.: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  mariateressina el Jue Mar 10, 2016 2:20 pm

Auch que padre ya nacio la pekeña Abigail, y Victoria, Víctor Y Myriam Estan en las nubes por eso. Que gracias por los capítulos.



 
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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  myrielpasofan el Sáb Mar 12, 2016 2:45 pm

tenia años sin entrar al foro..y ahora que entre de pura casualidad me encuentro con esta novela..jajaja...ojala pronto pongas el siguiente capitulo aunque ya se valla a terminar...!!!!
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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  Bere el Lun Mar 14, 2016 12:37 am

Pues chicas esto ya se acabo... preparense se nos viene Secuestrada por la Mafia

Capítulo 38.
Donde todo comenzó
Myriam
Jadeo en busca de aire.
La habitación me sofoca y necesito con urgencia la botella con agua.
—Oh. —De todas las cosas que se me ocurrieron decir, esa es la más acertada, porque la verdad estaba atónita hasta la médula—¿Tú…? ¿Tú e Ethan…? —Me obligo a decirlo sin darle muchas vueltas. Despejo mi garganta para preguntar— ¿Estuvieron juntos?
Victoria no puede ponerse más roja de lo que está en este momento.
—Sí —Susurra. Yo no estoy preparada para algo así, incluso si ya hemos hablado del tema. La cosa es que… Victoria… mi bebé. Intento ordenar las ideas en mi cabeza tan rápido como puedo, escuchando su jadeo y posterior suspiro de resignación— Olvídalo.
Le agarro el brazo.
—Espera, lo siento —Gimoteo— Es que estoy muy en shock —¿Antes mencioné que Victoria no podía ponerse más roja? Me retracto, ella sí puede ponerse más roja que hace un rato— Dime una cosa ¿estás segura…? —No, esa no es la pregunta. Frunciendo el ceño, ella asiente— Lo que quise decir es… —Mis manos se retuercen en mi regazo— ¿Se cuidaron? Espera, no. Soy pésima haciendo esto.
Ahora la que toma mi brazo es ella.
—Mamá, cálmate.
La preocupación y el desconcierto poco disimulados en mi rostro.
—Ven aquí —Tiro de su mano hasta que se sienta más cerca en la cama. Asegurándome de que Abigail está durmiendo, prosigo a preguntar— Entonces ¿sí se cuidaron? ¿Estás segura de eso? ¿Tienes la certeza de que él llevaba protección o algo?
—Te puedo asegurar que nos cuidamos —Después de un momento largo, ella se cubre el rostro con ambas manos— Olvida lo que dije. Yo ni siquiera sé por qué te estoy diciendo esto.
Ella piensa que está en problemas, pero en realidad está lejos de estarlo. Más o menos.
—¿Y por qué no habrías de decírmelo?
Rueda los ojos.
—Porque eres mi mamá —Lo dice como si eso fuera más que obvio— No es como si esperara que… no lo sé.
Su ajetreada expresión provoca en mí el deseo de querer abrazarla fuerte hasta que necesitemos aire, cosa que por supuesto hago a continuación. Sus brazos se ciñen sin chistar en los míos, suspirando y estoy segura que eso es justo lo que ella quería. En este momento olvido cualquier dolor del parto, cualquier malestar en mis pechos y cualquier asombro que me haya producido su confesión; quiero que con solo estrecharla sepa que cuenta conmigo de manera incondicional. Beso el costado de su cabeza todo lo que dura nuestro abrazo.
—Lo siento si reaccioné un poco atarantada —Me disculpo al tiempo que nos separamos. Regreso la mirada a sus ojos, sabiendo por qué lucen tan chispeantes— Es que me sorprende muchísimo lo que me cuentas. ¿Sabes lo que tienes que hacer ahora?
Encoge los hombros con una mirada inquisitiva.
—¿Ir al ginecólogo?
—Exacto —Tomo su mano entre la mía— Es lo que hay que hacer cuando… ya no eres virgen —Murmuro esto último en voz muy bajita para no arriesgarme a que justo Víctor regrese con el agua.
Hace un mohín.
—¿Me puedes acompañar tú?
—¿De verdad quieres que lo haga?
—Sí, por favor —Yo se lo hubiese propuesto si no me lo pedía— Espera, no puedes ir con Abigail.
—No, no puedo, pero algo se nos va a ocurrir para dejársela a tu papá.
Vuelve a meterse debajo de las cobijas conmigo, abrazándome.
—Deja de mirarme así.
—¿Así como? —Paso un brazo por detrás suyo.
—Como si fueras a reírte y a llorar al mismo tiempo.
En las condiciones que estaba no podía reírme como en verdad me gustaría, pero no me quejo porque más que querer reír, quiero llorar, así que Victoria no está tan perdida al leer mi expresión. Suelto una risita temblorosa, presionando mis brazos cerca y sintiendo el tacto de su piel junto al mío y a su perfume en mi olfato.
—Estoy un poco triste, sabes —Reconozco a mi pesar— mi niña ya no es una niña —Para no hacer una escena de llanto trato de pensar en otra cosa a toda velocidad— Así que… veo que Ethan y tú van en serio en su relación ¿eh? —Apenas lo digo su cuerpo se tensa— ¿Qué pasa?
Mis brazos se quedan desprotegidos sin ella cuando se separa.
Aclara su garganta.
—La verdad es que no. —Bato mis pestañas, confusa— Ethan y yo… no vamos a seguir juntos.
Si hubiese estado tomando agua, de seguro lo escupo.
—¿Cómo…? —La sangre se me sube al cerebro— Nena ¿esto lo decidieron antes o después? ¿Él te lo dijo? ¿Lo decidieron juntos?
Advirtiendo que eso comienza a desesperarme, me toma de la mano y se apresura a decir:
—No es lo que piensas, sea lo que estés pensando. Escúchame. —Lo hago. Me quedo callada— Él se va a estudiar a Canadá dentro de unas semanas por los siguientes cinco años. Me cuesta pensar que esto dure mucho más tiempo y no quiero que terminemos mal.
Oh.
Me había olvidado por completo que Ethan se iba a estudiar fuera, y hasta cierto punto suena bastante lógico. Sin embargo, recordármelo le produce tanto dolor que sé que no es tan fácil como uno lo tiende a ver.
Vuelve a acurrucarse conmigo y susurro en su oído:
—¿Fue una forma de despedida para ambos?
Unos segundos más tarde, lo confirma.
Nos echamos para abajo en la cama y de ese modo podemos mirarnos a la cara. Mi corazón se rompe en mil pedazos al darme cuenta de las lágrimas fuera de sus preciosos ojos.
—Mami
—Dime, cariño —Acomodo un mechón de su pelo.
—Quédate conmigo.
Antes de escuchar su primer sollozo estoy apretándola contra mi pecho y mi mano acaricia su espalda, susurrando cerca de su oído palabras de consuelo. La balanceo durante un minuto como a un bebé. Llora en silencio y el calor de su cuerpo me transmite lo mucho que esto le está afectando.
—Voy a estar contigo siempre ¿me oyes? —Beso su cabeza, su cuello, desenredo su cabello con mi mano hasta que el llanto disminuye— Esto va a pasar pronto. Sé que es fastidioso que alguien te lo diga pero es la verdad. El tiempo va a pasar, Victoria y te vas a dar cuenta que las cosas siempre tienen un sentido que a tu edad muchas veces no entiendes. Él es tu primer amor y es normal que te sientas tan triste porque va a acabar —Limpio debajo de sus ojos con mis manos.
—¿Tiene un sentido incluso si duele mucho?
—Incluso eso —Susurro con mi frente en la suya— Todos sufrimos en algún momento de nuestra vida, y tú, mi pequeña, estás comenzando a vivir. —El hipo reemplaza las lágrimas— A tu edad es fácil aferrarse a alguien y se sufre mucho por amor. Es la ley de la vida. Son obstáculos que te ponen en el camino y tú tienes que ser inteligente para salir victoriosa, para caer y levantarte con dignidad. Vas a crecer y vas darle prioridad a cosas diferentes. —Esconde la cara en la almohada y tengo que tomarla para que me mire de nuevo— Puedes contar conmigo siempre. ¿Confías mucho en mamá, verdad? Sabes que de mi boca no va a salir nada si no quieres que lo haga.
Consigue calmarse sin derramar una sola lágrima más. Sabiendo eso, aún sigo pasando mis nudillos por sus mejillas.
—No podría confiar esto a nadie más que en ti.
Cuando Víctor regresa, nota el rostro lloroso de Victoria y comienza a hacer preguntas rápidas con preocupación. Tengo que inventar algo de inmediato para tranquilizarlo.
—Solo está un poco emocionada, cariño.
Le guiño un ojo a ella tan pronto Víctor se voltea hacia otro lado.

Una vez que me dan el alta médica, guardamos las flores y obsequios que antes estaban en la habitación, en el maletero. Acuno a Abigail en mi pecho mientras avanzo con pasos lentos y seguros, mirándola de vez en cuando por el hueco de la manta dormir profundamente. Víctor abre la puerta por mí, asegurándose de que estoy cómoda antes de darse prisa para sentarse en el asiento del conductor. Estirando el brazo hacia atrás, deja sobre la palma de mi mano la gargantilla con el nombre de Victoria. Por orden del hospital, yo tuve que quitármela apenas me internaron, y estaba feliz de tenerla conmigo de nuevo.
Me parece increíble que por fin estemos yéndonos a casa.
De hecho, me parece increíble y un poco extraño verme salir con un bebé en los brazos. Mis recuerdos de este hospital no son, los que debería llamar, buenos. Son de esos recuerdos que a uno le gustaría borrar de su cabeza. Supongo que es normal que me sienta vacía y completa al mismo tiempo.
La primera semana tuvimos a mamá para ayudarnos. Cristy y mi abuela se les unieron, al igual que Juanita junto a las chicas. Por lo menos, ayuda no nos faltó. Las manos me sobraban cuando intentaba alimentar a Abigail. Estaba agradecida de que todos se ofrecieran a hacer de esto menos abrumador, pero a veces estaba tan cansada que quería un poco de silencio.
Un silencio que mi hija de siete días no me permitía.
Abigail está en los brazos de Liliana mientras le saca los gases.
—¿Quién fuera pecosita 4 para que me saquen los gases? —Bromea Nany desde el otro extremo de la cama— Te haces popo y nadie te dice nada. Duermes todo el día y nadie te dice nada. Haces un gruñido y todos están encima de ti al pendiente.
Liliana suelta una risita, negando con la cabeza.
Mamá y Juanita todavía se aseguran de venir a prepararnos la comida sin que se lo pidamos, ya que ellas dicen que estamos demasiado cansados para pensar en cocinar. Ni Víctor ni yo nos quejamos de ello, todo lo contrario, no sé qué habríamos hecho sin ellas las primeras dos semanas. Además, aproveché la presencia de mi madre para poder decirle a Víctor que Victoria y yo teníamos que hacer "cosas de chicas" por más que insistió en que le dijera que significaba eso, no lo hice, y mamá ayudó a convencerlo aun cuando tampoco le di explicaciones. Pedí una cita con el mismo ginecólogo que me ha atendido desde hace algunos años. Él le hizo varias preguntas incómodas y le recetó pastillas anticonceptivas.
Tan pronto como salimos, agarro el brazo de Victoria y lo enlazo al mío para decirle:
—Cariño, respira.
Entonces lo hace.
Víctor está probando la temperatura del biberón cuando regresamos a casa y al vernos, su rostro se dulcifica. A partir de ahí me hago cargo yo, dándole el biberón a mi niña en la habitación mientras le doy algunos consejos a Victoria y los posibles cambios que tendrá con las anticonceptivas. Todo eso en voz muy bajita. Ella sigue ruborizándose por el tema, algo que me mata de amor porque sigue siendo un bebé. Me contó que la decisión de terminar lo había tomado hace mucho tiempo y que Ethan no estaba de acuerdo, pero que de alguna manera siempre acaba dándole la razón. Su mirada resplandeciente con la que ha estado desde que llegamos, de un segundo a otro se apaga, así que no seguimos hablando sobre eso.
Después de que Abigail se duerme, Victoria carraspea.
—¿Te acuerdas que me dijiste que podía confiar en ti? —Asiento hacia ella para que sepa que lo recuerdo— Lo hago muy en serio. Por eso es que… voy a contarte algo que no quería que supieras. En verdad, le pedí a papá que no lo hiciera porque no quería preocuparte, pero dado que tuviste al bebé y… —Se interrumpe— Hablé con mi abuelo. —En aquel instante, no pestañeo— Él estaba siendo insistente, tú sabes eso… —Se rasca una parte de la mejilla, nerviosa — pero…
—¿Qué te dijo?
Contiene la respiración.
—Nada que no hubiese sabido —Reconoce— aunque escucharlo que me lo diga es igual de impactante.
Bajo la mirada.
Víctor y yo habíamos tratado sin éxito de que ella accediera a hablar con él y ahora que sé que lo hizo, no sé cómo reaccionar.
—¿Lo vas a perdonar alguna vez? Siempre he tenido curiosidad sobre eso —Mordisqueo la punta de mi lengua.
Eso le sorprende.
—¿Lo harías tú?
Paso saliva por mi garganta.
—No —Contesto con sinceridad.
Ella encoje los hombros.
—Es difícil tener una respuesta ahora porque no tengo idea de lo que va a pasar después —Juega con el hilo de su vestido— Él aún tiene la esperanza de que sea perdonado pero así no se hacen las cosas. No se necesita tiempo para sanar y perdonar, se necesitan hechos. Se necesita nacer de nuevo para que alguien pudiese olvidar la atrocidad que él hizo contigo y con papá.
Paso una mano por mi pelo, estando de acuerdo.
Mamá asoma la cabeza por la puerta.
—¿Puedo pasar? —Ambas decimos que sí y ella entra en silencio a sentarse en la cama. Sus brazos se cruzan por encima del pecho de Victoria, juntando sus cabezas con cariño— Tienes una hermana muy hermosa, Victoria ¿a que sí?
Ella le da una mirada tierna a Abigail.
—Sí, es hermosa.
Hay un pequeño silencio a continuación, eso hasta que mamá toma la palabra.
—¿Puedo hablar contigo un momento, Myriam? —Comprendiendo lo que eso quiere decir, Victoria se pone de pie al instante— Oh, cariño. No vayas a pensar que estoy echándote.
Sonríe pasando su mano por el hombro de mamá como una especie de caricia disimulada.
—No lo pienso. Voy a estar con papá en la sala.
Se va con el mismo silencio con que mi madre entró minutos antes y cierra la puerta. Me quedo revisando los pequeños dedos traslúcidos de Abigail, estremeciéndome de solo pensar que podría hacer daño a la suavidad de su piel.
—Me recuerda mucho a Victoria —Dice en un susurro, señalando a la bebé— Su cabello, la forma de su nariz. Se asimilan muchísimo —Yo había caído en cuenta de eso apenas la enfermera la trajo en su cunita— Recuerdo que me sentía extraña cuando Victoria nació. Yo acababa de ser abuela por primera vez y creía que era demasiado joven para serlo —Se ríe— pero la que era joven en verdad, eras tú. Ibas a necesitar mucha ayuda con un bebé tan pequeño y yo estaba dispuesta a todo, incluso a criarla por ti para que pudieses graduarte y entrar a la Universidad —Se detiene con la voz entrecortada— Estaba dispuesta a hacerlo.
Pongo una mano en la suya.
—Mamá…
Sus ojos regresan a los míos.
—Necesitas saber que estoy orgullosa de la mujer en la que te has convertido, Myriam. Y estoy muy agradecida de tenerte como mi hija. Pudiste haber agarrado tus cosas apenas cumpliste los 18 años, olvidarnos y hacer tu vida lejos de nosotras, pero no lo hiciste. Te asegurabas de que a Cristy nunca le faltara nada. Ibas a casa aun cuando sabías que terminarías peleándote con tu padre —Suelta un pequeño sollozo— Te vi caer y levantarte de mil formas diferentes. Te vi sufrir y yo no podía hacer nada para hacerte sentir mejor. Me dolía en el alma que tuvieses que enfrentarte a todo esto, porque… ya sabes cómo es la sociedad, cariño, te apuntarían con el dedo por abandonar a tu hija. Te tildarían de muchas cosas y te juzgarían sin llegar a conocerte. Lo harían porque para el mundo, una mujer que no ha criado a su hijo tiene menos chance de ser perdonada que si lo hace un hombre. Ellos regresan y solo necesitan pagar una suma de dinero por la crianza de un hijo al que no han visto en años, lo más probable es que le aplaudan por hacerse responsable o tal vez no, depende del caso. La vida es así de injusta, a veces las madres nos equivocamos más que nuestros propios hijos. Es así, es lo que uno ve día a día.
Reprimiendo mi propio sollozo, muevo la cabeza.
—Lo sé.
Su mano se envuelve en la mía y sus lágrimas recorren sus mejillas como lluvia en invierno.
—Siento no haber sacado más fuerza y valentía por ustedes. Debí sacarte a ti y a Cristy de esa atmósfera inhabitable desde el comienzo. Las obligué a vivir bajo el mismo techo que un hombre al que no se compadecía ni por sí mismo.
—Espera… —Susurro para que Abby no despierte— Para con eso. No tienes que disculparte por nada, mamá. Yo sé la clase de persona que fue Antonio. Además nunca te culpé por lo que pasó porque Cristy estaba de por medio. No podías solo elegirme a mí cuando ella era solo una niña.
—Yo era la madre de ambas, Myriam. No puedo inclinarme por una más que por la otra —Echa un vistazo hacia abajo— Ahora puedes comprenderlo porque eres madre de dos hijas, al igual que yo. Es imposible elegir a una. Estoy segura que estás pensando en ello y te vas a dar cuenta que lo que digo es cierto. Terminé eligiendo a Cristy y me duele muchísimo puesto que tú también merecías que te eligiera de la misma manera.
Muerdo mi labio inferior, sacudiendo la cabeza. Pensándolo como ella lo plantea, es imposible elegir.
—A mí lo único que me consuela es que él nunca va a regresar. Y debes sentirte tranquila por ese lado. Él no va a venir a tratarnos con gritos como lo hacía antes ni a humillarnos cuando se le daba la gana. Está muerto —Digo con total convicción— Está donde él quiso estar.
Limpia sus lágrimas al tiempo que me envuelve en un abrazo fraterno, cuidando de no apretarme demasiado.
—Te quiero, Myriam —Murmura, besando el tope de mi cabeza— Y pienso que tienes una familia hermosísima.
Enjugo el resto de lágrimas en el rostro de mi madre.
—Yo también te quiero, mami.
Nunca podría culpar a mi madre por algo.
Ella siempre ha sido mi ejemplo de valentía aun cuando piensa que no la tuvo. Me enseñó que nunca es tarde para empezar de nuevo, algo que yo también hice al crecer.

.
.
Víctor y Victoria están babosos por Abigail.
Y yo no me quedo atrás. La pequeña aún está acostumbrándose a los horarios. Liliana me dice que es normal que los bebés se despierten a mitad de la noche, que hay que preocuparse si eso no ocurre. Por esa razón mi sueño ha tenido un cambio drástico desde que nació. Me despierto antes de que ella lo haga. Soy aprensiva, no niego eso, si me despierto tengo que saber revisarla para asegurarme de que respira. Víctor me ayuda muchísimo. Él me da consejos de como cargarla y de cómo hacer que suelte sus gases. Admiro la forma en que sus brazos se moldean en nuestra hija sin dificultad, arrullándola y susurrándole para dormir. Es casi como si aparte de Victoria, hubiese tenido otros bebés. Él es mi guía y mi profesor. Estoy agradecida de ello.
Desde que llegué del hospital no hemos seguido embalando cosas para la mudanza. Tomamos la decisión en conjunto de mudarnos después de mi cumpleaños para que la niña estuviese más grande y evitarle los cambios bruscos.
¿Ya dije que soy aprensiva?
Mientras Víctor pasea a Abigail por la habitación, doblo la ruma de ropa que acabo de descargar de la secadora.
—Victoria —Llama Víctor desde la puerta. Ella está sobre la cama sumida en el celular. Esa chica es viciosa con eso— ¿A qué parte de Canadá dices que se va Ethan?
Ella trata de disimular la agitación inmediata que tiene, algo que no pasa desapercibido para mí.
—Ottawa —Contesta sin darle muchas vueltas— ¿Por qué?
Bastante pensativo, Víctor inclina los labios hacia abajo.
—Por nada en especial, solo me preguntaba qué hará ese chico solo en esa ciudad, tan lejos de su familia… —Yo sabía que él estaba preocupado. Él sabe que Ethan es un buen chico, es solo que nunca se va a llevar completamente bien con los novios de su hija— Por cierto… ¿tienes planes para cuando te gradúes?
La pregunta puede sonar simple y normal, pero tomando en cuenta que hay cierta ansiedad al mismo tiempo, me hace entender que teme un poco a su respuesta.
—Estudiar en Seattle, se supone. Si no resultara… no lo sé.
Víctor me mira.
—¿Qué quieres decir con "si no resultara"?
Cruza las piernas sobre la cama.
—Ya sabes, siempre existe la mínima posibilidad de que no quede en ninguna Universidad acá en Seattle o que en realidad no me guste lo que ofrecen o que se yo. Pero independiente de eso, se supone que es bueno tener más opciones ¿o no? —Ambos asentimos— Estaba pensando en alguna ciudad cercana o algo grande como Harvard. —De solo pensar que ella puede irse de nuestro lado, se me forma un nudo angustioso en el pecho. Está claro que algún día Victoria va a tener que ser un adulto e independizarse, pero una cosa es saberlo con certeza y otra distinta es querer que suceda pronto— o en el extranjero.
Cuando miro a Víctor, estoy segura que tengo la misma expresión pálida que él en este momento.
—Si… si eso es lo que quieres, cariño —Disfrazo lo que en verdad me gustaría decirle "No puedes irte porque somos demasiado egoístas para dejarte partir tan luego"— Te vamos a apoyar en todo lo que decidas. —Tan pronto como lo digo, su risa retumba en la habitación— ¿Qué? ¿Por qué te estás riendo?
Inclina el cuerpo hacia adelante, todavía riéndose.
—Tienen que haber visto sus caras apenas mencioné el extranjero —Se burla.
Víctor se apoya en la puerta del clóset, suspirando y afirmando a una adormilada Abigail, ajena a nosotros.
—Eres malvada, pequeña.
Incapaz de controlarlo, le lanzo a Victoria una camisa de Víctor sobre la cabeza, la que logra agarrar antes de que se estrelle.
—¿No quieres irte al extranjero, entonces?
Regresa al vuelo la camisa y ésta sí llega a mi cara.
—No, no voy a irme fuera del país —Suena sincera— ¿Qué se pensaban? ¿Qué iba a irme y olvidarme de ustedes?
Dejo de lado mi tarea de doblar ropa, sentándome en la cama junto a ella y pellizcando con suavidad su mano.
—¿Te das una idea de lo mucho que sufriríamos si te vas? Y no estoy tratando de persuadirte —Finjo inocencia y ella eleva una ceja escéptica— Dormiríamos con tu ropa en medio de nosotros, no dejaríamos que nadie ocupara tu puesto en la mesa ni tu tazón del chocolate. O peor aún, no podría preparar pastel de manzana a menos que estuvieras para probarlo.
Se ríe ante lo último, pellizcándome devuelta.
—No voy a ir a ningún lado —Vuelve a asegurar— Sería tonto por mi parte irme cuando tengo a la gente que más quiero aquí —Mira entre los dos y yo veo cuando Víctor esboza una sonrisa tranquila. Anudo mi brazo con el de Victoria, apretándola tanto en un beso que comienza a reírse en voz baja. Mientras estamos abrazadas, algo en particular ronda mi cabeza que hace que me apresure para salir de la cama, abrir el armario y esconder bajo mi palma el cartoncito plateado— ¿Qué haces?
Camino de regreso con las manos en mi espalda.
—Tengo un regalo para ti.
—Oh ¿de verdad? —Su impaciencia es la razón de por qué no tardo en quitar las manos de la espalda— ¿Una tarjeta es mi regalo?
—Mejor dicho… su contenido es tu regalo —Más confundida que antes, arruga el entrecejo— Es una tarjeta de ahorros y todo el dinero que hay dentro es para ti, para tu futuro.
Se queda muda durante unos segundos.
—Espera un momento… ¿cómo? —Escondo la tarjeta en sus dedos— Mamá ¿de cuánto dinero estamos hablando?
Encojo los hombros.
—¿Qué importa eso?
—¿Cómo que importa eso? —Repite pasmada. Al ver que no va a dar su brazo a torcer, me dispongo a mencionarle la suma, algo que por supuesto causa que sus ojos se salgan de órbitas— ¡¿De dónde sacaste tanto dinero?!
Hago caso omiso de su impresión.
—No te voy a dar la lata diciendo que hice para sacar el dinero, pero decir que lo ahorré desde mi primer trabajo es suficiente.
Parpadea, agitando la cabeza de lado a lado.
—Yo no puedo aceptarlo —Estira la mano para devolverlo.
Como es natural, yo no lo recibo devuelta.
—¿Por qué no?
Su mirada vacila.
—¡Porque es tuyo! —Voy a refutar en eso pero me interrumpe— Además, yo no soy tu única hija. No puedes darme todo el dine…
Enrosco mis brazos en su cuello en un intento desesperado de que se quede en silencio. No voy a doblegar mi decisión, aun cuando sé que ambas somos igual de tercas.
—Ese dinero te pertenece. Es tuyo. Yo quiero que sea tuyo ¿entiendes? —Pongo mis manos en su rostro— Eres una de las personas más importantes en mi vida y eso no quiere decir que no vayamos a ahorrar para tu hermana en el futuro. Empecé esto cuando eras muy pequeña; nunca usé el dinero, nunca lo necesité en realidad y de alguna manera ahora entiendo que siempre estuvo destinado para ti, por eso nunca me urgió. Acepta eso ¿sí? Acéptalo como un regalo mío, con todo mi amor.
Baja el rostro a sus manos.
—Es que… —Farfulla y sorprendiéndome, me devuelve el primer abrazo que le di— Mamá… muchas gracias.
Mis brazos se aferran a ella.
—Eso no es nada a todo lo que te mereces en la vida, cariño
La mano de Víctor da toquecitos a mi hombro y lo vemos levantar la mano de la dormida Abigail. Él aclara su garganta antes de imitar con torpeza una voz más aguda.
—Nosotros también queremos un abrazo…
Riéndome en silencio, beso la carita rosada de Abby y Víctor nos envuelve de un solo tirón, ya que es mucho más alto y ancho que nosotras, besando nuestras cabezas con cariño. Nos quedamos apretujados y cómodos hasta que los quejidos de Abigail y el ardor en mis pechos, me recuerdan que es hora de darle de comer.

Una vez que Ethan se va a Canadá, Victoria queda devastada.
Él le dejó una carta y una rosa antes de irse, algo que ha mantenido para ella en el interior de su cuarto. No ha dejado de llorar desde esta mañana y eso se nos parte el corazón. He tratado de estar con ella todo el tiempo que puedo cuando Abigail está durmiendo o tranquila en su sillita. Paso de ser su escudo a derrumbarme en las lágrimas por verla tan lastimada.
Víctor entra a la habitación cuando Victoria ya ha caído rendida en la cama y yo sigo acariciando con ternura su cabello. Se sienta y arregla la manta encima de nuestra hija para cobijarla. No me dice nada respecto al tema, pero sé que le gustaría hacer cualquier cosa para que pudiese dejar de estar tan triste.
El desconsuelo duró un día entero. Al día siguiente nos asombramos de ver en su rostro un semblante más tranquilo. Estábamos preocupados por cómo ella lo tomaría a partir de ahora su ausencia. Fue como si el día anterior hubiese sido su manera de desahogarse, y hoy ella nos demuestra que sabe que la vida continúa y que llorando no va a solucionar nada. Yo no iba a darle falsas esperanzas, pero uno no sabe si ellos vayan a volver en el futuro o a compartir como amigos puesto que Victoria sigue siendo amiga de su hermana.
Son muy jóvenes para atarse tan pronto. Necesitan conocerse a sí mismos, conocer a otras personas por separado y por sobre todo, experimentar vivencias diferentes. Mi único deseo es que ella sea feliz con quien quiera, sea Ethan u otra persona.
Una persona que obviamente, sea bueno para ella.
Tal vez el hecho de que él se haya ido a otro país, confirme que todo esto es lo correcto.
Esa noche se va a casa de Juanita antes de que anochezca y me aseguro de que me prometa que va a estar bien.
Más tarde, muevo de un lado para el otro a mi bebé en mis brazos tarareando una canción de cuna. Su pequeña cabeza está sobre mi brazo y bate sus pestañas a punto de dormirse. Susurro hasta sentir su cuerpo caliente agotado en su propio sueño. Víctor y yo la acostamos a eso de las nueve.
—¿Crees que a Victoria se le pase pronto la pena? Me está matando verla así. Por muy celoso que haya estado de su noviazgo con Ethan, nunca desee que él la dejara y mucho menos que le rompiera su corazoncito.
La preocupación en su voz me hace sonreír. Acorto nuestra distancia para apoyar las manos alrededor de sus brazos.
—Todos hemos sufrido por amor alguna vez —Le recuerdo— Es casi imposible mantener intacto a un corazón cuando tienes 16 años, Víctor.
Exhala por la nariz a la vez que acuna mi rostro. La yema de su pulgar palpa mi barbilla.
—Estoy seguro que recuerdo esa sensación, por esa misma razón me cuesta aceptar verla así.
—Va a estar bien, solo démosle tiempo… y mucho amor. Nuestra chica es muy fuerte. —Su frente está en la mía, su aliento caliente en mi rostro y cierro los ojos— Extraño pasar tiempo a solas contigo, sabes.
Él se muerde el labio, asintiendo.
—Yo también.
—Pero estoy feliz como estamos ahora. —Me acerco más— Abigail era nuestra pieza perdida del rompecabezas.
Suelta una risita.
—Creo que hubo dos piezas extraviadas durante mucho tiempo.
—Oh, creo que me pasó igual. —Nos reímos— ¿Víctor?
—¿Hm?
—Bésame —Ruego.
Sonriendo de nuevo, él pellizca con sus dedos mi labio inferior.
—Por supuesto que te besaré. Es lo que iba a hacer de igual modo si no me lo pedías.
Sus labios descansan en los míos unos segundos antes de pescar mi labio entre el suyo. El sabor dulce de su boca, el constante latido de mi corazón mientras su lengua se desliza en el interior. Yo sabía, incluso si solo me da picos en la boca, que yo no quería a nadie más para besar.
El Víctor que yo conocí, daba besos torpes. El Víctor que yo conocí, era tímido. El Víctor que yo conocí, no era tan apasionado como aquel que tengo quitándome el aliento.
Con todo y eso, fue la forma de mirarme lo que me conquistó. Fue la forma en que sus bromas nunca exageraban. No eran las bromas en las que yo terminaba llorando. Él tenía su límite conmigo, él me defendía de las bromas pesadas de Sergio.
Corta nuestro beso en un soplo, tomando mis hombros y ambos respiramos entrecortados.
—Oh —Susurro en busca de aire.
—Tenemos que parar antes de que sea demasiado tarde —Lamenta— Todavía es muy pronto para ti —Yo sabía que eso era lo correcto por ahora si tenía en cuenta que di a luz hace menos de un mes.— Vamos al balcón.
Su sonrisa es ansiosa y juguetona.
—¿Al balcón? —Miro hacia la cuna— pero Abby…
—Abby está soñando con angelitos y por algo tenemos los monitores en toda la casa ¿no crees? Lo tendremos cerca de nosotros para estar atentos a cualquier ruido.
Con un poco de desconfianza, termino aceptando. Me aseguro de que está abrigada y bien dormida antes de abandonar la habitación. Víctor sostiene mi mano para guiarme hacia al balcón, como si yo no conociese el camino. Cuando llegamos, comprendo por qué su mirada era tan juguetona, ya que el pequeño espacio está adornado con flores y una mesa redonda con bocadillos y dos velas apagadas –el viento tuvo que ver en eso, a mí parecer- además de dos copas junto a una botella de vino y otra de jugo.
Miro hacia él.
—Guau —Estoy sorprendida —¿Estamos celebrando algo?
Rodea su brazo en mi cintura, capturando mis labios en un beso suave y duradero.
—Sí —Contesta una vez que se separa de golpe— Estamos celebrando que me has dado dos hijas maravillosas. —Otro beso— No había encontrado el momento apropiado para hacer esto antes. Luego de que saliste del hospital no hemos descansado ni un solo día.
De solo mencionarlo, me agoto.
—Es cierto —Echo un vistazo a los bocadillos y mi estómago pide a gritos atención— Que grata sorpresa, mi amor. Gracias. —Susurro al tiempo que tomamos asiento.
Da un leve empujón a mis hombros.
—El mérito es de Victoria. Ella adornó todo sola para que yo te mantuviera lejos de aquí y no te dieras cuenta —Se ríe.
Sonrío en respuesta.
—¿Por eso se fue donde Juanita ahora? —Ladeo la cabeza y él responde sí en un movimiento— Y yo que pensé que necesitaba un momento a solas con su abuela para pasar las penas.
—Creo que es un poco de los dos, ya que se ofreció a pasar la noche con ella para dejarnos a solas. Le hará bien estar con mi madre una noche. —Víctor me tiende una copa con jugo— Lo siento, no puedes beber.
Estiro mi labio hacia afuera.
—Lo sé. —Me estampo tres canapés de un tirón, también las salchichas asadas y una salsa con sabor a pollo— ¿Sabes quién va a salir perjudicada con todo lo que estoy comiendo? —Antes de que él vaya a responder, me adelanto—Sí, nuestra querida Abigail.
Ríe entre dientes, sirviéndose vino tinto. Levanta la copa lo suficiente para que roce la mía.
—Quiero brindar esta noche por ti, Myriam. —Sus ojos grises, profundos y llenos de una emoción contenida, están contemplándome— porque cambiaste nuestras vidas.
Mi copa da un golpecito suave a la suya.
—Ustedes también cambiaron mi vida, Víctor. —Le guiño un ojo— Pasé de ser una soltera empedernida a ser tu esposa y la madre de nuestras dos hijas. Eso es increíble.
Su mirada no se aparta en ningún segundo, como si estuviese diciéndome un millón de cosas en silencio y al instante en que está desnudando mi alma, de un momento a otro baja la mirada, luciendo tremendamente melancólico.
—¿Te puedo decir una cosa? —Está sonriendo, girando la copa de vino entre sus dedos— Te voy a contar un suceso que pasó hace muchos años y estoy seguro que no te lo he mencionado, o si lo hice, no fue con muchos detalles.
La curiosidad es más fuerte y estoy mirándolo de regreso.
—Te escucho
De cualquier manera, su sonrisa no se borra.
—Cuando mis padres vendieron la antigua casa en la que vivimos, por algún motivo que ahora no recuerdo, ellos no pudieron ir a entregarle la llave al nuevo dueño, razón por la que tuve que ir yo. Por supuesto, yo fui con Victoria, que para entonces todavía no cumplía los tres años de edad —Deposito mi copa sobre la mesa, atenta— Victoria era muy traviesa y empezó a recorrer las habitaciones. El punto es que cuando le pedí al hombre revisar por última vez la casa, encontré a Victoria en la habitación en donde Sergio nos encerró aquella madrugada de tu cumpleaños—Se queda observándome el resto del relato— Ella estaba en el mismo lugar donde te dormiste aquella vez. Estaba hincada y me señalaba ese lugar como si lo conociera. Eso no solo rompió mi corazón, sino que aparte de eso, fue el mismo lugar donde ella dijo mamá por primera vez.
Sin poder evitarlo, mis ojos se llenan de lágrimas.
»—Y de algún modo supe que había una conexión, un lazo entre ustedes que aunque no estaban juntas, estaba ahí, muy cerca. Me costaba creer que fuese solo coincidencia —Toma mis manos entre las suyas— Victoria y tú tienen una relación preciosa. Ya te he contado lo rebelde que era a los 14; estaba en una edad muy complicada y todos me decían que la dejara en paz ¿cómo iba a dejarla en paz si me preocupaba que no pudiese decirme lo que le pasaba? Mi madre insistía en que estaba en pleno desarrollo, pero no era solo por eso… ella solo quería a su mamá y hasta que no supe que te buscó, nunca me di cuenta.
Sorbo mi nariz.
Los recuerdos se agolpan en mi cabeza y tratando de no quebrarme demasiado, tomo una inhalación.
—Yo estaba muy nerviosa cuando nos vimos por primera vez. No podía decirle las verdaderas razones a ella así como así. Aun cuando me intimidaba muchísimo, me parecía que en cualquier momento iba a romperse.
—Sí, siempre ha sido brava —Eso nos hace sonreír a ambos— pero aun siendo brava y un poco dura para expresarse cuando no conoce a alguien, en dos años lograste ganarte su confianza, su cariño y su respeto. Ella te quiere muchísimo, Myriam.
—Y yo a ella —Digo apenas en un hilo de voz— Y a ti, obviamente. Los amo a los dos… a los tres —Corrijo con una sonrisa— También logré recuperar tu confianza, Víctor, y por sobre todo, tu respeto y amor.
Él me regala una sonrisa boba, besando la comisura de mis labios.
—Yo acepté que te amaba más de lo que mi fuerza de voluntad me permitía.
Acerco mi rostro todo lo que puedo hasta sentir sus labios otra vez, empapándonos con nuestras propias lágrimas y apaciguando el nudo en mi garganta. Él presiona su mano en mi espalda y suspira en mis labios hasta que escuchamos un leve gruñido por el monitor.
Sin esperar mucho, nos damos prisa para atender a nuestra bebé.

—Papá, déjala en paz —Victoria aparta a su hermana de Víctor en un gruñido mientras este insiste en jugar con un mechón de su apenas visible cabello. Abigail en cambio, está agitando los pies con evidente enfado— ¿Ves? Se va a poner a llorar.
Estoy desde la otra esquina viéndolos discutir y no puedo evitar que forme una sonrisa en mi rostro. Agito mi vaso en el aire justo cuando mamá sale de la cocina con bandejas de bocadillos dulces y todo tipo de pudines. Todo el mundo se tira encima para cogerlos antes de que se acaben. Mi abuela se asegura de que nadie pase a llevar los pasteles de la mesa, empujando a algunos con el bastón.
En la mesa hay un gran pastel con el número 33 y otro pequeño en merengue rosa donde dice en letras cursivas "Feliz primer mes, Abby" Este último había sido una grata sorpresa, porque no esperábamos que se celebrara también su primer mes de vida, más que entre nosotros cuatro en casa.
Me parecía increíble que hubiese pasado ya un mes.
A pesar de que fue abrumador al principio acostumbrarme a un nuevo bebé –algo que aún estoy trabajando en ello- en ese entonces me parecía que faltaba una eternidad para septiembre y llegados al día, no me lo creía. Estaba entusiasmada por lo que vendría, cautivada por los logros de Abigail, enamoradísima de mi familia. Víctor y Victoria son sin duda, los mejores sostenedores que uno podría tener o desear alguna vez. Yo tenía el privilegio de tenerlos en casa todos los días.
Sobre todo porque cuando la bebé no duerme, los dos me ayudan para que yo pueda hacerlo unas horas antes de amamantarla.
Las aguas estaban tranquilas entre nosotros.
Victoria de a poco va aceptando la marcha de Ethan, algo que le ha costado como es normal, ya que lo extraña muchísimo. Sin contar con que lee su carta dos o hasta tres veces al día, y la rosa, que se ha marchitado, la tiene guardada entre las hojas de un diario.
Cristy comienza su último año en la Universidad y ya tiene proyectos de obras teatrales fuera de Seattle para el próximo año. Nany adoptó a Molly de manera oficial, dado que se siente sola cuando no está, y la relación de mi madre con Roberto va de viento en popa. No me sorprendería si cualquier día llega con alguna sorpresa brillante en su mano.
Juanita sigue trabajando para mi madre y a pesar de que los chicos la molestan con uno de los clientes que frecuenta la tienda, ella dice que se siente cómoda sola.
Liliana sigue teniendo paciencia con nosotros cada vez que la llamamos por cualquier cosa que Abigail hace, y Ana y Sergio, viendo que nosotros estamos por mudarnos a nuestra casa propia, el bichito se les ha contagiado a ellos y están postulando una cerca de la nuestra.
Y Manuel, que siempre tiene que salir a colación por cualquier motivo, se ha ido de Seattle hace una semana sin despedirse de nadie. Sarah ha dicho que fue a probar suerte a Toronto, donde tiene una prima viuda quien le ofreció alojamiento. Según ella, él no tuvo el valor de despedirse de Jackson, mucho menos de Alan y Colin, puesto que de seguro hacían cualquier cosa para que al final no se fuera. Cuando Liliana me lo dijo, Cristy estaba allí y se le derramó el café en la ropa tan solo de escuchar la mención de su nombre. Hay cosas que simplemente ella no puede superar, y la pistola junto al rostro de un loco son una de esas cosas.
Mi hermana viene hacia mí tan rápido que el líquido de mi copa se tambalea con el movimiento.
—Tengo que contarte algo de suma importancia —Reprime una sonrisa, jalándome del suéter hasta sentarnos en el sofá, haciendo caso omiso del bullicio y las risas— Vas a ser la primera en saberlo, por eso quiero que me prometas que reaccionarás igual de sorprendida una vez que se lo diga a todos.
Pestañeo.
—¿Debo asustarme?
Agita la cabeza, enérgica.
—¡Todo lo contrario! —Susurra desesperada, enterrando sus uñas en mi brazo— Myriam —Me mira directo a los ojos— ¡Voy a salir en una película de Lionsgate!
Mis ojos se abren desmesurados.
—¡QUÉEE!
Con una sonrisa, ella pone un dedo sobre sus labios.
—¡No llames la atención! —Ruega. Toma profundas inspiraciones— Quedé en el papel para una película de Lionsgate. Vamos a empezar a rodar en Enero.
—¡Dios mío! ¡¿Estás hablándome en serio?! —Zarandeo sus hombros, una sonrisa tonta apareciendo en mi rostro y antes de que vaya a contestarme, la atraigo hacia mí en un abrazo— ¡Oh, Cristy, felicidades! —Nos quedamos pegadas durante un largo tiempo— No lo puedo creer… ¿Tan así? ¿Cuándo te llamaron?
Sus ojos brillan de excitación.
—Hace dos días… —Hace puño sus manos— Eso sí, voy a tener que ver que haré con la Universidad el tiempo en que me ausente, pero por lo pronto tengo el apoyo de mi profesor, que fue quien me ayudó con el casting.
Siento una punzada de orgullo.
—¡Jesucristo! Es que no lo puedo creer… ¡Hollywood!…
—Nuestra madre va a alucinar ¿a que sí? Y Nany de seguro va a soltar alguna broma propia suya.
Nos reímos de eso. Después de que Adrian nos interrumpa para llevarse a Cristy, soy arrastrada ahora por Ana y Liliana, que hablan entre ellas.
—Myriam, tienes que saber algo que no sabes pero que nosotras sabemos.
Las invito a sentarse.
—La cumpleañera es todo oídos —Digo.
Se miran entre ellas.
—La verdad es que fue idea de Ana…
—¡Mentira! Fue tú idea…
—Yo conseguí que esa idea se efectuara…
—¡Chicas! —Exclamo.
Se vuelven a mí y Ana dice:
—Liliana consiguió reservas para un spa la próxima semana. Dura cuatro horas y como no vas a querer dejar a Abigail sola, Juanita no tiene problema en quedarse medio día con ella, así tú descansas un poco, y nosotras también… —No digo nada al respecto— Nos tomamos el atrevimiento también de preguntarle a Víctor y él está de acuerdo. Este es nuestro regalo de cumpleaños y no tienes opción a decir que no porque sabes que te hace falta un poco de descanso… Y porque si no quieres de todos modos te vamos a llevar aunque sea con una venda en los ojos.
Me echo a reír.
—¿En serio le preguntaron a Víctor antes que a mí?
Liliana encoge los hombros.
—Teníamos que asegurarnos de que no pusieras a Víctor de excusa. —Hago un mohín— ¿Qué dices?
Arrugo la nariz, apretando mis ojos y dejando escapar el aire. Al final, me rio de sus rostros compungidos.
—¡Está bien, está bien!
Sueltan un gritito agudo.
Una vez que dejamos de reírnos, Sergio consigue la atención de todos levantando la cámara fotográfica con la mano. Eso entusiasma a todo el mundo de inmediato, quienes se arruman alrededor del sofá. Unos encima de otros y algunos tratando de buscar asiento –como por ejemplo mi abuela-. Me acerco a donde Victoria sigue sosteniendo a su hermana y ella me la entrega.
Abigail ha tenido un crecimiento normal en las últimas semanas. Su piel poco a poco va dejando de estar tan arrugada y sus mejillas han comenzado a sonrosarse. Está mucho más despierta que antes y le gusta dormir en el pecho de Víctor, algo que lo tiene a él babeando de amor por ella más de lo que es con normalidad.
—Bueno, familia, al tercer parpadeo sale la foto —Dice Sergio sobre el bullicio— ¡Atentos!
Roberto igual se suma a la foto, ganándose junto a mi madre y cerca de Cristy, quién también ha tenido un cambio con él, solo que pasito a pasito. Me siento en el sofá con Abby y Victoria en el apoyabrazos. Víctor la rodea con una mano y al tercer parpadeo, todos chillan antes de que la cámara haga su famoso flash cegador.
Nany suelta una exhalación de aire a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro.
—Creo que quedé más ciega que antes con ese flash —Pestañea repetidas veces, haciéndome reír— ¿Dónde está, pecosita 4? ¡Ah, ya te veo! Ahora estoy viendo mejor —Palmea mi brazo, guiñándome un ojo— Por cierto, feliz cumpleaños, pecosita 1.
Es la tercera vez que me felicita.
Sonrío devuelta.
—Gracias, Nany.
Juanita se acerca a mí a toda velocidad.
—¡Cariño, tienes que venir a soplar tus velas! —Me recuerda mientras corre a la cocina con mamá.
Victoria ocupa el puesto de Nany y Víctor hace un hueco hasta que se sienta al otro lado.
—Ana me dijo que te mencionó lo del spa —Me dice Victoria.
Miro hacia ella.
—¿Tú también lo sabías?
Encoje los hombros con culpa y Víctor pone una mano en mi brazo.
—Todos queremos que vayas a ese spa, Myriam. Incluida Abigail ¿verdad, angelito?
Abigail se sobresalta en un hipo, y eso es todo lo que obtenemos de ella como respuesta.

La fotografía que tomamos el día de mi cumpleaños es lo último que guardo con sumo cuidado dentro de la caja de empaque. Echo un vistazo a cada uno de sus rostros, cerrando las solapas con bastante cinta adhesiva. Miro cansada a todas las cajas selladas por el suelo y sobre la cama.
Regreso a la sala cuando he terminado, divisando mi rostro en el espejo de la pared; mechas de pelo fuera de mi coleta y ojeras marcadas bajo mis ojos. Ahora mismo no soy atractiva para nadie. Mi abdomen no es plano ni mucho menos endurecido como antes pero no es algo de lo que quiera preocuparme en este momento. Y con ropa de algodón ajustada a mi cuerpo, tampoco me favorece.
Víctor y Victoria se están peleando por quién toma el hervidor caliente primero.
—Hazlo tú.
—No, hazlo tú.
Apretando mi moño en la cabeza, paso entre medio de los dos para agarrar el hervidor.
—Mejor yo —Lleno una taza de agua para mi té— ¿A qué hora va a llegar este señor, el de la mudanza?
Relleno sus tazas también para evitar las riñas.
—Se supone que dentro de una hora.
Abigail gruñe desde la mecedora.
—Espero que sean puntuales —Cruzo los brazos sobre el pecho y apoyo el trasero en la encimera. Víctor suelta una risita, mirándome con sorna— ¿Por qué me pones cara de idiota?
Victoria murmura un largo "uuuh" cargado de intención.
Sin embargo, Víctor no borra su sonrisa.
—Me gusta que te pongas en modo jefa. Eres de temer.
Encojo los hombros.
—Solo no quiero que estemos esperándoles toda la mañana para que al final lleguen por la tarde.
Mueve de un lado a otro la cabeza, acercando mi cintura de tal modo que estamos muy cerca.
—Van a ser puntuales. Te lo aseguro. —Inclinándose, su boca besa la mía. Nuestros labios friccionan un minuto en el que olvidamos todo a nuestro alrededor.
—Oh, vamos —Victoria masculla y nos separamos lo suficiente para verla hundir la galleta en la leche caliente, su codo tocando el umbral— No es necesario que me den su espectáculo.
Ella esconde una sonrisa.
—¿Sabes qué? —La mano fuerte de Víctor está sobre mi cintura con posesión— Debí haberte puesto de segundo nombre "celosita."
Prueba un poco del contenido de su taza, rodando los ojos.
—Holly es suficiente humillación, muchas gracias. —Haciéndose la ofendida, nos da la espalda en la encimera para reposar su tazón y nosotros la apretamos en nuestro pecho— ¡Me van… a asfixiar! —Aun así seguimos abrazándola y deja de forcejear con torpeza. Riéndonos entre los tres, detenemos nuestro juego cuando Abigail rompe en un llanto muy clásico de ella cuando quiere atención— Ahí tienen. Ella es más celosa que yo.
Es Víctor quien va a verla y nos quedamos en silencio soplando nuestros tazones humeantes.
—Me alegra muchísimo ver que estás volviendo a sonreír.
Me mira y suspira.
—Estoy tratando con ello.
Me encuentro preguntando un poco dudosa:
—¿Has sabido de él?
Sus labios forman una delgada línea recta, volviendo a dejar su leche sobre el mesón.
—Casey me ha dicho que ya consiguió a alguien para vivir en el campus y que comenzó la Universidad hace algunos días. No he hablado con él y no creo que lo haga tampoco.
Pongo una mano sobre su brazo para que me mire.
—¿Estás bien con eso?
Menea la cabeza, confusa.
—Más o menos. Supongo que no puedo esperar a que se me pase tan rápido. —Sonrío con tristeza— Quiero concentrarme en mi último año de secundaria antes de graduarme. No quiero… pensar en Ethan.
Es clara y sincera.
Dejo un beso en su brazo con cariño, devolviéndole yo misma su taza. Después de todo, ella tiene razón.
La mudanza es puntual tal y como Víctor dijo. Los encargados entran y salen del departamento con cosas y el inmueble poco a poco va comenzando a vaciarse. Termino de alimentar a Abigail en la habitación cuando Víctor pide permiso para entrar junto a un hombre de mediana edad, que es lo bastante discreto para no detenerse a mirarme demasiado. Me quedo sentada quitándole los gases a mi pequeña mientras ellos se las arreglan para desarmar el armario. Miro de soslayo al pasillo, percatándome que ya han sacado los sofás.
—A ver, nena… acompaña a mamá a la sala —Sus brazos descansan a cada lado de mi pecho y su cabeza mira hacia mí, como si fuera a acurrucarse. Lo único que va quedando en la sala es la televisión y unas pocas sillas de la mesa. La cocina está vaciada por completo y las macetas con flores del balcón están instaladas en la parte trasera de la camioneta. Adrian fue muy gentil en ofrecerse a manejar mi vehículo para que pudiéramos irnos a casa todos juntos en un mismo auto. Suspiro con mi cabeza casi rozando la de mi niña— Aquí hay tantos recuerdos, Abby… tantos…
Balbucea inquieta, estirando el cuerpo sobre el mío y quedándose dormida después.
Luego de dejarla dentro de su cochecito, ya que la cuna y todas sus cosas están en el camión de la mudanza, me organizo a apilar todas las cajas selladas del suelo. La mayoría son pesadas y algunos no tienen ninguna etiqueta para reconocer lo que hay en su interior.
Otro de los encargados de la mudanza entra a la habitación para ayudar con el armario, tiempo que me da para sostener una de las cajas y dirigirme a Víctor.
—¿Necesitas que te ayude? —Me pregunta.
—No, no —Señalo la carriola— Vigílala mientras llevo esto al auto.
—De acuerdo —Me toma el rostro con las manos, dejando un beso en mis labios.— Si son muy pesadas puedes pedirle ayuda a Victoria.
—No están tan pesadas —Miento, sonriendo hacia él— No me tardo.
Su sonrisa es lo último que veo antes de abandonar la habitación. En el elevador dejo la caja en el suelo, quejándome para mí misma sobre lo que guardamos allí que no reconozco. Empujo con mi pie una vez llego al primer piso, encontrándome a Adrian canturrear desde el mesón de recepción.
—Oh, hola, Myriam ¿quieres que te ayude?
Simulando coraje, tomo la caja con ambas manos.
—Estoy bien, gracias —Le regalo una sonrisa que él responde de la misma manera.
El aire de la calle es cálido todavía y me apresuro a llegar hasta el auto lo más rápido que puedo. Mientras me acerco, no puedo evitar tener la sensación de que he pasado por esto antes. Exhalo mi aliento contra el brazo, presionando el botón para quitarle el seguro al auto.
—¿Mamá?
La llave se me resbala de las manos, cayendo sin que tenga tiempo a recuperarla.
Sí, yo había pasado por esto antes, pero su voz es un tanto diferente a aquel entonces, más que nada porque mamá era una palabra lejana.
Descanso la caja en mi pierna, volviendo el rostro a ella y lo que veo a continuación me deja la piel de gallina. Durante un instante lo único que veo es a la niña de cabello largo hasta los codos con la mochila sobre su espalda y ese llamativo aro en la nariz.
Pero cuando parpadeo, la veo como en verdad es. Su mirada es de absoluta sorpresa.
—¿Sí?
No contesta en ese momento, está expectante mientras sus ojos se abren desmesurados.
Finalmente me pregunta:
—¿Te ayudo? —Sin necesidad de una respuesta, ella me ayuda a sostener la caja para que abra la puerta y echo un vistazo a su rostro sonriente— Vas a pensar que estoy loca pero me parece que he vivido esto antes… de una manera muy distinta.
Muevo la cabeza, riéndome.
—A menos que las dos estemos locas —Contagiándole mi risa, ella suelta una carcajada. Metemos la caja dentro del auto, arrinconándola bien al fondo para que no estorbe y no vaya a estropearse nada cuando estemos en movimiento. Cierro la puerta de un solo golpe, encontrándome con sus ojos puestos en los míos— Hay una pila gigante de cajas arriba, pero creo que mejor le pedimos ayuda a los de la mudanza ¿no crees? Quedé agotada con una.
Tantea las manos sobre el auto, levantando un pie para chocar con la rueda.
—Estaba pensando… —Pasa por alto lo que digo, su mirada perdida en alguna parte hasta que me encuentra otra vez— aquí es donde todo comenzó ¿te acuerdas?
Suspiro.
—Sí, por supuesto que me acuerdo —Miro hacia el edificio— Es extraño ¿no te parece? Somos las mismas de antes pero diferentes al mismo tiempo.
Sabe que es cierto, por esa razón se muerde el labio superior.
—Hay algo que nunca te he dicho, mamá.
Mis ojos la buscan.
—¿Algo como qué?
El silencio que le sigue es frustrante.
—Nunca te he dicho que… —Sacude la cabeza— eres la persona más increíble que he conocido en mi vida. —La sensación en mi estómago, más que mariposas, se puede decir que son nudos desligándose de a poco y me encuentro conteniendo las ganas de llorar. Recibe mi mano cuando se la pido y con desesperación la encierro en un abrazo— Gracias por quedarte. De verdad, no sé qué haría sin ti ahora.
Con lágrimas en los ojos, yo ni siquiera puedo formular alguna palabra o balbucear o pensar en jadear aunque sea. Estoy llorando y ella está consolándome como si hubiésemos intercambiado papeles.
—Yo… —Lloriqueo— Te quiero… te amo —En el momento que dejo de derramar lágrimas, echo su pelo hacia atrás, admirando su rostro en todo su esplendor. Mi mano descansa en su mejilla izquierda— y no tienes que agradecerme nada, mi amor. Yo tampoco sé que haría sin ti. Y de alguna manera me entristece irme de aquí porque este es el lugar que nos unió, incluso si no fue en ese preciso momento, de algún modo lo hizo. Creo que voy a ser una anciana y seguiré agradeciéndote el decidir pararte aquí con tanta valentía a encarar a esta mujer que no conocías. —Sus lágrimas aparecen en las esquinas de sus ojos y me aseguro de limpiarlas apenas se escapan—Insisto, no tienes que agradecerme por quedarme contigo, soy yo la que tiene que agradecer el que dejaras que me quedara.
Jadea en respuesta.
—Ya, pero… tú pudiste haberme dicho que me fuera ¿sabes?
Aquello me deja perpleja.
—¿De verdad, Victoria?
Alejándose un poco, ella toma mis manos en un apretón.
—En ese momento no te conocía, pude haberlo pensado. Pero ahora te conozco y sé que hubieses sido incapaz de hacerlo. Yo no sabía nada de ti ni por qué razones siempre fuiste una imagen borrosa en mi vida y eras un blanco fácil para descargarme. Mamá, escucha —Suplica— Más de alguna vez te he dicho que me hubiese gustado haberte tenido cuando era niña, pero te juro que no me importa ahora. No hay manera de cambiarlo y tenemos que aceptarlo. Acéptalo tú porque yo ya lo acepté.
Estoy atónita.
"Mira hacia adelante y no hacia atrás"
—¿Estás hablándome en serio?
Agita la cabeza.
—Muy en serio. Creo que lo hice el día en que te pedí que no te alejaras de mí, esa vez en el parque, pero no pude verlo con claridad en ese momento. —Confiesa y antes de fijarme, aparta un pelo de mi cara. El shock se apodera de mi rostro, de manera que ella toma mis hombros con fuerza— Yo ya te perdoné.
Lucho por respirar.
—Dios… —Susurro al borde del llanto de nuevo— Eso suena mejor de lo que imaginé en mi cabeza. Ven aquí… —Admito con voz temblorosa y mis manos se desesperan por abrazarla. La lleno de besos hasta que me obligo a tranquilizarme— Muchas, muchas gracias, escucharlo de ti es tan reconfortante. Y quiero que sepas que voy a seguir recompensando todo el tiempo que no estuvimos juntas el resto de tu vida y la mía. Aun si soy una vieja que siga llamándote "mi bebé" y esté llena de nietos, no me importa porque eso es lo que serás siempre para mí.
Nos echamos a reír.
—Estoy segura que lo vas a hacer. Y con respecto a lo de bebé…
Pongo un dedo en mi boca.
—Cállate, eres el bebé de mamá. Un bebé muy grande si te pongo en la balanza con tu hermana —Se ríe— Solo te pido una cosa, cariño… no cambies nunca. Sé siempre como ahora, eso te hace ser muy especial.
Dándome un último abrazo, nos miramos por lo que es una eternidad antes de recordar que estamos en medio de una mudanza. Entrelaza su mano con la mía y caminamos de regreso al edificio.
Antes de entrar al elevador, ella murmura:
—Que conste que no iba a quejarme por lo de "bebé" —Me guiña un ojo y las puertas se abren.
Conociéndome, no me sorprendería si vuelvo a este mismo lugar un par de veces con la intención de recordar, rememorar lo que aquí comenzó y lo que aquí unió para que nunca más fuera separado. Me gusta mirarme al espejo y ver en dónde estoy. No puedo estar más agradecida de haber encontrado el camino de regreso a casa.
Y puede que el día de mañana Abigail no entienda por qué yo no estuve en la vida de su hermana antes o por qué de pronto nadie habla de sus abuelos. Se va a asustar cuando lo sepa, se va a poner a llorar o se enojará, no lo sé. Lo único que tengo claro, es que vamos a hacer lo posible para que ella sepa que con nosotros nada malo va a pasar, que nos amamos tanto que nadie puede romper nuestro círculo por más que lo intentasen.
Un círculo que rompieron hace muchos años porque la pared era demasiado frágil y delgada para mantenerse firme en aquel entonces. Ahora habíamos logrado recoger las piezas rotas y reparar el daño.
Yo reparé mi corazón.
Víctor y Victoria repararon el suyo.
Y eso es lo único que importa.
...Fin

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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  Bere el Lun Mar 14, 2016 12:39 am

EPILOGO
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En el décimo octavo cumpleaños de Victoria, Víctor y yo le regalamos una cadenilla muy especial.
Se ha convertido en algo simbólico para ella, un poco de lo que queríamos que fuese tan pronto decidimos dársela. Nuestra idea es que cada vez que mire su gargantilla, sepa que estamos alrededor suyo incluso si no es en persona.
Suspiro con nostalgia y tomo la fotografía reposada en la mesita del teléfono, atravesando mis dedos por la orilla del retrato; ella sostiene el pergamino enrollado en ambas manos, sonriendo en su birrete y toga amarillos. Mi pecho se infla de orgullo de forma automática, una sensación loca que hace que quiera explotar. Las calificaciones que trajo a casa al final de su último año, fueron dignas de una alumna ejemplar. Obtuvo una beca la mitad del semestre y un diploma de honor en la graduación. Además de conseguir un cupo en la Universidad de Washington sin mayor problema y ahora cursa segundo año en Medicina.
Demás está decir que Víctor y yo estamos más que orgullosos de ella.
Aun cuando comenzó con el pie izquierdo debido a la partida de Ethan, con el tiempo se fue dando cuenta de la importancia que tenían sus calificaciones y supo apartar muy bien sus problemas personales para enfocarse de lleno en los exámenes.
La última vez que vio a Ethan fue en la graduación. Ninguno parecía especialmente cómodo con la presencia del otro, pero de todos modos hablaron bastante. Él volvió a Canadá pasados unos días, todavía con la promesa de mantenerse incomunicados.
—¿Mami? —Una vocecita apenas audible consigue sacarme de mi repentino estupor. Dejando el retrato donde antes, me volteo hacia la maraña pelinegra de Abigail, su cuerpo apoyado en la pared— No puedo dormir.
Nunca he logrado que esa mata de pelo esté ordenada, por más intentos que haga.
La semana pasada Abigail cumplió 2 años y 10 meses de edad. Ella puede ser dulce y agresiva a la vez como parte de su genética.
Cruzo mis brazos sobre el pecho, presintiendo haber pasado por esta situación otras veces.
—¿Por qué no puedes dormir? —Se lo pregunto aun sabiendo su respuesta.
Juega con la punta de su manta de algodón que usa para la cama.
—Tengo pesadillas —Contesta— Y ahora estoy triste por eso. —Escondo una sonrisa. Ella también puede ser una gran manipuladora emocional, y apenas se sacó los pañales hace unos meses— ¿Puedes compartir tu cama?
Pongo un dedo en mi barbilla.
—Tenemos que consultarlo con papi primero. —Sus ojos se abren y veo el iris gris demasiado marcado bajo la luz de la lámpara. Abby es una copia exacta de Víctor. Juanita dice que es la reencarnación de su hijo en el cuerpo de una niña. Descruzo los brazos y estiro mi mano para que la sostenga. Nos vamos caminando por el pasillo hasta llegar a la habitación donde Víctor lee tranquilamente el periódico. Le señalo a Abigail que se mantenga en silencio y detrás de mí— Tenemos una visita, papá —Llamo su atención.
Víctor levanta el rostro del periódico, su mirada viajando hacia la pequeña niña en mi espalda y sus ojos lucen divertidos.
—¿Una visita? ¿Quién puede ser a esta hora?
—Alguien que tiene pesadillas muy feas y no puede conciliar el sueño. Ella quiere saber si puede dormir esta noche aquí ¿Crees que eso sea posible?
Abigail sabe que no puede dormir en medio de papá y mamá. De las veces que lo ha hecho, ha sido porque tiene fiebre o es noche de tormenta. Víctor babea y la malcría de tal manera, pero no da su brazo a torcer con respecto a dormir con nosotros. Por eso es que cuando no quiere dormir en su cama, se va al cuarto de Victoria a hurtadillas.
Víctor vuelve su atención al periódico.
—Me gustaría conocer en persona a nuestra visita para tomar una decisión—Abby esconde la cabeza en mi pierna, enrollando los brazos alrededor de esta con fuerza. Carraspeando, logra que su padre la mire— Oh. ¿Abigail? ¿Qué haces ahí, nena? Mamá está diciendo que tenemos una visita ¿la conoces? ¿Puedes presentármela?
Ladea la cabeza, el pelo yéndose a sus ojos.
—Soy yo
—¿Cómo?
—¡Soy yo!
La reacción de fingida sorpresa por parte de Víctor, nos hace reír.
—¡¿Tú?! —Parpadea— pero… sabes que a papá y mamá nos gusta que duermas en tu cuarto ¿verdad? Porque eres una niña grande.
—Sí, una niña grande.
—Y como niña grande, debes dormir en tu cuarto.
Asiente dos veces.
—En mi cuarto —Repite en voz baja, convencida de que vamos a enviarla devuelta.
Después de un largo silencio, Víctor palmea el lado vacío a su lado.
—Ven aquí, charlatana. —Sorprendida, Abigail está arriba de la cama en menos de dos segundos. Abraza a Víctor con sus pequeños brazos— Solo por esta noche, eh.
Él me da una mirada y yo solo le guiño un ojo para que sepa que es lo correcto.
Aprovecho su distracción para darme una ducha rápida y rociar un poco de crema en mis piernas antes de acostarme. Una vez que salgo del cuarto, ambos están jugando a lanzar almohadas al techo. Logran hacer un espacio para meterme en la cama y Abigail pronto tiene sus piernas encima de mí.
—Mami, quiero cosquillas.
Envuelvo mi brazo a su alrededor, besando el tope de su cabeza.
—Tenemos que dormir.
—Por favor
—Nena…
—Por fa, por fa, por fa, por… —Estalla en risas cuando pellizco su estómago y Víctor atrapa sus pies desde abajo, tirándola hasta que queda acostada de lado horizontal— Ota vez.
Suelto un suspiro.
—Tienes que dormir.
—No quiero.
—¿No quieres dormir?
—No
—Oh, pues lo siento. Vas a dormir. —Víctor habla por mí, apartándole el pelo a Abigail de la cara y dándole un beso en la mejilla— Sé buena chica con mamá y papá ¿de acuerdo? Es tarde para que estés despierta.
Por mucho que insista en no querer dormir, tan luego como Víctor y yo apagamos la luz de las lámparas, está aferrada a mí como una araña, escondiendo la cabeza en mi pecho. No es nuevo para nosotros saber que le teme a la oscuridad; ella duerme con un espanta cuco en su cuarto toda la noche.
La mano de Víctor pasa por encima de nuestra pequeña y entrelaza nuestras manos.
.
Tengo la sensación de estar brincando en una lona elástica.
No necesito averiguar el por qué de eso, ya que lo primero que veo temprano en la mañana es a Abigail saltando en nuestra cama.
Oprimo los ojos como si de esa forma consiguiera un poco de paz. Hago puño la sábana con la mano, quejándome en voz alta. Ella sigue saltando sin parar y el rebote hace que nos movamos de arriba hacia abajo sin descanso.
—¡Mami, papi, despierten! —Un nuevo rebote— No se duerme cuando hay sol.
—Oh, nena —Susurro entre balbuceos— Por favor, detente cinco minutos.
—¡No! —Grita en respuesta— ¡Tenemos… tenemos…! ¿Dónde tenemos que ir, mamá?
Jadeo.
—Al aeropuerto, mi vida.
—¡Sí! ¡Tenemos que ir al aeropuerto!
No alcanzan a pasar un par de segundos cuando mis ojos se abren de golpe.
—¡Victoria! —Chillo al tiempo que empujo el brazo de Víctor— Cariño, despiértate —Bisbisea con la cara en la almohada. Lo intento de nuevo, zarandeándolo con ambas manos— Víctor, tenemos que ir por Victoria al aeropuerto.
Todavía gruñendo, él asiente.
—Sí, sí, el aero… ¡El aeropuerto! —Se despierta.
—Es lo que estoy diciendo —Saco ropa del armario y me meto al baño para lavarme los dientes a toda prisa.
Tenemos 35 minutos para estar en el aeropuerto antes de que aterrice el avión.
Es la primera vez que agradezco que Abigail sea tan mañanera.
Después de que Víctor y yo nos encontremos en el pequeño espacio del cuartucho, intento sin muchos resultados amarrar el pelo de Abby en una coleta. Ella camina mientras intento peinarla; cantando, gritando y agachándose para recoger algo. Apenas termino, agarro su pijama antes de que se escape.
—¿A dónde crees que vas, pequeña? Tenemos que sacarte este pijama.
Vestirnos y estar listos nos toma quince minutos. No tengo idea cómo es que logramos estar en el auto antes de las 8. Decir que arrancamos a toda velocidad, es decir poco.
Un grupo de alumnos en la Universidad de Victoria fueron seleccionados para asistir a una exposición de Medicina en Texas hace seis días. Ella por supuesto, fue una de las elegidas.
El avión aún no aterriza cuando llegamos. Por lo menos, estuvimos en el tiempo justo. Tratamos de recuperar el aliento con calma y Abby gira y gira de pie sobre el suelo de arcilla. Su cola de pelo se ha aflojado y las mechas caen desordenadas a cada lado de su cara. Trata de apartarlas con brusquedad, todavía girando.
Miro el reloj de mi muñeca, recordando algo.
Girándome, me encuentro con los ojos confusos de Víctor.
—¿Qué? —Pregunta.
Sin responder nada, me abalanzo a sus brazos.
—Cariño, ¡feliz cumpleaños! —Él me responde cerrando sus brazos en mi espalda— Ni creas que se me había olvidado, con eso de que nos atrasamos en la mañana. Oh, cielo —Me separo y empiezo a repartir besos por su cara— No puedo creerlo ¿38 ya?
Hace una mueca por recordarle su edad y nos echamos a reír.
—Soy un alma joven.
Vuelvo a besarlo.
—Por supuesto que lo eres.
Abigail emite un grito ahogado mientras deja de girar y corre hacia la dirección de la puerta de embarque. Un instante más tarde, ella está en los brazos de su hermana mayor. Me separo de Víctor en un rápido movimiento, mi corazón bombeando a toda velocidad y nos acercamos.
—¡Ey! —Estrecha su pequeño cuerpo entre el suyo— Te eché de menos, nena. —Se abrazan como si llevaran toda una vida separadas. Al instante en que se apartan, estoy tirándola encima de mí, algo que la hace soltar una risita burlona—También estoy feliz de verte, mamá.
Descanso la cabeza en su hombro.
—Qué bueno que estés de regreso en casa, tesorito.
Asumo que llevamos mucho tiempo abrazadas, por esa razón Víctor carraspea. La suelto entre arrumacos y ella se va a los brazos de su padre, deseándole feliz cumpleaños. Cargo a Abby del suelo, dándole un beso en la mejilla.
—¡Papá, que viejito que estás! —Se mofa.
Víctor agita el pelo de Victoria sin que ella logre zafarse a tiempo.
—Se lo dije a tu madre también: soy un alma joven.
Camino a casa nos cuenta como fue la exposición y el viaje de regreso. Incluso si hablamos sobre eso por teléfono hace unos días, algunos detalles se escaparon y nos puso al corriente.
Nos detenemos en el peaje y Abigail intenta sacarse el cinturón de seguridad a toda costa.
—Cielo, los niños y adultos siempre tienen que usar cinturón.
Señala a Victoria con el dedo.
—¡No está usando cinturón!
Victoria rezonga, poniéndose el cinturón para que su hermana deje de protestar.
—Oye, cariño —Víctor mira por el espejo retrovisor— ¿Owen también viajó contigo? ¿Tu amigo de Medicina?
Encierra el cinturón con presión contra el asiento.
—Lo viste salir junto a nosotros, papá, con su madre ¿tan viejo estás que ya lo olvidaste?
Víctor se muerde los labios.
—¿Estás saliendo con él? —Su pregunta es directa. También ha aprendido a andar sin rodeos con ella.
Hay otro lapsus de silencio de por medio.
—Oh. No estoy saliendo con él.
—¿Segura? —No se ve convencido— porque a mí me parece un buen chico ¿sabes? Quiero decir, él te lleva a casa en su auto cuando está nevando.
Doy una vuelta en el asiento para mirar a Victoria y me percato que las dos estamos reprimiendo la sonrisa.
—Es un buen amigo, papá. Es todo.
—Hmm…
—¿Hmm con qué?
—Deberías prestarle más atención. A menos que él tenga novia… ¿tiene novia? Porque si tiene novia…
—Papá
—La situación cambia y él estaría jugando a dos bandos y eso no me gusta. Tú tienes que…
—Papá…
—Saber con certeza sus verdaderas intenciones, porque un chico que lleva a casa a una chica con tanta consideración…
—Papá, Owen es gay.
—es porque está interesado más allá de una ami… ¿Qué?
Me muerdo la lengua para no echarme a reír tan pronto.
Victoria encoje los hombros.
—Es gay. Él tiene novio.
Avanzamos en la fila del peaje y Víctor frena de golpe.
—Oh, gay… ¿gay? —Parece realmente sorprendido— Un momento… nunca antes he hablado de novios contigo y cuando pienso que alguien es bueno para ti ¿resulta que es gay?
Ahora sí, me largo a reír.
—No se lo dijiste —Me dice Victoria con la misma tentación de risa— Papá, pensé que sus actitudes serían bastante obvias para ti.
—¿Qué actitudes? —Luce confundido.
—Owen es mucho más femenina que yo o que mamá. Él es un buen chico.
Víctor sacude la cabeza.
—No pongo en duda eso, solo que me deja pasmado. —Pagamos el peaje y reanudamos el camino a casa— Bueno, de todos modos me cae bien.
.
Abby le entrega un dibujo a Víctor como regalo de cumpleaños una vez que cruzamos la puerta de casa. Creo que Víctor lloraría si Victoria y yo no estuviésemos presentes. El dibujo es de él mismo con traje deportivo. Como Víctor es profesor de Gimnasia, Abigail lo ha visto más con ropa de ese tipo que la que usa los fines de semana.
—Te amo, papi —Le grita dando un saltito.
Víctor la toma en brazos, besando cada rincón de su rostro.
—Y yo a ti, angelito.
Esperamos a que Victoria se de una ducha antes de ir a casa de Sergio y Ana. Ambos nos pidieron celebrar el cumpleaños en su casa, ya que el patio trasero es mucho más amplio que el de Juanita y el nuestro. El de acá es el mismo, la diferencia es que aquí hay columpios y una caja de arena, algo que hace que el espacio se vea más reducido.
La distancia entre la casa de Sergio y Ana con la nuestra, es de solo dos cuadras. Por fuera ambas son idénticas. Como dije antes, su patio trasero es mucho más grande y eso se debe también a que los niños no tienen todos los juguetes desparramos por todas partes como antes. Ellos han sabido gobernar a sus gemelos de una manera que nadie lo entiende. Pasaron de ser un verdadero terremoto a guardar sus juguetes dentro de una caja y levantar los platos de la mesa al terminar de comer. Víctor dice que los cambiaron y nadie se fijó en ese detalle. O tal vez solo es la edad, con nueve años, los dos se comportan como unos verdaderos caballeros.
—¡Sergio, tu barba! —Victoria pierde la paciencia. Sergio la tiene apretada en un abrazo y pincha su barba en la mejilla— Te ves horrible, por cierto.
—No digas tonterías, elefante. Me veo muy guapo. ¿Verdad que sí, pequeña abeja?
Abigail arruga la nariz, negando con la cabeza, y Victoria triunfante choca la mano con la de su hermana.
—Así se hace, cariño.
Erick y Ana se encargan del asado. Sergio se dio por vencido de discutir con su esposa sobre quien prepara la mejor carne asada. Ella obtuvo todos nuestros votos en la última barbacoa familiar, así que él ya no insiste en ayudarla.
—¿Alguien vio a mi Cristy anoche? —Mamá pregunta sobre el bullicio.
Todos vociferan un hilarante "Yooo"
—¡Estaba hermosa! —Liliana se incluye en la conversación— Amé como parecía tan natural en ello.
—¡Y esos tacones tan altos! Aun si no los estaba usando yo, me dolieron los pies de todas formas —Nany exhala.
Cristy había estado en un programa estelar el viernes por la noche.
Lleva algunos meses viviendo en Los Ángeles, California, ya que desde que estrenaron su película, ha estado en diversas alfombras rojas y entrevistas, algo que la hace ser conocida hoy en día en Estados Unidos. Ha tenido ofrecimientos tanto de cortometrajes como de protagonista al instante de haber terminado la Universidad, y aun cuando su película fue estrenada hace más de un año, siguen invitándola a programas nocturnos.
Sigue siendo la Cristy de siempre, solo que con más glamour. Mamá ha sido constante en advertirle que no dudará en sacarla de aquel medio si alguna vez se las da de diva. Yo solo espero que eso no suceda. De cualquier manera, el único que en realidad puede decirnos si Cris cambió o no, es Adrian. Él la acompañaba al principio de vez en cuando pero dado que ahora entró a una academia, casi no tiene tiempo. Con todo y eso, ambos se ven bastante bien en su relación.
Mientras mi madre sigue charlando con Liliana, Juanita y Nany, Victoria se sienta a mi lado.
—Papá se ve feliz —Observa.
Descansa la cabeza en mi hombro.
—Él está feliz de que regresaras en su cumpleaños —Le digo. Gira la cadenita con el dedo índice— Extrañaba ver eso también.
Lo examina.
—¿Sabes? Es cierto lo que ustedes me dijeron, tenerla cerca es como tenerlos conmigo. —Dejo un beso en su cara— Supongo que les pasa lo mismo a ustedes ¿verdad? Tienen a Abby y a mí allí.
Víctor y yo, apenas Abigail cumplió los cuatro meses, también conseguimos su nombre colgando de nuestro pecho.
—Sí, así se siente.
Abby corre hasta nosotras, sus mejillas infladas y rosadas por el cansancio.
—Mami, Jack está fastidioso.
—¡No es cierto! —Grita él desde el otro lado del patio.
—¿Y eso por qué? —La cargo para sentarla en mi regazo.
—Jaló mi cabello —Señala entre molesta y llorosa— No gusta que jalen mi cabello.
La abrazo y beso, notando que va a echarse a llorar si no hago algo pronto.
—No te pongas triste, cariño. Tal vez él solo estaba jugando y no se dio cuenta. Ven, vamos a arreglar esta maraña de pelo que tienes.
Victoria me ayuda a arreglarle el cabello, puesto que no sé cómo demonios hace, pero siempre le queda perfecto y sin ningún pelo suelto.
—¿Por qué Victoria es pelinegra, mamá?
Lo pregunta como si apenas hoy se hubiese dado cuenta.
—Tú también eres pelinegra, nena —Le explica ella.
Mueve la cabeza.
—Pero ¿por qué? Papi no es rubio. Tú no lo eres. Tía Lose es pelinegra y tío Jazz también.
—Ah, bueno, solo es coincidencia. —Aclaro.
—¿Por qué?
Victoria rueda los ojos.
—Pensé que habías superado tu etapa de decir "por qué" todo el día.
Abby la mira, confusa.
—¡Por qué!
Capto la confusión marcada en su dulce rostro.
—Cariño, no lo sé. —Miro a Victoria con suplica— Hay niños que son morenos y sus padres no lo son. Otros son pelirrojos y sus padres no. No es algo malo, cielo.
Frunce los labios.
Yo no voy a hablarle de cierto abuelo cuando todavía no cumple los tres años de edad.
—¿Todo bien? —Víctor pone los brazos alrededor de Victoria— Ey, angelito ¿por qué luces tan preocupada?
—Está un poco confundida de por qué Victoria y ella son pelinegras.
Me da una mirada cargada de caos.
Seguimos escuchando los murmullos de los demás luego de que nos quedemos en silencio.
—Tu hermana y tú son pelinegras porque mamá usó mucho champú de manzanilla cuando ambas estaban en su panza.
Los ojos de Abby se abren como platos.
—¿En serio? —Frunzo el ceño en una sonrisa, asintiendo a mi niña en los brazos— ¡Yo quiero usarlo!
Víctor me guiña un ojo, estirándose para coger a Abigail de mis piernas.
—Antes de usarlo, creo que tu abu 2 va a estar feliz de jugar con nosotros. ¿Qué te parece?
La responsabilidad recae en Nany si Abigail diferencia a mi madre de Juanita como abu 1 y abu 2.
Después de que se van, me pongo de pie.
—¿Estás bien? —Inquiere Victoria y yo muevo la cabeza, sin estar segura en realidad— No te pongas así, todo está bien.
Trueno los dedos.
—Me ponen nerviosas sus preguntas. Ni siquiera fue una incómoda, hay mil respuestas para eso pero de todas formas nunca sé que decirle.
Envuelve sus brazos por detrás de mí.
—Está bien, mamá. Sabemos que ella comenzará a hacerlas porque es curiosa.
—Lo sé
—Estoy segura que cuando se entere, en un tiempo lejano, ella lo va a entender. —No respondo nada— Lo hará, sabes eso ¿cierto?
Diciéndomelo de esa forma, me tranquiliza.
Mis manos cubren las suyas sobre mi pecho.
—Gracias, mi amor.
Deja un beso en mi cabeza, sonriendo.
—De nada.
Roberto llega justo a tiempo para encender las velas en el pastel de Víctor.
Mi madre y él se casaron hace unos meses en una pequeña ceremonia privada. Desde entonces vive en la casa –con el debido permiso de mi abuela- Fue gracioso cuando lo supe, ya que mi madre sentía que había vuelto a tener 17 años por tener que consultarle a su madre la decisión. Sin embargo, es lo que tenían que hacer porque no es como si fueran a pasar por encima de su opinión.
Por lo menos, Roberto sigue demostrando que vale la pena. Víctor y él se llevan muy bien.
Incluso le he escuchado a Abby llamarlo abuelito un par de veces. Puede que esté un poco confundida con respecto a eso. No entiende por qué él no es mi papá.
Y mi madre con marido, una Nany sarcástica y además de mantener activa la panadería, debería estar abrumada, pero por suerte Juanita sigue allí.
Ahora tienen un transporte que lo maneja Juanita para vender pan fresco a domicilio. Eso ha hecho que mantengan a la clientela contenta en el local.
La gente ha comenzado a llamarla con su apellido de soltera.
Al principio costó como es normal, pero todo tiene su recompensa. Le gusta ser Juanitaralda Masen. Le gusta porque le recuerda al tiempo en que vivía con sus padres.
Liliana, Erick y Jackson siguen viviendo con ella, y según lo que he escuchado, no piensan dejarla sola.
Ana ha dejado de trabajar a tiempo completo. Se ha dedicado a estar más en casa con sus hijos. Puede que allí esté la razón del cambio y nadie se ha dado cuenta. Los chicos están comenzando a crecer y ver las cosas de diferente manera. Se han puesto algo renegados cuando Manuel llama, ellos ya no se creen el cuento de que nada malo pasó con él. Es como si hablar por teléfono fuese una obligación. No actúan hiperactivos por tener noticias de su abuelo. Sergio y ella han estado varias veces a punto de decírselo, pero temen que eso les cause mucho sufrimiento.
Yo entiendo esa parte. Cuando pienso que Abigail va a tener que enterarse alguna vez, me pone enferma.
Manuel trabaja en una fábrica de muebles en Toronto. Sigue viviendo con su prima y se ayudan mutuamente con los gastos, es lo último que he sabido de él.
Victoria nunca más habló con él, y ella está tranquila. Que merodeara todo el tiempo a su alrededor buscando hablar sobre el tema, eso la ponía nerviosa y un poco histérica.
—Creo que a Víctor deberíamos lanzarlo al aire 38 veces… —Sugiere Erick, distraído— Eso lo he visto en varios cumpleaños.
Eso causa que Sergio se ponga en alerta.
—Eso hicieron conmigo a los 20 —Recuerda, comiendo el último trozo de pastel. Sus ojos pícaros miran entre Erick y Víctor— Hermano…
Víctor pone las manos en la mesa.
—Ni se te ocurra…
—Hermano… —Repite, ahora poniéndose de pie.
Liliana se echa a reír.
Y Víctor sabe que no hay poder humano en salvarse de esta.
—Oh, demonios —Trata de arrancar pero Sergio y Erick lo alcanzan.
Esto va a ser divertido.
.
.
En casa y en nuestra habitación, Víctor sigue quejándose y riéndose al mismo tiempo de su hermano. Después de que lo lanzaran al aire 38 veces, quedó sentado en el césped sin poder abrir los ojos por lo mareado que estaba.
—¿Quieres que te traiga algo para el dolor de cabeza?
Él niega y desabotona su camisa.
—Estoy bien, gracias —Me quito los aretes a espaldas de él, siendo cuidadosa en guardarlos en la cajita— ¿Myriam?
—¿Sí?
Espero a que responda, mas no lo hace, por eso es que me volteo hacia él.
—Gracias —Me dice y frunzo el ceño extrañada.
—¿Gracias por qué?
Encoje los hombros.
—Por todo.
Cruzo la habitación hasta sentarme en la cama, recibiendo sus brazos de inmediato.
—¿Por hacer de tu vida aburrida menos aburrida?
Se carcajea.
—¿Y después soy yo el engreído?
Sonrío y lo beso.
—Tú siempre estás agradeciéndome por todo y yo nunca lo hago. O lo hago, pero no lo suficiente —Vuelvo a besarlo— Así que, gracias… también.
Enreda un mechón de mi pelo en su dedo, jugando mientras piensa.
—Podría aceptar tu agradecimiento si me das un beso de cumpleaños… o… 38 besos de cumpleaños.
Comienzo a besarlo, contando en voz alta hasta el 38. En el último beso él no se aparta y su mano viaja debajo de mi blusa para presionar sus dedos en mi cadera. Jadeando en busca de aire, su boca sigue en la mía cuando susurra:
—Te amo, Myriam.
Suspiro y tironeo un poco de su cabello.
—Yo también te amo. —Muerde el interior de mi labio y eso es suficiente para que me separe de golpe— Espera que no me he despedido de mis bebés.
Toma mi brazo, bufando.
—Lo puedes hacer mañana —Insisto de nuevo y Víctor termina por ceder, soltándome mientras me rio— Tienes cinco malditos minutos.
Le lanzo un beso al aire antes de salir de la habitación.
Abigail está durmiendo a pierna suelta en la cama. Los brazos estirados a cada lado y el pelo cayendo en todas direcciones. Sonrío en silencio al ver lo cómoda que se ve y a la vez por su desordenada posición. Tomo la cobija para cubrirla y aparto su pelo de la cara antes de darle un beso en la frente.
—Dulces sueños, cielito.
Subo la baranda, una protección anexa a la cama que pusimos para su seguridad.
Luego de echarle un último vistazo, entrecierro la puerta y apago la luz, quedando iluminada solo por la lamparita y su espanta cuco.
Frente a su cuarto, la puerta de la habitación de Victoria está entreabierta y ella está durmiendo debajo del edredón. Hay un libro abierto en su mano y me siento casi en la orilla de la cama, quitándole el libro de las manos, consiguiendo que se remueva inquieta. Susurro bajito cerca de ella hasta que vuelve a dormirse.
Me inclino en silencio y beso su rostro.
Se estira de nuevo, pero sigue con los ojos cerrados.
La observo por un momento, apartándole el pelo de la cara y agradecida de que haya vuelto sana y salva de su viaje. La luz reluciente que diviso por el rabillo de mi ojo, hace que me distraiga y vea su cadena sobre la mesita de noche.
Cojo el pequeño y delgado collarín.
Me gusta pensar que hay algo en las acciones de uno que hace efecto en otra persona. Así como Victoria dice que sintió nuestra presencia teniendo el collar con ella, quiero pensar que el resto del mundo tiene esa misma sensación.
Tal vez así tendríamos un mundo mejor.
Un mundo donde se viva con tranquilidad y no a las carreras.
La gente está tan acostumbrada a vivir de esa manera; correr es casi parte de nuestra vida y eso debería cambiar sin duda alguna. No deberíamos despertarnos por la mañana y desear que la noche llegue pronto.
No vivimos para aplazar ni retroceder las cosas, vivimos para disfrutar lo que tenemos y apreciar lo que hemos construido.
Se supone que lo material no debe ser tan importante.
La diferencia es que esto es más que algo material o costoso.
Toco con la yema de mis dedos el pequeño oro en medio de la cadena, sonriendo y sintiendo la ola de nostalgia que de pronto me invade. Víctor y yo habíamos decidido bien en aquella gargantilla, sobre todo en el significado que le dimos. Estábamos indecisos con respecto a lo que queríamos, pero una vez que le impuse mi idea, él estaba encantado.
Yo también estaba encantada.
Sujeta en ambas cadenas de oro, una frase describía de forma exacta lo que nosotros sentíamos por ella, por su hermana, por nuestra familia.
En letras pequeñas y deslumbrantes decía:
Eres mi tesoro.

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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  Bere el Lun Mar 14, 2016 12:42 am

RECUERDOS NAVIDEÑO – POV VICTORIA
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.
Apoyo la cabeza en el cubrecama de Casey, mirando distraída al techo.
Sus padres incorporaron una cama de dos plazas y ampliaron el cuarto para que ella no pensara en marcharse de casa ahora que está en la Facultad. Tan pronto como empezó a mencionarles arriendos asequibles en la ciudad, el señor y la señora Bates se alarmaron.
Ellos se parecen mucho a los míos en ese aspecto.
Saca un vestido del armario, dejándolo por delante de ella para modelarlo.
—¿Qué te parece este? —pregunta mientras camina por su cuarto.
—Demasiado holgado —respondo.
—¿Y este?
—Muy rojo.
—¿Y…?
—Muy amarillo.
Me lanza el vestido en la cara y no hago nada para evitarlo.
—¡No estás ayudando! —gruñe desesperada, caminando de un lado para el otro— ¿Crees que debería usar falda o algún pantalón de cuero o alguna blusa larga para la cena de Navidad?
Me siento en la cama de un salto.
—Casey —llamo—, me estás mareando —suspira y se seca el sudor de la frente, sentándose junto a mí— ¿Qué anda mal contigo?
Me mira de reojo, decidiendo si decirme o no.
—Es sobre Rick. Y antes de que preguntes cualquier cosa, sí, estamos peleados.
Rick es el novio de Casey y desde que empezaron a salir, hace poco tiempo, discuten por cada tontería.
—Deberías dejar a Rick respirar ¿sabes? Lo vas a espantar.
Sus ojos se agrandan y veo un deje de escepticismo.
—¡No me jodas! —rueda los ojos—¿Así como tú y Roy?
Cuando ella dice Roy, quiere decir de Roy mi no-novio o amigo con derecho o como quieran llamarlo.
—No es lo mismo.
—Es lo mismo, la diferencia es que yo quiero a Rick y tú estás con Roy para no quedarte sola como un dedo.
—Acabas de dañar mi ego.
—No me digas…
Un ruido fuera de su cuarto detiene nuestra plática. Inclinamos la cabeza más hacia adelante, encontrándonos con el rostro avergonzado de Ethan. Mi corazón comienza a latir deprisa.
No sabía que había regresado de Canadá.
Sin nada más que hacer que enfrentarnos, se lleva una mano al remolino en su pelo, visiblemente nervioso.
Desde nuestra graduación, hace cuatro años, Ethan nunca más volvió a Seattle, hasta ahora. Sus padres, Casey y Ronald, el hermano de ambos de 12 años, lo visitan cada vez que pueden, sobretodo en fiestas de fin de año y este es el primero de ellos que viene.
Se siente extraño verlo otra vez. Más que extraño… incómodo. Y quitando la forma en que mi corazón quiere salirse de mi pecho, procuro evitar ir y lanzarme al precipicio.
Canadá le ha sentado muy bien, eso nadie lo discute.
El primer cambio que noto es la barba. Recuerdo su cara suave en años anteriores. Me pregunto que se sentirá pasar mi mano por su barbilla.
Está bien, Victoria. Compórtate.
El otro cambio, sin duda, es el físico.
Santa mierda.
Aparto la mirada hacia otro lado y como soy la reina de la mala suerte, cuando lo miro, él tiene sus ojos puestos en los míos, de manera que se ha dado cuenta como parecía un animal acechando a su presa.
—Victoria —dice alargando mi nombre.
¿Cuántas veces desee que él volviera a pronunciar mi nombre?
¿Por cuánto tiempo?
—Ethan —saludo devuelta.
Casey carraspea para quitar la tensión evidente del cuarto.
—Olvidé mencionarte que llegó mi hermano hoy, Victoria —intenta captar toda mi atención, una que no logro responder por tener mis ojos puestos en él— Fue una sorpresa para todos nosotros ¿verdad que sí, Ethan? Mamá lloró apenas lo vio entrar por la puerta principal.
Después de un momentáneo silencio, él dice:
—Estaba deseando regresar a casa.
Las mariposas hacen su conocida explosión y me siento estúpida por sentirlo. Se supone que ha pasado un tiempo, se supone que lo he superado con creces… ¿por qué de pronto me comporto como una tonta en su presencia?
Es absurdo.
El tono de mensaje en mi celular me hace dar un brinco. Agradecida por la interrupción, lo cojo para romper el contacto visual.
«Acabo de llegar a tierra. Repito, acabo de llegar a tierra. Cambio»
Una pequeña sonrisa se forma en mis labios y guardo el celular.
Ambos fruncen el ceño por mi silenciosa sonrisa.
—Lo siento, tengo que irme —me disculpo con mi amiga, cruzando la recámara sin mirar a Ethan. No es bueno para mi salud hacerlo.
Sí, mi salud. No pretendía decir corazón.
O puede que sí.
—Te hablo a la noche —me dice Cass acomodando la mano con el pulgar y meñique estirados para formar un teléfono en su oído.
Mis mejillas se calientan. Sigo sin mirarlo.
—Vale —respondo y salgo a toda prisa.
La escalera es infinita. Mis pulmones gritan por un poco de aire y mi corazón bombea con tanta fuerza que duele. Tomo más velocidad al sentir pasos siguiéndome.
Abro la puerta a sabiendas que es inútil seguir corriendo.
—Oye, tú.
Cálmate.
Cuenta hasta diez.
Cuenta hasta diez como te enseñó mamá.
Con total convicción y pasando del terror a la completa indiferencia, me giro sobre mis talones.
—¿Sí?
¿Creo que dije que mi corazón estaba bombeando con demasiada fuerza? Pues ahora que él esboza una sonrisa, ha dejado de latir.
—No creas que vas a escaparte de mí —sin darme derecho a réplica, entra y cierra la puerta en mi cara.

«Vengo a tu rescate. Repito, vengo a tu rescate. Cambio»
Cris lee mi mensaje y levanta la cabeza, sonriendo.
Suelta el mango de la maleta para fundirnos en un abrazo. Huele a perfume caro y fruta tropical; su piel suave y sedosa, su cuerpo de una perfecta contextura. Todo en ella te hace creer que es importante.
Se quita las gafas innecesarias de los ojos.
Si Cristy usa gafas en pleno invierno, bufandas con plumas y grandes tacones para llamar la atención, no es porque sea una diva, sino porque es nuestro acuerdo tácito para cada vez que viene a vernos. En nuestra lista de "cómo portarse como una diva problemática" uno de los puntos importantes es la forma de vestir.
—¡Te voy a matar! —exclama— Estos tacos están… matándome… en serio.
Me rio
—Deberías estar acostumbrada ¿eh? —le digo y me hace una mueca graciosa— Lo siento ¿Necesitas ayuda? —señalo la maleta.
—No, no, puedo hacerlo yo —echa un vistazo a su alrededor con un suspiro— Extrañaba regresar a casa —confiesa, de pronto quedándose en las nubes— Por cierto ¿ya confirmaste la habitación de hotel? Recuerda que te pedí exclusividad, alguien como yo no puede quedarse en cualquier parte —su socarronería no me es indiferente, así que nos largamos a reír.
Nos dirigimos al hotel caminando.
Cuando ella viene a casa, no es más que la Cristy alegre de siempre. Hemos aprendido a rehuir las revistas de espectáculos, chismes y rumores.
En cuanto llega a casa, no hay nada de celulares encendidos, ni correos electrónicos ni nada parecido.
Hablamos mucho por whatsapp, en ocasiones nos hablamos también por Skype mientras me cuenta de su vida allá y yo le cuento de la mía acá. A veces se nos une Adrian o en mi caso mamá y Abby.
Llegamos al vestíbulo del hotel.
—Por aquí —la recepcionista nos señala el pasillo.
Nos damos prisa y la seguimos.
—Esto es de locos. Si le hubiese avisado aunque sea a Roberto, por lo menos me hubiera traído en auto.
Ruedo los ojos.
—Deja tus manías de niña mimada y camina.
Se echa a reír despacio.
—Como ordene, capitana.
Tuvimos esta idea del viaje sorpresa desde hace semanas. Cristy no pudo venir para Acción de Gracias por motivos de trabajo y ella no estaba segura si tendría días libres para las fiestas de fin de año. De esta manera, cuando confirmó que sí las tenía, armamos todo este cuento de un proyecto sorpresa en París.
Adrian es el único que sabe del plan, pero debe mantenerse al margen y no levantar sospechas.
Subimos en silencio por el elevador, introducimos la tarjeta en la puerta de la habitación y la recepcionista se retira. Lo primero que Cristy hace en cuanto entra es quitarse los zapatos. Desabrocha su apretado vestido en puntillas camino al baño.
—Yo me voy a casa —le digo—Descansa y hablamos después.
Con un bostezo me despide con la mano. Esquivo la maleta con ropa en el suelo y salgo.
Ya es de noche cuando regreso a casa.
En fechas como éstas las calles están cubiertas de luces de todos los colores. Los pinos se han vestido para la ocasión y todo luce llamativo durante una temporada. Como ahora hay vacaciones por las fiestas, los niños se quedan hasta más tarde jugando junto a sus padres, así que no se considera como algo peligroso caminar sola a esta hora.
Tomo un poco de nieve del suelo con mi mano enguantada, formo una bola con mi brazo en posición hacia atrás y la lanzo con fuerza contra la pared de ladrillo. Suelto una tonta risita, recordando la forma en que mi brazo se endurecía en otros tiempos y como mi respiración se agitaba tanto que necesitaba golpear algo con todas mis fuerzas.
Ahora, sin embargo, esas ganas o ansias de boxear, ya no están más. No es una necesidad que me oprima ni algo con lo que deba practicar para vivir.
Y aun si ha pasado un tiempo desde que dejé de practicarlo, no he perdido la fuerza en mis brazos.
Papá, Sergio y Erick nunca se meten conmigo para "pelear". Ellos saben cómo terminan después.
Una vez que entro a casa, escucho la risa de mis padres en la sala, sentados y acurrucados mientras charlan sin percatarse de mi llegada. A juzgar por el silencio, intuyo que Abby ya está dormida en su habitación.
Ellos siguen riéndose y abrazándose.
Siempre he admirado la complicidad del uno con el otro. Una complicidad que no he visto en nadie más. Es la forma en que se miran y saben de lo que están hablando. A veces tengo la impresión de que deciden cosas con solo un guiño.
Es la sensación de tranquilidad que ellos logran acoger en el ambiente.
Es justo eso lo que sentí la primera vez que los vi juntos, besándose fuera del edificio de nuestra antigua casa. Papá agarrándola por la cintura y ella enredada en su cuello. No era vulgar, no era incómodo.
Yo sabía que era amor.
No necesitaba explicaciones a pesar de que estaban nerviosos de que los hubiese pillado. Más me impactó el hecho de que no me molestaba que ellos estuvieran juntos. Además, sabía que debía dejar en paz a papá el día en que mirara con devoción a otra persona, y si no me gustaba, tendría que aceptarlo. Por suerte se trataba de mamá.
Lo acepté porque era lo correcto. Lo acepté porque quería ver así de feliz a mi papá siempre. Y en el fondo, quería aceptarlo porque sí.
Siempre se ha dicho que el corazón no se puede mandar.
Puede que hayan actuado como adolescentes antes de decidir estar juntos de manera oficial y sin esconderse. Pero ¿quién dice que amar no te vuelve adolescente? Aunque se quiera actuar acorde al momento en que está tu vida, el amor siempre te hace comportarte de una manera irracional y algunas veces insólito.
Giro el manojo de llaves en mi mano, cerrando la puerta y acaparando su atención.
—¡Hola, cariño! —saludan.
Dejo las llaves en la mesita del teléfono, caminando hasta la sala mientras me hacen un espacio en medio de los dos. La sala solo está iluminada por una lámpara en el centro y lo demás son las luces del árbol de Navidad.
—¿Dónde estabas? —mamá cepilla mi cabello con su mano, trazando los dedos por mi cabeza y acariciando.
—Casey —respondo lo obvio. Intento no mirarlos a la cara. Levanto la cara por el silencio y veo que no están muy convencidos— ¿Qué?
Papá entorna los ojos.
—Nada —encoje los hombros. Mira a mamá y luego a mí con una pícara sonrisa— ¿Acaso debo pedir un deseo?
—¿Un deseo? —frunzo el ceño.
—¿Y tú mascota?
—¿Cuál mascota?
—Roy
Mamá se echa a reír, escondiendo la cabeza en mi hombro.
—Papá… —gruño— Roy no es mi mascota.
No es un secreto para nadie que a mis padres no les agrada Roy. De hecho, debo decir que lo demuestran a propósito con sus caras largas cada vez que viene o haciéndoles un montón de preguntas. Tal vez que estemos saliendo a tontas y a locas es lo que les molesta de verdad. Y Roy no pone de su parte tampoco. Cuando viene a casa se sienta y pone los pies en la mesa, le habla a mamá como si fuese su hermana o vecina. Y lo peor, que es la razón mayor por la que no les gusta, es que Roy habla de sus ex novias con mis padres como si fueran simples amigas
Cada vez que él hace eso, mamá me pone su familiar cara de no-soporto-a-este-chico.
—Lo siento, cariño. —mamá acaricia mi brazo— pero admite que es un poco cierto.
—No —respondo, escondiendo una sonrisa.
Después de que ellos terminan de reírse en mi cara, como padres del año, se limpian las lágrimas de los ojos.
—Así que… —papá es el primero en continuar— Donde Casey ¿no?
—Por supuesto —contesto a la defensiva. Tamborileo los dedos en mis piernas, tomando impulso para ponerme de pie— Y antes que se me olvide, Ethan regresó a Seattle por vacaciones —les comento— Creo que me voy a la cama ¿les mencioné que tengo mucho sueño? Pues tengo mucho sueño. Buenas noches.
No sé a qué vino esa declaración ni la frase siguiente tan rápido que ni yo misma me entendí muy bien. Los veo pasar de fruncir el ceño a la sorpresa absoluta.
—¿Ethan en Seattle? ¿Ethan Bates? ¿El chico que le rompiste el corazón?
—¡Mamá!
—¿Qué? Es la verdad…
Ruedo los ojos.
—Buenas noches.
Papá toma mi brazo de camino.
—Espero que mañana te levantes con ganas de decirnos la verdad.
Me encierro en mi cuarto con tres cosas en la cabeza.
1) Mis padres son videntes.
2) Me vieron con Cristy en alguna parte.
3) Me conocen demasiado como para saber que algo oculto.
Me inclino más por la tercera.

—¿Podemos esperar a Santa en la puerta, por favor?
Abigail lleva tirando la tela de mi blusa desde que llegamos a casa de mi abuela. Durante todo el camino en auto no dejó de hablar sobre lo ansiosa que estaba por conocer a Santa. Mamá y papá fueron pacientes con cada pregunta que hizo, pero a mí me tuvo con los nervios de punta todo el tiempo.
Y aquí estaba ahora, apoyada en la mesa mientras agito el contenido del ponche de fruta.
Al igual que los demás, no soy inmune a su voz de ruego que hace que todos caigan a sus pies.
—Bebé, él todavía está recorriendo la ciudad en el trineo.
—¿Podemos ir de todos modos? Para ver si se ve desde aquí. —miro hacia abajo— ¿Por favor?
Oh, demonios. Estoy a sus pies.
—Está bien —me rindo, cogiendo su mano. Ella balancea su vestido pomposo en un giro, haciendo que casi me tuerza la muñeca.
La noche ha caído y las nubes son el primer motivo por el que no divisamos el cielo, algo que provoca que Abigail eche el labio inferior hacia afuera, triste. La cargo en mis brazos y estiramos la mano para atrapar pequeños copos de nieve, causándonos risa. Nuestro cabello se estropea de blanco, pero ella está feliz.
—¡Santa se va a resfriar con el clima! —exclama con ambas manos sobre sus mejillas.
Damos un giro.
—Él siempre viene preparado, no te preocupes —estira de nuevo la mano, agarrando copos y deshaciéndolos de inmediato— ¿Qué le pediste a Santa esta noche?
Abby deja de jugar, mirándome con sus ojos maliciosos que solo ella sabe hacer.
—Es un secreto entre Santa y yo.
—¿Ah, sí?
Asiente a toda velocidad.
No pregunto nada, sin embargo, la veo ahuecar su boca con ambas manos, acercarse a mi oído y susurrar:
—Pedí un hermanito.
La miro justo cuando se cubre la cara en una sonrisa.
—¿En serio pediste un herma- —no tengo tiempo a decir nada cuando ella me tapa la boca.
—No… lo digas… en voz alta.
Le hago caso, no lo vuelvo a decir, aunque sin aguantarme, susurro:
—¿Y yo qué?
Me mira con su sonrisa de niña buena, enredando sus bracitos en mi cuello.
—Tú eres mi hermana, yo quiero un hermanito.
Oh.
Alguien va a tener una desilusión en Navidad.
Un auto gris se estaciona en la acera, las luces parpadean hacia nosotras y Cristy se apresura a salir por la puerta, seguida de Adrian.
Mi hermana, que parpadea hacia Cristy, luce confundida.
—Victoria, ella se parece a…
—Cristy Montemayor, un gusto volverla a ver, madame Abby —Cris toma la mano de mi hermana, dejando un pequeño beso y sonriéndole, entonces Abby la reconoce, estrechándole los brazos— ¡Oh, chiquilina!
Se quedan apapachándose mientras echo un vistazo a la puerta para evitar que alguien salga. Una vez que Adrian se nos une, le quito a Abigail de los brazos y entramos.
Hay un suave murmullo que se extiende a medida que nos acercamos. Hace algún tiempo mi abuela decidió quitar la pared que separa la cocina del comedor, de manera que ahora la sala está mucho más amplia que antes. A lo largo del camino vemos el apetitoso banquete sobre la mesa, las bromas de los chicos, la risa dulce de mamá cuando Liliana dice algo en su oído.
—¿Qué se supone estamos esperando para cenar? Aparte de mí, por supuesto —Cristy se adelanta y coge un canapé de pollo, llevándolo a su boca— ¿Por qué me miran así? ¿Piensan menospreciar este maravilloso banquete?
Las miradas de sorpresa no se hacen esperar, así como tampoco el jadeo de mamá y mi abuela Refugio.
—¡Cristy! —exclaman al tiempo.
La primera en llegar a ella es mamá, que la estrecha contra su pecho tan fuerte que estoy segura que ha Cristy le falta el aliento, sus ojos brillan por la lágrimas de emoción y sé que ha valido la pena.
Lo que sigue a continuación es una fila de personas esperando saludarla como si esperaran un autógrafo y olvidándose sin duda de la cena.
Bueno, todos no. Los gemelos después de saludar se acomodaron en su silla y empezaron a llenar sus platos.
—Creo que escuché muy bien tu rotundo "no" cuando te pregunté por cuarta vez si vendrías —mi abuela le apunta con el tenedor, más tarde en plena comida— ¡Simulas tan bien!
Sergio tose.
—De todos modos, por algo es actriz ¿no?
Desde que Cristy decidió mudarse fuera de la ciudad, había sido difícil para la familia acostumbrarse a su ausencia, más aún por la alegría que Cris siempre logró crear hasta en los peores momentos y porque de alguna manera, mamá siempre la vio como a una niña.
—Más que sorprendida por tu inesperada llegada, estoy un poco curiosa e inquieta por ese brillo que tienes en tu dedo, pecosita 2 —Nany ladea la cabeza hacia Adrian— a menos que Fabian quiera explicarme.
Ambos se miran.
Mamá, sin percatarse de eso, le tira la mano para ver el diamante en su dedo.
—¡Oh, es tan precioso!
—Sí y no lo toques mucho que costó un dineral —le aparta la mano con diversión, guiñándole un ojo.
—¿Acaso se van a casar? —pregunta Ana sin pelos en la lengua.
Adrian encoje los hombros.
—Cristy es la que debe responder —él la mira a los ojos— ¿te quieres casar?
Liliana chilla.
—¡Le está pidiendo matrimonio!
Cristy acaricia el brillo de su diamante, pensando.
—Creo que podemos discutirlo —todos murmuramos un "ooh" quedito— Necesito asegurarme que Ana hará un magnifico vestido para mí.
La pelinegra da un salto en su silla.
—¡Encantada!
Después de que mi abuela Juanita hiciese sonar las copas para brindar, aun si la respuesta no fue directa, estaban haciendo los preparativos de una boda "oficial"
Sin embargo, esa fue la manera más extraña de pedir matrimonio.
Las risas y el entusiasmo que acaban de generar, hace que la velada sea mucho más agradable.
Con el pasar de las horas, los pequeños están impacientes. Queriendo alejarme un poco del bullicio, me voy al patio trasero para apoyarme en la mesa del desayuno.
Me fijo que ha dejado de nevar; pequeñas gotas chocan en mi rostro y sonrío satisfecha. Escondo la barbilla dentro de mi bufanda para soplar aire caliente. Mis manos se congelan por encima de la mesa y las entrelazo para darles un poco de calor.
Uno pasos silenciosos me dejan quieta. Segundos después, el suspiro de papá me tranquiliza. Él lleva sus manos a los bolsillos viéndose casual a pesar de los intentos de mamá por convertirlo elegante esta noche.
—¿Te cansaste del ruido? —inquiere.
Le regalo una breve sonrisa.
—Algo así.
Se apoya de la misma forma que yo lo hago; los codos sobre el respaldo de la silla y las muñecas tocando la mesa.
—Entonces… ¿esto era lo que no querías contarnos? ¿Sabías que Cristy vendría?
—Era una sorpresa —admito— ¿tanto se me nota cuando oculto algo?
—¿Quieres la verdad?
—Por favor.
Se echa a reír.
—Tienes las palabras «no me pregunten cosas que no debo responder» escritas en tu cara.
Lo miro incrédula.
—¿En serio? ¿Tan obvia soy? ¡Por Dios! Nadie me lo ha dicho antes.
Nos reímos durante mucho tiempo.
Su pie se mueve y empuja el mío, haciéndome tropezar. Sonríe y pone su brazo alrededor de mí para juntarnos.
—¿Qué te detiene?
Levanto la mirada, parpadeando.
—¿Detener con qué?
Sus ojos están puestos en los míos mientras dibuja círculos en mi hombro.
—Ethan —dice y vuelvo a sentir una ráfaga de mariposas en el estómago. O solo es que la comida me ha sentado pesada— A veces me pregunto por qué decidiste cortar todo contacto con él.
—Papá…
—No te preocupes que no voy a hacerte la lata.
—Más te vale.
—Roy no me agrada, sabes.
—Lo sé.
—Eres demasiado para él.
—Lo sé.
—Ni siquiera eres su novia.
—Lo sé.
Él me toca el hombro, pequeños toquecitos para llamar mi atención.
—No dejes que el miedo te detenga, cariño —mis pupilas se dilatan, el frío que hace tres segundos me consumía, ahora ha desaparecido— ¿Eres feliz, Victoria?
Como si esa palabra fuese la gota rebalsada del vaso, mis ojos se nublan por las lágrimas.
—Lo soy, papá. Desde hace mucho tiempo.
Besa el tope de mi cabeza, sus manos enredando mi cabello antes de entrar a la casa.
Sus palabras se repiten una y otra vez en mi mente.
"¿Qué te detiene?"
No dejes que el miedo te detenga.
Me quedo sopesando esa frase una eternidad. Si no es porque Liliana me llama para abrir los regalos, lo más probable es que hubiese seguido allí toda la noche.

Abro y cierro la tarjeta una y otra vez como si de esa forma las letras negros fueran a desaparecer.
Para Victoria. Con cariño, Manuel.
No es la primera vez que él envía regalos para Navidad, como tampoco cada cumpleaños en los años que lleva fuera de la ciudad. Al principio me costó aceptarlas, algunas simplemente las tiré a la basura, pero con el tiempo y con las heridas sanadas, los regalos comenzaron a quedarse en algún rincón de mi habitación y su letra llegó incluso a no molestarme.
Solo es su letra, solo es un regalo de su parte.
Abby recibe cada año algo de él también, aunque no entiende mucho de quién se trata. Sabe que su nombre es Manuel, pero no creo que sepa que es su abuelo. Los gemelos no le han dicho, porque a estas alturas ya nos habría preguntado.
Luego de abrir todos los regalos, ella se cruza de brazos con fastidio, dejando sus juguetes esparcidos por el suelo y yéndose al pasillo. Mamá me echa un rápido vistazo, frunciendo el ceño y caminando por el mismo lugar donde acaba de pasar Abby.
Papá y yo nos ponemos de pie, siguiéndolas.
Abigail está sentada en la cama en el cuarto de huéspedes con el labio inferior hacia afuera y los bracitos aferrados uno junto al otro.
Mamá se sienta en un extremo de la cama y papá en el otro mientras yo me quedo en la puerta.
Yo sé por qué está enojada.
—¿No te gustaron los regalos, cariño? —le pregunta mamá, apartándole el pelo de la cara— ¿No fue eso lo que le escribiste a Santa, que querías un lienzo para pintar? —asiente con la cabeza, sus mejillas inflándolas como globo— ¿puedo saber por qué estás tan enfadada?
Abigail levanta la cabeza, mirándome. Eso llama la atención de mis papás que me miran de igual modo y estoy más que segura que tengo la cara que papá mencionó hace un rato "no me pregunten cosas que no puedo responder"
—¡Yo quería. Un. Hermanito! —chilla con los brazos ahora abiertos.
Mamá y papá están perplejos.
—¿Cómo? —papá esboza una sonrisa genuina— ¿Un hermano? Pero si tienes a Victoria, cariño ¿por qué quieres más hermanos?
Abby salta fuera de la cama.
—Quiero un hermanito para prestar mis juguetes. No importa si es niño, a mí me caen bien los niños, menos Jackie.
Pellizco la piel de mi boca para no soltar una carcajada.
—Oh, nena. Eso está un poco difícil —comienza mamá— Santa no es el que trae a los bebés.
Papá se ríe y sé que tiene un montón de cosas en la cabeza justo ahora y tiene que contenerse porque mamá prácticamente lo abofetea con la mirada.
—Lo que tu madre quiere decir —papá se acuclilla cerca de ella— es que la cigüeña es quien trae a los bebés, y la cigüeña está un poco perezosa estos meses.
—Muy ocupada —interfiere ella— tiene mucho trabajo.
Abigail no está entendiendo nada.
—Pero… —se lleva una mano a las puntas de su ondulado cabello rubio— podemos pedirle prestado uno. ¿Verdad que podemos pedir prestado, papá? ¿Verdad que sí?
Mamá mira a papá con urgencia, moviendo la cabeza en una especie de conversación propia y ahora yo estoy confundida.
—Veamos, Abby —mamá le levanta la barbilla— Creo que la cigüeña puede hacer una excepción.
Ruedo los ojos ¿de verdad?
Eso, como es de esperar, entusiasma a Abigail, que salta y mueve su vestido.
—¡Se lo voy a decir a todos! —grita mientras sale por la puerta.
Le hago un espacio y luego entro al cuarto.
—Mentirle a una niña así —sacudo la cabeza— eso sí que es crueldad —no me responden— ¿qué vas a hacer a partir de ahora? ¿Abultarte el abdomen con una almohada?
Ambos carraspean, tal vez pensando en alguna respuesta.
—No creo que eso sea necesario —responde mamá.
—¿Por qué no? ¿Porque es pequeña y lo olvidará? No lo olvidará, mamá. Créeme. —y apenas termino de decir eso, caigo en cuenta. O eso creo. Mis ojos se agrandan— Espera… no lo dices en serio… —no responde— ¿LO DICES EN SERIO? —Se muerde el labio inferior, diciendo que sí con la cabeza— ¿Estás embarazada?
—No —responde de inmediato— No todavía.
—No entiendo ¿Cómo es eso de que estás embarazada pero al mismo tiempo no lo estás?
—Déjanos explicarte —interrumpe papá— tu mamá y yo estamos intentando tener otro bebé.
Me quedo en mi lugar.
—¿Cómo?… Denme un segundo —me quedo recordando todas las veces que… los miro de nuevo— ¿Dónde quedó el "estamos bien los cuatro" "no queremos que nuestra familia cambie"?
Papá levanta su dedo índice hacia mí.
—No sé si te has dado cuenta que estamos entrando en una etapa de nuestras vidas donde…
—Están viejos.
—Yo diría… maduros —prosigue— y sé que dijimos que no queremos cambiar, y no es mentira, pero queremos otro bebé. No queremos que pase el tiempo y nos demos cuenta que pudimos haberlo intentado y no lo hicimos por el trabajo. El trabajo es una excusa fea y penosa, así que pensamos ¿por qué no? Además tú eres una mujer y Abby pronto comenzará a crecer demasiado rápido.
Me vuelvo a mi madre, que permanece mordiendo su labio.
—El doctor dice que estoy en perfectas condiciones —sus dientes castañetean— Oh, por favor, bebé, dinos que estás de acuerdo.
Me llevo una mano a la frente.
—No es como si me pudiese negar, de todos modos —eso sin querer sonó como si estuviese molesta cuando en realidad no lo estoy, de manera que aclaro mi garganta— ¿Vamos a ser cinco después de todo? —ambos asienten— ¿Se dan cuenta que me veré más como una mamá que como una hermana?
Sueltan una risita nerviosa, esperando que hubiese dicho algo como eso para saber que los apoyo.
Papá pone una mano en la cintura de mamá, sonriendo de oreja a oreja.
—Esta sí que es una Feliz Navidad ¿no creen?
No puedo estar más de acuerdo.
También me acerco, abrazándola porque creo que va a romper a llorar.
Lo normal es que yo siempre actúe a la defensiva con todo. Eso no significa que no quiera un hermano, lo que pasa es que a veces me cuesta acostumbrarme a los cambios, y mi primera reacción en todos los casos es "¿Y qué pasará a partir de aquí? ¿Y cómo lo haremos? ¿Y cómo seguiremos desde ahora?" pero después de calmarme, generalmente estoy feliz.
Papá adora a los niños. Estoy segura que si por él fuera tendría diez, pero como es mamá quien los debe tener, se controla.
Después de que Abigail naciera, papá había deseado tener otro hijo, pero mi hermana era aún pequeña y mamá estaba entrando en una especie de depresión post-parto. Ella se deprimía en casa y todo el mundo le decía que estaba bien que ella se quedara con la bebé el mayor tiempo posible antes de enviarla a una guardería. Sin embargo, papá y yo sabíamos que no quería dejar el trabajo y deseábamos que volviera a sonreír.
El cambio que tuvo fue casi al instante. Eso no quería decir que ella le molestara estar en casa con Abby. La rutina y no hablar con nadie en todo el día, le afectaba. Así que estábamos felices de ver que estaba riéndose y sonriendo de nuevo, a pesar de verse agotada, a ella le gusta ser independiente.
Días antes de año nuevo, Sergio y papá ayudaron a Roberto a montar el jardín trasero de la casa de mi abuela Refugio. Cubrieron con techo de mimbre y acondicionaron el lugar para que fuese más fresco y la fiesta se efectuara allí.
Los vecinos del barrio empezaron a repartir panfletos y cartas de buenos deseos para el nuevo año.
"Desecha todo lo malo que ocurrió en tu vida. Comienza desde 0 ahora ya. Es tú oportunidad" eso es lo que decía parte de los buenos deseos y como si fuese una especie de augurio, de pronto las palabras de papá regresaron a mi mente "¿Qué te detiene?"
Había pasado una buena temporada divirtiéndome con Roy pero no era más que eso: diversión. Ninguno estaba clavado del otro. Yo sé sus gustos, yo sé que es un galancete de primera y enamorarme de él, es como enamorarme de mi enemigo.
Y sé que, augurio o no, la frase estaba destinado a eso.
Empezar de 0.
De esta manera, mientras él rebota en la silla sin dejar de hablar de Lena, su ex novia, me quito la cadena de plata del cuello en forma de calavera y se la devuelvo.
La sonrisa de Roy desaparece y luce demasiado contrariado.
—¿Qué haces, nena?
Abro la palma de su mano y la deposito allí.
—No la quiero, Roy. Es tuya.
Él se ríe.
—No, no es mía. Recuerda que es nuestra muestra de ser "amigos con derecho"
—No quiero ser solo la amiga con derecho de alguien, Roy. No quiero tu cadena.
La sonrisa que le caracteriza, ha desaparecido.
—¿Estás rompiendo conmigo?
—¿Siquiera esto se considera romper con alguien? ¿Alguna vez fuimos algo serio? No.
—Estás tan perdida, cariño. Te estás equivocando —al ver que no hay un cambio en mi opinión, suspira y guarda la cadena en su bolsillo— Estás siendo injusta ¿sabes? Tú misma me dijiste que no querías nada serio con nadie.
Ruedo los ojos.
—Eso fue hace tiempo. Todos cambiamos de opinión alguna vez.
Entrecierra los ojos sin creerme, pero es cierto. Todo es cierto.
Después de echarme un vistazo con furia, se levanta de la silla y camina hacia la puerta, no sin antes girarse y decirme:
—Nadie ha roto conmigo nunca y tú no serás la primera. No quiero seguir contigo, Victoria. Me tienes harto.
Y se marchó.
Podría sentirme mal por perder la amistad de Roy. Pero no lo hago.

En año nuevo, luego de que brindáramos para despedir nochevieja, papá nos aparta en silencio fuera de la casa.
Podemos escuchar sin esfuerzo el murmullo, los gritos y risas de la gente en la calle. El retumbar de la música en las paredes, el silencioso andar de nuestros pasos bajo la ausencia de autos en la carretera. Los cuatro y de la mano, nada más eso importa.
—¿A dónde vamos? —pregunta Abby.
Sostengo su mano firme en la mía mientras da saltos de camino.
Papá baja la cabeza para mirarla.
—Al fin del mundo.
Suelto una breve risita.
—Lo siento —me disculpo— es que eso se oyó muy cursi.
Él me sacude la cabeza aun cuando odio que lo haga.
El bullicio comienza a aumentar a medida que nos acercamos y me doy cuenta de grupos completos que están reunidos en el parque, lanzando serpentinas, alzando sus copas para brindar, y las luces centelleantes en el cielo entusiasman a Abigail, que pronto está en los brazos de papá mirando al cielo.
Mamá enrolla su brazo con el mío, besando mi mejilla.
—Feliz año nuevo, tesorito.
Sostengo la cadena que mis padres me regalaron en mi cumpleaños, como si la vida se me fuera en ello, y entonces sonrío.
—Feliz año, mamá.

Termino de hacer un hueco en la tierra y meto el papel con el garabato de Owen. Él protesta por mi desconsideración, insultándome a modo de broma.
A Owen le gusta dibujar garabatos a diestra y siniestra y a mí me causan miedo, por eso los entierro bajo tierra.
—No tienes ni la más remota idea de arte, querida Victoria.
Me pongo de pie y cruzo las piernas sobre el banquito.
—Puedes dibujar lo que quieras en mi presencia pero no garabatos horribles.
—¿Quieres que dibuje a un señor follándose a una señora?
—No seas vulgar.
—Fuiste tú la que dijo que dibuje lo que quiera y yo quiero dibujar a dos personas follando en medio del parque.
—Buena suerte con eso. —se sienta junto a mí con el lienzo en su regazo. Empieza a trazar líneas raras en el papel. Cuando veo que está dibujando la silueta de un hombre, suelto una carcajada— ¿No era una broma?
Levanta el dedo meñique y me fijo en su perfecta ceja depilada.
—Nunca bromearía con algo —continúa con su trabajo— ¿puedes guardar mi recipiente de comida en la mochila, por fa?
Estiro el brazo y cojo el recipiente vacío.
Nunca me ha gustado la comida recalentada, pero algo tenía la de Owen que hizo que me lanzara a ello.
El día después de cualquier festividad, debería considerarse y conmemorarse como el día de comer recalentado.
Owen detiene su rápido dibujo mirando a nada en especial.
—¿Resaca artística? —pregunto.
Ensancha una sonrisa, metiendo todas sus cosas dentro de la mochila.
—Ya vuelvo. Quédate aquí, por favor, o tendré que devolverte de un ala.
—¿A dónde…? —pero ya se ha ido corriendo.
Bajo mis pies del banco y los balanceo. El parque está vacío pese a que la mayoría sigue de vacaciones. Me pregunto cuántos habrán despertado con resaca.
Aburrida de seguir sentada, me levanto y empiezo a caminar por el único camino que dirige a la fuente de agua. Me apoyo en los brazos, inclinándome y sintiendo como el agua salpica mi cara.
—A mí también me gusta hacer eso.
Pego un salto hacia atrás, asustada de encontrar a Ethan a mi lado.
¿Cómo diablos llegó y cómo es que no lo escuché?
Pongo una mano en mi pecho.
—¿Tú quieres matarme de un susto?
Se ríe.
—Lo siento —se apoya de la misma manera, aunque sus manos están entrelazadas y puedo notar la fuerza que está haciendo con su brazo— No te enojes con Owen, ha sido idea mía.
—Owen es un jodido traidor —susurro.
Ethan se echa a reír de nuevo.
—Yo creo que es un buen amigo —dice en voz baja— Se nota que te quiere mucho.
Sí, Owen es toda una puta loca, pero lo amo.
—Por supuesto que lo es —aseguro y no sé qué más decir al respecto.
Cuando decidí empezar de 0, yo no estaba pensando en Ethan. De verdad que no. Él va a regresar a Canadá y todo quedará igual.
Estaba pensando en mí y en lo que importa ahora. En quienes están a mi alrededor cada día. En mi familia.
—Oye, Victoria.
—¿No te parece extraño que haya dejado de nevar tan pronto? Por lo general siempre hay metros de nieve enterrados y la gente comienza a reclamarle al Estado.
—Victoria…
—Y luego viene la lluvia y la gente igual reclamará.
—Victoria
—No entiendo por qué la gente nunca se conforma con nada. Para nadie es suficiente… nada.
—¡Victoria!
Parpadeo. No quiero esto.
—No te quiero escuchar, Ethan —digo rápidamente— No te quiero escuchar en absoluto.
Nos quedamos flotando en el silencio y él se lleva las manos a la cabeza.
—Nunca quieres escucharme ¿te das cuenta? Siempre es sobre ti. Siempre es sobre lo que crees que es correcto. Y yo lo he permitido porque no quiero incomodarte.
—Me estás incomodando justo ahora.
—¡Lo sé! —grita y no tengo más que quedarme callada. No estoy mirándolo y él tampoco lo hace— Me dijiste que era mejor que termináramos, lo acepté. Me pediste que no mantuviéramos el contacto, lo cumplí.
—¿Entonces esto es una especie de reproche? ¿Estás reprochándome por lo que hice y no hice en el pasado? —ahora estoy mirándolo. Lo miro porque estoy enfadada— Ethan, no nos vemos desde hace años y vienes cualquier día a reprocharme esto ¿qué te pasa? A estas alturas somos dos completos desconocidos.
—Tú no eres una desconocida para mí.
—¡Qué bien!
—¿Puedes dejar tu indiferencia en otra parte?
Froto mis manos en mi cara, deseando gritarle un montón de cosas, pero no puedo.
No puedo hacerlo porque Ethan tiene razón.
¿Qué puedo reprocharle yo, por ejemplo, cuando todas las decisiones las tomé por mi cuenta?
Nunca tomé en cuenta lo que él pensaba, cuando me dijo que podía resultar nuestra relación a distancia, cuando le dije que no quería saber de él, que era mejor así.
A uno deberían avisarle por alto parlante cuando está haciendo alguna estupidez.
—¿Es idea mía o vienes aquí para decir que sientes lo mismo que antes? —me rio de mi propia pregunta.
Los ojos de Ethan están puestos en mí y me cohíbo.
—¿Eso es muy absurdo para ti? —no respondo— Dímelo.
Sí.
Tienes que decir que sí.
¡Di que sí!
—No —respondo sin percatarme.
—Está bien —dice, apoyándose del barandal y acercándose— porque siempre ha sido así —él sonríe y aparto la cara porque voy a sonreír también— Además, tu mamá me adora.
Alejando la sonrisa por completo, me giro para enfrentarlo.
—Mi mamá adora a todo el mundo.
—No es cierto. A ella no le gusta Roy.
Ahora sí, estoy perpleja.
—¡¿Te atreviste a hablar con mi mamá?!
Suelta una carcajada.
—No, no. Culpa a Casey. Ella me ha mantenido informado.
—Debí suponerlo.
—Debiste —reconoce y se acerca más, tanto que su brazo choca con el mío— ¿Entonces…?
—¿Entonces qué? Esto no cambia nada.
Testaruda, Victoria. Testaruda.
—¡Oh, vamos! —se queja— Voy a ser directo contigo porque parece que lo estás haciendo a propósito—nos señala— Quiero intentarlo contigo de nuevo.
Le alzo una ceja, apartando el nudo cosquilloso en mi estómago.
—¿Ah sí? ¿Y porque tú quieres intentarlo, yo tengo que aceptarlo?
Frunce el ceño.
—Sí, algo así.
—Oh. —no me deja de sorprender su atrevimiento— No lo sé, Ethan. Ha pasado tanto tiempo. No es como si yo fuese a decir que sí y continuáramos con lo que dejamos. Si lo intentamos, lo intentaríamos desde cero.
Como el panfleto.
"Es tu oportunidad"
Él, sin embargo, me sorprende diciendo:
—Es todo lo que quiero.
Me pregunto si hay algún manual para seguir fastidiando a un ex con aspecto de querer dejar de ser ex. No obstante, si soy sincera conmigo misma de una vez por todas, no quiero seguir fastidiándolo.
—Te vas a ir dentro de unas semanas.
—Y volveré dentro de un año. ¿Qué es un año para nosotros, Victoria? ¿Qué es un año cuando hemos estado lejos durante 5?
Sí, Victoria ¿qué es un maldito año?
Una silueta borrosa escondiéndose detrás de un árbol me pone en aviso y no tengo que averiguar para saber que se trata de Casey.
Maldita traidora. Malditos todos. Maldito Owen. Maldita yo y mi testarudez.
Con mis manos entrelazadas, aparto el cabello congelado por el frío en un movimiento de cabeza y diviso a Ethan por el rabillo del ojo. Sus mejillas están rojas, sus ojos brillan por el smog y su expresión es de total impaciencia.
Puedo actuar a base de mi racionalidad o ser una completa idiota.
Sinceramente… me gusta a veces ser una idiota.
—Está bien —contesto y sus ojos se agrandan. Cuando veo su sonrisa enancharse, rápidamente levanto mi dedo índice— No te entusiasmes. Lo vamos a intentar. No voy a ser tu novia hoy.
Mueve la cabeza todavía sonriendo.
—¿Te das cuenta que actúas como si yo te hubiese traicionado o hubiese hecho algo tan malo como para que ahora esté rogándote que vuelvas conmigo?
Encojo los hombros.
—Lo sé, me gusta el papel de la ex novia traicionada sin ser traicionada en verdad.
—¿Puedo ser un completo idiota?
—¿Vas a decirme que te arrepientes? —pregunto y no asimilo el momento en que toma mi cintura y me planta un beso en la boca. Durante un segundo me quedo estupefacta reconociendo el movimiento de sus labios, hasta que al final, los reconozco y respondo de la misma manera. Aquel beso no dura más de diez segundos— Eso…
—Eso es para que vayas acostumbrándote —me guiña un ojo y vuelve a darme un beso, ahora solo un topón— y porque no iba a volver a Canadá sin robarte un beso.
—Oh. Es bueno saberlo. Para la próxima voy a traer un bozal.
Se ríe, se ríe tanto que me contagia y nos reímos un largo tiempo.
Una vez que suelta mi cintura, me percato que estamos muy cerca.
Y él dice, con total convicción:
—Te quiero, Victoria. Y te extrañé, mucho.
Sintiéndome menos cohibida y con ganas de tocarlo, me acerco y le aparto un mechón de su pelo.
—Yo también —confieso— ambas cosas —se lleva una mano al oído, como si no hubiese escuchado, y tengo que poner los ojos en blanco— También te quiero y también te extrañé, bobo.

—¡Mamá! —grito antes de abrir por completo la puerta— ¡Papá!
El ruido de la aspiradora impide que me escuchen. Papá está al otro lado de la habitación, limpiando los muebles de la cocina.
Me acerco y desenchufo la máquina. Por supuesto, eso hace que ella levante el rostro al instante, mechones de cabello saliendo de su coleta alta.
—Hola, pequeña —saluda empujando el cable con su pie— ¿cómo estaba Owen?
No sé qué cara tendré en el rostro, pero se miran entre ellos.
—¿Qué pasó? —pregunta papá.
—Tengo que contarles algo muy importante.
Se vuelven a mirar, dejando todo en su lugar y acercándose. Quiero sonreír como una tonta y por alguna razón no puedo.
—Ya sé —dice papá, empujando el codo de mamá— Volviste con Roy y estás embarazada.
—¡SÍ! —les contesto entusiasmada y no es hasta que veo como sus rostros palidecen, que me doy cuenta de lo que ha dicho papá y mi respuesta— ¡NO! Esperen… ¡no es eso!
Mamá se echa aire con un trozo de papel.
—¿Estás segura? Solo dinos la verdad.
—No estoy embarazada. No volví con Roy —aseguro y el color regresa a sus caras.
Cuando les anuncio que Ethan y yo "volvimos" sin llegar a entender la parte en la que no somos novios todavía, independiente de eso, están felices por mí, sobre todo porque no tendrán más a Roy deambulando por la casa como si se tratara de la suya.
—¿Tendré que usar mis dotes de papá celoso con Ethan de nuevo?
Mamá y yo le miramos.
—¡No! —contestamos al unísono.
—Está bien. Seré una buena persona solo porque Ethan es un buen chico —él me mira directo a los ojos— es un buen chico —recalca— y a esas personas no hay que perderlas.
Papá no es bueno dándome consejos de ese tipo, pero creo que eso realmente llegó a mi corazón de una manera extraña.
Abigail llega a la sala sosteniendo una hoja en sus manos. Empuja sus gafas hacia el puente de su nariz, sonriendo.
Ella había comenzado con problemas a la visión desde los cuatro años, razón por la que ahora usa gafas para leer. Fue un poco raro verla con lentes a tan temprana edad, pero ella está acostumbrada a llevarlas.
—¿Qué dibujaste, cariño? —le pregunta mamá.
Abigail se sienta en el regazo de papá, mostrándonos su nueva obra de arte.
En el papel dibujó cuatro siluetas: mamá, papá, ella y yo. Y había incorporado una quinta persona, apenas visible en la panza de mamá. Un bebé abultado y sonriendo.
—Oh, Abby, es hermoso —le digo— ¿Quieres que lo colguemos en la puerta de la nevera?
Ella asiente enérgica, bajándose del regazo y corriendo con el dibujo en sus manos. Le ayudo a ponerle pegatinas para que quede firme y bonito.
Después de regresar al regazo de papá, se quita las gafas y esconde la cara en su pecho.
—Entonces… ¿qué podemos hacer hoy? —él pregunta, mirándonos a todas.
Abby, que parece estar con sueño, murmura:
—Llamemos a la cigüeña, papi. Por favor.
—Abigail —llama mamá— Ya hemos hablado de eso. La cigüeña lo traerá cuando tenga tiempo. Si la llamamos, se sentirá presionada y se olvidará de nosotros.
Eso le asusta y rápidamente sacude la cabeza.
—Entonces quiero una hamburguesa grande con patatas fritas —pide.
Nos echamos a reír.
—De acuerdo, de acuerdo —dice papá— hamburguesas y patatas fritas para todos —se levanta con Abby en sus brazos. Ella grita mientras la lleva al cuarto sosteniéndola con un solo brazo.
Mamá se levanta del sofá igual, acercándose para darme un abrazo.
—Me alegra muchísimo lo tuyo con Ethan. Lo digo muy en serio. —me guiña un ojo, dando una pequeña caricia a mi mentón y siguiendo a papá.
Tengo la sensación de que todos actúan como si hubiesen esperado que yo abriera los ojos. Supongo que es parte de su intuición de padres, de saber lo que es malo y correcto para mí, pero que de todos modos dejan que me equivoque para que aprenda de mis errores.
Ellos son reservados en ese aspecto.
Abigail llega corriendo hasta mí, a medio abrochar su vestido.
—¡VICTORIA! —grita— ¡¿TIENES OTRO NOVIO?!
Bueno, tal vez no son tan reservados.

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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  monike el Lun Mar 14, 2016 11:06 pm

Que linda historia nos trajiste niña Bere..
Esto no no merece más que


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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  Eva Robles el Mar Mar 15, 2016 6:51 am

Muchísimas gracias por haber compartido tan bella historia esta muy linda me encantó tan lindo final y esperamos la siguiente mil gracias

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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

Mensaje  myrielpasofan el Mar Mar 15, 2016 2:27 pm

awww me encanto la novela..!!! muchas gracias..!!! Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy Very Happy
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Re: .: Eres mi tesoro :. Final, Epilogo y Algo mas

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