se separaron como amigos, y al año siguiente ella le envió una postal diciéndole que se había casado. No volvió a saber de ella desde entonces.
Mientras estuvo en Nueva Jersey, visitaba a su padre una vez al año, para Navidad. Pescaban, charla¬ban y de vez en cuando hacían una escapada a la costa y acampaban en las Outer Banks, cerca de Ocracoke.
En diciembre de 1941, cuando tenía veintiséis años, estalló la guerra, tal como había predicho Goldman. Un mes después, Víctor entró en su despacho e informó a Goldman de sus intenciones de alistarse, y luego volvió a New Bern a despedirse de su padre. Cinco semanas más tarde estaba en el campo de entrenamiento de reclutas. Allí recibió una carta de Goldman dándole las gracias por su trabajo, y adjuntando un documento que le daba derecho a un pequeño porcentaje de la chatarrería en caso de que ésta se vendiera alguna vez.
"No podría haberlo conseguido sin ti", decía la carta. "A pesar de no ser judío, eres el mejor empleado que he tenido."
Pasó los tres años siguientes en el tercer regimiento de Patton, recorriendo los desiertos del norte de África y los bosques europeos con quince kilos a la espalda; su unidad de infantería siempre estaba cerca de la acción. Vio morir a sus amigos y asistió al entierro de varios de ellos a miles de kilómetros de la patria. En una ocasión, cuando estaba oculto en una trinchera en las cercanías del Rin, le pareció ver a Myriam velando por él.
Recordó el final de la guerra en Europa y, unos meses más tarde, en Japón. Poco antes de que lo licen¬ciaran, recibió una carta de un abogado de Nueva Jersey que representaba a Morris Goldman. Cuando se reunió con el abogado, descubrió que Goldman había muerto un año antes y que sus bienes habían sido liquidados. El negocio se había vendido, y Victor reci¬bió un cheque por casi setenta mil dólares. Inexplica¬blemente, el hecho no lo conmovió.
Una semana después regresó a New Bern y compró la casa. Recordaba que más tarde había llevado a su padre a verla contándole sus planes y señalando las reformas que se proponía hacer. Su padre estaba débil, tosía y respiraba agitadamente. Victor se inquietó, pero el anciano le aseguró que no debía preocuparse, que sólo tenía gripe.
Antes que transcurriera un mes, murió de neumo¬nía y fue enterrado junto a su esposa en el cementerio local. Victor le llevaba flores con regularidad y de vez en cuando le dejaba una nota. Todas las noches dedicaba un momento a recordarlo y luego rezaba una oración por el hombre que le había enseñado todo lo importan¬te de la vida.
Después de enrollar el sedal, guardó los aparejos de pesca y volvió a la casa. Su vecina, Martha Shaw, estaba allí para darle las gracias. Le llevaba unas galletas y tres hogazas de pan casero en reconocimiento por su ayuda. Su marido había muerto en la guerra, dejándola con tres hijos y una ruinosa casa donde criarlos. Se acercaba el invierno, y la semana anterior Victor había pasado varios días en casa de Martha, reparando el techo, cambiando los vidrios rotos de las ventanas, sellando los demás y arreglando la cocina de leña. Con suerte, sería suficiente para que salieran adelante.
Cuando Martha se marchó, Victor subió a su des¬vencijada camioneta Dodge y fue a ver a Gus. Siempre pasaba por allí cuando iba al negocio, porque la familia de Gus no tenía coche. Una de las hijas subió a la camioneta e hicieron compras en el almacén de comestibles Capers. Cuando llegó a casa, no guardó la compra de inmediato. Se duchó, tomó una cerveza y un libro y fue a sentarse en el porche.
Myriam aún no lo podía creer, aunque tenía la prueba en las manos.
La había encontrado en el diario tres domingos antes, en casa de sus padres. Había ido a la cocina a buscar una taza de café, y al regresar a la mesa, su padre le sonreía, enseñándole una pequeña fotografía.
—¿Te acuerdas de esto?
Le pasó el diario y, después de una primera mirada indiferente, algo en la fotografía captó su atención y la hizo fijarse mejor.
—No puede ser —murmuró. Su padre la miró con curiosidad, pero ella no le hizo caso. Se sentó y leyó el artículo en voz baja.
Recordaba vagamente que su madre se había senta¬do frente a ella, y que, cuando por fin dejó el diario, la miraba con la misma expresión de su padre unos minu¬tos antes.
—¿Te sientes bien? —preguntó su madre por enci¬ma de la taza de café—. Estás pálida.
No pudo responder de inmediato, y se percató de que le temblaban las manos. Entonces había empezado todo.
—Y aquí terminará, de una forma u otra —murmu¬ró otra vez. Volvió a doblar el recorte y lo puso en su sitio, recordando que aquel día se había llevado el diario de casa de sus padres para recortar el artículo. Había vuelto a leerlo por la noche, antes de acostarse, buscan¬do un sentido a la coincidencia, y también a la mañana siguiente, para convencerse de que no se trataba de un sueño. Ahora, después de tres semanas de largas cami¬natas a solas, después de tres semanas de confusión, ese artículo la había empujado allí.
Cuando la interrogaban, atribuía su extraña con¬ducta al estrés. Era la excusa perfecta; todo el mundo lo entendía, incluido Lon, que por eso no había puesto ninguna objeción cuando ella dijo que necesitaba mar¬charse un par de días. La organización de la boda era causa de estrés para todos los interesados. Habían invitado a quinientas personas, entre ellas al goberna¬dor, a un senador y al embajador del Perú. En su opinión, era demasiado, pero su compromiso acapara¬ba las páginas de sociedad de todas las publicaciones desde el día en que anunciaron la boda, seis meses antes. A veces tenía la tentación de huir con Lon y casarse en secreto, sin tanto alboroto. Pero sabía que él no lo aceptaría; como buen aspirante a político, le encantaba ser el centro de atención.
Respiró hondo y volvió a ponerse de pie.
—Ahora o nunca —murmuró, tomó sus cosas y se dirigió a la puerta. Se detuvo un instante antes de abrirla y bajar al vestíbulo. El gerente del hotel le sonrió al pasar, y sintió sus ojos clavados en su espalda mientras salía en dirección al coche. Se sentó al volante, se echó un último vistazo en el retrovisor, puso el coche en marcha y giró a la derecha por la calle principal.
No la sorprendió la claridad con que recordaba las calles del pueblo. Aunque hacía años que no iba por allí, era un sitio pequeño y resultaba fácil orientarse. Después de cruzar el río Trent por un anticuado puente levadizo, giró por un camino de grava e inició el último tramo del viaje.
El paisaje era hermoso, como siempre. A diferencia de la zona de Piedmont, donde se había criado, el terreno era llano, pero tenía el mismo suelo fértil, húmedo, ideal para el cultivo del algodón y el tabaco. Esos dos cultivos y la madera eran la principal fuente de riqueza de esa parte del Estado; y mientras se alejaba del pueblo, admiró la belleza que en un pasado lejano había atraído a esa región a los primeros colonos.
Para ella, nada había cambiado. La luz del sol se filtraba entre las ramas de los robles y los nogales de tres metros de altura, iluminando los colores del otoño. A su izquierda, un río del color del acero giraba hacia la carretera y luego hacia el lado contrario, antes de morir en otro río más caudaloso, a un kilómetro y medio de allí. El camino de grava también seguía un curso sinuo¬so entre fincas construidas antes de la guerra civil, y Myriam sabía que para algunos de los granjeros la vida no había cambiado desde la época de sus abuelos. La inmutabilidad del paisaje desató un torrente de recuer¬dos, y Myriam sintió un nudo en el estómago al reconocer, uno a uno, los lugares que creía olvidados.
El sol se alzaba a la izquierda, sobre las copas de los árboles, y al torcer por una curva pasó junto a una vieja iglesia, abandonada desde hacía años, pero todavía en pie. Aquel verano la había explorado en busca de vestigios de la Guerra Civil, y al pasar junto a ella, los recuerdos de aquel día se hicieron más vivos, como si sólo hubieran pasado veinticuatro horas.
Poco después avistó un majestuoso roble a orillas del río, y los recuerdos se intensificaron. Tenía el mis¬mo aspecto de entonces: las ramas bajas y gruesas se extendían horizontalmente, paralelas al suelo, envuel¬tas en un velo de musgo negro. Recordó un caluroso día de julio, cuando estaba sentada debajo de aquel árbol junto a alguien que la miraba con una pasión capaz de hacerle olvidar el resto del mundo. Entonces se había enamorado por primera vez.
Él tenía dos años más que ella, y mientras conducía por la carretera en una especie de viaje en el tiempo, su imagen se volvió nítida otra vez. Entonces había pensa¬do que aparentaba más años de los que tenía. Su aspecto era el de un hombre ligeramente curtido, como un campesino que vuelve a casa después de muchas horas en el campo. Tenía las manos encallecidas y los hom¬bros fornidos de los que trabajan duro para ganarse la vida, y finas arrugas incipientes comenzaban a dibujarse alrededor de aquellos ojos que parecían leer todos sus pensamientos.
Era alto, fuerte, atractivo a su manera, y tenía el cabello castaño claro, pero lo que mejor recordaba era su voz. Aquel día había leído para ella; mientras estaba tendida en la hierba a la sombra del árbol, le había leído con una voz suave y fluida, casi musical. Era una voz digna de un locutor de radio, y cuando leía, parecía quedar suspendida en el aire. Recordó que había cerra¬do los ojos, escuchando con atención, permitiendo que las palabras llegaran a su alma:
Me atrae, lisonjero, hacia la niebla, hacia el cre¬púsculo.
Me alejo como el viento, sacudo mis blancos rizos bajo el sol fugitivo...
Hojeaba libros viejos, con las puntas de las páginas gastadas y dobladas, libros que había leído centenares de veces. Después de leer un rato, hacía una pausa para charlar. Ella le confiaba sus deseos —sus esperanzas y aspiraciones para el futuro—, él escuchaba con aten¬ción y prometía hacer todo lo posible para que sus sueños se hicieran realidad. Lo decía de tal forma que era imposible ponerlo en duda, y ya entonces sospe¬chaba cuánto significaría aquel muchacho en su vida. Ocasionalmente, cuando ella lo interrogaba, él hablaba de sí mismo, o le explicaba por qué había elegido un poema en particular y qué pensamientos le inspiraba; otras veces se limitaba a mirarla con su habitual inten¬sidad.
Aquel día contemplaron la puesta de sol y cenaron bajo las estrellas. Se hacía tarde, y ella sabía que sus padres se pondrían furiosos si descubrían dónde había estado. Pero en aquel momento no le importaba. Sólo podía pensar en lo especial que había sido el día, en lo especial que era él. Unos minutos después, mientras la acompañaba a casa, el chico le dio la mano y su calidez la abrigó durante todo el camino.
Después de otra curva, finalmente vio la casa. Había cambiado radicalmente. Al aproximarse redujo la velo¬cidad y giró por el largo camino de tierra, flanqueado de árboles, que la conduciría a su norte, al faro que la había convocado desde Raleigh.
Condujo despacio, mirando la casa, y cuando lo vio en el porche, con la vista fija en el coche, respiró hondo. Llevaba ropas informales. Desde esa distancia, se lo veía exactamente igual que entonces. Por un instante, con la luz del Sol a su espalda, su silueta pareció desdibujarse y fundirse con el paisaje.
El coche continuó avanzando lentamente y por fin se detuvo debajo de un roble que arrojaba su sombra sobre la parte delantera de la casa. Giró la llave del coche sin quitarle los ojos de encima, y el motor paró con un chasquido entrecortado.
Él salió del porche y se aproximó a ella, andando con aire despreocupado, pero se detuvo en seco al verla bajar del coche. Durante un largo instante no hicieron más que mirarse el uno al otro sin moverse.
Myriam Montemayor, ventinueve años, prometida para casarse, una mujer de la alta sociedad en busca de respuestas, y Victor Garcia, treinta y un años, un soñador visitado por el fantasma que había llegado a dominar su vida.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  vicbrenda el Jue Nov 26, 2009 6:06 pm

WOW K PADRE K INSPIRACION JAJJA

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  myrithalis el Jue Nov 26, 2009 8:06 pm

Que padre que hermoso Cap. gracias Bye atte: Iliana

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  marimyri el Jue Nov 26, 2009 8:52 pm

Muchas gracias por el capitulo!!

ya se rencontraron

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  mats310863 el Vie Nov 27, 2009 9:50 am

QUE BONITO CAPÍTULO, MUY ROMANTICO, GRACIAS

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  alma.fra el Vie Nov 27, 2009 10:47 am

Ke bonito, muchas gracias por el capitulo.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Geno el Lun Nov 30, 2009 12:15 am

FABY YA SE TE EXTRAÑABA

YA ME PUSE AL DIA, PERO COMO QUE HAY TAN POKIS CAPITULOS KIERO MASSSSSSSS ANDALES ANDALES LA DEJASTE EN LO MERO BUENOOOOOOOOOOOOOOOOO


SALUDITOS

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Eva_vbb el Lun Nov 30, 2009 1:11 am

Geno escribió:FABY YA SE TE EXTRAÑABA

YA ME PUSE AL DIA, PERO COMO QUE HAY TAN POKIS CAPITULOS KIERO MASSSSSSSS ANDALES ANDALES LA DEJASTE EN LO MERO BUENOOOOOOOOOOOOOOOOO


SALUDITOS

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  vicbrenda el Mar Dic 01, 2009 12:29 am

grax por compartir tu nove

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Fabii el Sáb Dic 05, 2009 2:16 pm

Niñas x eso puse cap's largos aajjajaj, pero espero el lunes subir nuevo capitulo no se preocupen esta historia si se termina aaahahah, solo que ando con muchisimo trabajo espero el lunes subirles mas capitulitos saludines

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Marianita el Sáb Dic 26, 2009 1:32 am

Ayyy esa película me encanta!!!!!!! Gracias por ponernos una nueva novela Faby, y por regresar, no estaré leyendo los capis diariamente porque sigo sin inter pero me daré mis escapadas para guardar los caps ok?? Wink

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  monike el Mar Ene 19, 2010 3:11 pm

Esta padrisima esta historia que bueno que animaste a ponerla niña,
pero pon capi niña lol! lol!

No nos dejes asi andale lol! lol!

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  fresita el Mar Ene 19, 2010 9:01 pm

y los capiss Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked Shocked Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Question Question Question Question Question Question Question Question Question Question Question Question What a Face What a Face What a Face What a Face What a Face What a Face What a Face No No No No No No No No No No No No No No No No No confused confused confused confused confused confused confused confused confused confused affraid affraid affraid affraid affraid affraid affraid lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! lol! scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch scratch niña ponte a saludos

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Fabii el Jue Feb 11, 2010 5:19 pm

El rencuentro

Ninguno de los dos se movió mientras se contem¬plaban.
Él no había dicho nada, sus músculos parecían paralizados, y por un momento ella pensó que no la había reconocido. Se sintió súbitamente culpable por aparecer de ese modo, sin avisar, y el sentimiento de culpa dificultó aún más las cosas. Había pensado que resultaría más sencillo, que sabría qué decir. Pero no fue así. Las únicas palabras que se le ocurrían parecían inapropiadas, insuficientes.
Evocó el verano que habían pasado juntos y, mien¬tras lo miraba, reparó en lo poco que había cambiado desde su último encuentro. Pensó que tenía buen aspecto. La camisa holgada, metida en los viejos vaqueros desteñidos, dejaba entrever los mismos hombros cor¬pulentos que recordaba, un torso que se afilaba progresivamente hacia unas caderas estrechas y un vientre plano. También estaba bronceado, como si hubiera trabajado al sol todo el verano, y aunque su cabello parecía algo más ralo y claro de lo que recordaba, tenía el mismo aspecto que la última vez que lo había visto.
Cuando por fin se sintió en condiciones de hablar, respiró hondo y sonrió.
—Hola, Victor. Me alegro de volver a verte.
Sus palabras lo sobresaltaron y la miró con asom¬bro. Luego, después de sacudir ligeramente la cabeza, esbozó una sonrisa lenta.
—Yo también me alegro... —balbuceó. Se llevó una mano a la barbilla y Myriam notó que no se había afeita¬do—. Eres tú, ¿verdad? No puedo creerlo...
Myriam oyó la emoción en su voz y, sorprendente¬mente, todo pareció encajar: su presencia allí, su nece¬sidad de verlo. Sintió una extraña emoción, una emo¬ción profunda y antigua, que le produjo un mareo momentáneo.
Se esforzó por mantener el control. No esperaba, no quería, sentirse de aquel modo. Estaba prometida. No había ido allí para revivir viejos sentimientos... aunque...
Aunque...
La emoción la embargó, a pesar de sí misma, y por un instante volvió a tener quince años. Sintió lo que no había sentido en mucho tiempo, como si sus sueños aún pudieran hacerse realidad.
Como si por fin hubiera vuelto a casa.
Sin mediar otra palabra, se acercaron, y Victor la rodeó con sus brazos y la estrechó contra su cuerpo como si eso fuera lo más natural del mundo. Se abraza¬ron con fuerza, dando visos de realidad a la situación, dejando que los catorce años de separación se disolvie¬ran en la luz mortecina del crepúsculo.
Permanecieron largo rato así, hasta que ella retroce¬dió para mirarlo. A tan corta distancia, vio los cambios que no había notado anteriormente. Ahora era todo un hombre, y su rostro había perdido la tersura de la juventud. Las finas arrugas que rodeaban sus ojos se habían acentuado y tenía una cicatriz en la barbilla que antes no estaba allí. Tenía un aire distinto; parecía menos inocente, más suspicaz, y sin embargo, la forma en que la abrazaba demostraba cuánto la había echado de menos desde la última vez que se habían visto.
Los ojos de Myriam se llenaron de lágrimas, y por fin ella y Victor se separaron. Ella dejó escapar una risita queda y nerviosa mientras se secaba las lágrimas.
—¿Estás bien? —preguntó él, con otras mil pre¬guntas en la cara.
—Lo siento. No quería llorar...
—No te preocupes —respondió Victor con una sonrisa—. Todavía no puedo creer que estés aquí. ¿Cómo me has encontrado?
Myriam retrocedió, esforzándose por recuperar la compostura y secándose las últimas lágrimas.
—Hace dos semanas leí un artículo sobre la casa en el diario de Raleigh y supe que debía venir a verte.
La sonrisa de Victor se ensanchó.
—Me alegro de que lo hicieras. —Retrocedió unos pasos—. ¡Bueno! Tienes un aspecto fantástico. Estás incluso más hermosa que hace años.
Myriam se ruborizó. Igual que catorce años antes.
—Gracias. Tú también estás muy bien. —Y era verdad, no cabía duda. Los años habían sido bondado¬sos con él.
—¿Qué ha sido de tu vida? ¿Qué haces aquí?
Sus preguntas la devolvieron al presente, le hicieron tomar conciencia de lo que podría suceder si no tuviera cuidado. No dejes que la situación se te escape de las manos, se dijo, y cuando por fin habló, lo hizo en voz baja:
—Victor, antes que te hagas una idea equivocada, quiero que sepas que quería verte otra vez, pero que también hay algo más. —Hizo una breve pausa. —Te¬nía otra razón para venir aquí. Debo decirte algo.
—¿Qué?
Ella apartó la vista y tardó en responder, sorpren¬dida de su incapacidad para contestar de inmediato. En el silencio, Victor sintió un nudo de miedo en el estóma¬go. Lo que fuera que tuviera que decirle era malo.
—No sé cómo decirlo. Pensé que podría hacerlo, pero ahora no estoy segura...
De repente, el agudo chillido de un mapache sacu¬dió el aire, y Clem salió del porche, ladrando con furia. Los dos se volvieron y Myriam se alegró de la distracción.
—¿Es tuyo? —preguntó.
Victor asintió, sintiendo la tensión en el estómago.
—En realidad es una hembra. Se llama Clementine. Sí, es mía. —Los dos miraron cómo Clem sacudía la cabeza, se estiraba y caminaba en dirección a los ruidos. Los ojos de Myriam se agrandaron ligeramente al verla cojear.
—¿Qué le pasó en la pata? —preguntó haciendo tiempo.
—Hace unos meses la atropelló un coche. El doctor Harrison, el veterinario, me llamó para ofrecérmela porque su dueño ya no la quería. Cuando vi lo que le había pasado, no pude dejarla librada a su suerte.
—Siempre has sido bondadoso —dijo ella, tratando de relajarse. Hizo una pausa y miró más allá de él, hacia la casa. —Has hecho un excelente trabajo de restaura¬ción. Ha quedado perfecta, tal como imaginé que que¬daría algún día.
Victor volvió la cabeza en la misma dirección mientras especulaba sobre el motivo de aquellos comenta¬rios triviales, sobre la noticia que Myriam se resistía a darle.
—Gracias, eres muy amable. Sin embargo, ha sido difícil. No sé si volvería a hacerlo.
—Claro que volverías a hacerlo —repuso Myriam. Conocía muy bien los sentimientos de Victor hacia aquella casa. En realidad, conocía muy bien sus sentimientos hacia todo... o al menos así había sido mucho tiempo atrás.
Con ese pensamiento tomó conciencia de cuántas cosas habían cambiado desde entonces. Ahora eran extraños; bastaba con mirarlo para convencerse de ello. Bastaba con mirarlo para comprender que catorce años eran mucho tiempo. Demasiado.
—¿Qué pasa, Myriam? —Se volvió hacia ella, obligán¬dola a sostener su mirada, pero Myriam siguió mirando fijamente la casa.
—Me comporto como una tonta, ¿verdad? —pre¬guntó, esforzándose por sonreír.
—¿A qué te refieres?
—A todo esto. Al hecho de aparecer de la nada, sin saber siquiera qué decir. Debes de creer que estoy loca.
—No estás loca —repuso él con ternura. Le buscó la mano y Myriam permitió que la estrechara mientras seguían de pie, uno junto al otro. Finalmente, Victor añadió: —Aunque ignoro la razón, veo que ésta es una situación difícil para ti. ¿Por qué no damos un paseo?
—¿Como en los viejos tiempos?
—¿Por qué no? Creo que nos hará bien a los dos.
Myriam vaciló un momento y miró hacia la puerta principal de la casa.
—¿Tienes que avisar a alguien?
Victor negó con la cabeza.
—No, no hay nadie más. Sólo Clem y yo.
A pesar de su pregunta, Myriam ya sospechaba que no había nadie más, y en el fondo no sabía qué sentir al respecto. Sin embargo, la certeza hizo que lo que tenía que decir resultara aún más difícil. La existencia de otra persona le habría facilitado las cosas.
Caminaron hacia el río y giraron por un camino cercano a la orilla. Myriam le soltó la mano, sorprendién¬dolo, y caminó a una distancia prudencial, como si quisiera evitar cualquier roce accidental.
Victor la miró. Seguía siendo preciosa, con su abun¬dante cabellera y sus ojos tiernos, y se movía con tanta gracia que casi parecía que flotara. Había visto mujeres hermosas, mujeres que llamaban la atención, pero en su opinión siempre carecían de los atributos que él encon¬traba más deseables. Atributos como inteligencia, seguridad, fortaleza de espíritu, pasión; atributos que habían inspirado la grandeza de otros hombres, atribu¬tos que él deseaba para sí.
Myriam tenía esos atributos, Victor lo sabía, y ahora, mientras caminaban lado a lado, los adivinó una vez más, ocultos bajo la superficie. "Un poema viviente" eran las palabras que siempre acudían a su mente cuando intentaba describir a Myriam.
—¿Cuánto hace que estás aquí? —preguntó ella mientras ascendían por una cuesta cubierta de hierba.
—Desde diciembre del año pasado. Trabajé un tiempo en el norte y pasé los últimos tres años en Europa.
Ella le dirigió una mirada inquisitiva.
—¿En la guerra? —Victor asintió y Myriam prosiguió: —Supuse que habrías ido. Celebro que hayas regresa¬do sano y salvo.
—Yo también —respondió Victor.
—¿Te alegras de haber vuelto a casa?
—Sí. Mis raíces están aquí. Aquí es donde debo estar —Hizo una pausa—Pero, ¿qué me dices de ti? —preguntó en voz baja, sospechando lo peor.
Ella tardó en responder.
—Estoy prometida para casarme.
Al oírla, Victor bajó la vista y se sintió súbitamente débil. Conque era eso. Eso era lo que tenía que decirle.
—Enhorabuena —dijo, preguntándose si sonaría convincente—. ¿Cuándo es el gran día?
—En tres semanas a partir del sábado. Lon quería que la boda se celebrara en noviembre.
—¿Lon?
—Lon Hammond junior, mi prometido.
Victor asintió sin sorpresa. Los Hammond era una de las familias más poderosas e influyentes del Estado. Habían amasado una fortuna cultivando algodón. La muerte de su padre había pasado inadvertida, pero la del viejo Lon Hammond había acaparado los titulares de los periódicos.
—He oído hablar de ellos. Su padre tenía una empresa importante. ¿Lon ha tomado el relevo?
Myriam negó con la cabeza.
—No. Es abogado. Tiene su estudio en el centro.
—Con ese apellido, debe de tener mucha clientela.
—Sí. Trabaja mucho.
Le pareció oír algo raro en su tono, y la siguiente pregunta surgió espontáneamente:
—¿Te trata bien?
Myriam no respondió de inmediato, como si fuera la primera vez que pensaba en ello. Por fin dijo:
—Sí. Es un buen hombre, Victor. Te caería bien.
Su voz sonaba distante, o al menos eso le pareció a Victor. Se preguntó si sería realmente así, o si su imagi¬nación le estaría jugando una mala pasada.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó Myriam.
Victor dio un par de pasos más antes de responder.
—Murió a principios de este año, poco después de mi regreso.
—Lo lamento —dijo ella en voz baja, sabiendo cuánto lo quería Victor.
Él asintió y los dos caminaron en silencio durante unos instantes.
Al llegar a lo alto de la colina, se detuvieron. El roble había quedado lejos y el sol brillaba detrás de él con un resplandor naranja.

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Fabii el Jue Feb 11, 2010 5:19 pm

Mientras miraba en esa dirección, Myriam sintió los ojos de Victor fijos en ella.
—Ese roble guarda muchos recuerdos, Myriam.
Ella sonrió.
—Lo sé. Me fijé en él al llegar. ¿Recuerdas el día que pasamos a su sombra?
—Sí —respondió él sin añadir nada más.
—¿Piensas en ello alguna vez?
—A veces. Sobre todo cuando trabajo por los alre¬dedores. Ahora el árbol está en mis tierras.
—¿Las compraste?
—No podía soportar la idea de que lo convirtieran en armarios de cocina.
Myriam rió quedamente, sintiéndose extrañamente complacida por la noticia.
—¿Todavía lees poesía?
Victor asintió con un gesto.
—Sí. Nunca dejé de hacerlo. Supongo que lo llevo en la sangre.
—¿Sabes que eres el único poeta que he conocido?
—Yo no soy poeta. Leo poesía, pero jamás he podido escribir un solo verso. Y no porque no lo haya intentado.
—Aun así eres un poeta, Victor Taylor Garcia. —Su voz se suavizó. —Muchas veces pienso en eso. Fue la primera vez que alguien me leyó poesía. En realidad, fue la única vez.
Ese comentario les hizo recordar, volver atrás en el tiempo, mientras regresaban lentamente a la casa, dan¬do un rodeo por un camino que pasaba cerca del embarcadero. Mientras el Sol seguía su curso descen¬dente, tiñendo el cielo de naranja, Victor preguntó:
—¿Cuánto tiempo te quedas?
—No lo sé. No mucho. Quizás hasta mañana o pasado mañana.
—¿Tu novio está en el pueblo por cuestiones de trabajo?
Myriam sacudió la cabeza.
—No. Está en Raleigh.
Victor arqueó las cejas.
—¿Sabe que estás aquí?
Ella volvió a sacudir la cabeza y respondió despacio.
—No. Le dije que iba a comprar antigüedades. No entendería mi presencia aquí.
La respuesta sorprendió ligeramente a Victor. Una cosa era que fuera a visitarlo, y otra muy distinta que ocultara la verdad a su novio.
—No necesitabas venir hasta aquí para decirme que estabas prometida. Podrías haber escrito o telefoneado.
—Lo sé. Pero tenía que decírtelo personalmente.
—¿Por qué?
Myriam titubeó.
—No lo sé... —dijo arrastrando las palabras, y su forma de decirlo hizo que él le creyera.
Dieron varios pasos en silencio, mientras la grava del camino crujía bajo sus pies. Por fin Victor preguntó:
—¿Lo amas, Myriam?
Ella respondió mecánicamente:
—Sí, lo amo.
La confirmación le dolió, pero una vez más Victor creyó notar algo extraño en su tono, como si estuviera intentando convencerse a sí misma. Se detuvo y le apoyó las manos en los hombros, obligándola a mirar¬lo. Mientras Victor hablaba, la luz mortecina del Sol se reflejó en los ojos de Myriam.
—Myriam, si eres feliz y lo amas, no voy a impedirte que vuelvas con él. Pero si no estás totalmente segura, no lo hagas. En esta clase de asuntos, no se puede ir con medias tintas.
Ella se apresuró, quizá demasiado, a responder.
—He tomado la mejor decisión, Victor.
Él la miró fijamente durante un segundo, sin saber si creerle o no. Luego asintió y los dos comenzaron a andar otra vez. Después de un momento, Victor dijo:
—No te estoy facilitando las cosas, ¿verdad?
Myriam esbozó una sonrisa.
—No te preocupes. No te culpo.
—De todos modos lo lamento.
—No lo hagas. No hay razón para lamentarse. Soy yo quien debería disculparse. Tal vez debí escribirte.
Victor sacudió la cabeza.
—Si quieres que te sea franco, me alegro de que hayas venido. A pesar de todo. Es maravilloso volver a verte.
—Gracias, Victor.
—¿Crees que sería posible volver a empezar?
Myriam lo miró con curiosidad.
—Eres la mejor amiga que he tenido. Me gustaría que continuáramos siendo amigos, aunque estés pro¬metida y aunque sólo vayas a quedarte un par de días. ¿Qué te parece si volvemos a conocernos?
Myriam pensó, pensó en la conveniencia de quedarse o marcharse, y decidió que, puesto que Victor estaba al tanto de su compromiso, todo iría bien. O por lo menos no iría mal. Sonrió vagamente y asintió.
—Me gusta la idea.
—Muy bien. ¿Qué tal si cenamos juntos? Conozco un sitio donde hacen el mejor cangrejo del pueblo.
—Suena bien. ¿Dónde está?
—En mi casa. He tenido trampas puestas durante toda la semana, y hace un par de días vi que había atrapado un par de ejemplares excelentes. ¿Te importa?
—No. Me parece muy bien.
Victor sonrió y señaló con el pulgar por encima de su hombro.
—Genial. Están en el embarcadero. Vuelvo en dos minutos.
Myriam lo miró alejarse y notó que el nerviosismo que la había invadido al hablar de su compromiso comen¬zaba a desvanecerse. Cerró los ojos, se pasó las manos por el pelo y dejó que la brisa le refrescara las mejillas. Respiró hondo y contuvo el aire un momento, relajan¬do los músculos de los hombros mientras exhalaba. Finalmente abrió los ojos y admiró la belleza que la rodeaba.
Siempre había amado los atardeceres como aquel, cuando los vientos del sur llevan consigo el tenue aroma de las hojas de otoño. La fascinaban los árboles, el susurro de sus hojas en la brisa. Oírlo la ayudó a relajarse aún más. Un momento después, se volvió hacia Victor y lo miró como si no lo conociera.
¡Cielos, tenía un aspecto excelente!, incluso des¬pués de tantos años. Observó cómo recogía una soga tendida sobre el agua. Comenzó a tirar y, a pesar de la creciente oscuridad del cielo, Myriam reparó en los músculos de su brazo mientras sacaba una jaula del agua. La sujetó sobre el río durante unos instantes y la sacudió, dejando escapar la mayor parte del agua. Tras apoyar la trampa en el embarcadero, la abrió y comen¬zó a sacar los cangrejos uno a uno, metiéndolos en un balde.
Myriam fue a su encuentro, escuchando el canto de los grillos, y recordó una lección de la infancia. Contó el número de sonidos en un minuto y restó veintitrés. Diecinueve grados, pensó mientras sonreía para sí. No sabía si su cálculo era exacto, pero parecía bastante aproximado.
Mientras caminaba, miró alrededor y pensó que casi había olvidado el frescor y la belleza de esos parajes. Por encima de su hombro vio la casa a lo lejos. Victor había dejado un par de luces encendidas y parecía la única vivienda en los alrededores. Por lo menos la única con electricidad. Allí, lejos de la ciudad, todo era posible. Miles de casas de campo todavían carecían del lujo de la iluminación eléctrica.
Subió al embarcadero, que crujió bajo sus pies. El sonido le recordó al de un patito de goma, aunque con el orificio del sonido oxidado. Victor alzó la vista, le hizo un guiño y continuó examinando los cangrejos, comprobando que tuvieran el tamaño adecuado. Myriam se acercó a la mecedora que había sobre el embarcadero y la tocó, pasando la mano por el respaldo. Imaginó a Victor sentado allí, pescando, leyendo, pensando. La silla estaba vieja, castigada por la intemperie, con la madera áspera. Se preguntó cuánto tiempo pasaría allí solo y especuló sobre lo que pensaría en esos momen¬tos.
—Era la mecedora de mi padre —le informó Victor sin levantar la vista, y Myriam asintió. Había murciélagos en el cielo y las ranas se habían sumado al concierto nocturno de los grillos.
Cruzó el embarcadero con la sensación de que una etapa de su vida llegaba a su fin. Un impulso irresis¬tible la había llevado hasta allí y, por primera vez en tres semanas, la ansiedad había desaparecido. Nece¬sitaba que Victor supiera lo de su compromiso, que lo comprendiera y lo aceptara —ahora estaba segura de ello—, y pensando en él, recordó algo que habían compartido en su verano juntos. Se paseó por el em¬barcadero con la cabeza gacha, buscando una talla... hasta que la encontró. Victor quiere a Myriam dentro de un corazón. Tallado en el embarcadero pocos días antes que ella se marchara.
Una brisa suave rompió la quietud y le hizo sentir frío, obligándola a cruzar los brazos. Permaneció allí de pie, mirando alternativamente la talla y luego el río, hasta que oyó que Victor se acercaba. Le habló, cons¬ciente de su proximidad, de su calor.
—Esto es tan tranquilo... —dijo con voz soñadora.
—Lo sé. Vengo aquí a menudo, sólo para estar cerca del agua. Me relaja.
—Yo también lo haría en tu lugar.
—Bueno, vamonos. Los mosquitos se están ensa¬ñando, y estoy muerto de hambre.
El cielo se había teñido de negro. Victor comenzó a andar hacia la casa, con Myriam a su lado. Mientras cami¬naban en silencio, la mente de ella comenzó a vagar, y se sintió confusa. Se preguntó qué pensaría él de su presencia allí, aunque no estaba muy segura de lo que pensaba ella misma. Al cabo de unos minutos, cuando llegaron a la casa, Clem la saludó metiendo su hocico húmedo en el lugar menos indicado. Victor la ahuyentó y la perra se marchó con el rabo entre las patas.
Luego señaló el coche.
—¿Has dejado algo allí que vayas a necesitar?
—No. Ya saqué mis cosas antes. —Su voz sonó extraña a sus propios oídos, como si hubiera vuelto atrás en el tiempo.
—Bien —dijo Victor, llegó al porche trasero y co¬menzó a subir los peldaños.
Dejó el balde junto a la puerta, y la guió adentro, hacia la cocina. Estaba inmediatamente a la derecha, una habitación amplia con olor a madera. Los armarios y el piso eran de roble, y las grandes ventanas daban al este, para que entrara la luz del amanecer. La reforma estaba hecha con gusto, sin recargar la decoración, un error bastante común en la restauración de las casas antiguas.
—¿Puedo echar un vistazo?
—Sí; adelante. Hice las compras hace un rato y todavía tengo que poner las cosas en su sitio.
Sus ojos se encontraron durante un segundo, y aunque Myriam se dio vuelta, supo que él la seguía con la mirada mientras salía de la habitación. Volvió a embar¬garla una extraña emoción.
Dedicó los minutos siguientes a recorrer la casa, a pasearse por las habitaciones y admirar su belleza.
Cuando terminó, le costaba recordar lo deteriorado que había estado el lugar. Bajó la escalera, giró hacia la cocina y vio el perfil de Victor. Por un fugaz instante, volvió a verlo como si tuviera diecisiete años, y se detuvo un momento antes de entrar. Maldita sea, con¬trólate, se dijo. Recuerda que ahora estás prometida.
Victor estaba de pie junto al mármol de la cocina, silbando con aire despreocupado. Las puertas de dos armarios estaban abiertas de par en par y había unas cuantas bolsas de compras vacías en el suelo. Le sonrió y guardó varias latas en un armario. Myriam se detuvo a unos metros de él y se apoyó en el mármol, cruzando las piernas. Sacudió la cabeza, maravillada por la mag¬nitud del trabajo realizado por Victor en la casa.
—Es increíble, Victor. ¿Cuánto tiempo duró la reforma?
El levantó la vista de la última bolsa que quedaba por vaciar.
—Casi un año.
—¿Lo hiciste todo solo?
—No —respondió con una risita—. Cuando era adolescente, pensé que lo haría, y empecé con esa idea. Pero era demasiado. Habría tardado años, así que contraté a algunas personas... en realidad, a un montón de personas. Pero así y todo, trabajé mucho, y casi nunca terminaba hasta medianoche.
—¿Por qué te esforzaste tanto?
Por los fantasmas, hubiera querido decir, pero no lo hizo.
—No lo sé. Supongo que quería terminar de una vez. ¿Quieres beber algo antes de que empiece a prepa¬rar la cena?
—¿Qué tienes?
—No gran cosa. Cerveza, té, café.
—Un té me parece bien.
Victor recogió las bolsas de las compras y las guar¬dó, luego entró en una pequeña habitación trasera pegada a la cocina y regresó con una caja de té. Sacó un par de saquitos, los dejó junto a la cocina, y llenó la tetera. Después de ponerla sobre la hornalla, encendió un fósforo, y Myriam oyó el sonido de las llamas al cobrar vida.
—Estará listo en un minuto —aseguró él—. Esta cocina es bastante rápida.
—Muy bien.
Cuando la tetera silbó, Victor sirvió un par de tazas y le pasó una a Myriam.
Ella sonrió y bebió un sorbo, luego señaló la venta¬na con la barbilla.
—Apuesto a que la cocina queda preciosa a la luz de la mañana.
—Así es. Precisamente por eso hice instalar venta¬nas más grandes de este lado de la casa. También en las habitaciones del primer piso.
—Estoy segura de que tus invitados te lo agradece¬rán. A menos que les guste dormir hasta tarde, desde luego.
—En realidad, todavía no he invitado a nadie a pasar la noche. Desde que murió mi padre, no tengo a quien invitar.
Por su tono, Myriam supo que sólo intentaba entablar conversación. Sin embargo, por alguna razón, sus pa¬labras la hicieron sentir... sola. Victor pareció advertir sus sentimientos, pero cambió de tema sin darle tiempo a pensar.
—Voy a dejar los cangrejos unos minutos en adobo antes de cocinarlos al vapor —dijo, dejando la taza sobre la mesada. Abrió un armario y sacó una cacerola grande con tapa y una rejilla para cocinar al vapor. La llevó a la pileta, la llenó hasta la mitad de agua y la puso sobre la cocina.
—¿Te doy una mano?
Victor volvió la cabeza y respondió por encima del hombro.
—Bueno. ¿Por qué no cortas algunas verduras para freír? Hay muchas en la heladera. Allí encontrarás un bol.
Señaló el armario más cercano a la pileta. Myriam bebió otro sorbo de té, dejó la taza en la mesada y sacó el bol. Lo llevó a la heladera, en cuyo estante inferior encontró quingombó, zapallitos, cebollas y zanahorias. Victor se puso a su lado frente a la puerta abierta y ella se movió para hacerle sitio. Aspiró su olor —característico, agradable, familiar— y sintió el roce de su brazo contra el suyo mientras se inclinaba para sacar algo del interior de la heladera. Victor sacó una cerveza y un frasco de salsa picante y regresó junto a la cocina.
Abrió la cerveza y la vertió en el agua de la olla, añadió un poco de salsa picante y algunas especias. Después de remover el líquido para asegurarse de que las especias se disolvieran, fue a buscar los cangrejos a la puerta trasera.
Antes de volver a entrar, se detuvo un momento y observó a Myriam, que estaba cortando las zanahorias. Entonces volvió a preguntarse por qué habría ido a verlo, sobre todo ahora que estaba prometida. Su visita no parecía tener sentido.
Pero, por otra parte, Myriam siempre había sido im¬previsible.
Sonrió para sí, recordando cómo era en el pasado. Vehemente, espontánea, apasionada, tal como él imagi¬naba a la mayoría de los artistas. Y sin lugar a dudas ella lo era. Un talento artístico como el de Myriam era un don del cielo. Recordó que había visto muchos cuadros en los museos de Nueva York, y que su obra no tenía nada que envidiarles.
Aquel verano, Myriam le había regalado un cuadro antes de marcharse. Estaba colgado en el living-room, encima de la chimenea. Ella había dicho que era un retrato de sus sueños, y a Victor le parecía extremada¬mente sensual. Cuando lo miraba, cosa que hacía a menudo por las noches, veía deseo en los colores y las líneas, y si se concentraba, podía imaginar lo que ella había pensado al hacer cada trazo.
Un perro ladró a lo lejos y Victor se dio cuenta de que hacía largo rato que tenía la puerta abierta. La cerró rápidamente y volvió a la cocina. Mientras entraba, se preguntó si Myriam habría reparado en su larga ausencia.
—¿Qué tal? —preguntó al ver que casi había termi¬nado.
—Bien. Esto está casi listo. ¿Hay algo más para cenar?
—Había pensado en acompañar la comida con un poco de pan casero.
—¿Casero?
—Sí, hecho por una vecina —respondió mientras ponía el balde en la pileta de la cocina. Abrió la canilla y comenzó a lavar los cangrejos uno a uno. Los sujetaba debajo del chorro de agua, y luego los dejaba caminar por la pileta mientras enjuagaba el siguiente. Myriam tomó su taza de té y se acercó a mirar.
—¿No tienes miedo de que te pellizquen cuando los sujetas?
—No. Hay que agarrarlos así—dijo haciendo una demostración, y Myriam sonrió.
—Olvidaba que has hecho esto toda tu vida.
—New Bern es un pueblo pequeño, pero aquí aprendes cosas que valen la pena.
Myriam se apoyó contra la mesada, muy cerca de él, y terminó la taza de té. Cuando los cangrejos estuvieron listos, Victor los echó en la cacerola. Mientras se lavaba las manos, se volvió y le preguntó:
—¿Quieres que nos sentemos un rato en el porche? Voy a dejarlos media hora en remojo.
—Muy bien —respondió ella.
Se secó las manos y salieron juntos al porche trase¬ro. Victor encendió la luz y se sentó en la mecedora más vieja, ofreciendo la más nueva a Myriam. Cuando vio que su taza estaba vacía, volvió dentro y reapareció poco después con otra taza de té para Myriam y una cerveza para él. Extendió la taza, ella la tomó y bebió un par de sorbos antes de dejarla sobre la mesita, a un lado de las sillas.
—Cuando llegué estabas sentado aquí, ¿verdad?
Victor respondió mientras se acomodaba en la me¬cedora:
—Sí. Me siento aquí todas las noches. Se ha conver¬tido en un hábito.
—Ya veo por qué —comentó Myriam mirando alrede¬dor—. ¿Y a qué te dedicas ahora?
—En realidad, ahora no hago nada más que ocupar¬me de la casa. Este trabajo satisface todas mis necesida¬des creativas.
—¿Cómo puedes...? Bueno, quiero decir...
—Morris Goldman.
—¿Qué?
Victor sonrió.
—Mi antiguo jefe en el norte. Se llamaba Morris Goldman. Poco antes que me alistara me ofreció una participación en el negocio, y murió antes que yo volviera a casa. Cuando regresé, su abogado me dio un cheque lo bastante sustancioso como para comprar esta casa y repararla.
Myriam rió quedamente.
—Siempre decías que encontrarías la manera de hacerlo.
Los dos guardaron silencio unos minutos, recor¬dando otra vez. Myriam bebió un sorbo de té.
—¿Recuerdas que la primera vez que me hablaste de este lugar entramos aquí a escondidas? —Victor asintió y ella continuó: —Aquella noche llegué a casa muy tarde, y mis padres se pusieron furiosos. Todavía puedo ver a mi padre de pie en medio del salón, fumando un cigarrillo, y a mi madre sentada en el sofá, mirando al vacío. Cualquiera hubiera dicho que acaba¬ba de morir un pariente cercano

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Re: ::Diario de una Pasion:: NOVELA COMPLETA

Mensaje  Fabii el Jue Feb 11, 2010 5:20 pm

Fue entonces cuando se dieron cuenta de que lo nuestro iba en serio, y mi madre tuvo una larga charla conmigo. Me dijo: "Estoy segura de que piensas que no entiendo lo que te pasa, pero lo entiendo. Sin embargo, nuestro destino se rige por lo que somos, y no por lo que queremos". Recuer¬do que me sentí muy ofendida.
—Al día siguiente me lo contaste. También yo me sentí ofendido. Tus padres me caían bien, y no sabía que yo no les gustara.
—No es que no les gustaras. Sencillamente, no les parecías un buen partido para mí.
—No hay mucha diferencia.
Su voz sonó triste, y Myriam comprendió que tenía razones para apenarse. Miró las estrellas y se pasó una mano por el pelo, apartando los mechones que habían caído sobre su cara.
—Lo sé. Siempre lo supe. Quizá por eso, cuando hablo con mi madre, siempre tengo la impresión de que hay un abismo entre las dos.
—¿Y qué piensas ahora?
—Lo mismo que entonces. Que se equivocaron, que no era justo. Es horrible para una chica aprender que la posición social es más importante que los sentimientos. —Victor sonrió con ternura, pero no respon¬dió—. No he dejado de pensar en ti desde aquel verano —añadió Myriam.
—¿De veras?
—¿Por qué lo dudas? —Myriam parecía sinceramente sorprendida.
—Nunca contestaste a mis cartas.
—¿Me escribiste?
—Docenas de cartas. Te escribí durante dos años y nunca recibí contestación.
Ella sacudió la cabeza y bajó la vista.
—No lo sabía... —dijo por fin en voz baja, y Victor supo que la madre de Myriam había interceptado la corres¬pondencia, haciendo desaparecer las cartas sin que su hija lo supiera. Siempre lo había sospechado, y ahora notó que Myriam acababa de llegar a la misma conclusión.
—Mi madre no debió hacer eso, Victor, y lo lamen¬to. Pero procura entenderla. Cuando me alejé de ti, seguramente creyó que me resultaría más fácil olvidar. Nunca comprendió lo que sentía por ti y, francamente, dudo de que alguna vez haya querido a mi padre como yo te quise a ti. A su manera, sólo intentaba proteger¬me, y probablemente pensó que esconder tus cartas era la mejor forma de hacerlo.
—No tenía derecho a tomar esa decisión —señaló en voz baja.
—Lo sé.
—¿Crees que si hubieras recibido mis cartas habría cambiado algo?
—Desde luego. Siempre tuve interés por saber qué había sido de tu vida.
—Me refería a nosotros. ¿Crees que habríamos seguido adelante con nuestra relación?
—No lo sé, Victor, y tú tampoco puedes saberlo. Ya no somos los mismos. Hemos madurado, hemos cam¬biado. Los dos. —Hizo una pausa y miró hacia el río. Luego prosiguió: —Pero sí, creo que habríamos segui¬do. Al menos, me gusta pensar que sí.
Victor asintió, bajó la vista, y por fin preguntó sin mirarla:
—¿Cómo es Lon?
Myriam vaciló; no esperaba esa pregunta. La alusión a su prometido le produjo un ligero sentimiento de culpa, y por un momento no supo qué responder. Tomó la taza, bebió otro sorbo de té, y oyó el lejano golpeteo de un pájaro carpintero. Finalmente respon¬dió en voz baja:
—Lon es atractivo, encantador y próspero. La mayoría de mis amigas están muertas de envidia. Creen que es perfecto, y en cierto modo lo es. Es amable conmigo, me hace reír, y a su manera, me quiere. —Hi¬zo una pequeña pausa para ordenar sus pensamientos. —Sin embargo, creo que en nuestra relación siempre habrá una carencia.
Ella misma se sorprendió de su respuesta, aunque supo que decía la verdad. También supo por la expre¬sión de Victor que había confirmado sus sospechas.
—¿Por qué?
Myriam esbozó una sonrisa y se encogió de hombros. Cuando respondió, su voz fue apenas un susurro:
—Supongo que todavía añoro la clase de amor que sentimos aquel verano.
Victor pensó largo rato en esa respuesta, repasando mentalmente las relaciones que había tenido desde que se habían separado.
—¿Y qué me dices de ti? —preguntó Myriam—. ¿Al¬guna vez has pensado en nosotros?
—Todo el tiempo. Todavía lo hago.
—¿Sales con alguien?
—No —respondió sacudiendo la cabeza.
Los dos parecieron pensar en ello, esforzándose en vano por apartar ese tema de su mente. Victor apuró el resto de la cerveza y se sorprendió de haberla acabado tan rápidamente.
—Voy a calentar el agua. ¿Te traigo algo?
Myriam negó con la cabeza. Victor entró en la cocina, puso los cangrejos en la rejilla de la cacerola y el pan en el horno. Mezcló un poco de harina y maicena, rebozó las verduras y echó un poco de aceite en la sartén. Antes de regresar al porche, bajó el fuego, programó un reloj de cocina y sacó otra cerveza de la heladera. Mientras hacía todo eso, pensó en Myriam, en el amor que faltaba en la vida de ambos.
Myriam también pensaba. En Victor, en sí misma, en un montón de cosas. Por un momento deseó no estar prometida, pero enseguida se reprendió a sí misma. No era a Victor a quien amaba, sino al recuerdo de lo que habían sido. Además, era normal que se sintiera así. Su primer amor verdadero, el único hombre con quien se había acostado... ¿cómo iba a olvidarlo?
Sin embargo, ¿era normal que sintiera un hormi¬gueo cada vez que él se le acercaba? ¿Era normal que le confesara cosas que jamás le diría a nadie más? ¿Era normal que hubiera ido a visitarlo tres semanas antes de su boda?
—No —susurró para sí mientras contemplaba el cielo de la noche—. Nada de esto es normal.
En ese momento reapareció Victor, y Myriam le sonrió, contenta de que hubiera vuelto a rescatarla de sus pensamientos.
—Tardará unos minutos —dijo él mientras volvía a sentarse.
—Está bien. Todavía no tengo hambre.
Entonces la miró, y Myriam reparó en la ternura de sus ojos.
—Me alegro de que hayas venido, Myriam —declaró.
—Yo también me alegro. Aunque estuve a punto de cambiar de idea.
—¿Por qué viniste?
Por una necesidad irresistible, hubiera querido de¬cir, pero no lo hizo.
—Para verte, para averiguar qué había sido de ti. Para saber cómo estabas.
Victor se preguntó si eso era todo, pero no insistió. Cambió de tema.
—¿Todavía pintas? Hace rato que quería pregun¬tártelo.
Myriam negó con la cabeza.
—Ya no.
Victor pareció muy sorprendido.
—¿Por qué no? Tienes tanto talento...
—No lo sé...
—Claro que lo sabes. Si has abandonado, seguro que tienes algún motivo.
Estaba en lo cierto. Tenía un motivo.
—Es una larga historia.
—Tengo toda la noche —repuso Victor.
—¿De verdad pensabas que tenía talento? —pre¬guntó Myriam en voz baja.
—Ven —dijo él extendiendo la mano—. Quiero enseñarte algo.
Myriam se levantó y lo siguió a la puerta del living-room. Victor se detuvo frente a la chimenea y señaló el cuadro colgado encima de la repisa. Myriam dejó escapar una pequeña exclamación de asombro, sorprendida de no haber reparado antes en el cuadro, y más sorprendi¬da aún de verlo allí.
—¿Lo has conservado?
—Claro que lo conservé. Es espléndido. —Myriam lo miró con escepticismo y Victor se explicó: —Cuando lo miro me siento vivo. A veces tengo que levantarme para tocarlo. Es tan real... las formas, las sombras, los colores. Es increíble, Myriam... puedo pasarme horas con¬templándolo.
—Hablas en serio —dijo ella, asombrada.
—Nunca he hablado tan en serio. —Myriam no res¬pondió. —¿Acaso no te lo ha dicho nadie más?
—Mi profesor de pintura —dijo por fin—. Pero supongo que no le creí. —Victor sabía que tenía algo más que decir. Myriam apartó la vista antes de continuar: —He dibujado y pintado desde que era una criatura. Supongo que después de un tiempo empecé a pensar que lo hacía bien. También me gustaba. Recuerdo cómo pinté este cuadro aquel verano, añadiendo algo nuevo cada día, modificándolo a medida que nuestra relación cambiaba. No sé con qué idea lo empecé ni qué pretendía representar, pero el resultado está a la vista.
»Recuerdo que después, cuando volví a casa, no podía parar de pintar. Creo que era una forma de aliviar el dolor que sentía. En la universidad acabé especializándome en arte porque sentía que tenía que hacerlo. Pasaba horas a solas en el estudio y disfrutaba de cada minuto. Me encantaba la sensación de libertad que experimentaba al pintar, la satisfacción de producir algo hermoso. Poco antes de graduarme, mi profesor, que también era crítico del diario local, me dijo que tenía mucho talento. Sugirió que debía probar suerte en el mundo del arte. Pero no le hice caso. —Hizo una pequeña pausa para ordenar sus pensamientos. —A mis padres no les pareció bien que alguien como yo se ganara la vida pintando. Después de un tiempo, dejé de hacerlo. Hace años que no toco un pincel.
Miró fijamente el cuadro.
—¿Crees que volverás a pintar?
—No sé si podría hacerlo. Ha pasado mucho tiempo.
—Todavía puedes, Myriam. Estoy seguro. Tu talento viene de tu interior, del corazón, no de los dedos. El don que tienes no desaparecerá nunca. Mucha gente sueña con poseerlo. Eres una verdadera artista, Myriam.
Las palabras de Victor sonaban tan sinceras que Myriam supo que no las había pronunciado por simple cortesía. Era evidente que creía en su capacidad, y eso significaba mucho para ella, más de lo que esperaba. Pero entonces sucedió otra cosa, algo aún más conmo¬vedor.
Por qué sucedió, nunca lo sabría, pero en ese preci¬so momento Myriam sintió que comenzaba a cerrarse el abismo que ella misma había creado en su interior para separar el dolor del placer. Y entonces sospechó, aun¬que sólo vagamente, que esa sensación era mucho más trascendente de lo que se habría atrevido a admitir.
Sin embargo, en aquel momento no era totalmente consciente de lo que pasaba y se volvió a mirar a Victor. Extendió una mano y acarició la de él, temerosa, dulcemente, asombrada de que después de tantos años él todavía supiera exactamente lo que necesitaba oír. Cuando sus ojos se encontraron, Myriam volvió a pensar que estaba ante un hombre muy especial.
Y por un fugaz instante, por una levísima pizca de tiempo que flotó en el aire como las luciérnagas en un cielo de verano, se preguntó si había vuelto a enamorar¬se de él.
Sonó la alarma del reloj de cocina, un pequeño ring, y Victor se marchó, rompiendo el encanto del momen¬to, curiosamente afectado por lo que acababa de ocu¬rrir entre ellos. Los ojos de Myriam le habían hablado, susurrándole algo que ansiaba desesperadamente oír, y sin embargo, no podía acallar la voz que sonaba dentro de su cabeza, la voz de esa misma mujer hablándole de su amor por otro hombre. Mientras entraba en la cocina y sacaba el pan del horno, maldijo mentalmente al reloj. Se quemó los dedos, dejó caer el pan sobre la mesada y vio que la sartén estaba lista. Echó las verdu¬ras y oyó el chisporroteo. Luego, murmurando para sí, sacó la manteca de la helaldera, untó un poco en el pan y derritió otro poco para los cangrejos.
Myriam, que lo había seguido a la cocina, se aclaró la garganta.
—¿Pongo la mesa?
Victor usó el cuchillo de la manteca para señalar.
—Muy bien. Los platos están allí. Los cubiertos y las servilletas, allí. Saca muchas servilletas. Las necesita¬remos para no ensuciarnos. —No podía mirarla mientras hablaba. Temía comprender que su impresión sobre lo que acababa de ocurrir era equivocada. No quería que se tratara de un error.
Myriam pensaba en lo mismo, y la emoción la embar¬gó. Mientras juntaba todo lo necesario para la mesa —platos, manteles individuales, sal y pimienta— se repetía mentalmente las palabras de Victor. Cuando terminó de poner la mesa, él le pasó el pan y sus dedos se rozaron fugazmente.
Victor concentró su atención en la sartén y removió las verduras. Levantó la tapa de la cacerola, comprobó que a los cangrejos les faltaba un minuto y los dejó un poco más. Ya más dueño de sí, inició una conversación trivial, despreocupada.
—¿Alguna vez comiste cangrejo?
—Un par de veces. Pero sólo en ensalada.
Victor rió.
—Entonces prepárate para la aventura. Discúlpame un momento.
Subió la escalera y regresó un minuto después con una camisa de color azul marino.
—Póntela. No quiero que te ensucies el vestido.
Myriam se puso la camisa y aspiró su fragancia... Era el olor de Victor, natural, perfectamente identificable.
—No te preocupes —dijo él al ver su expresión—. Está limpia.
Myriam rió.
—Ya lo sé. Me recuerda a nuestra primera cita formal. Aquella noche me diste tu chaqueta, ¿te acuer¬das?
Victor asintió.
—Sí, me acuerdo. Fin y Sarah salieron con noso¬tros. Fin estuvo dándome codazos todo el camino hasta tu casa para que te tomara de la mano.
—Pero no le hiciste caso.
—No —respondió él sacudiendo la cabeza.
—¿Por qué?
—No lo sé. Quizá por timidez, o por miedo. En ese momento no me pareció apropiado.
—Ahora que lo pienso, eras bastante tímido, ¿no es cierto?
—Prefiero el calificativo de prudente —repuso él con un guiño, y Myriam sonrió.
Las verduras y los cangrejos estuvieron listos prác¬ticamente al mismo tiempo.
—Ten cuidado, queman —dijo Victor mientras le pasaba las fuentes y se sentaban a la pequeña mesa de madera, frente a frente.
Myriam se dio cuenta de que había dejado la taza de té sobre la mesada y se levantó a buscarla. Victor sirvió el pan y la verdura en los platos y añadió un cangrejo para cada uno. Ella se quedó mirando el suyo fijamente durante unos instantes.
—Parece un bicho.
—Pero un bicho bueno —señaló Victor—. Deja que te enseñe cómo se come.
Hizo una rápida demostración, separando la carne y poniéndola en el plato de Myriam, como si fuera algo muy sencillo.
En el primer y el segundo intento, Myriam apretó demasiado las patas y en consecuencia tuvo que separar el caparazón con las manos para sacar la carne. Al principio se sintió torpe, preocupada de que él se fijara en sus errores, pero luego se reprendió a sí misma por su inseguridad. A Victor esas cosas lo tenían sin cuida¬do. Siempre había sido así.
—¿Y qué es de la vida de Fin? —preguntó.
Victor tardó un segundo en responder.
—Murió en la guerra. Su destructor fue torpedeado en el cuarenta y tres.
—Lo siento. Sé que era muy amigo tuyo.
—Lo era —repuso Victor con la voz cambiada, ligeramente más grave—. Últimamente pienso mucho en él. Recuerdo, sobre todo, la última vez que lo vi. Poco antes de alistarme, volví a casa para despedirme y nos encontramos por casualidad. Era banquero, igual que su padre, y durante la semana siguiente pasamos mucho tiempo juntos. A veces pienso que lo convencí para que se alistara. Creo que si no le hubiera dicho que iba a enrolarme, él no lo habría hecho.
—No es justo que te culpes —protestó Myriam, la¬mentando haber sacado el tema.
—Tienes razón. Lo echo de menos; eso es todo.
—A mí también me caía simpático. Me hacía reír.
—Eso siempre le salía bien.
Myriam lo miró con picardía.
—Estaba enamorado de mí, ¿sabes?
—Lo sé. Me lo contó.
—¿De veras? ¿Qué te dijo?
Victor se encogió de hombros.
—Lo normal. Que tendría que ahuyentarte a escobazos. Que lo perseguías constantemente. Esa cla¬se de comentarios.
Myriam rió suavemente.
—¿Y tú le creíste?
—Claro —respondió—. ¿Por qué no iba a creerle?
—Los hombres siempre se hacen compinches —comentó ella, extendiendo la mano por encima de la mesa y dándole una palmada en el brazo. Luego conti¬nuó: —Cuéntame todo lo que has hecho desde la última vez que nos vimos.
Comenzaron a intercambiar experiencias, a recupe¬rar el tiempo perdido. Victor le habló de su decisión de marcharse de New Bern, de su trabajo en el astillero y, más tarde, en la chatarrería de Nueva Jersey. Aludió con afecto a Morris Goldan, y mencionó brevemente la guerra, aunque le ahorró los detalles. Luego recordó a su padre y confesó cuánto le echaba de menos. Myriam habló de la universidad, de los tiempos en que todavía pintaba, y de su trabaj o como voluntaria en un hospital. Lo puso al día en todo lo referente a su familia y a las asociaciones benéficas para las que trabajaba. Ninguno de los dos dijo nada de sus relaciones sentimentales en esos años. Ni siquiera hablaron de Lon, y aunque ambos repararon en la omisión, no hicieron ningún comentario al respecto.
Más tarde, Myriam intentó recordar la última vez que ella y Lon habían hablado de esa manera. Aunque él sabía escuchar, y rara vez discutía, no era particularmente locuaz. Al igual que el padre de Myriam, no se sentía cómodo compartiendo sus pensamientos y sentimien¬tos. Myriam hacía todo lo posible para explicarle que necesitaba más intimidad, pero no conseguía cambiar las cosas.
Ahora se daba cuenta de lo que había perdido.
A medida que anochecía, el cielo se oscurecía y la Luna se elevaba. Entonces, casi sin darse cuenta, comenzaron a recuperar la intimidad, la familiaridad que habían compartido en el pasado.
Terminaron de cenar, satisfechos del festín, pero menos locuaces que antes. Victor miró el reloj y com¬probó que se hacía tarde. Ahora todas las estrellas eran visibles y el canto de los grillos comenzaba a apagarse. Había disfrutado de la conversación y se preguntó si habría hablado demasiado, qué pensaría ella de su vida y si habría alguna posibilidad de que ese reencuentro cambiara las cosas.
Se levantó y volvió a llenar la tetera. Los dos lleva¬ron los platos a la pileta y levantaron la mesa. Victor llenó dos tazas de agua caliente y puso un saquito de té en cada una.
—¿ Qué te parece si volvemos al porche? —pregun¬tó mientras le pasaba una taza. Myriam aceptó y se dirigió hacia allí. Victor tomó una manta por si ella tuviera frío, y pronto volvieron a sus sitios; las mecedoras balanceándose, la manta sobre las piernas de Myriam. Victor la miró por el rabillo del ojo. ¡Dios santo, es preciosa!, pensó. Y sufrió en silencio.
Sufrió porque durante la cena había sucedido algo.
Sencillamente, se había vuelto a enamorar. Lo supo en cuanto se sentó a su lado en el porche. Ya no estaba enamorado de un recuerdo, sino de una nueva Myriam.
Aunque, en realidad, nunca había dejado de querer¬la. Estaba destinado a amarla.
—Ha sido una noche muy especial —dijo ella, con voz suave.
—Sí —convino Victor—. Una noche maravillosa.
Miró las estrellas; las luces parpadeantes le recorda¬ron que Myriam se marcharía pronto, y se sintió vacío. No quería que esa noche terminara nunca. Pero, ¿cómo decírselo? ¿Qué podía decirle para convencerla de que se quedara?
No lo sabía. Sin embargo, ya había decidido que no diría nada. Y entonces comprendió que había fra¬casado.
Las mecedoras se movían tranquila y rítmicamente. Otra vez murciélagos sobre el río. Polillas besando la luz del porche. Victor sabía que en ese mismo momento, en distintos sitios, muchas parejas hacían el amor.
—Hablame —pidió Myriam con voz sensual. ¿O era un truco de su imaginación?
—¿Qué puedo decir?
—Hablame como lo hacías debajo del roble.
Victor obedeció; recitó antiguos versos en honor a la noche. Whitman y Thomas porque amaba sus imáge¬nes. Tennyson y Browning porque sus temas le pare¬cían muy familiares.
Myriam apoyó la cabeza sobre el respaldo de la me¬cedora, cerró los ojos, y cuando él hubo acabado, sintió que su emoción se había intensificado. No era sólo su voz o los poemas. Era todo; un todo mayor a la suma de las partes. No intentó dividirlo, no quería hacerlo, porque no debía escuchar de ese modo. La poesía no debía ser objeto de análisis, pensó; debía inspirar sin motivo, emocionar sin intervención del entendimiento.

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